Profundidad

El esqueleto en el clóset del ‘milagro israelí’

Israel ha sido ponderado por muchos, alrededor de todo el mundo, como un ejemplo de crecimiento económico en condiciones adversas. Sin embargo, muy poco se habla de cuánto de ese poderío se debe al uso de tierras, mano de obra y agua de la Palestina ocupada.
  • milagro israelí palestina

    El muro que divide Cisjordania. Fotografía de depositphotos/luq1


UN CABLE A TIERRA EN UN PAÍS POLARIZADO

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En 2009, los escritores estadounidenses Dan Senor y Saul Singer publicaron el libro Start-up Nation: The Story of Israel’s Economic Growth, una oda al aparente milagro en que se ha convertido Israel. Para estos autores (y otros como Jorge Cachinero) Israel es un milagro económico: “el faro de referencia y […] el ejemplo del desarrollo económico y empresarial que está por venir”. De tal forma, Israel se proyecta como una formidable economía que ha surgido a pesar de las circunstancias —geopolíticas, geográficas—, y una supuesta persecución en ciertos espacios multilaterales, particularmente en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y la Unesco.

Lo que Senor y Singer obvian en su análisis son los costos del innegable desarrollo y progreso israelí. Es cierto que hay una próspera y bien posicionada industria israelí, conocida además por su galopante sector emprendedor, pero hay otro factor en ese desarrollo: la ocupación israelí de territorios palestinos en la creación y, sobre todo, sostenibilidad de este mal llamado milagro.

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Para entender cómo la ocupación es un factor determinante en el boom israelí, hay que entender el conflicto septuagenario en Medio Oriente: el 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General de la ONU expidió el Plan de Partición que sugería la división de la Palestina histórica —habitada por árabes júdios, musulmanes y cristianos— en dos: un Estado hogar judió a la luz de los acontecimientos del Holocausto, y uno árabe palestino. El plan fracasó dada la oposición de los árabes, y la aún creciente expansión israelí en territorio palesitno.

Los denominados Territorios Ocupados palestinos (TOp) están divididos en cuatro zonas: la Franja de Gaza y Cisjordania (a su vez está dividida en tres áreas, A, B y C). La división cisjordana obedece a las disputas aún existentes sobre dicho territorio por la presencia de asentamientos, colonias, puestos de control militar, así como recursos agrícolas de interés israelíes, principalmente tierra arable y acceso a fuentes acuíferas. Ello, por supuesto, sin dejar de lado tierras con importante significado para la religión judía – así como la cristiana y musulmana-, ubicados principalmente en las ciudades de Belén, Jerusalén, Jericó y Hebrón.

El área C es la de mayor utilidad para Israel. Está bajo control civil y militar israelí y constituye cerca del 60% de Cisjordania. Además, engloba a los territorios aledaños a la ciudad antigua de Jerusalén, lo que la hace valiosa también en términos políticos y religiosos.

El área A (un 18% de Cisjordania) es controlada civil y militarmente por la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y no tiene presencia de asentamientos israelíes. El área B está supeditada al control civil palestino pero el militar lo ejercen las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF, por su nombre en inglés). Constituye un 21% del territorio cisjordano.

Así, el área C es el principal espacio territorial que busca ser anexado definitivamente por Israel, lo que a su vez explica su situación administrativa. Además de sus abundantes recursos acuíferos, que representan un tercio las reservas de agua de toda Cisjordania, lo que a su vez implica un alto potencial para el desarrollo agrícola e industrial y turístico — gracias al Mar Muerto. Este territorio, localizado sobre el valle del Jordán, es el hogar de 16 zonas industriales que le inyectan unos 600 millones de dólares anuales a la economía israelí.

Esto ha llevado a que, por un lado, en 2015 la Comisión Europea solicite a Israel incluir una etiqueta en los productos elaborados en asentamientos israelíes y a que, en octubre de 2017 el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid ben Raid al-Hussein, remitió una carta llamada la “lista negra” y que contiene el nombre de al menos 150 empresas que tienen o mantienen actividades económicas o apoyan dichas actividades en los TOp. Del total de empresas listadas, figuran 25 empresas israelíes que se ubican y desarrollan su industria jsutamente en los territorios ocupados del área C, entre ellas la cosmética Ahava, la telefónica Cellcom. los Bancs Hapoalim, Leumi, Bezeq y Bezeq International, Amisragas, la Insdustria Aeronáutica Israelí (IAI), la gigante HP, entre muchas otras.

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Que el pueblo palestino tenga en jaque gran parte de sus tierras (y su uso) no es novedad. Lo que resulta ser un poco nuevo, es analizar el tipo de suelos de lo que se ha hecho Israel desde que iniciara su colonización, es decir, desde que se constituyera como Estado.

Luego de la Guerra de los Seis Días, Israel logró el control del 80% de fuentes de agua palestinas. De ahí beben 6 de cada 10 israelíes. Esto, además de afectar el desarrollo agrícola de los palestinos, ha tenido un efecto directo en la situación de saneamiento e higiene del país.

De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), en promedio una persona debe consumir, para fines higiénicos y de salud, 100 litros de agua al día, muy por encima del promedio de 73 litros diarios de los palestinos y aún más si se toma en cuenta los 183 litros per cápita consumidos por israelíes, como lo reporta la ONG israelí B’Tselem.

El uso y abuso de agua palestina por parte de Israel, además de vulnerar el derecho al agua y a la salud reconocida por la ONU. También corroe el derecho de los palestinos al uso de sus propios recursos para el desarrollo de su pueblo.

El despojo y uso de tierras fértiles sobre las que ahora se construyen la vasta mayoría de asentamientos israelíes merece, también, atención. Desde 1948 —pero con mayor fuerza desde 1967— el crecimiento exponencial de Israel ha sido proporcional a las tierras que ha adquirido a través de confiscaciones ilegales.

En la recomendación de participación de la ONU, el territorio debía repartirse así: 56% para un Estado judío, 43% para un Estado árabe palestino, y un 1% para un Jerusalén proclamado territorio internacional. 70 años más tarde, esa propuesta es totalmente ajena a la realidad.

Este desalojo y  sustracción de tierras ha significado la fragmentación casi irreversible del territorio palestino supuestamente destinado a la creación de su Estado. Pero, además, supone al menos tres violaciones a los derechos humanos: a circular libremente y elegir el territorio de su residencia, a no ser privado arbitrariamente de sus propiedades, y el derecho a la alimentación.

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Al tener el poderío militar —además del silencio internacional— de tomar control de territorios palestinos, Israel siempre busca atribuirse las mejores tierras palestinas en calidad; aquellas arables y adecuadas para la agricultura. Esto, además de contribuir a la industria agrícola israelí, va en detrimento directo de la dieta de los palestinos, además de debilitar su propio desarrollo agrícola.

Un reporte de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por su nombre en inglés), reconoce que si bien Israel y Palestina tienen similar clima y tipo de suelo, el sector agrícola palestino se ha quedado atrás con respecto al israelí “como un resultado directo de las restricciones impuestas por la ocupación, lo que, entre otros elementos es un resultado directo del inadecuado acceso a tierra y agua”. 

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El mismo reporte reconoce que el 81% de las tierras arables palestinas son destinadas a la siembra y cosecha de cultivos de bajo rendimiento, como los olivos. Y por si fuera poco, a más de la escasez de tierra productiva, existen segmentos territoriales inasequibles para los palestinos por los obstáculos físicos que impiden su paso —asentamientos, puestos de control militares, el Muro de Separación, entre otros.

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Un segundo elemento que aventaja al milagro israelí es la barata mano de obra tanto de inmigrantes, principalmente etíopes, como de palestinos o árabes israelíes.

En Israel, los palestinos son considerados ciudadanos de segunda clase, y en ciertas ocasiones, hasta de tercera. En el espectro laboral en el cual ocupan un escalón por debajo de los etíopes, considerados también como fuerza laboral barata, y pese a ser judíos que viajan a Israel bajo la figura de la Aliyah – es decir el derecho de inmigrar a Israel que mantienen todos los judíos en la diáspora-, son considerados como ciudadanos de segunda categoría, sujetos también a prácticas racistas.

Una encuesta elaborada en 2016 encontró que, en promedio, un árabe israelí (palestinos nacidos en lo que hoy es considerado territorio israelí) ganan un poco más de la mitad de lo que percibe su contraparte israelí. Además, ese estudio encontró que entre 2014 y 2016 la brecha en la diferencia salarial aumentó en casi diez puntos.  

Emplear mano de obra de árabes israelíes o la de palestinos —aún más barata que la de árabes israelíes— rinde. A esto se suman las denuncias de trabajo infantil palestino en los asentamientos. En 2015, se conoció el empleo de niños para desempeñar labores agrícolas en condiciones arriesgadas y en temperaturas que rodeaban los 50 grados centígrados en granjas de asentamientos israelíes. Recibían sueldos de entre 12 dólares y medio y 19 dólares diarios, en un país donde, según datos del Buró Central de Estadística, el salario promedio de un ciudadano israelí es de 4 mil dólares, y el PIB per cápita es de $37 mil 180 dólares, de acuerdo al Banco Mundial.

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El desarrollo, industrialización y bonanza israelí tienen sus méritos: es innegable que Israel es un país pionero en el desarrollo de tecnologías y es oferente de un excelente nivel de educación. No obstante su progreso ‘milagroso’ ha tenido un fuerte elemento colonizador: hacerse de las tierras, recursos y mano de obra barata de palestinos. Una estrategia tan astuta como ilegal y reprochable.

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La deuda que Israel y su pueblo mantienen con los palestinos es cada vez más alta, y directamente proporcional al hundimiento de Palestina.

Shyryn Barham
Internacionalista analista política y especialista en temas de Medio Oriente y el Magreb. Disfruta de leer un buen libro acompañda de una copa de vino, amante del café árabe con cardamomo que prepara su padre adicta a los zapatos y a la música árabe. Criminalista y forense frustrada