A las 10:30 de la mañana, como lo ha hecho por cuarenta años, Alicia Eulalia Guevara abre tres candados dorados de una puerta blanca de metal, y luego una cerradura. Su hermana Eugenia la observa. Los comedidos, como los llama Alicia, sacan del estrecho local seis mesas, sillas, y ponen todo sobre los adoquines de piedra gris de la Plaza Grande de Quito. Los dos hombres que la ayudan todos los días abren cuatro parasoles blancos, que empiezan a ser necesarios para el sol de esa mañana de junio.

Alicia —de lentes, el cabello corto, tinturado y peinado hacia un lado— les pregunta si ya pusieron las escaleras en la entrada para que su hermana mayor pueda pasar al local y sentarse en “su puesto”. Eugenia es también la razón por la que Alicia Guevara, de 82 años, desde hace ya no se acuerda cuánto, abre a esa hora y no a las siete de la mañana —como está en su menú, sobre un pedestal, y al frente de las letras negras, en mayúscula y metálicas que dicen El Pretil de Alicia

Eugenia es diez años mayor y necesita ayuda para vestirse, bañarse, y comer. Alicia es su único apoyo; ninguna tiene pareja ni hijos.

Alicia Guevara y los dos comedidos sacan tres carteles y los cuelgan junto a la puerta: un menú, una publicidad, y un papel con la recomendación para todos los días: el sánduche de pernil con cola. 

Si llegan cinco personas, probablemente a todas les antoje el sánduche. Hoy cuesta 3 dólares, pero ese número está escrito en un papel blanco pegado sobre el menú de plástico reemplazando el precio anterior. “Desde que subió el pan y el pernil”, dice Alicia, tuvo que modificarlo.

El sánduche viene en un plato blanco, acompañado con papas fritas de funda, y una porción de ají. Además de la pata de cerdo en rodajas, el plato estrella lleva tomate cortado y cebolla. 

Alicia, de piel trigueña y no más de 1.50 metros, no habla de recetas secretas ni de ingredientes imposibles de conseguir. Dice que es bueno, que mantiene el mismo sabor de siempre y que cuesta lo justo.

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Cuando las sillas y parasoles están instalados, las dos meseras que han llegado mientras Alicia abre los candados, limpian las mesas y las vitrinas llenas de quesadillas, obleas, mistelas, “caca de perro” y otros dulces tradicionales de la Sierra ecuatoriana. 

“Antes tenía dulces de leche”, dice María Moreno, una clienta de 68 años, que está sentada dentro del local. Moreno recuerda que cuando era niña venía al Pretil con sus hermanos desde Cotocollao, un barrio al norte de Quito, solo a comprar dulce de leche, galletas de miel cuadradas y bolas de maní.  Alicia dice que ya no vende esos tres dulces desde que murió su proveedor.

Del local de 17,25 metros cuadrados, que está diagonal al Palacio de Carondelet, las meseras sacan dos macetas con plantas que decoran este espacio que funciona desde 1950. Las dos visten una camiseta que dice El Pretil de Alicia, un nombre que alude al muro de seguridad construido en balcones para evitar caídas, como el que está justo arriba del local, en la Catedral de Quito

El sánduche viene en un plato blanco con ají y papas fritas de funda.

El sánduche viene en un plato blanco con ají y papas fritas de funda. Fotografía de Diego Lucero para GK.

Apenas unos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando Quito tenía poco más de 200 mil habitantes, abrió el espacio que hoy administra Alicia Guevara. Cerca del Pretil, como lo conocen sus clientes frecuentes, hay otros locales que han cambiado de nombre o se han ido en las cuatro décadas que ella está a cargo. En ese tiempo, Quito ha tenido 24 alcaldes y Alicia, decenas de negocios y vecinos. 

En cuatro décadas la señora ha visto cómo las calles cercanas se volvieron peatonales, cómo la Plaza Grande ha sido vallada, cómo botaron a ex presidentes como Lucio Gutiérrez y Abdalá Bucaram, cómo la pandemia vació la ciudad. 

Alicia Guevara quiere seguir de testigo del centro de Quito pero en septiembre de 2025 recibió una notificación: el final de su contrato de arrendamiento. 

Como ella, otros cinco locales bajo la principal iglesia católica de Quito, fueron notificados para que salieran en diciembre de 2025, pero la Arquidiócesis —dueña de esos espacios— les concedió seis meses más. Los otros cinco arrendatarios firmaron el acuerdo cuyo plazo vence en julio de 2026.

Alicia Guevara no firmó la extensión. A pesar de la carta que recibió hace nueve meses, insiste que no se va a ir. 

“Esto es mi vida”.

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En los años 50, cuando el Centro Histórico no era peatonal y gran parte de la vida de Quito pasaba alrededor de la Plaza Grande, las hermanas Isabel y Laura Landázuri abrieron una confitería donde vendían dulces, café y sánduches. Eran la tía y la mamá de Alicia Guevara.

Tras la muerte de ambas, Alicia Guevara quedó a cargo de la confitería, cuando tenía cuarenta y tres años. Antes ya trabajaba aquí como ayudante, mesera, lo que se necesitaba. 

Parada sobre baldosas brillantes blancas, junto a una refrigeradora naranja y una congeladora de helados, Alicia dice que el piso “era entablado nomás”. Eugenia, desde su puesto, la corrige: “no era entablado, era de ladrillo y tierra adentro”. Alicia Guevara se queda en silencio y escucha con paciencia la corrección de su hermana mayor. Cuando era niña, continúa Alicia, las paredes del local estaban forradas con cartones y luego su tía Isabel Landázuri las arregló.

En ese tiempo, para lavar las tazas en las que servían café, recuerda que ella, su mamá y tía tenían que cargar agua en baldes desde el Municipio de Quito, que estaba y sigue estando diagonal. “Ningún local tenía baño o agua, no había nada”. 

Más tarde,  una cafetería y heladería vecina instaló una conexión de agua para su negocio; su tía pidió permiso para conectarse y le pagaba una mensualidad. Años después, no recuerda la fecha exacta, la Arquidiócesis financió adecuaciones para los locales y construyó un sistema de desagüe y baños. Con “esos arreglitos” el local empezó a funcionar en mejores condiciones. Pero Alicia aclara, orgullosa, que las adecuaciones —con excepción de esas dos— fueron hechas por su tía y mamá. Hoy, solo el último local de los seis no tiene baño porque está justo bajo las escaleras de la Catedral.

locales de la Plaza Grande

Los comedidos la ayudan todos los días y abren los cuatro parasoles blancos, que empiezan a ser necesarios para el sol de esa mañana de junio. Fotografía de Diego Lucero para GK.

Alicia Guevara, la voz bajita y algo cortada por los efectos de una operación, habla de un Centro Histórico distinto al de ahora: de niña venía a la confitería, rodeada de una cafetería y heladería y una oficina de la empresa eléctrica “donde había las turbinas y era solo cerrado este local; venían, abrían, arreglaban y se iban”, recuerda Alicia.

En los primeros años de la confitería en la Plaza Grande, vio funcionar una agencia de automóviles, una floristería con balcón, un local de marcos y vidrios para fotografías, pequeñas cafeterías y peluquerías tradicionales. Con el tiempo, muchos desaparecieron, cambiaron de dueño, fueron desalojados, o se transformaron en otra cosa —como el mismo Centro Histórico.

El local de ella, más allá de las adecuaciones, ha cambiado poco.

§

Durante las cuatro décadas que Alicia Guevara ha estado a cargo del Pretil, renovar los contratos de arrendamiento con la Arquidiócesis de Quito fue parte de un trámite anual. Dice que siempre pagó puntualmente y nunca antes había tenido problemas con los sacerdotes. 

Su memoria no guarda fechas con facilidad: no recuerda cuántos contratos de arrendamiento ha firmado su familia, pero del mostrador del pequeño local saca una carpeta plástica A3 con contratos de arriendo, avisos de desahucio, facturas del pago de alquiler, y recortes de periódicos que también han contado su historia.

Entre esos papeles está el último contrato firmado entre Alicia Guevara y Monseñor Hugo Aníbal Reinoso Luna, representante legal del Cabildo Catedralicio Primado de Quito. Fue firmado el 1 de diciembre de 2024 y duró un año. En una de las cláusulas dice que el arrendador se reserva “el derecho de dar por terminado el presente contrato antes del vencimiento de su plazo” por seis razones que Alicia Guevara nunca incumplió.

documento Alicia Guevara

Alicia Guevara es la propietaria de El Pretil de Alicia, uno de los seis negocios debajo de la Catedral de Quito. Fotografía de Diego Lucero para GK.

La primera notificación de desahucio le llegó el 26 de septiembre de 2025. “Una vez finalizado el plazo del contrato de arrendamiento, proceda a desocupar el inmueble materia del contrato de arrendamiento que se adjunta a la presente notificación”, dice una parte del documento.

Dos o tres días después, hubo una segunda y, el 30 de septiembre, una tercera. El desahucio es una notificación formal con la que una de las partes de un contrato de arrendamiento comunica a la otra que no desea renovarlo una vez que termine su plazo, que en este caso era de un año. El Cabildo Primado de Quito administra la Catedral y sus bienes, mientras que la Arquidiócesis de Quito es la institución que dirige la Iglesia católica en la ciudad y su territorio. 

Fue el Cabildo quien notificó a Alicia Guevara.

notificación desahucio Alicia Guevara

La primera notificación de desahucio le llegó el 26 de septiembre de 2025.

Este documento de hace nueve meses no significa que debía abandonar el local de inmediato, pero sí que el arriendo estaba llegando a su fin.

En 2026, Alicia paga 496,11 dólares de alquiler, según una de las facturas que guarda en su carpeta plástica. “Y que se acababa el contrato y que tienen que desocupar. Y si no desocupan, la policía va y saca las cosas”, dice Alicia que le han dicho, desde una silla dentro del local.

“No nos vamos a ir”, dice desde su puesto su hermana Eugenia. 

Lo que más le desconcertó, dice Alicia Guevara, fue no entender por qué debe irse. “Nunca se me informó cuál es el motivo”. Desde la primera notificación comenzaron las reuniones entre los locales, las consultas con abogados y los intentos por encontrar una respuesta. GK pidió en cuatro ocasiones una entrevista con un vocero de la Arquidiócesis, pero respondieron que no están dando entrevistas.

Según las tres notificaciones de desahucio, el contrato de arrendamiento terminaba el 31 de diciembre de 2025. En teoría, ese debía ser el último día de los seis locales bajo la Catedral. Pero la difusión del caso en medios de comunicación y redes sociales cambió temporalmente la situación: la Arquidiócesis llamó a los arrendadores a reuniones. 

Luego de esos encuentros, la Arquidiócesis extendió el plazo por seis meses más —hasta junio o julio de 2026, dependiendo cuándo firmaron el documento. Todos lo hicieron menos ella.

De los otros cinco locales, uno ya cerró a finales de junio y otro, cuyo contrato terminó el 30 de junio, sigue abierto. Su dueña, que prefirió no decir su nombre, dice que firmó la extensión porque “nos dijeron que en seis meses podíamos conversar”, pero todavía no lo han hecho.

Haydee Real, de 50 años, dueña de Las Delicias de la Plaza Grande, firmó y su plazo vence a finales de julio. Dice que están buscando otro lugar cerca para mudarse. Guadalupe Tito Flores, de 74 años, es dueña de Cafetería Dulcería Colonial y dice que cuando recibió la notificación de desahucio, le dio un infarto. Ella sí firmó la extensión pero insiste que tampoco se va a ir. Tito dice que planifica irse en cinco años, cuando cumpla 79.

El Pretil de Alicia exterior

Alicia Guevara repite una frase que ha dicho varias veces desde que recibió las notificaciones: “esto es mi vida”. Fotografía de Diego Lucero para GK.

Alicia Guevara insiste en que el local de hoy no fue construido solo por la Arquidiócesis, sino también por ella, su hermana, su mamá y su tía que durante décadas invirtieron dinero y trabajo para que sea el lugar que hoy es. 

Por eso siente que una parte de la historia de este local también le pertenece. Además, dice que si sale de ahí, no tiene dónde ir.

Mientras pregunta a unos comensales con qué quieren acompañar el sánduche de pernil, Emily Pérez, de 19 años, dice que ha venido “desde que tengo memoria, mis papás me han traído siempre aquí”. Hoy está afuera del local con dos amigos a quienes trajo para que probaran el sánduche.

Afuera, en la Plaza Grande, siguen pasando turistas, vendedores y vecinos apurados. Adentro, el tiempo parece suspendido. Alicia Guevara, con resignación, dice que no sabe cuánto tiempo más podrá abrir los tres candados dorados.

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