Las plantaciones de cacao están a los dos costados de una vía estrecha de tierra húmeda. A cada lado, hay casas pequeñas de cemento coloridas, patios amplios y parcelas donde crecen árboles de mazorcas ovaladas que brotan directamente del tronco: verdes, amarillas o violetas.

El cacao nacional (o cacao «Arriba») es una variedad de cacao fino y de aroma, originaria de Ecuador, reconocida mundialmente por su sabor floral y notas frutales únicas. Fotografía de Diego Lucero
“Parece un árbol alienígena”, dice Pablo Noboa, presidente de la fundación ProducerPlus, mientras señala uno.
En esas parcelas de Seis de Julio, una parroquia agrícola de la provincia del Guayas, se cultivan distintos tipos de cacao que no solo se cosechan: también se procesan, se secan y se venden mejor.
En el cacao, un solo paso —secar la pepa— puede cambiar el precio.
Durante años, muchos productores de la zona vendían su cacao “en baba”: recién cosechado, con mucílago, sin procesar. En ese estado, el producto pierde valor porque el comprador asume el trabajo de fermentarlo y secarlo.
El mucílago es la pulpa blanca y pegajosa que recubre la pepa del cacao. Es parte natural del fruto, pero para comercializarlo a mejor precio hay que retirarlo mediante fermentación y secado.

A la izquierda, vemos cacao nacional o «Arriba», partido, una variedad de cacao fino y de aroma, originaria de Ecuador. A la derecha CCN-51 (Colección Castro Naranjal-51) una variedad híbrida de cacao de alta productividad, desarrollada en Ecuador en la década de 1960 por el investigador Homero Castro Zurita. Fotografía por Diego Lucero.

Ese proceso —que ocurre después de la cosecha— es lo que define cuánto vale el cacao.
A dos horas de Milagro, luego de atravesar monocultivos de plátano y arroz y bordear la Reserva Ecológica Manglares Churute, está Seis de Julio. Allí, el programa de ProducerPlus trabaja con unos 4 mil pequeños productores.
Valentín Agapito Plúas, de 58 años, es uno de ellos.

Cacaoteros de la costa ecuatoriana implementan técnicas en los procesos de postcosecha. Con el apoyo de ProducerPlus aumentan su ingreso económico y aportan valor agregado a la pepa. Fotografías de Diego Lucero.
Hace dos años empezó a cambiar la forma en que trabaja su finca. Implementó nuevas prácticas: priorizó la poda, mejoró el manejo de la postcosecha y comenzó a trabajar con otros productores.
También construyó una máquina secadora de cacao.

Agapito Plúas, cacaotero del recinto Seis de Julio en el cantón Naranjal posa junto a una maquina semi automática secadora de cacao, construida artesanalmente. Fotografía de Diego Lucero.
En los patios de concreto de las pequeñas casas coloridas, el secado sigue siendo parte del paisaje. Si el clima ayuda, los productores extienden plásticos sobre el suelo y, con botas de caucho, remueven las pepas con los pies para distribuirlas y que el sol las seque. En otros casos, usan marquesinas: estructuras cubiertas con plástico translúcido que protegen el cacao de la garúa, frecuente en la zona.
Pero esos métodos dependen del clima. La máquina de Plúas no.
A diferencia del secado al sol, permite un flujo de aire constante que seca el cacao de forma uniforme. Reduce el tiempo del proceso y mejora la calidad del grano.
Hoy, Plúas ya no vende cacao con mucílago. Lo seca —a veces completamente, a veces semiseco— y negocia un mejor precio.
No es el único.
En la costa ecuatoriana, la diferencia entre perder y ganar en el cacao puede estar en ese paso. Productores como Plúas lo confirman con resultados concretos: pasaron de vender su producción sin procesar —con pérdidas inevitables— a secarla y negociar mejor.
Porque el precio no depende solo de la calidad, también responde a una lógica de negocio.
Desde los centros de acopio explican que comprar cacao con menor humedad —incluso semiseco— reduce tiempos, costos y trabajo operativo. Mientras el cacao en baba puede tardar hasta tres días en estar listo para comercializarse, el semiseco puede entrar en circulación en pocas horas.
En un negocio donde la ganancia depende de la rotación, ese tiempo importa. Por eso el cacao seco vale más.
Venderlo así puede aumentar los ingresos hasta en un 10% en algunas zonas, según datos del programa. Pero para lograrlo, muchos productores enfrentan la misma barrera: no tienen infraestructura, capital ni acompañamiento técnico para manejar la postcosecha.
Ahí es donde el trabajo de fundaciones como ProducerPlus hacen la diferencia.
Por ejemplo, Valentín Agapito Plúas trabaja ahora con el agricultor Nelson Chuchuca y otros productores del recinto. Usan la máquina secadora de forma compartida: organizan turnos, procesan el cacao de la zona y venden en conjunto a los centros de acopio.

El cacaotero Nelson Chuchuca cosechando cacao CCN-51 en su parcela de 3.5 hectáreas. Fotografía de Diego Lucero.
El trabajo ya no es individual.
Esa forma de organización —impulsada dentro del programa de ProducerPlus— permite sostener el proceso: asegurar volumen, mantener calidad y negociar mejores condiciones.
Las capacitaciones no solo introducen técnicas. También cambian la forma de ver la finca: de una actividad de supervivencia a un sistema con decisiones que impactan directamente en los ingresos.
Cómo podar. Cómo fermentar. Cómo secar. Con quién vender. Cada una importa.
En Ecuador, donde el 85% de productores tiene menos de cinco hectáreas, esos ajustes hacen la diferencia. “A mí me ha ayudado en un 100% implementar lo aprendido”, dice Chuchuca. “Ahora podemos negociar mejor el precio”.
En Seis de Julio, ese cambio ya se nota. El cacao no solo se cultiva: se procesa. No solo se vende: se negocia. Y en ese paso —de húmedo a seco— está buena parte de su valor.
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