Si la música de Lolabúm se midiera con un cuadro estadístico, de esos que presentan el final del año fiscal en una empresa, la línea sería ascendente. Es decir, todo estaría marchando bien. Eso es lo primero que se piensa sobre Muchachito roto, el más reciente disco de la banda quiteña. El disco de Lolabúm es un trabajo que vino a cambiarlo todo.

Y en el chart, la flecha que asciende es la mejor metáfora para graficar lo que ha venido pasando con Lolabúm. Porque ya son cinco discos y, siempre, el que acaba de salir es evidencia de cómo la propuesta va mejorando de un álbum a otro. Tristes Trópicos —2018— es más compacto y tiene un sonido más pulcro y claro que El Cielo —2016.

Verte antes de fin de año y O clarividencia —2020— son los discos pandémicos que reflejan un caos estructural y profundo, junto a un sonido experimental y noisy que muy pocos músicos se han atrevido a conjurar en este lugar. 

Hoy, 2023, es el turno de doblar la apuesta. 

En Muchachito roto hay una especie de idea unitaria —quizás sea una trampa, una ficción—, que permite pensar en su vocalista, Pedro Bonfim, como ese mismo ser que se supone está descompuesto pero que acepta, con gozo, su estado. Por eso la portada tiene una foto de Pedro Bonfim —tomada por Rigoberto Lequerica— donde se lo ve como ese muchachito roto, pero feliz celebrando lo que es, en la playa.

En el fondo, Muchachito roto no es un disco triste, pese a que tiene cierta saudade —el uso de esta palabra en portugués no es aleatorio. Es decir, hay una especie de nostalgia feliz, en medio de una paradoja, que también hace pensar en esa frase que se le atribuye a Alexander von Humboldt sobre los ecuatorianos, esa por la que los habitantes de este país son extraños y raros porque “se alegran con música triste”

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Este disco es una versión de esta frase donde todo eso intenso, contundente y personal también puede ser motivo de celebración.

Y esto explica mucho de lo que sucede en este trabajo, que tiene la producción y mezcla de Ernesto Karolys —conocido en el ambiente musical como el Ruso.

Aquí manda la reiteración: lo que sucede con ciertos versos, sonidos, instrumentos y estilos. Bossanova y cumbia están en un mismo nivel —esos géneros que son dejados de lado y que aquí se actualizan—, las guitarras acústicas tienen mucha más presencia. Portugués y español son los idiomas que pueblan las canciones.

Este es un disco de 11 canciones en el que conviven la fiesta, la melancolía y lo pop. 

Se grabó entre marzo y agosto de 2022. Es un disco que se estaba haciendo cuando hubo un paro nacional. Y se grabó en el estudio del Ruso, en pleno centro histórico de Quito. 

Muchachito roto es un disco impresionante, absolutamente contemporáneo, que se conjuga en tiempo presente, a pesar de mirar atrás.

Ese proceso orgánico 

Pedro Bonfim dice que siempre hay una canción que sirve como faro, como luz, que cataliza el sentido de un nuevo disco. Para Muchachito roto, esa canción fue Nidi —el segundo tema del disco. Una composición que armó con Martín “Techo” Erazo —el otro miembro de la actual Lolabúm— luego de grabar el video musical de Penitas del disco O clarividencia, en 2020. 

“La hicimos en su casa —donde se grabó el video—, entre las nueve y once de la noche. Fue muy rápido y no estábamos pensando en sacar nada en ese momento. Ni siquiera había salido O Clarividencia, pero la pasamos muy bien haciéndola, porque fue una cosa de hacer melodías chéveres, con letras como un juego y fue muy divertido”, dice Bonfim.

Esa naturalidad generó una serie de temas que aparecieron uno detrás de otro, como si Pedro Bonfim estuviera conectado con algún tipo de sensibilidad propia de este tiempo. Como ya venía pasando.

Pero lo de este disco es casi providencial.

Las canciones de Muchachito roto salieron rápido, lo que no es igual a decir que salieron con facilidad. El proceso fue casi el de crear un personaje como narrador de muchas canciones —ese muchachito roto que a veces se llama Bonfim— y divertirse en el camino. Una diversión desde cierta ingenuidad. 

De no saber lo que se estaba armando.

Y todo se fue dando. Las canciones aparecieron. Fueron varias. La guitarra al frente y unos demos que Pedro subió a una cuenta de soundcloud secreta y de acceso privado. Ese santo grial para los fanáticos de Lolabúm.

Una de esas veces, mientras escuchaba esos demos con Felipe Lizarzaburu —el Felipe de La Máquina Camaleón— que cayó en cuenta de que ya tenía algo en sus manos con unidad. “Me dijo ‘está buenazo el disco’ y yo como que me dije ¿disco? Y me quedé pensando en eso y al día siguiente estaba en mi casa, y me pregunté quién era esta persona que está cantando estas canciones, y como que se me vino ahí que sí, que ya tenía un disco”, cuenta Bonfim.

Un disco que debía ser grabado.

Un estudio en el centro histórico de Quito

En junio de 2022 el disco ya tenía tres meses cocinándose en el estudio del Ruso Karolys. Habían empezado a trabajar en él en marzo, con Salgo en la tele. Pero la canción tomó mucho tiempo. No porque no supieran qué hacer, sino porque —en esa forma orgánica para que todo saliera— productor y músico empezaron a conocerse, a hablar, a encontrar ese punto en común.

Pedro y el Ruso sabían de la existencia del otro, pero había una distancia, quizás por ser parte de distintas generaciones, quizás por las ideas que existen dentro de una escena independiente ecuatoriana, la que parece no encontrar manera de congeniar varias formas de pensar la música. “Este medio se presta también para los prejuicios —dice Pedro Bonfim—, entonces, como que tenía un poco de recelo de acercarme a él”. 

En una reunión, por algún gesto azaroso, Pedro Bonfim y el Ruso Karolys terminaron sentados uno al lado del otro.

“Ahí como que comenzamos a hablar y me cayó inmediatamente bien. Fue una cosa como que ‘wow, en este man puedo confiar’ y fue justo cuando había decidido hacer el disco”, dice Bonfim. Cuando salían del lugar, Pedro le preguntó a Karolys si estaría interesado en producir lo nuevo y le dijo que sí.

De esa manera se empezó a producir ese intercambio de perspectivas en el estudio. 

Salgo en la tele se hizo casi en tres meses —como esa especie de primera jugada en el ajedrez, para ver lo que tiene para ofrecer quien está al frente.. De ahí, entre junio y agosto, el disco se terminó de cocinar. Las sensibilidades de ambos supieron juntarse y eso se nota en Muchachito roto

Así que entre el bossa —una de las mitades de Bonfim aparece de manera directa, ya que su padre es brasileño—, la cumbia —con la figura de Polibio Mayorga a la cabeza— y el gesto de convertir al pop en algo menos sintetizado, el disco fue saliendo. También con cierta sonoridad propia de la música de hoy, del género urbano. Porque la voz de Pedro está en primer plano, es lo que más se escucha y se reconoce. 

Las letras se escuchan, Pedro se centra en cantar como no lo ha hecho en los otros discos.

Y en el ejercicio de crear nuevos discursos y versos que suenen contemporáneos —las letras de Muchachito roto solo pudieron ser creadas en este tiempo; no antes, ni después—, el disco da muchas veces en el clavo. En esta idea de festejo por todo aquello que no es lo correcto, que no funciona como debería, pero que es.

Así sea en Nidi, cuando canta “Yo soy tu tamagotchi, te extraño cada noche / dame de comer que sino me muero”. O en Shorty 2 —ft Menino Gutto—, en la que dice: “te quiero tanto shory, mi vida es un relajo / mira lo que dejaste, mi corazón twerkeando”. 

Es probable que ese personaje del muchachito roto tenga su instante más alto en Alegrías computables —una de las mejores canciones del cancionero nacional que se ha podido componer y grabar. Cuando se identifica como el mismo cantante y define un estado de ánimo: “y al tocar la tierra, mi ángel malo dice tonto, pelele bonfim / que más abajo de esto no se cae y tú ni cuenta”. 

Esa paradoja entre la necesidad de presencia, de estar con alguien y de encontrar un lugar de pertenencia se mezcla con la melancolía fiestera. Aquí, el dolor ha sido apropiado por el festejo. Si algo duele, todavía hay vida. 

“Siento que estaba como muy metido en un universo para escribir así como Bad Bunny se permite hacerlo, algo así como jugar”, sintetiza Bonfim.

Pero eso no es algo que solo vino de él.  Hace poco, un amigo de Colombia le dijo que sentía que en Ecuador no hay miedo de hacer pop. Pero un pop particular, un neo pop ecuatoriano que entiende mejor lo que es el pop de ahora. “Ese pop que para mi generación es el reguetón”, dice.

Muchachito roto no es un disco de reguetón. Pero lo entiende, lo visita, reconoce sus sonoridades. Se apropia de algunos detalles, de cómo todo debe sonar, tener su espacio, su momento. 

No es reguetón, pero al mismo tiempo sí lo es.

“Justo veía que alguien puso en Twitter: ‘Los Lolabúm se hicieron reguetoneros, y me da chiste porque somos reguetoneros en un disco donde está una canción como Alegrías Computables o una como Crymen —se pronuncia “crimen”—. Entonces, sí siento que es reguetonero”, dice Pedro Bonfim. 

Esto significa que Lolabúm ha entendido el tiempo que le toca vivir y canta en él. 

Felipe, de la Máquina Camaleón, le contó que se había subido a un taxi y que sonaba La noche de anoche, de Bad Bunny y Rosalía. Y que todo salía por un parlante dañado, pero la voz sonaba con absoluta claridad. “Eso me dejó pensando muchísimo, y claro, supe que así quería que fuera el disco, con la voz como lo súper principal”, termina Pedro Bonfim.

En el camino no solo eso fue posible. Lolabúm ha lanzado el mejor disco de su carrera y una de las mejores producciones que se han hecho en el país. Y eso no es poca cosa. Solo fue cuestión de reconocer el momento en el que estamos todos, ser una especie de reflejo de la actualidad.

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Eduardo Varas
Periodista y escritor. Autor de dos libros de cuentos y de dos novelas. Uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina según la FIL de Guadalajara. En 2021 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, que entrega la FIL de Guayaquil.
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