El estadio Monumental, bastión del poderoso Barcelona Sporting Club, recibió el domingo 6 de noviembre de 2022 un remezón que en siete días podría convertirse en un hito futbolístico. Perdió contra Sociedad Deportiva Aucas 1-0, un marcador discreto desde un punto de vista matemático, pero históricamente enorme. 

El Barcelona vs Aucas de ese domingo fue mucho más que una final y un partido de fútbol. Trascendió el estadio y el juego mismo. 

El cotejo fue el primero de la final entre dos ídolos populares del fútbol nacional: Barcelona, el Ídolo del Astillero (o “el Ídolo” a secas) y Aucas, “el Ídolo del Pueblo”. Ambos, luchando por consagrarse, por distintas razones.  

En un país donde el fútbol ha ofrecido más motivos para celebrar los imaginarios patrios que cualquier campaña electorera oficial o fiesta nacional, este partido fue la primera parte de una final que necesitaba el Ecuador: un encuentro para alegrar, más allá de los bandos, a todos los ecuatorianos que disfrutan de la belleza del fútbol y de sus leyendas. 

Aclaración: nunca he sido hincha de ninguno de estos dos equipos y muchos de los partidos del LigaPro Betcris (su nombre oficial) suelen aburrirme. Eso tiene sus ventajas: no tengo apegos futbolísticos, por lo que puedo disfrutar sin tanta angustia, ira o dolor del buen juego. 

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El cotejo entusiasmó a hinchas y no-tan-hinchas como yo porque reivindicó la capacidad del fútbol ecuatoriano de crear narrativas nacionales y de convocar pasiones. Se enfrentaron dos escuadras míticas: por un lado el equipo con mayor hinchada y más estrellas del Ecuador, Barcelona, que se juega un decimoséptimo título que lo alejaría aún más del resto de equipos: el rey indiscutible. 

Por otro, Aucas, el equipo del Sur de Quito, de asidero popular, que pelea por su primer título nacional en la historia. Ambos visten camiseta amarilla —tan amarilla como la de la selección nacional y son descritos como “ídolos” populares o los auténticos representantes del pueblo. 

Además, tanto Aucas como Barcelona han acogido con especial cariño a figuras pintorescas e histriónicas propias del folclor y realismo-mágico autóctono como René Higuita en el caso de Aucas.   Son equipos que no olvidan sus orígenes barriales y que conforman respectivamente al dominante y al desvalido: Barcelona es visto como un gigante nacional y el Aucas como el sempiterno underdog, el menos perfilado que termina por torcer el destino. “Aucas significa resiliencia y humildad, costó mucho llegar a dónde estamos”, me dice Andrés Román, sociólogo e hincha del equipo oriental desde muy pequeño. “Aucas y BSC representan esa idolatría popular porque desde la composición de sus hinchas, han sido siempre los humildes, los de abajo, los pobres”.

Aucas

Los jugadores de Aucas antes de jugar contra Barcelona el 6 de noviembre de 2022. Fotografía tomada de la cuenta de Twitter de Aucas.

Esa carga simbólica estuvo encarnada en la cancha. El triunfo del Aucas se dio de la mano de César Farías, entrenador venezolano, que optó por arriesgarse en su juego como visitante.  Fue un riesgo muy  medido: mantuvo el mismo orden que definió a su equipo durante el campeonato. La disciplina de los defensas Luis Cangá, Richard Minda y Ricardo Adé brindaron apoyo al guardameta Hernán Galíndez, quien se lució atajando varios peligrosos. 

El riesgo fue respondido por Barcelona que dominó durante la primera etapa, alentado por la barra brava más grande y extendida del Ecuador, pero desperdiciando muchas oportunidades de gol. En su mayoría, gracias a Galíndez. 

El único gol del partido lo hizo Édison Vega a los 65 minutos. Era otro hito, ya que Vega —antes en Liga de Quito— no había anotado goles con Aucas. Si no hubo más goles, fue por la excelente defensa de ambos equipos. 

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El fútbol se distingue por sus marcadores discretos. No necesita de bombardeos de lado a lado para exhibir belleza, crear jugadas dramáticas y emocionar a sus espectadores. La tensión de fuerzas, la confrontación de tácticas y la genialidad individual esporádica suele bastar para ser un buen juego. Eso en cuánto a lo que sucede en la cancha. 

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Entre sus espectadores, el fútbol se sublima cuando está cargado de sentido; cuando aterriza las penas, anhelos y la historia que se proyectan desde afuera del estadio. 

Es un producto cultural tan barrial y comunitario como masivo y comercial. Por eso rebosa de símbolos que pueden obedecer, dialogar o contradecir  la política, la historia, el arte. Puede alejarse o acercarse a la realidad de sus hinchas y jugadores. Convoca y, así como distrae, puede reflejar el mundo fuera de la cancha. También puede romperlo. 

Como muestra Pablo Mogrovejo en su documental Ecuador contra el Resto del Mundo, el juego puede convertirse en un movilizador colectivo en tiempos en los que no hay más razones para celebrar otros referentes nacionales. 

Su documental retrata el partido de clasificación al Mundial Corea-Japón 2002 (contra Uruguay en Quito) visto por un recluso en la cárcel, un paciente psiquiátrico, un migrante en Queens, Nueva York, y el ya fallecido ex golero de la Tricolor, Carlos Delgado, en Esmeraldas. Reivindica ese momento como catalizador y desfogue: un retrato de un país capaz de aferrarse a sus símbolos poco después de haberse desmoronado por su peor crisis económica en la historia

Francisco Fydrisewski y Jhonny Quiñónez

Francisco Fydrisewski y Jhonny Quiñónez, jugadores de Aucas, y Carlos Rodríguez de Barcelona. Fotografía tomada de la cuenta de Twitter del Aucas.

Los símbolos patrios que se imponen desde la escuela con juramentos, mitos como los de Abdón Calderón e historias oficiales hiperbólicas (como el mito de que el himno nacional es el segundo más bello en el mundo) finalmente palidecen frente a la euforia real, viva y colorida de un duelo futbolístico. 

Eso vivimos el domingo 6 de noviembre de 2022, cuando todos fuimos del querido Auquitas; todos, de repente, interesados en una ficción materializada. Las lágrimas de César Farías, un entrenador venezolano, como un representante de todo lo bueno que aportan los migrantes a las comunidades y sociedades que los acogen, son parte de esa autenticidad, de ese sentido del que puede rebosar el deporte. Es la euforia de que, en el fútbol, como en la vida, a veces lo imposible se vuelve tangible. 

El domingo 13 de noviembre de 2022 será la segunda final. Nada está asegurado. Barcelona podría respaldarse en su larga historia de triunfos para imponerse, remontar y también hacer historia. En ese caso, también se trataría de un resultado sorpresivo e histórico; el drama de un juego entre leyendas. Y es por eso que debe verse y disfrutarse más allá de cualquier hinchada. No es novelería, sino el fútbol siendo fútbol: regalando los mitos que la mayoría de ecuatorianos se merece.

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Iván Ulchur-Rota
(Ecuador, 1988). Escribe para medios de aquí y de allá sobre viajes, política, barrios y cultura popular. Mientras termina una maestría en Antropología Visual, también juega con publicidad, educación y rutinas humorísticas sobre sus medias chullas.
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