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Era un viernes del 2021, el sol de las cinco de la tarde aún calentaba. Roger Márquez —hoy de 24 años— llegó al Malecón 2000 con su trombón y se ubicó cerca del lugar de los juegos infantiles, para iniciar la tocada de costumbre. Los transeúntes iban y venían, algunos se acercaban para darle ánimos; otros, para dejarle unas monedas. El movimiento del lugar era acelerado, como el de la ciudad. A lo lejos, apareció un guardia que lo venía observando. Se le acercó para indicarle que no podía tocar en ese lugar público. 

Roger se detuvo y sacó de su mochila una hoja doblada.

–Tengo el derecho de tocar y este permiso lo certifica —le dijo.

El guardia revisó la documentación y se retiró. Roger Márquez siguió tocando su trombón, ese instrumento de viento hecho de metal, que consigue notas menos agudas que una trompeta. 

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No era la primera vez que algo así le pasaba a Roger. Vivió lo mismo en las calles  y aceras de la ciudad de Cúcuta, en Colombia. En esa época en la que todavía podía darse el lujo de salir de Venezuela, tocar los fines de semana en Colombia, y regresar. Y entonces, a pesar de no tener un permiso para tocar, nunca dejó de hacerlo. Estaba  acompañado de un cuarteto de músicos que, como él, habían sido formados desde pequeños en el Sistema Nacional de Orquesta Infanto Juvenil del estado de Táchira, por el maestro Pedro Díaz.

Cuando Roger vio al guardia de esa plaza de Cúcuta acercándose, sintió que la sangre se le bajaba por todo el cuerpo, mientras la gente, animada, los escuchaba y se divertía con la salsa que tocaban. Los músicos, sin temor, no bajaron nunca sus instrumentos y siguieron tocando. Cuando el guardia los alcanzó, se contagió de la música y se puso a bailar.  Esperó a que terminaran la tonada, les dejó unas monedas y se retiró. No les dijo nada. 

Por eso una vez que se radicó en Guayaquil, Roger Márquez supo que no iba a pasar por un susto similar. Antes de ponerse a tocar en el Malecón, fue a la Fundación Malecón 2000 y preguntó cuál era el papeleo para acceder al permiso. Le explicaron, entregó los documentos necesarios y el permiso estuvo listo. Por eso, llega y toca. Espera que la gente le entregue monedas mientras hace sonar su trombón. La idea es conseguir algo más, al mismo tiempo que se mantiene activo con su instrumento. Es como si, en el caso de que Roger fuera ciclista profesional, él dedicara su tiempo libre a entregar paquetes en la ciudad usando su bicicleta. 

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La idea es no detenerse nunca. Que el trombón siga sonando, a pesar de todo. Incluso de cara a las dificultades.

Hubo un tiempo en el que, en 2021 —probablemente el año más complicado para Roger—, todo parecía irle mal. A causa de la pandemia dejó de trabajar en la Orquesta Sinfónica de Guayaquil, en la que estuvo durante un año. No tuvo más remedio que interrumpir sus estudios de música en la Universidad de las Artes, porque debía concentrarse en conseguir empleo para mantenerse en una de las ciudades más caras del Ecuador, según datos del INEC.  

Y ese fue un momento de dejar de lado esa maravillosa experiencia, que tenía a la música como protagonista. Esa música que lo acompaña desde los 13 años, en su natal San Juan de Cólon, en Táchira. Y que le había permitido viajar. Porque con la Orquesta Sinfónica de Guayaquil conoció varias ciudades y tradiciones de Ecuador. Y en medio de ese choque cultural, Roger empezó a disfrutar platos como la fanesca, así como a reconocer los diferentes dialectos y expresiones que iba escuchando en cada una de las localidades a las que llegaba. 

Si hay un lugar que realmente disfrutó fue Galápagos. Fue ahí donde ha recibido el mejor trato que ha podido recibir como músico.

—Nos pedían fotos a cada rato, nos hacían sentir famosos.

Roger Márquez dobla la apuesta:

—No solo el resto de Ecuador, sino Latinoamérica debería aprender de cómo vive y siente la música la gente de Galápagos.

Guayaquil es la ciudad en la que Roger Márquez reside, es la ciudad que le ha encantado, la ciudad en la que lo han tratado bien. Ese lugar en el que toca y en el que la gente lo escucha con atención, ya sea en el Malecón 2000 o en ciertas esquinas del centro. El 19 de mayo del 2017 llegó a Ecuador, y reconoce que el encanto se produjo desde el primer momento y está muy agradecido por todo lo que le ha pasado en su actual lugar de residencia.  

El músico venezolano que llegó a Guayaquil

trombón

Detalle del trombón de Roger Márquez. Fotografía Michael Lojano para GK.

En 2017, Roger viajó por tierra, desde Venezuela hasta Ecuador. En el tiempo que lo hizo,  no resultaba tan complicado hacerlo porque la gran migración venezolana estaba todavía por suceder. Por eso, el plan parecía infalible: hacer el viaje de tres días desde San Juan de Colón  y llegar a Guayaquil, donde unos amigos lo recibirían. De ahí, trabajar por un tiempo, comprar un buen trombón y viajar a un país de Europa o a Estados Unidos para estudiar. Todo eso debía pasar en tres meses.  Pero no, no fue así.

Conseguir trabajo fue complicado. Pero encontró: primero trabajó los fines de semana en la heladería Greenfrost, en Urdesa, en el norte de la ciudad. En julio de 2017, en uno de tantos recorridos de buses en los que se “perdía” por la ciudad, vio un letrero que decía Orquesta Sinfónica Cristiana del Ecuador. Fue a la dirección, tocó la puerta, conoció a un pastor que lo invitó a dar clases de trombón, por las que le pagaban 20 dólares la hora. Estuvo un mes ahí.

En agosto del 2017 consiguió un trabajo en una fotocopiadora en el centro de Guayaquil en el que ganaba el salario básico. Aprovechó y tocó en todos los “chivos” que pudo —esas tocadas que aparecen de la nada y que hay que aceptar. Entre los trabajos extras, consiguió tocadas con algunas orquestas bailables en Guayaquil y le pagaban 120 dólares por noche. La vida de artista iba bien.

Se volvió a unir a la Orquesta Sinfónica Cristiana, esta vez tocando con ellos. Lo hacía con un pequeño trombón que Roger llamaba “El Frankenstein”, porque tenía partes de otros instrumentos. En octubre del 2017, se presentó a una audición para el proyecto de Orquesta Juvenil, de la prefectura del Guayas, que estaba comandado por Manuel Campos, formado en Venezuela. A Campos le encantó lo que hizo Roger, así que fue aceptado. En ese puesto ganaba 70 dólares mensuales y le encantaba. Estaba ganando dinero haciendo música. Los fines de semana seguía trabajando en la heladería. Con eso le alcanzaba.

En diciembre del 2017, se presentó a las audiciones de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil, para trombón tenor y consiguió entrar como alterno. Ser suplente en una orquesta es también importante. En definitiva, se trata de aprovechar las oportunidades. Y la tuvo cuando el trombonista principal sufrió un accidente y lo pudo reemplazar por siete semanas.

En diciembre del 2018, audicionó nuevamente para la Orquesta Sinfónica de Guayaquil. El director necesitaba un trombón más sólido porque la orquesta debía preparar la III Sinfonía de Mahler. De esta forma, Roger empieza a trabajar como parte de la Sinfónica de Guayaquil, pero bajo el contrato por show. 

Estar en Ecuador y entrar en una orquesta sinfónica profesional fue un gran momento para Roger. Pero eso no significa que haya sido sencillo. El primer día estuvo muy nervioso, ya que estaba junto a personas que tenían muchos más años de experiencia que él. Roger tenía miedo a equivocarse, porque con 20 años ya estaba tocando con la Sinfónica de Guayaquil.

Esos primeros ensayos fueron con la sesión de metales, tocando la novena sinfonía de Dvořák. Y también tuvieron su cuota de suerte, porque la primera trompeta también era un músico venezolano, Eduardo Manzanilla, con gran experiencia en Venezuela.

—Bienvenido a la orquesta. Trata de disfrutar y cualquier duda, puedes consultar.

Cuatro años atrás, en Venezuela, la experiencia fue diferente. En un primer momento, luego de audicionar para la sesión de trombones del Sistema de Orquesta infanto-juvenil, en el estado de Táchira, tuvo  la oportunidad de ser el asistente de un compañero trombonista, que era el músico principal de la orquesta. Ensayaba con la orquesta dos horas al día, que conjugaba con las clases de trombón que daba. Además tocaba en la banda municipal con la que también ganaba dinero. Es decir, tenía un buen ingreso económico para tener 16 años. 

Pero dos años después, ya no le alcanzaba para nada. Lo que ganaba con cuatro trabajos no le permitía ni para llegar a los lugares en los que daba clases. Y ni hablar de viajar a Caracas para las prácticas con la orquesta. Todo era imposible.

El remedio era salir de Venezuela.

Y en Guayaquil, Roger ha encontrado su propio ritmo. 

Donde su ritmo es ir a clases a la Universidad de las Artes, desde el norte al centro de la ciudad. Luego hacer el viaje de vuelta, almorzar en casa, descansar un poco y de ahí practicar el trombón. Por la tarde prefiere jugar con Aniu, su perrita husky con la que comparte el resto del tiempo si no está con el trombón. Luego, ensayos y presentaciones con la Orquesta Filarmónica Municipal de Guayaquil por la noche, donde es el trombón principal. El día finaliza con Aniu, que lo espera religiosamente en la casa en la que viven, en Urdenor, al norte de Guayaquil.

En la Filarmónica

músico venezolano

El músico venezolano Roger Márquez toca el trombón, viste un suéter con colores que le recuerdan a su tierra, Venezuela. Fotografía de Michael Lojano para GK.

Gracias a que empezó a trabajar en la Filarmónica, la situación económica de Roger mejoró en este último año. Y no solo eso.

Su experiencia sobre un escenario ha crecido y le ha permitido desarrollar una presencia que lo lleva, inevitablemente, a pensar en su pasado. Fue la primera vez que se presentó en un teatro. Tenía 13 años y estaba aprendiendo el instrumento. Era parte del ensamble de metales y claro, con sus compañeros tocó algo muy sencillo y no está seguro de si lo hizo bien o si lo hizo mal. Pero la sensación era de gloria, de estar divirtiéndose con el trombón, de empezar a sentir esa pasión continua. 

Con la filarmónica volvió el sentimiento de ¡otra vez estoy en el juego! Porque había pasado un año difícil al estar sin orquesta, pero encontrarse con la Filarmónica fue, para él, lo que necesitaba.  

—Siento que encajo, sobre todo por las diferencias de edades. Eso nos ayuda a resolver los problemas en los ensayos.

Y de esa primera vez sobre el escenario, Roger pasa de golpe a la primera vez con la Filarmónica, el lunes 14 de marzo de 2022. Cuando sintió que los nervios caminaban sobre él, mientras acompañaba a músicos profesionales que ya sabían cada parte de la obra y cómo debía sonar cada instrumento en un preciso momento. A esto hay que sumarle la presencia del público, que se convierte en espectador imperturbable mientras la música suena, para explotar en aplausos una vez que ha sonado la nota final.

No, la Filarmónica no es como la Orquesta Sinfónica de la Juventud Tachirense Río Reina de Venezuela, en la que llegó a tocar en su país natal.

Roger y el trombón

Roger Márquez

Roger Márquez llegó de Venezuela a Ecuador con su trombón. Fotografía de Michael Lojano para GK.

—¿El instrumento elige a uno o uno elige al instrumento?— le pregunta Carlos García a Roger.

Carlos García es chelista, también integrante de la Filarmónica. Es amigo y compatriota de Roger. Ambos se dirigen al Teatro Centro de Arte, al norte de Guayaquil, que es el lugar base para las presentaciones de la Filarmónica.

Hay una respuesta, desde luego. Pero una que está ligada al pasado en Venezuela. Porque Roger tenía 13 años cuando se enamoró del trombón. Había acompañado a su primo a la Casa de la Cultura de Venezuela, donde estaba el núcleo sistema de orquestas. El maestro Pedro Díaz lo notó.

—¿Tocas algún instrumento? —le preguntó.

—No sé tocar nada — dijo Roger.

Eso bastó para que Díaz le dijera que ingresara y así conoció al instrumento que hoy ama. Pero no es solo eso. Roger ama la música, porque ama el trombón. 

—Mi futuro lo veo en cosas relacionadas con la música — dice.

Así sea la enseñanza, la composición y el desarrollo de conceptos musicales. Para él, se trata de seguir haciendo esto y no detenerse. Incluso para su proyecto de tesis para la Universidad está desarrollando una composición para trombón como instrumento solista, con base en ritmos latinos. Aunque todavía no sabe si agregará un piano, o un acompañamiento orquestal o de un ensamble de vientos. 

Se trata, siempre, de esa conexión que el músico tiene con un instrumento. Ese punto de arranque para toda pasión.

—No es que me guste o me apasione la música, lo que me apasiona es el trombón y con ello puedo hacer música y proyectar más música.

Y Roger Márquez contempla la noche con su trombón en mano, después de un concierto. Piensa en su futuro, mientras Aniu mueve la cola con desenfreno porque lo vuelve a ver. Roger deja el trombón a un lado y se acerca a jugar con su perrita. Sí, son dos vidas que se encontraron en Ecuador, y que están el uno para el otro.

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Michael Lojano
Nació en Machala. Estudió licenciatura en la escuela de Cine de la Universidad de las Artes. Realizador audiovisual, gestor cultural y productor audiovisual. Ha obtenido algunos premios y reconocimientos en festivales de cine, además de ganar algunos fondos concursables audiovisuales. Actualmente, realiza la postproducción del cortometraje “Altamar”, un documental sobre la mujer pescadora y los peligros que conlleva mar adentro.
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