En Lima hay un plato que nació en medio de una guerra y terminó convirtiéndose en símbolo de otra cosa: la causa, mezcla antigua de papa, ají y limón. Durante las campañas patrióticas del siglo XIX —cuando la independencia todavía era una apuesta— las mujeres vendían papas aliñadas en la calle para recaudar dinero para los soldados. Se vendían para la causa. El nombre sobrevivió a la guerra y quedó pegado al plato, recordando que incluso en los peores momentos aparece lo que Abraham Lincoln llamó “los mejores ángeles de nuestra naturaleza” —nuestra innata compasión y benevolencia. Dos siglos después, en esa misma ciudad, otra palabra empezó a invocar a esos mejores ángeles: Lucha.

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La organización, fundada en en 2021 por el empresario Yoel Chlimper, nació en la capital peruana con una idea que, en el papel, parecía razonable pero en la práctica parecía un disparate: invertir pensando primero en el impacto social y no en el retorno financiero. Mirar primero una sonrisa antes que una hoja de Excel y, al mismo tiempo, lograr que los proyectos fueran rentables, sostenibles y escalables.

El propósito era simple pero se decía mucho más fácil de lo que se hacía: demostrar que no hay mejor negocio que hacer el bien.

Chlimper dejó su prestigiosa empresa de marketing en manos de su socio y salió a buscar capital para fondear esta organización de inversión y aceleración de startups que busca crear y financiar empresas capaces de generar retorno económico mientras resuelven problemas sociales o ambientales en América Latina. 

Mezcla de aceleradora, fondo semilla y comunidad de emprendedores, Lucha selecciona startups en etapas tempranas, las acompaña con mentorías, estrategia y redes de inversión, y a través de su vehículo financiero —el Fondo Luchante— invierte típicamente entre 50.000 y 150.000 dólares a cambio de participación accionaria. 

Su enfoque es el llamado impact investing, por lo que prioriza proyectos vinculados con educación, sostenibilidad, inclusión financiera, salud o protección ambiental. O, como le gusta decir a Chlimper, construir en las empresas en las que la Tierra lo haría.

Su modelo consiste en acelerar a los equipos, invertir en ellos y ayudarlos a levantar rondas posteriores de capital. La organización ha movilizado varios millones de dólares para emprendimientos de impacto y recientemente comenzó a expandir sus programas y búsqueda de startups hacia otros países de la región, incluido Ecuador. 

Por la lucha: cómo la inversión de impacto social está cambiando América Latina

Anemia Cero es una de las startups en que Lucha ha invertido. Busca reducir el impacto de la anemia en las escuelas del Perú Fotografía cortesía Lucha.

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Antes de convertirse en una organización respaldada por el BID Lab y con startups asociadas en varios países de América Latina, Lucha fue sobre todo una obstinación. Durante los primeros años el equipo apenas lograba pagar los sueldos. Chlimper y sus cuatro  socios —Moyos, Nacho, Gerardo, Gaby— ponían dinero de su propio bolsillo mientras trataban de convencer inversionistas, fundaciones y empresarios de que una red latinoamericana de startups de impacto tenía sentido.

La incertidumbre se instaló durante tanto tiempo que terminó volviéndose física.

“Fue una época muy dura”, recuerda Chlimper, que estuvo en Ecuador en marzo de 2026. “La sentí incluso a nivel físico: me sacaron un disco de la columna producto del daño que esa época hizo sobre mi cuerpo”. Había pasado meses con un dolor de espalda acumulado, en días en que incluso sospechaba que el proyecto estaba mal diseñado, que tal vez nadie estaba realmente interesado en algo así.

Yoel Chlimper, el empresario peruano que dejó su negocio y apostó todo por la inversión de impacto social.

Yoel Chlimper, fundador de Lucha. Fotografía cortesía Lucha.

La duda no era infundada. América Latina es un compendio de problemas urgentes —pobreza, desigualdad, degradación ambiental— pero el capital que dice querer resolverlos casi nunca llega. Durante años el dinero destinado a inversión de impacto se concentró en otros mercados del mundo —Asia, Europa, Estados Unidos—, mientras los emprendedores de la región trataban de sacar adelante sus proyectos en la soledad de los pioneros, que a veces es confundida con la de los dementes.

Hoy, la mesa que se forma cuando el equipo de Lucha trabaja con una startup no se parece a la de un fondo de inversión tradicional. Allí pueden encontrarse analistas financieros que pasaron años en grandes corporaciones, documentalistas que saben cómo contar la historia de una comunidad que protege su bosque, artistas que traducen una experiencia humana en una imagen y emprendedores que están tratando de resolver un problema concreto. El punto de encuentro es el mismo: reducir el sufrimiento humano o ambiental con empresas que funcionen.

Uno de los ejemplos que el equipo suele contar es el de Horus, una empresa que fabrica prótesis a una fracción del precio del mercado. Eduardo Sotelo, el ingeniero mecatrónico que la creó, podía explicar su patente con precisión técnica, pero el momento que cambió la historia del proyecto no se dio en las frías y asépticas salas de un laboratorio, sino en las calles de Lima. 

Una deportista paralímpica, Claudia Rovelli , caminó por primera vez después de recibir su prótesis. Su testimonio se convirtió en una “historia luchante” —como llaman en la organización a los relatos de sus start ups— y quedó claro que Horus era una solución tangible y transformadora. “Hace un año me dieron mi prótesis, y hace un año volví a caminar, pero siempre con la compañía de Horus”, dice Rovelli, en un video publicado por Lucha. 

Las prótesis de Horus son asequibles, y cambian vidas.

Las prótesis de Horus son asequibles, y cambian vidas. Fotografía cortesía Lucha.

Era claro que la compañía tenía un futuro rentable —tanto financiero como social.  “Yo era ingeniero antes y con Lucha he aprendido que un producto no solo se vende por lo bueno que es”, cuenta Eduardo Sotelo. “A la gente le interesa la confianza, quién está detrás de la marca”, dice.  Hoy, sus prótesis atienden a soldados mutilados por el horror de la guerra, a personas que tuvieron terribles accidentes o nacieron con un defecto congénito. 

Un momento definitorio similar se vivió en Lucha el día en que el BID Lab aprobó su propuesta, Chlimper entendió que la idea había cruzado un umbral. Hasta entonces Lucha había sido una casa sostenida por pilares frágiles. El respaldo de una institución internacional significaba que alguien más veía lo mismo que ellos estaban intentando ver. “Es la única vez que he llorado por una noticia, digamos, financiera”, dice Chlimper, el bigotito bien cuidado, los lentes redondos que a ratos le dan más la apariencia de ser el fundador de una banda de rock indie que de una aceleradora de startups. 

A veces, el éxito parece una fórmula mágica que de un día para otro dio resultados. La realidad suele ser la contraria: el camino es árido y lleno de trampas y obstáculos —especialmente en América Latina—.  El poeta Václav Havel dijo que la esperanza no era la certeza de que algo va a salir bien, sino de que tiene sentido. Chlimper no lo dice, pero quizá eso que parecía una decisión financiera tomada en Washington en las muy institucionales oficinas del BID era la confirmación de que, aunque durante mucho tiempo no supo si su idea saldría bien, siempre tuvo sentido.

El día en que el BID Lab confirmó el proyecto de Lucha.

El día de la firma con el BID Lab, en Washington. Fotografía cortesía Lucha.

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Las historias de los fundadores de las empresas en las que Lucha invirtió no siempre empiezan con una estrategia ni con una ronda de inversión. Empiezan con un momento pequeño, casi casual, en el que alguien se topa con un problema que ya no puede ignorar. Para el chileno Álvaro Carrasco fue serendipia pura. 

Había creado una plataforma para que los estudiantes evaluaran a sus profesores, pero una estudiante la usó para algo distinto: denunciar que sufría bullying. “Es el sueño del emprendedor: o sea, un problema que yo no estaba buscando, un problema que yo no había identificado”, recuerda. 

Así nació Brave Up, una herramienta para combatir el bullying escolar. Es un negocio funcional que llega cada vez a más países, haciendo el bien. “Qué rico es que esa empresa también pueda generar un cambio en la sociedad”, dice Carrasco. Hoy, más de doscientos mil niños usan su aplicación en América Latina. 

Beneficiarios de uno de los startups de Lucha: Horus, prótesis asequibles.

Claudia Rovelli, una de las beneficiarias de uno de los startups de Lucha: Horus, prótesis asequibles.

Más allá de la inversión, Lucha acompaña y crea comunidad. Loretxu García Arraztoa, fundadora de Nido Contech, trabaja en biomateriales para reducir el costo y el impacto ambiental de la construcción. Cuando habla del proyecto no se detiene tanto en el producto como en la red que lo sostiene. “Apoyo económico y sobre todo apoyo emocional y una comunidad que comparte los mismos valores que nosotros”, dice. Y lo resume en una frase que parece atravesar todas estas historias: “Lo que nos cambió fue saber que tenemos personas detrás que nos apoyan: que no estamos solos en esta lucha loca”.

Si lo pensamos un segundo, nadie está solo en el mundo. Es cuestión de encontrarse. Ya sea para brindar un poco de papa con limón y crear, sin querer, un símbolo de la identidad, o para apostar  por las empresas que le hacen bien a este atribulado planeta. 

Esa es, también, la lucha. 

Jose Maria Leon Cabrera Gk Nyt
José María León Cabrera
(Ecuador, 1982) CEO de GK, y uno de sus fundadores. Colaborador para el Ecuador del New York Times. Su trabajo periodístico aparecen en Etiqueta Negra, Etiqueta Verde, SoHo Colombia y Ecuador, entre otros.
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