El presidente Guillermo Lasso Mendoza caminó por la alfombra roja de la Asamblea Nacional apoyado de la mano de su hija y el bastón que en campaña se convirtió en un distintivo suyo —lo hizo despacio, con aparente fragilidad, pero con aplomo porque algo estaba claro: él, un hombre conservador de 65 años, era lo nuevo. Lo siguió Lenín Moreno, quien sonreía incómodamente mientras la bancada correísta —todos con pañuelos negros— gritaba “Otro Moreno, nunca más”. Pese a ello, tanto la presidenta de la Asamblea Guadulupe Llori como el presidente Lasso hicieron, por sobre todo, un llamado a la reconciliación y al encuentro. No parecían rivales, ahí, parados juntos (ella con zapatos rojos, un guiño al recurso de campaña de Lasso) en el centro político —esta vez, el exbanquero y la organizadora antiminera parecían demócratas dispuestos a hacer concesiones.

En la posesión se conmemoró el aniversario de la muerte de Jaime Roldós, quien hace 41 años lideró el regreso a la democracia del Ecuador tras una serie de dictaduras militares y murió el 24 de Mayo de 1981. Roldós fue, en ese momento, la encarnación de un quiebre: su asunción era el fin y el comienzo de una era. Hoy Guillermo Lasso, con un discurso apasionado, decidió interpretar el mismo papel.

Ecuador sigue en un momento difícil y una crisis profunda. Lasso lo sabe. Ganó casi a pesar suyo. Su discurso de hoy fue el intento de enarbolar la bandera de la democracia en una fecha dos veces histórica: no solo la batalla del Pichincha (que el próximo año conmemorará su bicentenario), sino también el de la muerte de Jaime Roldós, quien trazó la ruta temprana de la nueva democracia. 

Son, por el momento, solo palabras que además contrastan con la presencia de figuras con tendencias autoritarias, como el presidente brasileño Jair Bolsonaro. Sin embargo, la narrativa que presentó Lasso define el tono de sus primeros meses en el poder; como siempre en política: sus palabras lo condicionarán. 

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Cuando lo criticaron por faltar a su palabra por su quiebre del acuerdo con el Partido Social Cristiano (PSC) y UNES, Lasso respondió con un TikTok en el que mostraba —bailando— que entre los acuerdos políticas y “el bienestar del país”, él elegiría el bienestar. Esa ruptura permitió que Llori llegara a la presidencia de la Asamblea, pero generó la crítica de los extremos caudillistas y populistas del espectro político ecuatoriano —la coalición correísta UNES y el PSC, que lo acusaron vehemente de traición. 

Quizá por eso Guillermo Lasso habló hoy con tanta dedicación al votante de centro: Lasso difícilmente tendrá espacio de maniobra en la Asamblea. Su capital será su alcance entre la ciudadanía y su capacidad de ejercer presión desde ahí. Ese es su lugar de liderazgo.

Su intervención podría resumirse en dos palabras: democracia y responsabilidad. Fue particularmente insistente con lo primero: “democracia, democracia y más democracia”. Con ese espíritu mencionó algunas de las demandas de sectores sociales opuestos a su proyecto, como la igualdad de género; a la que no llamó “ideología de género”, como muchos de sus más radicales conservadors seguidores habrían querido —y que lo han abandonado desde que expresó su respeto por el fallo de la Corte Constitucional que despenalizó el aborto por violación

Está claro que no podrá gobernar con una agenda de derecha, sino pragmática: prometió “no minimizar” al Estado sino “maximizar” su servicio a los más pobres —lo que significará mantener políticas sociales pero desprenderse de, por ejemplo, empresas estatales. 

Ofreció respetar el medioambiente y dar mayor acceso a ciencia y tecnología. Son promesas pesadas, pues al mismo tiempo su plan de gobierno habla de la explotación de recursos naturales. Habló de preservar la tierra y reconocer las amenazas existenciales de las mujeres. “Agua” dijo y pausó. Vio a su audiencia. “Agua para el pueblo”. Le dio el mismo dramatismo cuando dijo “minga” —en relación al esfuerzo comunal que, dijo, se necesita para sacar al país de la crisis. 

Dijo que hay que acabar con la desnutrición infantil crónica (una de las más altas del continente). Para todo eso, el Estado necesitará fondos. Al mismo tiempo, prometió abrir el Ecuador al comercio global, a la cooperación internacional y a la prosperidad —claras referencias a una necesidad de quitarle al Estado un rol central en la economía del país. Lasso repetía el canon socialdemócrata y aludía algunas de las propuestas más reiterativas de su adversarios electorales, como Yaku Pérez y Xavier Hervas.

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El discurso hizo mucho énfasis en lo que su gobierno, supuestamente, no será. A pesar de que Lasso hereda la Constitución hiperpresidencialista de Montecristi, dijo que en democracia el presidente no debía acumular tanto poder sino ser “presidente y solo presidente”. 

Era un guiño a quienes votaron por él a regañadientes, como mal menor frente a la posibilidad del regreso del correísmo. Lasso tampoco hizo oídos sordos a las demandas del correísmo de que cesen las supuestas persecuciones contra ellos. Era una admisión sorpresiva: Lasso admitía con su declaración que con Lenín Moreno si hubo persecución. “Alguien debe tener la valentía de asumir el riesgo y romper el ciclo vicioso”, dijo. Lasso se presentaba como el mandatorio que detendría el péndulo de revanchismos: dijo que no estaba ahí con una “lista macabra” de persecución, ni para “saciar el odio de algunos, sino el hambre de muchos”.

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Las tres candidaturas de Guillermo Lasso no han sido en vano. Si en su primera campaña, en 2013, era reconocido por su dificultad para conectar con el electorado, soltarse y dejar atrás su personaje tieso y ultraconservador, su discurso hoy demostró sintonía con el momento que vive el país. 

Le habló, por sobre todo, a quienes no votaron por él y a quienes lo hicieron a regañadientes. “Nos han fallado nuestros gobernantes”, dijo. “Traicionaron a nuestros principios fundacionales”. Lasso aludió a los primeros años de la república como si se tratara de un monumento al que se le deja flores: glorificó la complicada y contradictoria historia ecuatoriana para apuntar el dedo al caudillismo que, según él, ha mantenido al país en la pobreza. “Este país nació como una república democrática y su destino es vivir para siempre como una república democrática”, dijo. 

Aunque nunca mencionó el nombre del expresidente Rafael Correa, fue, al inicio, un discurso de indirectas contra él y todo su proyecto político. Se cuidó de no salpicar su propio tono de “reconciliación” con reclamos o ataques muy explícitos. Luego fue más contundente. Con tono decisivo declaró que su gobierno era el fin del caudillismo. 

También rayó a Lenín Moreno, enemigo capital de Correa, explotando las siempre muy desatinadas palabras del presidente que gobernó entre 2017 y 2021. Los ecuatorianos, dijo, eran “el mejor pueblo al que un presidente puede aspirar” —una clara referencia a lo dicho por Moreno en un foro en Estados Unidos de que ojalá tuviera él como presidente “un mejor pueblo”. Mencionó los devastadores efectos de la pandemia y aunque dijo que el virus “no tiene ideología”, sí recordó que otros países con similares condiciones no fueron igual de abatidos. Lasso enfatizó el pragmatismo en ese sentido, como si después de Moreno lo importante fuera, más que nada, ordenar la casa. 

Fue un discurso largo. Hubo momentos en los que se le quebró la voz. Ya sea como performance o espontáneamente, se mostró más humano. “Nunca fui el candidato más convencional”, dijo con un eufemismo para decir que nunca fue carismático, ni particularmente inspirador. Cerró repitiendo cuán impensable era que sean él y Llori quienes lideraban el Ejecutivo y el Legislativo. “Lo que nadie se hubiera atrevido a imaginar”. Fue más lírico que de costumbre. Quiso ser Roldós al, según él, volver a la institucionalidad democrática. Pero también al hablar. “Por siempre y hasta siempre”, dijo al final. En su urgente intento por voltear al centro para poder gobernar, Lasso se estrenó como orador.