
Asómate a la ventana, verás
¿Cuándo fue la última vez que te asomaste a la calle?
Lo que sucede en la calle es asunto del que se asoma a la ventana. A cualquier hora del día, pero especialmente cuando la tarde cae, la curiosidad ejerce una fuerza gravitatoria que hala hacia el vacío que nos muestra qué sucede en las veredas quiteñas.


Asomarse a la calle es la primera toma de pulso de la vida pública. Es probable que sea una costumbre milenaria. Los incas tenían ventanas y suponemos que las culturas quiteñas a las que invadieron, también. Con los españoles llegaron las ventanas que aún vemos en el Centro Histórico. Dicen los estudiosos que en el monasterio de la Concepción desde un balcón cerrado con celosías las monjas de clausura observaban procesiones y festejos sin ser vistas ni romper su voluntaria renuncia al mundo. No sabemos si Dios existe, pero seguro que cuando se asoma a Quito, se asoma a un espejo con forma de ventana.


Tener una ventana a la calle ha sido una vieja metáfora para decir que uno quiere saber qué pasa en la ciudad, qué le preocupa a los quiteños, cuáles son los temas que nos inquietan. Pero es también una práctica de sutil literalidad doméstica: nos asomamos a ver quién pita, quién viene, qué es ese escándalo, si el camión del gas está tan cerca como parece indicar la niña que canta que si “en tu cilindro no queda más, no te preocupes…”.

Nos asomamos también para comprar, para vender, para pedir, para exigir a gritos y una que otra vez a cacerolazos. Para hacer una llamada importante. Para coger un poco de aire. Para conversar con la vecina. Para ver si ya pasó la basura. Para mirar al vacío como quien otea a ver si aparece un futuro. La inseguridad creciente nos ha llevado a ponerles rejas a algunas de nuestras ventanas, dificultando el asomado, pero no negándolo. Incluso tras los barrotes de nuestro miedo podemos seguir sacando el ojo para saber qué pasa.


Este ensayo es hijo de los príncipes de Serendipia: no fue pensado para que marque la centena de estos ejercicios de salir a mirar, pero nos ha dado la certeza de que los descubrimientos inesperados son siempre más felices.


Y aún así, nos ha dado la impresión de que no nos asomamos tanto a la ventana como antes. Quizás la vida cada vez más está más adentro. Quizá nos hemos ensimismado sobre nuestro propio ombligo porque la ventana al mundo está en la mano y ya no en el dintel que da a la calle. Quizá la calle está un poco más desierta, un poco menos amigable, algo más ajena. Quizá es este clima cada vez más impide fanático de si mismo: si no es el frío y la lluvia feroz es el sol que quiere hacerte chicharrón el cuero cabelludo.


Quién sabe cuánto habría tomado encontrar cien quiteños asomados pues son como el Cristo de los evangelios: no se sabe ni el día ni la hora en que un impulso atávico, una necesidad doméstica, una preocupación vecinal los hará sacar la cabeza por la ventana. Tan solo recolectar estas fotos nos tomó meses y en algunos momentos creímos que no encontraríamos más quiteños enmarcados por sus propios hogares. Nos dejó un par de preguntas: quien deja de asomarse a la ventana, ¿se desconecta de su ciudad o simplemente pertenece a un tiempo propio? y ¿el protagonista es la ventana o el asomado?


Lo cierto es que todo aquel que se asoma a la ventana ofrece una emoción. O está triste, o intrigado, o preocupado, o feliz, o dispuesto y nunca, jamás, indiferente. Todo aquel que lo hace lo hace con un propósito, así sea el de asomarse sin ningún otro motivo que caer a la tentación de husmear lo que le pasa a los demás: los trapos sucios familiares se lavan dentro de casa, los del barrio, en la acera.

Lo cierto es que todo aquel que se asoma a la ventana ofrece una emoción. O está triste, o intrigado, o preocupado, o feliz, o dispuesto y nunca, jamás, indiferente. Todo aquel que lo hace lo hace con un propósito, así sea el de asomarse sin ningún otro motivo que caer a la tentación de husmear lo que le pasa a los demás: los trapos sucios familiares se lavan dentro de casa, los del barrio, en la acera.




