En las últimas semanas he salido de algunos grupos de WhatsApp. Intenté hacerlo con discreción, pero es imposible: la aplicación se encarga de notificar a todos los miembros para que te escriban uno a uno para convencerte de volver. ¿De volver a qué? A pelear.  

Me cansé de los textos conspiranóicos, la reducción del mundo a lassies o borregos, las interminables discusiones sobre inmunología entre gente que jamás ha estudiado inmunología. En 2021 no nos escuchamos. 

Ni en 2021, ni en 2020 o 2019. Ha sido la regla de la década en general: posiciones polarizadas, bandos militantes e hilos interminables de peleas en redes sociales en las que nadie jamás admite errores. Hemos hecho de la polarización, la inmediatez y la antipatía el principal modo de comunicación e intercambio, ¿cómo podemos esperar que nuestros políticos sean diferentes?

Sería un lugar común decir que “nos escuchamos menos que antes”. Cuando el pasado se utiliza como referente de comparación con el presente, se romantiza, como si se tratara de un bodegón sencillo y agradable.  “Nada es como antes” suena a frase de abuelito con nostalgia. La polarización y el odio han marcado gran parte de nuestra historia más reciente: el velasquismo en Ecuador, la Violencia en Colombia, la dictadura pinochetista en Chile. No son fenómenos nuevos. 

Lo paradójico es que en 2022 nosotros cargamos la responsabilidad de nuestras condiciones. En plena era de la información, tenemos como nunca el poder de comunicarnos de inmediato y desde dónde sea. 

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La comunicación y la información son el alimento de cada día. Vivimos con pantallas para leer, escribir, hacer compras, conversar. De inmediato, sin espera. En teoría, deberíamos entendernos más. 

Hace apenas 50 años hacer una llamada telefónica significaba sentarse junto a un teléfono de disco, marcar con paciencia un número anotado a mano en una agenda y esperar que alguien contestara. Ahora la llamada ni siquiera es necesaria, porque son cada vez más raros los lugares a los que no llega la señal de Internet: hay 4,88 mil millones de usuarios en el mundo y el número crece en un 5% anualmente. Además, en el planeta hay 5,29 mil millones de usuarios de celular (aproximadamente el 65 % de los 7,9 mil millones de habitantes en el planeta) y 4,5 mil millones de usuarios de redes sociales. 

flecha celesteOTROS CONTENIDOS DE OPINIÓN

El escritor Hernan Casciari dice que el móvil y la tecnología nos ha hecho “héroes perezosos”. Cuenta que la literatura mundial tuvo que despedirse de sus mayores conflictos: la incomunicación, la distancia y el desencuentro. “El cuento ya no funciona cuando los personajes pueden llamarse de cualquier lado”, dice. “Penélope ya no espera con incertidumbre a que Ulises vuelva del combate, porque Ulises le comparte la ubicación por Whatsapp. Con un celular en la canasta, Caperucita alerta a la abuelita a tiempo, al igual que los 3 Chanchitos, que está por llegar el lobo”. 

Casciari no busca negar la necesidad y el valor de la tecnología. Eso sería necio y anacrónico. Más bien señala el desperdicio, la contradicción que significa vivir entre tanto desarrollo para continuar con otro tipo de desencuentro: los insultos por mensajes, las peleas en redes sociales, las turbas cotidianas de indignados por noticias que después de poco tiempo dejan de importar. 

Desencuentros, como diría él, perezosos. Aunque tenemos las condiciones para encontrarnos, escuchar y aprender, nos aferramos a los mismos conflictos de siempre, pero ahora desde la comodidad de nuestros sofás, mientras vemos distraídos una serie en Netflix. 

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Es un fenómeno mundial. Nuestra forma de comunicación actual ha generado debates sobre el rol de las redes sociales en el intercambio libre de ideas, como la carta abierta de la Revista Harper’s Por la Justicia y el Debate Libre, (firmada, entre muchos otros,  por figuras como el lingüista Noam Chomsky, la académica Laura Kipniss, y la periodista Emily Yoffee) que advertía contra una “atmósfera asfixiante”, de una sociedad cada vez más intolerante. Los firmantes advierten que, mientras que la censura se podía esperar de “la derecha radical”, está se estaba volviendo cada vez más común en la praxis política progresista. 

Nos compete mucho: las redes sociales son un nuevo compás del discurso político, herramientas de adoctrinamiento y apaciguamiento automático no tanto debido al contenido, sino a la estructura y forma de transmitir información. Son un hábito informativo y comunicacional.  Según la escritora Helen Lewis, el fenómeno se conecta al performance al que nos fuerza el “capitalismo políticamente correcto” y para el antropólogo Roger Lancaster, responde a una tendencia a forjar “solidaridades tóxicas”, mediante bandos y vínculos creados con la facilidad de un clic y, en general, alrededor de un chivo expiatorio o alguien a quien odiar. 

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2021 fue un año de sordera: primero entre los candidatos con más posibilidades de ganar la primera vuelta presidencial en Ecuador, luego entre los partidarios de Lasso, los de Arauz y los del nulo. 

Detrás de todo ese barullo, ha subsistido también la insistencia de la gente que cree que las vacunas llevan chips de Bill Gates y quienes se rehúsan a cuestionar cualquier decisión o política del Comité de Operaciones de Emergencia Nacional por el covid-19. 

En Ecuador, los políticos han hecho lo mismo: aunque el presidente Guillermo Lasso llegó al poder con un discurso sobre el encuentro, la fragmentación ha definido sus operaciones políticas en la Asamblea, que sigue, además, enfrascada en la dicotomía entre el correísmo y el anticorreísmo. 

Ha sido el año y el tiempo de los héroes perezosos de Casciari. Así ha sido nuestra política, paralela a nuestra manera sorda e inmediata de comunicarnos. 

Para que nuestros líderes dejen de sorprendernos, en 2022 empecemos a reconocer el privilegio de nuestras condiciones presentes y todo lo que ofrecen para, finalmente, escuchar. No es solo la responsabilidad de quienes nos representan. 

Iván Ulchur-Rota
(Ecuador, 1988). Escribe para medios de aquí y de allá sobre viajes, política, barrios y cultura popular. Mientras termina una maestría en Antropología Visual, también juega con publicidad, educación y rutinas humorísticas sobre sus medias chullas.