En 2017, la familia Carchi Gonzáles fundó la Asociación de Producción Agrícola Cargo. Eran apenas 12 miembros: cinco hermanos, sus parejas, su madre y su padre. Estaban decididos a que la historia agrícola no terminara en ellos.  Y nueve años después lo han logrado: las reuniones que empezaron bajo el mismo techo hoy se hacen en diferentes fincas y agrupan a 45 socios en Milagro, en la costa ecuatoriana. Todos tienen un objetivo común: mejorar su nivel de conocimiento y convertir a sus parcelas de cacao en empresas familiares. Para lograr esa conversión, buscan alianzas con organizaciones que los ayuden a crecer. Así lo hicieron con ProducerPlus, una fundación que acompaña, verifica y gestiona procesos agrícolas, y que en 2024 los capacitó para que aprendan a ser pequeños empresarios. 


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Beatriz Carchi González, la cuarta hermana, dice que el programa con ProducerPlus no solo es para mejorar su conocimiento sino para evitar que su tierra se quede sin herederos. Si no hay descendencia que continúe en números positivos por las buenas ventas, dice Beatriz, la tradición agrícola puede morir. 

familias cacaoteras empresarios

Elena Barahona posa junto a sus compañeros productores de cacao y sus dos hijas de cuatro y siete años, en la ceremonia de entrega de documentación legal, organizada por ProducerPlus. Fotografía de Diego Lucero.

Para ella, uno de los cambios más complejos ha sido empezar a llevar registros de la poda, fertilización, control de plagas, malezas, riego y manejo de agroquímicos. 

Lo que aprende con ProducerPlus no son fórmulas o soluciones sencillas. El programa entrega libretas, cronogramas y plantea preguntas incómodas: ¿cuánto cuesta producir una hectárea?, ¿cuánto se invierte y cuánto se gana?, ¿qué se puede mejorar? 

Las generaciones anteriores, muchas que solo cursaron la primaria, no recibieron formación para administrar y planificar la producción de la finca en un papel. Incluso para Beatriz, de 43 años, sigue siendo un reto.

Hasta hace poco, ella hacía lo mismo que su padre: caminaba entre los surcos, observaba el color de las hojas, el tamaño de la mazorca, la textura del suelo. Por ejemplo, abonaba una vez al año porque así se había hecho siempre. 

La experiencia transmitida de generación en generación era suficiente. 

Hoy su conocimiento e instinto siguen siendo importantes, pero no es lo único que aplica. 

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Beatriz Carchi agricultora y guía de turismo, posa junto a un árbol de Cacao Castro Naranjal (CCN-51) en su finca agroecológica. Fotografía de Diego Lucero.

Ahora tiene a su disposición el Plan de Desarrollo de Finca, uno de los corazones del programa de ProducerPlus. “Es un cuadernito simple pero poderoso”, dice el ingeniero Elías Espinoza. Él es uno de los 63 técnicos de campo de ProducerPlus. “El cuadernito” sirve para anotar fechas de cosecha, de abono, de podas,  gastos, ventas, ingresos y comparaciones entre ciclos.

Espinoza cuenta que, a diferencia de muchas parcelas de la zona, en la finca de la familia Carchi Gonzales ya existía el “cuaderno mayor”. Por eso, con ellos no tuvieron que trabajar desde cero. Su acompañamiento, explica, no ha implicado cambiar lo que hacen, sino pulirlo y generar hábitos. Ahora los números que recolectan a diario se traducen en información útil para la planificación anual de la finca. Buscan que los pequeños productores vean a su finca como una empresa, aunque sea pequeña.

La historia de la familia Carchi Gonzales es apenas una entre miles. En todo el país, ProducerPlus trabaja con 11.229 productores –7.909 hombres y 3.320 mujeres– distribuidos en 62 comunidades de seis provincias. Cada finca tiene su propio ritmo y sus propios problemas, por eso el programa se adapta al productor y no al revés. 

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Ceremonia de entrega de documentos legales organizada por ProducerPlus en la finca agroecológica de la familia Carchi González. Fotografía de Diego Lucero.

En algunas parcelas el trabajo empieza ordenando papeles: formalización, contratos, educación financiera. En otras, se afina el manejo del campo: podas, fertilización, control de plagas, riego o cuidado del suelo. También hay acompañamiento en la postcosecha y en la renovación de plantaciones viejas. El objetivo es el mismo en todos los casos: que el productor entienda su finca, la planifique y la haga crecer como una pequeña empresa rural.

Beatriz lo explica con un ejemplo simple. Cuando termina los registros, sabe cuánto ha aumentado su producción, qué equipos necesita, o qué decisiones necesita tomar. Por ejemplo, si requiere una poda general que cuesta cuatrocientos o quinientos dólares y si no puede asumir la inversión en un solo pago, planifica por partes. Divide el trabajo, distribuye la inversión y evita descuidar el resto del cultivo. 

“La única que, desde antes, llevaba registro de la finca es mi mamá”, dice Beatriz y hace una pausa para que su madre hable. Rosa —de pelo blanco, sonrisa fácil y levemente bronceada— cuenta cómo llevar ese registro por años la ayudó a conocer datos sueltos de la producción como saber cuántas gavetas se cosechan en una jornada y cuántas horas trabajó la persona que cosechó.

Mientras conversa en medio de las plantaciones y bajo un techo de zinc, uno de los cinco hermanos llega con una pila de cinco cuadernos. Al abrir uno, se ven hojas cuadriculadas con números perfectamente dibujados y apilados, fracciones de sumas y restas en tres colores de pluma: negro predominante, en azul los resultados y en rojo los signos. A estos cuadernos lo acompaña el libro espiralado de Plan de Desarrollo de Finca entregado por ProducerPlus, este libro recoge los resultados de los números y los sincroniza con la información agrícola de la finca.

Hoy, con la información sobre la finca en un solo lugar, cada uno entiende sus números. Esto permite a la asociación y productores decidir con criterio si invertir en una motoguadaña, una máquina que les permite cortar una hectárea de maleza en solo unas horas, o continuar controlando la maleza con agroquímicos que podrían generar efectos adversos tanto en la salud de los productores como del suelo.

Al ingresar a los cacaotales,  Máximo Carchi — ágil, alto y de discurso elocuente— el cuarto de cinco hermanos, explica que antes la cosecha se hacía sin técnica y que al cortar mal las mazorcas “se lastimaban los chupones”, es decir, los brotes que garantizan nuevas ramas. 

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Máximo Carchi explica cómo se mantiene sana una rama del árbol de cacao gracias a la técnica de poda aprendida en las capacitaciones de ProducerPlus. Fotografía de Diego Lucero.

Hoy ya no pasa eso.

Con su índice señala un pequeño cacao de cinco centímetros, y dice que hace apenas cuatro días era flor. Hoy es perfecto, brillante y frágil. Gracias a las capacitaciones que recibió de ProducerPlus sabe que una mala cosecha no solo arruina ese fruto: compromete la producción anual de toda la finca, que se traduce a menor producción. Cosechar cacao tiene su arte. Existen técnicas que permiten que no se arruine el tronco y las ramas por donde salen los delgados tallos y flores de cacao, que más tarde se convierten en frutos. 

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Máximo Carchi señala un pequeño fruto de cacao que hace pocos días era una flor, así explica cómo luce una rama de árbol de cacao sana. Fotografía por Diego Lucero.

***

Jeniffer Carchi González conserva la cortesía del campo, saluda mirando a los ojos, escucha sin interrumpir y habla con calma. Es la menor de los cinco hermanos y, a diferencia de ellos, nunca dejó el campo para salir a trabajar a la ciudad. Se quedó allí trabajando con su padre.

Mientras otros probaban suerte afuera, ella se quedó entre cacao y plátano. Más de una vez le dijeron que era “mantenida”, pero cuando su papá decidió entregar tierras a sus cinco hijos, la pregunta ya no era por qué no se iba, sino qué iba a hacer con la parcela que ahora le pertenecía.

Hasta ese entonces, Jennifer cosechaba solo cacao. Sabía cortar, cargar, fermentar. Sabía madrugar. Pero no sabía, por ejemplo, que una planta de plátano no se limpia dejando solo el tallo verde sino que requiere técnica y principalmente un suelo con buen drenaje. Lo aprendió el día que un comprador miró el cultivo y preguntó qué había pasado ahí. Fue un momento incómodo pero también fue un punto de quiebre que la motivó a buscar información y acompañamiento.

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Jennifer Carchi recibe la documentación legal de su finca en la ceremonia de graduación de ProducerPlus, tras culminar dos años de acompañamiento técnico. Fotografía de Diego Lucero.

“Vivir en el campo no significa saberlo todo”, dice Jennifer. La agricultura también es técnica, registro, cálculo. Esa conciencia la aprendió con las capacitaciones de ProducerPlus.

La fundación no da talleres aislados ni charlas de una mañana, sino que comparte procesos. Los técnicos no llegan a imponer recetas rápidas: verifican que el conocimiento se adopte y se mantenga en el tiempo. Explican a los productores por qué la fertilización no es intuición sino equilibrio químico; por qué los derechos laborales no son un requisito externo sino una responsabilidad que promueve bienestar comunitario e igualdad; por qué un problema como el trabajo infantil no se previene con multas sino con organización familiar y comunitaria; y por qué el medio ambiente no es un concepto abstracto, sino la base misma de la producción.

Ese aprendizaje se extiende hoy por 39.568 hectáreas de cultivo de cacao acompañadas por el programa en seis provincias. Son miles de parcelas donde, poco a poco, la técnica deja de ser teoría y se vuelve práctica diaria.

Y, sobre todo, por qué sin registros claros no hay negocio.

Jennifer es luminosa y entre risas admite que no siempre fue disciplinada para anotar. Si la cosecha no se registra en el momento, se olvida. Ahora conoce los datos de cada jornada, cuántas gavetas salieron, cuándo, cuánto dinero ingresó. Hoy sabe si está ganando o perdiendo, si la secuencia y organización de actividades agronómicas aplicadas se mantienen o si deben cambiar de estrategia. 

Jennifer no lleva registros porque alguien se los exija esa semana, los lleva porque entendió que sin datos no hay decisiones, ni un pago justo. Hoy un quintal de su cacao fino de aroma, seco y documentado, lo pueden vender entre 350 y 400 dólares. No cuida el cultivo solo para cumplir un estándar, lo hace porque ahora comprende cómo ese cuidado impacta en la productividad y en la sostenibilidad de su propia tierra.

Producer Plus trabaja de forma personalizada, incluso donde no hay grandes extensiones ni altos volúmenes, la extensión promedio de las fincas de cacao con las que trabaja ProducerPlus es de 3,52 hectáreas. En fincas pequeñas, incluso de media hectárea, y con productores independientes. Con personas que necesitan adaptar los contenidos a su realidad concreta. El estándar no baja, la metodología se ajusta.

Es un modelo que no discrimina por tonelaje ni prioriza números sobre personas. Se apoya en alianzas académicas como con la Universidad de Guayaquil y la Escuela Superior Politécnica del Litoral (ESPOL) y de conocimiento especializado como Negentek que busca mejorar la operación y la toma de decisiones de las compañías de comercio y molienda mediante la automatización y digitalización de todos los procesos en software de última generación. Así se apalanca en eficiencia operativa y presencia constante en territorio.

Jennifer hoy entiende su finca como una unidad productiva que debe cumplir criterios técnicos, sociales y ambientales más allá de quién es su comprador.

Quedarse en el campo no fue quedarse atrás como muchos le dijeron. Fue profesionalizar lo que siempre había estado ahí. Y eso —que el cumplimiento no dependa del mercado sino del aprendizaje sostenido— es lo que transforma una finca en un proyecto viable en el tiempo.

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