La migración es como tejer: dos corchetes unen la lana y con cada puntada se construye un tejido. De la misma forma, Ida Sandrea, 53 años, los rizos inquietos sobre la frente, hace año y nueve meses decidió urdir la trama entre sus raíces venezolanas con las de Ecuador, su nuevo hogar. Junto a su hija, Andrea Estrella, subieron a un camión lleno de bananos para dejar Maracaibo y llegar a Maicao, ciudad fronteriza colombiana, y llegaron al Ecuador cruzando un paso irregular y peligroso. 

Desde entonces, han tratado de rehacer su vida, pero no tener su documentación migratoria en regla ha dificultado ese propósito

Durante un tiempo, recibió bolsas de comida del gobierno de Venezuela y de organizaciones de ayuda humanitaria. Pero se cansó. “Soñaba con volver a producir, tener mi dinero e ir al supermercado y escoger lo que quería comprar, que nadie me impusiera lo que debía comer”, dice, sentada en una grada. Era, además, una especie de terapia para enfrentar el desplazamiento. “Descubrí que para sanar tenía que volver a trabajar en mi emprendimiento de tejer ropa”,  dice.  Así nació Ida Sandrea Crochet, su emprendimiento de costura. 

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Los pedidos comenzaron a llegar uno a uno. A veces una chambrita, un saco, un gorro, un top o lo que las personas requirieran. “Piezas tejidas a crochet que expresan tu personalidad” prometía Ida Sandrea en las cuentas de redes sociales que creó para promover su pequeño negocio

Ida Sandrea y su hija Andrea en Carapungo.

Ida Sandrea y su hija Andrea en Carapungo.

Al mismo tiempo, empezó a tejer las redes de la integración. Comenzó a dar clases de tejido en una de las casas comunales del populoso barrio de Carapungo. Se volvió la líder comunitaria que enseñaba a las mujeres que iban a su taller cómo monetizar los productos que ellas vendían. 

Un día, recibió un pedido de la comunidad judía para tejer 100 gorros en 10 días. “Sobrepasaba mi capacidad de producción que era de 6 gorros máximo por día y decidí contactar con un grupo de mujeres con las que había compartido en un curso de tejido en el sector de Pomasqui para que me ayudaran”, recuerda.  Así, Ida Sandrea formó Crocheteros Tricolores Sin Fronteras, una asociación de tejedoras venezolanas, colombianas y ecuatorianas. 

Su emprendimiento se ha visto entorpecido porque Sandrea no está regularizada, lo que impide que su negocio crezca. Gana alrededor de 300 dólares mensuales. “A veces hago más, otras veces un poco menos, porque todo depende de los pedidos, pero estoy en un punto en el que mi negocio no puede crecer más», explica. Es una situación en la que están muchas personas venezolanas que han migrado al Ecuador.

Con unas socias, Lenis Sosa abrió Nutri Coffee, una cafetería también en Carapungo. Diego Andrade, director técnico del proyecto de inclusión económica Woccu-USAID explica que por la crisis económica que atraviesa Ecuador, es baja la baja posibilidad de que una persona encuentre un trabajo en condiciones adecuadas. 

Para compensar esa situación, el programa que él dirige, se enfoca en ayudar a las personas migrantes a desarrollar emprendimientos. Les da a sus dueños las habilidades necesarias que perduren en el tiempo. “Eso incluye ayudarlos a reponerse emocionalmente”, dice Andrade. El programa, afirma, ha ayudado a 5 mil emprendedores. El 80% no solo ha logrado sobrevivir, sino que ya tienen a entre dos y tres personas trabajando para ellas.

Muchos de estos emprendimientos hacen negocios entre sí, dinamizando la economía, tal como Tejedoras Sin Fronteras y Nutri Coffee. Pero hay un problema. El local de Nutri Coffee tiene un horno, una refrigeradora y 5 mesas, sillas y una máquina para hacer café.  Sin embargo, las puertas lanford del negocio están cerradas. No hay clientes. Solo hace el servicio de catering —es decir, de comida para eventos. 

El local de Nutri Coffe en Carapungo.

El local de Nutri Coffe en Carapungo.

Entre 2018 y mediados de 2019, el Ministerio de Trabajo contabilizó 2.636 quejas por incumplimiento de las normas laborales y 3.399 empleadores fueron sancionados. Al ver esto, todas las socias de la cafetería optaron por buscar otros trabajos y dejar a cargo a Lenis Sosa,  una mujer venezolana de 30 años, quien vive en Ecuador desde hace 5 junto a su esposo y sus dos pequeños hijos, y es una de las mujeres tejedoras de la asociación. Después de todo, es ella quien sabe preparar los postres, gestiona a los clientes y busca más personas que estén interesadas en contratarla, hasta que puedan regularizarse. 

“En ocasiones hemos pensado que podemos trabajar a nombre de nuestra compañera ecuatoriana, pero puede ser sancionada si descubren que nosotras no tenemos papeles y ven que trabajamos para ella”, dice Sosa. La única persona que le ayuda con la cafetería a Lenis Sosa es Ida Sandrea, a quien conoció en la Casa Comunal de Carapungo, uno de los centros comunitarios de esa parroquia, donde mucha gente acude a capacitarse, recibir ayuda de organizaciones sociales.  Se hicieron buenas amigas, así que Lenis Sosa le propuso a Idra Sandrea que ponga una pequeña vitrina en la cafetería para que  venda sus tejidos.

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 Un estudio del Banco Mundial dice que si se incorpora a los migrantes a la economía del Ecuador, el Producto Interno Bruto (PIB) podría aumentar un 2%. Andrade coincide con este criterio y explica que la mayor parte de la población venezolana en Ecuador tiene la particularidad de que es joven y por ende está en edad productiva. 

Giovanni Bassu, representante para el Ecuador del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) explicó en una entrevista para GK que para Ecuador es una ventaja que las personas venezolanas que han migrado sean jóvenes porque son consideradas como fuerza laboral: el 45% tienen una edad entre 26 y 35 años y el 23% tienen un título de educación superior. 

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Desde septiembre de 2022, las personas venezolanas que han migrado al Ecuador y no tienen un estatus migratorio regularizado, tienen una nueva oportunidad de poner en regla sus papeles. Ese mes empezó el tercer  proceso de regularización para migrantes. “Es uno de los mayores anhelos de miles de venezolanos: a través de esta podrán acceder a la justicia,  a un trabajo que les ofrezca los beneficios de ley, obtener préstamos, ingresar al sistema bancario u obtener un RUC en el Servicio de Rentas Internas”, explica Karina Ponce, de Mega Mujer, una organización que trabaja en defensa de los derechos humanos.

El proceso, que sigue en marcha, está dividido en tres fases. En la primera —que abarca únicamente a las personas que entraron por migración, es decir que su estatus migratorio es legal— se preveía que se registrarían alrededor de 324 mil personas provenientes del país caribeño, sin embargo, cifras de Cancillería se registraron apenas 86.500 personas.

Pero Ida y su hija  Andrea entraron al Ecuador por un paso clandestino —una trocha. “Era época de pandemia y todas las fronteras estaban cerradas», recuerda la mujer.

Al no ser una puerta de entrada regular, ni Ida ni su hija podrán acogerse al proceso de regularización. Tendrán que esperar a la tercera fase que, según el cronograma de la Cancillería, comenzará en febrero de 2023. Cuando concluya, estima Acnur, en Ecuador se podrían regularizar más de 500 mil personas que forman parte de la diáspora venezolana. 

Ida Sandrea sabe que haber entrado por una trocha a Ecuador ha sido su mayor revés en el tejido de su vida. “Pero no había de otra, si usaba ese dinero para sacar los pasaportes, me hubiera quedado ahí, con un documento de viaje que no podría usar por falta de dinero”, explica. “Hice lo que tenía que hacer ”, admite. “Allá escasean las oportunidades y abundan las amenazas”, dice Ida Sandrea.

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El rostro delgado y blanco de Lenis está surcado por las líneas expresivas de la preocupación por la situación de su negocio. El servicio catering le permite tener recursos para pagar el local y que ella tenga ingresos. “Pero sabemos que estamos perdiendo mucho dinero al no abrir todos los días”, dice, recordando que antes del paro de junio de 2022, abrieron unos días. 

Aproximadamente ganaban alrededor de 50 dólares diarios. Sin embargo, como no tenía un RUC, el documento de identidad tributaria, que diga que es una empresa que pertenezca a las cuatro mujeres, el proyecto se ha detenido y deben trabajar de forma limitada hasta poder regularizarse

Esas son, precisamente, las mayores dificultades que afrontan las personas migrantes con sus emprendimientos. “La falta de documentos y la falta de acceso al sistema bancario y financiero”, dice Diego Andrade. Aunque las personas migrantes puedan conseguir un capital semilla para comenzar su negocio —como es el caso de Lenis Sosa y sus socias— “si no hay un sistema financiero o entidades, que estén dispuestas a financiarlos sus emprendimientos simplemente se van a estancar o reducir su velocidad de crecimiento”, dice el experto Andrade. 

Este efecto ya lo siente Nutri Coffee. Al no estar regularizada su situación, las mujeres tampoco tienen una cuenta bancaria, lo que les dificulta cobrar, por lo que entre las cuatro socias han decidido usar la cuenta de ahorros de su compañera ecuatoriana. “Pero eso a veces es un problema, porque dificulta hacer las cuentas del negocio, pero es la única forma que tenemos de funcionar”, dice Lenins Sosa. 

Lenis e Ida en Nutri Coffe.

Lenis e Ida en Nutri Coffe.

Cristina Bastidas, experta en migraciones y docente de la Universidad Central, explica que es un problema que la población venezolana no tenga acceso al sistema bancario, porque los obliga a realizar todas sus actividades únicamente con dinero en efectivo. Diego Andrade dice que en el país se han detectado casos de ciudadanos venezolanos que tienen que alquilar cuentas bancarias para poder cobrar sus sueldos.

Ida Sandrea busca entre sus amistades a alguien que le preste su cuenta bancaria para poder cobrar a sus clientes. Lenis Sosa recalca que para ellas es fundamental sacar un RUC, porque todas las empresas con las que trabajan les piden factura y a veces no las pueden contratar porque las empresas no pueden justificar el costo del catering. 

Explica que para ella tener un RUC va más allá de que las empresas le contraten: quiere sentir que aporta con su trabajo al país que le acogió y es el hogar de sus pequeños hijos, quienes merecen sentirse parte de nuestra sociedad.

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Lenis Sosa entró en este proceso de regularización, porque ella sí entró por un paso regular. En septiembre hizo su registro y el de su familia, la verificación de datos en Migración. Ya obtuvo la visa Virte. Ahora, Lenis está a la espera de sacar un turno en el Registro Civil para obtener su cédula.

“Si mi esposo y yo llegamos a completar el proceso y tener la visa el negocio podría marchar, además él dejaría de vender en las calles y podría ayudarme”, dice. Sin embargo, hasta que no tengan la cédula, esto no será posible. Aunque a ella le basta, por ahora, con tener la esperanza de que eso suceda.

En cambio, Ida dice que apenas tenga su cédula ecuatoriana hará un préstamo para expandir su negocio, sacará un RUC y pagará impuestos. Para ella es importante sentirse parte del tejido social ecuatoriano. “Quizá no sea mucho lo que puedo aportar, pero quiero hacer mi parte”, dice. 

Punto a punto, Lenis Sosa e Ida Sandrea tejieron un lazo que les ha permitido ser como familia y ambas esperan que las puertas de Nutri Coffee se puedan abrir antes de Navidad de 2022 para vender sus productos. Lenis Sosa sus postres. Ida Sandrea, los adornos navideños que añora poner en su pequeño stand ubicado a la entrada de la cafetería.

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Liz Briceño Pazmiño
(Ecuador, 1989). Periodista. Ha cubierto temas de economía y consumo en la Unión Europea. Cubre temas de menores migrantes no acompañados y de desplazados en Ecuador.
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