Don't look up

El primero de enero finalmente sucumbí. Vi No miren arriba (Don’t Look Up), la película dirigida por Adam McKay que en las últimas dos semanas ha generado tanto repudio como alabanza. 

Se trata de una metáfora de ciencia ficción que satiriza la incapacidad de los políticos y los medios masivos de enfrentar con responsabilidad las crisis y desastres de los últimos años (ya sea la presente crisis del covid-19 o la inminente crisis del cambio climático). Es un retrato provocativo y, en momentos, estresante (logró que le grite a la pantalla) al señalar la negligencia de la clase política estadounidense y la superficialidad de su prensa. 

Digo “su prensa” y “su clase política”, cuando también me acuerdo de las nuestras. Aunque el trasfondo de Don’t look up (No miren arriba) son el gobierno y los medios estadounidenses, la película bien podría ser una advertencia de un fenómeno que en Ecuador se expresa de otras formas en los medios masivos, en la Asamblea, en Carondelet y nuestras redes. Ese fue el gran logro de la sátira: recordarnos que no importa cuán conectados estemos, en muchas cosas, seguimos siendo un chiste. 

No miren arriba se guarece en la ficción y la caricatura para no hacer alusión directa ni a la pandemia (nadie utiliza mascarillas), ni a ningún otro desastre del que advierta actualmente la comunidad científica en el mundo real, como el cambio climático. 

McKay optó por algo más material y visible: un cometa que es descubierto por los científicos Randall Mindy (interpretado por Leonardo Di Caprio) y Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence), seis meses antes de su inminente choque con la Tierra. 

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Aterrados por su descubrimiento, Mindy y Dibiasky se comunican con funcionarios gubernamentales como el doctor Teddy Oglethorpe, director del Departamento de Defensa Planetaria (que, aclaran en la misma película, sí existe) para finalmente llegar a la presidencia estadounidense. Ya en la Casa Blanca, son menospreciados por la presidenta Janie Orlean (Meryl Streep) y su hijo, el Secretario de Estado Jason Orlean (Jonah Hill). 

Los dos Orlean son caricaturas con rasgos muy cercanos a los de Donald Trump y su gabinete. Su gobierno está empapado de escándalos que guían sus decisiones sobre la noticia apocalíptica que recibe. 

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Antes de las elecciones seccionales, Orlean decide casi ignorar por completo la información. Después, por conveniencia política, la acepta pero en sus condiciones. Mientras tanto, los científicos acuden a la prensa para llegar al público. Tampoco encuentran los brazos abiertos. Se ven forzados a “tomar entrenamiento mediático” y adaptar el mensaje catastrófico a los formatos de la televisión masiva, entre sonrisas, chistes ligeros y las abrumadoras olas de memes, videos de Tik Tok y peleas en redes sociales. 

Meryl Streep en el set de Don't look up

El equipo de producción de la película retocando a Meryl Streep. En la película nadie usa mascarillas. Fotografía cortesía de Netflix.

Es ahí cuando se vuelve especialmente estresante. Don’t look up (No miren arriba) logra satirizar las motivaciones de personajes como la presidenta de los Estados Unidos, sin exagerar nada sobre el clima de la política, la televisión y las redes sociales. El contexto político es calcado del de los Estados Unidos y el mediático recuerda mucho al del Ecuador: noticieros adictos al rating y dispuestos a cualquier malabar formal, visual o narrativo para vender una noticia (como invitar a una vidente para preguntarle sobre el delicado caso de la muerte de Naomi Arcentales). 

Los medios, en ese sentido, nos acercan entre regiones y culturas. No miren arriba se burla de la parálisis cultural gringa, pero por ósmosis, se burla de la nuestra también. 

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La fecha para la transmisión fue oportuna: a inicios de lo que, en el mundo, algunos científicos auguran como el fin de la pandemia y, en Ecuador, después de que el presidente Guillermo Lasso declaró la obligatoriedad de la vacuna

Meryl Streep en Don't look up

Meryl Streep interpreta a la presidenta de Estados Unidos, Janie Orlean. Fotografía cortesía de Netflix.

Detonó algo entre quienes la vieron: algunos la llamaron pretenciosa y olvidable. El escritor Andrés Ortiz Lemos, por ejemplo, la comparó con la película El acorazado Potemkin de Eisenstein, cuya forma de retratar a los villanos había alertado a Jorge Luis Borges del fanatismo soviético. “Yo vi El acorazado Potemkin, Octubre y vi que no había un momento en el que los enemigos quedaran bien, que estaban hechos sin ninguna generosidad, que ya se veía el fanatismo”, dijo el escritor argentino sobre el filme. 

Pero la comedia siempre caricaturiza. Debe hacerlo. En el caso de No miren arriba, lo hace reconociendo su propia contradicción: en su esfuerzo por alertar al público de la llegada del cometa, Mindy y Dibiasky acuden a artistas de música pop, así como a videos amarillistas y frívolas campañas de viralización. 

Por ejemplo, en un concierto de Riley Bina (Ariana Grande casi interpretándose a ella misma) para generar conciencia sobre la llegada del cometa, la ciencia tiene cinco minutos para ceder el micrófono al espectáculo pop. Mindy y Diabiski declaman su mensaje apurados y salen del escenario. 

Bina luego menciona al cometa casi por casualidad, haciendo alusiones a “mirar arriba”, entre juegos de luces y su propio dramático canto. Es lo doloroso e irónico: Finalmente, el ecosistema mediático que molesta y obstaculiza a los protagonistas se vuelve su aliado y su única opción. Tanto en la narrativa del filme, como en su promoción: el elenco estelar logró más atención que su premisa. 

Don’t look up (No miren arriba) es una sátira necesaria en tiempos en los que la ciencia es vista con escepticismo y en los que los medios más consumidos tienden a ser los de luces más coloridas y escandalosas. Más allá de sus posibles contradicciones, logra retratar nuestra actual compulsión por la viralización y la distracción constante. 

Hay que verla, aunque sea estresante, no como oráculo, ni hito imprescindible, sino para recordar que allá y acá, los humanos podemos siempre ser un chiste. 

Iván Ulchur-Rota
(Ecuador, 1988). Escribe para medios de aquí y de allá sobre viajes, política, barrios y cultura popular. Mientras termina una maestría en Antropología Visual, también juega con publicidad, educación y rutinas humorísticas sobre sus medias chullas.

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