Han pasado dos décadas y hay quienes pretenden reescribir la historia: en marzo de 1999, Jamil Mahuad, entonces Presidente del Ecuador, le habló a un país caotizado por la crisis económica y el descontento social. Hizo una promesa: “El gobierno jamás va a incautar, jamás va a confiscar las cuentas de nadie”. Menos de una semana después, Jorge Egas,  Superintendente de Bancos, anunciaba un feriado bancario. La decisión se prolongaría a un congelamiento de un año para cuentas que tuvieran más de dos millones de sucres en depósitos. Diez meses más tarde, en medio de la desesperación de millones de ecuatorianos, Mahuad dolarizó la economía del país. Veinte años después, sopla en el país una corriente de memoria selectiva: se recuerda (y hasta celebra) la dolarización pero poco —o nada— se habla de la crisis en que fue decidida. Hay  quienes pretenden retratar al entonces Presidente como un valiente o un visionario, en un peligroso ejercicio de revisionismo histórico. 

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Pero lo que Mahuad hizo no tuvo nada de visionario. Fue una medida de un presidente desesperado, ahogado en sus propios errores, atado de pies y manos por los favores que debía a poderosos grupos que aportaron a su campaña. Fue, además, una crisis en la que los más afectados fueron ciudadanos —muchos, jubilados—que confiaron en un sistema bancario que había sido desregularizado con una serie de leyes emitidas en el gobierno de Sixto Durán Ballén. 

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Pero eso no exime de responsabilidad a Mahuad. En enero de 2000, Mahuad anunció la decisión de dolarizar la economía: 25 mil sucres equivaldrían a un dólar. El cierre obligado de varios bancos que, por falta de liquidez, no pudieron responder ante sus cuenta ahorristas había agudizado la crisis que se empezó a fraguar varios años antes. Entre los bancos cerrados, estaba Banco del Progreso, cuyo dueño, Fernando Aspiazu, reveló que había contribuido con más de tres millones de dólares a la campaña presidencial de Mahuad. 

Ahora, con el paso del tiempo, hay claras señas de que la dolarización tuvo aspectos positivos para el Ecuador. Pero no es lo que Mahuad planificaba en medio de sus agitadas últimas gestiones de gobierno. El 23 de enero de 2020, Mahuad fue entrevistado por un medio internacional. Ahí dijo que  la medida fue estudiada durante seis meses. Pablo Better, Presidente del Directorio del Banco Central del Ecuador de la época, lo contradijo en 2015.

En marzo de ese año, Better contó, en un video, que pocos días antes de decretar la dolarización, Mahuad dijo, en una reunión con el directorio del Banco Central, que “dolarizar sería un suicidio, como saltar del último piso del Empire State.” Better recordó: “Eso fue un martes, el domingo siguiente, Mahuad decretó la dolarización.” La contradicción genera una fuerte duda sobre cómo se decidió algo tan delicado como la dolarización. 

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Pero aún si hubiese sido cuidadosamente planificada, ¿era realmente algo para festejar? 

La información privilegiada que manejaron ciertos empresarios, banqueros y políticos, previo a la decisión demostró, una vez más, que aquellos que están más cerca del poder político y económico, son menos vulnerables. Los otros —los ancianos, los jubilados, las familias con pocos ahorros, los ciudadanos de a pie— recibieron el golpe más duro.

 ¿No recordamos las transmisiones de los medios de comunicación, en la que se veían eternas filas de afectados en las puertas y dinteles de los bancos, llorando, desesperados, al ver cómo se pulverizaban los ahorros, producto del trabajo de toda su vida? Para 2002 —dos años después de la decisión de Mahuad— más de dos millones de ecuatorianos habían emigrado del país para poder ganarse la vida. 

Cientos de miles de familias se rompieron: los padres trabajando en Europa, los hijos con los abuelos, sin figuras paternas. El pequeño pueblo andino de Chunchi, donde más de la mitad de la población emigró por la crisis, se convirtió en el lugar con el índice de suicidio juvenil más alto del mundo

 ¿No recordamos las marchas, los plantones, los gritos de los perjudicados por la banca cerrada? Aún quedan en los archivos de la televisión local las imágenes desesperadas de los ahorristas exigiendo lo que era suyo. ¿Se nos diluye en la memoria la promesa de Mahuad de no congelar fondos y cómo, acto seguido, la rompió?

Hoy que algunos actores de opinión pública festejan la dolarización, hay que pedirles que precisen qué es lo que celebran, en concreto. Si están contentos porque una decisión que se tomó en medio de la quiebra social más grande que el Ecuador recuerda en su historia republicana tuvo, a la larga, y sin que haya sido así pensada, efectos positivos; o si lo que aplauden es a un expresidente que no solo rompió sus promesas, no pudo manejar la crisis, sino que se fue para siempre del Ecuador, sin dar respuestas claras. 

Lo segundo es muy peligroso. Olvidar a ese país fracturado —en el que miles de ciudadanos se vieron obligados a migrar, tras perderlo todo—, no solo es insensible. Es abrir la posibilidad a que esa negligencia se repita. Aplaudir al expresidente que tomó la decisión sin recordar su responsabilidad política en la debacle es ahondar una herida en lugar de permitir que la memoria la cicatrice. Quizás la dolarización resultó ser una medida acertada —los economistas y financieros coinciden en eso— pero hubo un costo social que no se puede minimizar, ni pasar por alto.