Una noche de agosto de 2021, Daniela* salió con un amigo. Eran cerca de las 3 de la mañana y caminaban tranquilos por una calle de Mindo, un pequeño pueblo al noroeste de Pichincha, cuando él, la empezó a golpear a piedrazos y la intentó violar. Daniela fue desesperada a buscar ayuda a una unidad de policía comunitaria. 


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Pero el policía que la atendió le dijo que se “vaya a descansar, que vaya a dormir y no moleste”. Luego le cerró la puerta en la cara y cuando ella volvió a golpear, ya no le abrieron. Indignada, Daniela, quien entonces tenía 27 años, fue a pedir ayuda a su familia. Pero al igual que la policía, sus parientes le dieron la espalda. 

Como Daniela, más del 64,9% de mujeres ecuatorianas ha vivido violencia al menos una vez en su vida. También es una de las cientos de miles de mujeres de América Latina que han sido violentadas. Un estudio de Avon sobre violencia de género dice que en Ecuador, México, Argentina y Colombia “más del 80% de mujeres ha atravesado alguna situación de violencia”. La cifra, sin embargo, podría ser incluso más alta porque como explica Carla Patiño, presidenta de la Fundación Idea Dignidad, las denuncias no reflejan el total de los casos que ocurren.

Según la misma investigación, algunas de las mujeres sobrevivientes de violencia han decidido entrar a la Ruta Crítica, un proceso por el que, según la Organización Mundial de la Salud, pasan las mujeres sobrevivientes de violencia cuando deciden “romper el silencio” y buscar ayuda. 

Sin embargo, la búsqueda de esta ayuda en Ecuador y otros países de la región está llena de obstáculos. Estos no solo dificultan que las mujeres vivan libres de violencia sino que también hacen más difícil el acceso a la justicia y la reparación. 

Estos son algunos de los nudos más importantes a los que se enfrentan las mujeres a la hora de denunciar violencia.

El primer paso: reconocer

La violencia contra las mujeres es uno de los más graves problemas estructurales del Ecuador y otros países de la región. Y, según el estudio de Fundación Avon, la falta de identificación de las situaciones que constituyen violencia es clave para el resto del proceso. 

Según los datos levantados, aunque hay un alto nivel de conciencia sobre lo que simboliza la violencia de género, el nivel de conocimiento sobre lo que abarca y qué implica la violencia es muy bajo. De hecho, solo la mitad de las mujeres que indicaron transitar o haber transitado una situación de violencia de género la reconocieron como tal. 

El estudio dice también que la mayoría de las mujeres identifica a la violencia únicamente cuando hay una agresión física. La madrugada en que Daniela fue agredida nadie creyó que había sido violentada porque su cuerpo aún no tenía marcas y, a simple vista, parecía que nada le había pasado. “Ya cuando me vieron los golpes, me creyeron”, cuenta Daniela refiriéndose a su familia. 

Pero hay otros tipos de violencia que están más invisibilizados y muchas veces se interpretan erróneamente como situaciones aisladas o pasajeras. Carla Patiño, presidenta de la Fundación Idea Dignidad, dice que “muchas mujeres no se dan cuenta que están siendo víctimas porque la violencia está muy normalizada”.  

Por eso, el primer paso para buscar ayuda es reconocer la violencia y entender que no solo es física. 

Viviana Maldonado, directora del programa PreviMujer-GIZ —que trabaja en la prevención de la violencia en espacios como empresas y universidades—, dice que “la mayor violencia que se ejerce contra las mujeres es la psicológica pero es difícil ‘reconocerla’ porque no se ve”. 

Sin embargo, tiene consecuencias muy graves. Ana Vera, abogada de Surkuna, dijo en una entrevista para GK, que este tipo de violencia genera patrones de conducta discriminatorios a un nivel mucho más amplio. Puede afectar, en especial, al núcleo familiar. Cuando los niños crecen en un ambiente violento, se acostumbran y no cuestionan esos comportamientos, y en el futuro incluso los pueden llegar a replicar.

Otros tipos de violencia de género son la sexual, económica y simbólica, que aunque no son tan visibles para otros, son igual de graves. Según la Organización Mundial de la Salud, la violencia de género puede afectar de manera negativa la salud física, mental, sexual y reproductiva de las mujeres. Además, en algunos casos, puede también aumentar el riesgo de contraer VIH.

Hay quienes pueden identificar que son víctimas de violencia más fácilmente que otras y hay quienes pueden tardar hasta ocho años en reconocer su situación. Los tiempos son diferentes para cada mujer y su forma de buscar ayuda también puede ser diversa. Según el estudio de Avon, no hay una manera de pedir ayuda que funcione igual para todas las sobrevivientes de violencia. 

La dificultad de que te crean

Después de dar el gran paso de reconocer que son víctimas de violencia, las mujeres enfrentan otro gran obstáculo: que les crean. 

Según el estudio de Avon, más de la mitad de las mujeres —63%— que sufrieron algún tipo de agresión lo hablaron con alguien. La mayoría dijo que habló con amigos y familia. Un grupo más pequeño dijo que habló con un psicólogo, terapeuta o psiquiatra, y otras mujeres hablaron con su pareja. Pero con quienes menos hablaron fue con las autoridades policiales o judiciales —el 14%— y con personas de alguna entidad especializada en violencia basada en género —4%—. 

Carla Patiño dice que “es lógico que las mujeres busquen a sus amigos y familiares antes que a organizaciones o autoridades porque son las personas a las que siempre llamas primero”. Generalmente, dice la abogada, son las personas que te van a escuchar y no van a juzgar. 

Pero no siempre es así. Cuando Daniela fue agredida por su amigo, en un principio nadie le creyó, ni la policía ni su familia. Que los agentes policiales no le hayan creído no le sorprendió, pero que su familia le haya dado la espalda, le dolió. “Me sentí súper dolida y defraudada de que no me creyeran; estaba golpeada porque él casi me mata, pero nadie me creía”.

Según el estudio de Avon, el “descreimiento” o el hecho de que otros minimicen su situación es uno de los obstáculos que enfrentan las sobrevivientes al momento de buscar ayuda. Viviana Maldonado, de PreviMujer-GIZ, dice que “por eso a veces [las mujeres] callan, porque sienten que van a ser menos violentadas si no dicen nada”. 

Un sistema que no funciona

Que no les crean no solo es un obstáculo para pedir ayuda sino también para acceder a la justicia. Según Viviana Maldonado, “muchas mujeres no denuncian porque no confían en que el sistema las protege y las va a cuidar”. 

Según un informe de las organizaciones Surkuna y Cepam de 2022, en Ecuador, las razones más comunes por las que las sobrevivientes de violencia no interponen una denuncia son el desconocimiento de la ruta de acceso, las falencias en la recepción de la denuncia por parte de las autoridades judiciales y la falta de confianza en la eficacia del proceso judicial. 

El estudio de Avon dice que solo 11% de las mujeres que atravesaron una situación de violencia hizo una denuncia. De ellas, un poco más de la mitad aseguró que el tratamiento a su caso “fue poco o para nada adecuado”. Datos oficiales del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) dicen que de las mujeres que han sido víctimas de violencia, el 92,2% no denunció. 

El tipo de violencia que menos se denuncia es la violencia sexual. El estudio Y la culpa no era mía, de Surkuna, dice que muchas sobrevivientes no denuncian por obstáculos como desconocimiento, la falta de privacidad y protección, la inoperatividad de los operadores de justicia, la corrupción en el sistema judicial y la revictimización.

A Daniela, por ejemplo, los policías le cerraron la puerta en la cara, literalmente. Pero ese no ha sido el único obstáculo que ha enfrentado, el proceso de buscar justicia ha sido muy difícil. Dos días después de haber sido agredida, la joven buscó ayuda en Salem, un Centro Comunitario en Mindo. Allí, encontró el acompañamiento y apoyo legal que necesitaba para buscar justicia.

En un principio, la joven denunció a su agresor por el delito de tentativa de violación, “porque él no solo me golpeó, sino que también intentó violarme”, dice Daniela. Sin embargo, hace dos semanas lo cambiaron por el delito de lesiones. La joven explica que el equipo legal que la está acompañando le dijo que era mejor hacer este cambio porque hay más pruebas físicas para probar ese delito. 

Para probar la tentativa de violación, hay su testimonio, pero para el sistema judicial que hay en el país eso no es suficiente y su agresor podría quedar libre. 

Daniela dice tímidamente que cuando le contaron sobre este cambio “me sentí mal porque él trató de violarme, pero luego dije bueno, con tal de que pague, de que no le haga lo mismo a nadie más”. 

En Ecuador, el delito de lesiones se sanciona con prisión desde los 30 días hasta los 7 años, dependiendo de la gravedad de las lesiones. En el caso de Daniela, su agresor podría estar en prisión máximo durante un año. 

Para la joven no es suficiente, pero es algo. La audiencia de juzgamiento del caso está programada para enero del 2023. 

Una sociedad que juzga

Según el estudio de Avon, la vergüenza es otro gran obstáculo que enfrentan las mujeres para pedir ayuda cuando son víctimas de violencia. Muchas mujeres dudan al momento de buscar ayuda porque tienen miedo de los juicios de valor o moral que puedan hacer sobre ellas las personas o la sociedad que las rodea. 

Daniela dice que una de las razones por las que no buscó ayuda de inmediato —además de la policía y su familia— fue porque “al vivir en un pueblo era difícil”, sabía que la iban a juzgar, y así fue. La joven dice que cuando fue agredida ella estaba en estado etílico “pero no estaba mal, me acordaba de todo”, cuenta. 

Sin embargo, para la gente en Mindo, que hubiera tomado alcohol era razón suficiente para juzgarla y culparla por lo que le había pasado.

“Decían que qué hacía una mujer a las 3 de la mañana con un hombre sola, y que por qué estaba tomando. Me juzgaron todo mundo y me sentía súper mal porque todos me quedaban mirando mal. Todo el mundo conversaba por las calles cuando pasaba”, dice con su voz quebrada cuando recuerda esas escenas. 

La vergüenza a veces aparece por el miedo a lo que diga la sociedad, como en el caso de Daniela. Pero en otros casos, explica Carla Patiño, la vergüenza está relacionada con la culpa. “Muchas mujeres piensan en cómo van a ser vistas, cómo se permitieron a ellas mismas ser víctimas”. La culpa, dice Patiño, hace que a veces las mujeres decidan no buscar ayuda o denunciar su situación.  

La dificultad de permanecer

Si bien buscar ayuda es un gran progreso, no es tan fácil permanecer “ahí”.

Carla Patiño dice que el que las mujeres se queden en los espacios de ayuda depende de cuáles. Según la experta, cada caso es un “mundo diferente y por eso lo más importante es crear espacios seguros donde se sientan cómodas y puedan tomar sus propias decisiones”.

Pero aún así, hay factores que dificultan que las mujeres permanezcan en la búsqueda de ayuda que les permita ser libres de violencia. Según el estudio de Avon, uno de  los principales obstáculos es el miedo a exponerse y sufrir represalias por parte del agresor y su familia. Muchas mujeres se retractan de buscar ayuda porque creen que hacerlo puede desatar aún más violencia. 

Otro gran obstáculo es el tener hijos o personas a cargo, como padres o abuelos. Esto, dice el estudio, puede suceder porque las mujeres sienten que se quedarán sin alguien con quién compartir el cuidado de estas personas o porque temen perder un vínculo. 

Se estima que 7 de cada 10 mujeres víctimas de violencia consideran que el tener hijos o personas a cargo es un desafío adicional. Esta dificultad está a su vez relacionada con los recursos económicos que se necesitan para mantenerlos. 

Según el estudio de Avon, la falta de independencia económica también dificulta que las mujeres permanezcan en la búsqueda de ayuda. 

Cómo sobrellevar los obstáculos

Carla Patiño dice que “no hay una regla o un manual de cómo asistir a las mujeres que son víctimas de violencia porque cada mujer es diferente” y los obstáculos que enfrenta también lo son. 

Sin embargo, hay algunas acciones que pueden permitir a las mujeres sobrevivientes de violencia a superar las dificultades con las que se encuentren al buscar ayuda. Viviana Maldonado explica que  “se necesita de varias estrategias” y de la participación de “toda la sociedad”. 

Por ejemplo, el apoyo de la familia. La experta dice que se necesita contar con soporte de una familia que ayude a las víctimas a dejar de justificar relaciones irrespetuosas y agresivas, para que puedan buscar ayuda y no volver a la violencia. 

Patiño agrega que también es importante brindar asesoría y acompañamiento. La asesoría, explica, es necesaria para que las sobrevivientes “tomen decisiones informadas”. Mientras que el acompañamiento es necesario para que “puedan enfrentar el proceso”.

Cuando Daniela fue agredida, la asesoría de Salem fue clave para que supiera qué decisión tomar y por qué hacerlo. Ahora, que lleva más de un año en el proceso frente a su agresor, el acompañamiento de Salem y Warmi Pichincha “me ayudan muchísimo para salir adelante y estar bien para mi hijo”. 

Otra forma de sobrellevar los obstáculos es el apoyo psicosocial de gente especializada, dice Patiño. Las mujeres que han sido víctimas de violencia necesitan del apoyo de un psicólogo  que les acompañe y ayude a recobrar la seguridad en sí mismas, a recuperar el control de sus vidas, a sanar el impacto psicológico de la violencia y a empoderarse. 

Una de las primeras cosas que hicieron en Salem cuando Daniela buscó ayuda fue remitirla donde un psicólogo. La joven tenía miedo de que su agresor regresara y la matara, no estaba durmiendo bien, y dejó de confiar en todos. Ahora, más de un año después, reconoce que está mucho mejor. “El apoyo psicológico me ha ayudado bastante y ahora me siento mejor, más motivada y más fuerte”, dice Daniela.

Viviana Maldonado dice que además es importante que todos y todas brindemos “mucho apoyo a las sobrevivientes de violencia para que puedan sentirse en la posibilidad de decir basta y no así no sucumban otra vez”. 

Maldonado asegura que como sociedad también tenemos el deber de cuestionar la problemática de la violencia de género y recordar que “la violencia termina cuando los agresores deciden no ser agresores” y que por eso no podemos ni debemos juzgar a las sobrevivientes. 

La experta dice que nuestro rol debe ser “escuchar, no juzgar, ofrecer apoyo, y dejar que las mujeres sean quienes tomen las decisiones”. 

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Doménica Montaño
(Quito) Reportera de GK. Cubre medioambiente y derechos humanos.

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