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“Yo amo conquistar clientes, es mi fortaleza. Las personas nos reciben temerosas, y terminan comprando, y algunas hasta trabajando para mí”, dice Jackeline Chica, para describir cómo hace una venta. Jackeline es migrante venezolana, madre soltera y emprendedora. En Portoviejo, una ciudad donde desde hace décadas hay grandes empresas que venden sábanas, toallas y otros artículos para la casa, ella ha levantado un pequeño negocio de venta de puerta a puerta de estos productos. 

Puede parecer extraño comprar este tipo de artículos que se pueden conseguir en cualquier almacén, pero el discurso de venta de Jackeline Chica los convence. Y las formas de pago que ofrece, también: totalmente a crédito, sin entrada ni garante. Le da al cliente dos meses de plazo para pagar, en cuotas de 5 dólares semanales por cada prenda. Por eso, si alguien le compra cinco prendas, ella cobra 25 dólares semanales, solo de un cliente. 

Jackeline —alta, acuerpada, de cabello largo y negro, siempre maquillada y perfumada— vende colchas tipo peluche, cortinas, edredones, toldos, toallas y hasta hamacas. 

El negocio es prácticamente familiar: aparte de ella, su hermana Ana María y su sobrino Engerberth son también vendedores, su hija Germani es quien compra a los proveedores, y su cuñado es el encargado de la cobranza. “Formamos un equipo excelente, mi cuñado es un excelente cobrador y mi hermana y yo somos muy buenas vendedoras” dice. Además, contrata a dos hombres quienes conducen el vehículo donde ella con su equipo hace la venta. 

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Con la pequeña operación, dice Jackeline, cinco familias se benefician: la suya, la de su sobrino, la de su hermana, y la de los dos choferes.

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Con su “¡a ver!” y buenos tratos capta la atención de su cliente, que en su gran mayoría son amas de casa. Luego de ese saludo inicial, y si no le reciben con trato grosero, como que le griten no y le lancen la puerta casi en la cara, continúa con el repertorio: les cuenta sobre el crédito para pagar, habla de la calidad de los productos, de los premios que puede ganar si se anima también a vender.

Jackeline Chica

Jackeline Chica es madre soltera y migrante venezolana. Desde mayo de 2022 tiene un emprendimiento en el que emplea a 5 personas. Fotografía cortesía de Jackeline Chica.

Sí, Jackeline no solo vende sábanas y toallas sino que motiva a sus compradoras a convertirse en vendedoras. Ella les proporciona la mercadería y les da dos opciones de ganancia: la primera es recibir hasta 25 dólares por venta —cada venta solo puede llegar a ser de 5 productos que sumen 200 dólares. La segunda, es premiarlas con más productos. Es decir, si venden los 5 ítems, les regala uno más; ellas pueden quedárselo para su casa o venderlo y quedarse con esa ganancia. Cada paquete de sábanas, por ejemplo, cuesta 40 dólares. 

Jackeline no siempre fue emprendedora. En Venezuela, donde vivió hasta hace 5 años, era profesora de niños. Pero su facilidad de palabra ha hecho que cada vez venda más. Con soltura, cuenta que durante una venta, nunca se puede hablar de dinero enseguida porque las compradoras suelen asustarse. Ella comienza ofreciéndole todos los beneficios de comprar, para terminar hablando de dinero. De esa manera atrapa a la cliente.

Luego de que la convence, llena una cartilla. Acá, dice Jackeline, nunca se puede dejar de tratar con cariño a la persona. Ella le pregunta muy sutilmente sus nombres, apellidos, número de cédula, teléfono, dirección exacta y anota referencias importantes para que el cobrador pueda ubicar la casa de la clienta fácilmente. En este punto, ella ya ha entablado una conversación de amistad con la clienta. Lo más común es que esté dentro de la casa, tomándose un jugo, mientras espera que llegue el carro para que la clienta escoja los diseños de la mercadería que ya compró. Y así, hace la entrega formal de la cartilla. También le explica qué día pasará el cobrador, y cómo irá ganando sus premios. Luego, se despide amablemente y así finaliza una venta. 

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El negocio de Jackeline Chica tiene casi 70 tarjetas activas. Una tarjeta es la cartilla que entrega a las clientas que le compraron mercadería o que también están vendiéndola. Sus clientas están en Manta, Pedernales, La Unión y Portoviejo —todos en la provincia de Manabí.

Para comenzar el negocio, comenta Jackeline, hizo una inversión de 1500 dólares en mercadería; ahora tiene 6000. “No les voy a decir que nos estamos comiendo las mieles”, dice en referencia a que la ganancia es aún baja. Cuando su cuñado y su hermana tienen una mala semana de venta, Jackeline los apoya porque entiende que están en pleno proceso de aprendizaje

El negocio, por ahora, solo funciona los sábados porque entre semana todos tienen otros trabajos. Cada vendedor —o sea ella, su hermana y su sobrino— tienen como meta hacer mínimo 15 ventas ese día. Esas ventas serán cobradas los lunes, martes y miércoles de la siguiente semana. “Yo gano el 60%, y mi hermana y cuñado el 40%. Hacemos como si fuéramos empleados de nuestra propia empresa”, dice y explica que ahí está el éxito, trabajar para crecer. 

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migrantes venezolanas

Jackeline y sus dos hijas son migrantes venezolanas que decidieron asentarse en Portoviejo, la capital de Manabí. Fotografía cortesía de Jackeline Chica.

A su sobrino le paga 20 dólares por cada venta, y a los choferes 25 dólares por día, más el combustible y la comida. “Los choferes ganan prácticamente 40”, dice. Y explica que es una ganancia bastante alta si se la compara con los 15 dólares diarios que gana uno de ellos en su trabajo principal, entre semana. 

El primer abono que hace una clienta —los primeros 25 dólares— es lo que Jackeline gana por hacer una venta; y los demás pagos — los 175 dólares restantes— se utilizan para reinvertir. “Eso nos ha hecho muy exitosos porque la cobranza vieja no se toca” enfatiza. 

En Portoviejo, ha calculado Jackeline Chica, hay cerca de seis empresas dedicadas a la venta de sábanas, a crédito, que han surgido con capital propio. De esas 6, dice, la mitad fueron creadas por venezolanos. En la provincia de Manabí existen ONG dedicadas a promover la igualdad y la inclusión entre los ciudadanos ecuatorianos y venezolanos. En los últimos años, estas organizaciones se han dedicado a atender a la población migrante. Betsy Rodríguez, punto focal en Portoviejo de AVSI —una ONG italiana con 21 años de trabajo en el país— dice que trabajan para promover los medios de vida para las personas venezolanas. 

Rodríguez dice que manejan dos componentes: el primero es de empleabilidad o módulos de negocio en los cuales dan talleres en oficios de alta demanda como costura, arreglo de celulares, panadería, manicure y pedicure. “A esas 20 o 30 familias, después de que reciben el curso, se les da un pequeño capital en insumos para que emprendan”, explica. El segundo componente está enfocado en la generación de recursos propios o emprendimientos en los cuales se entrega un capital semilla para personas que quieran emprender o que tengan un emprendimiento en marcha. 

sábanas y colchas

Jackeline Chica almacena las sábanas y colchas que vende, en la casa de su hermana. Fotografía cortesía de Jackeline Chica.

Para Jackeline, este tipo de ayudas eran totalmente desconocidas cuando recién llegó a Ecuador. Apenas llegó, tuvo apoyo del Programa Mundial de Alimentos, que a través de HIAS le entregó una tarjeta para la compra de alimentos. 

Desde su salida de Venezuela, siempre se enfocó en trabajar, sin esperar que le regalaran las cosas. Al llegar a Ecuador, su meta fue iniciar su emprendimiento por sus propios medios, cosa que no le fue sencillo porque era un tipo de trabajo que nunca había hecho. Otro de los grandes problemas fue conseguir el capital para empezarlo.

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Jackeline Chica es oriunda de Tucacas, en el estado Falcón, una zona turística con playas paradisíacas en Venezuela. Fue madre soltera desde muy joven: tuvo a su primera hija, Germani, a los 18 años. Jacke, como le dicen sus seres queridos, supo lo que era el trabajo duro y que las cosas se ganaban con esfuerzo. “En Venezuela me dediqué a un único trabajo: la docencia”, dice y cuenta que sus hermanas mayores eran maestras y le fueron dando suplencias. Cuenta que le fue tomando amor a la carrera y logró graduarse a los 25 años. 

Como educadora ejerció 14 años. En su natal Tucacas tenía casa, carro y un trabajo estable. “Era feliz y estaba realizada para cuando empezó el problema en Venezuela”. En el 2015 quedó embarazada de su segunda hija, y para cuando Juliet tenía 2 años, su pareja decidió emigrar a Colombia por las carencias y problemas en Venezuela. La propuesta era simple: una vez que él estuviera estable, las mandaría a buscar. Al cabo de unos meses el hombre cumplió su palabra y una vez establecida en Bogotá, la capital colombiana, ella encontró trabajo como maestra.

En Colombia vivió durante dos años hasta que le llegó una propuesta de negocio que cambiaría el rumbo de su vida: “Me salió un negocio para comprar un departamento en Venezuela en dólares”. Estando en Bogotá no lograría reunir la plata para pagarlo, pero el esposo de una sobrina que vivía en Ecuador le ofreció prestarle el dinero siempre y cuando se mudara a Portoviejo para trabajar en una empresa donde él era gerente.

Para Jackeline era muy importante comprar ese departamento en su natal Venezuela porque de esa manera, comprando inmuebles, sentía que podía proteger su capital; la inflación en su país no permite guardar dinero en efectivo. Por eso, aceptó la propuesta.

Tomar la decisión no fue fácil porque representaría comenzar de nuevo. Esta vez no llevaría a sus hijas consigo porque no sabía cómo sería su vida recién llegada y sola a Ecuador. Entonces, las llevó de regreso a su natal Tucacas donde su mamá cuidaría de Germani y Juliet. En Ecuador no existe un dato concreto de cuántas mujeres venezolanas deciden dejar a sus hijos en su país para poder emigrar. Pero las razones principales son no saber cuánto tardarán en encontrar trabajo, si la vivienda contará con las comodidades mínimas, y al ser madres solteras, como Jackeline, la incertidumbre de quién cuidará de sus hijos mientras ellas trabajan. 

Pasaron nueve meses para que Jackeline Chica pudiera reencontrarse con sus hijas. Comenta que el enorme sacrificio que hizo para reunir el dinero y traerlas valió la pena. “Continúe con mi vida, pero feliz porque las tenía conmigo”.

En Portoviejo vivieron un mes más con su sobrina y el esposo. Pero pronto a él le avisaron que cambiarían la gerencia a Machala, la capital de la provincia de El Oro. Jackeline sintió que, una vez más, estaba en aprietos porque él vivía con ellos. “Nos quedamos sin casa, sin una cocina, sin un ventilador, sin una cama”, dice.

Con su hermana, a quien considera un pilar esencial en su vida, alquilaron una casa más modesta, lograron comprar unas cosas. Dice que “gracias a Dios” pudieron tener casi todo lo necesario para llamarlo hogar. Mientras resolvía dónde iba a vivir ella con su hija pequeña y su hija adolescente, se enteró que sería abuela: su hija Germani tenía 3 meses de embarazo. “Siendo yo madre soltera adquirí otra responsabilidad y me convertí en abuela soltera”, dice. Eso, sin embargo, no le impidió continuar con su meta porque según sus palabras “yo siempre tengo exigencia personal”. 

Cuando llegó a Portoviejo comenzó a trabajar como vendedora en la empresa de sábanas donde el esposo de su sobrina era el gerente. El inicio de las ventas puerta a puerta fue duro porque no sabía qué era lo que tenía que hacer. Estaba acostumbrada al clima templado de Bogotá y pasó al calor de la costa ecuatoriana. Cuenta que el primer día llegó a casa quemada por el sol y con ampollas en los pies de tanto caminar. 

Para Jackeline el impacto fue grande; le costó acostumbrarse a nuevas palabras. Pero hoy, dice, da gracias de que ya que descubrió un talento que no sabía que tenía. Comenta que ser vendedora es “conquistar a una persona que no tiene la más mínima idea de que quiere trabajar”. Para ella “este es un país que da acogida, he visto poco la xenofobia”. Al contrario, dice, considera que las amas de casa ecuatorianas, que se convierten en sus clientes, son bastante hospitalarias. 

Al principio veía que era mucho el esfuerzo que necesitaba para vender. Pero de a poco ganó confianza. “Los humanos somos del tamaño de nuestras necesidades”, dice y agrega que los venezolanos, una vez que deciden salir del país, salen con la mentalidad de progresar. 

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Cuando empezó a vender y se le dificultaba supo que tenía dos opciones: aprendía a vender o moría en el intento. Jackeline Chica decidió apostar por ella y por su familia, y enfocarse en trabajar ya que en su trabajo ganaba por comisión. Entonces, si pasaba el día sentada, no ganaba nada. La empresa les pedía a sus vendedores tres ventas diarias. Pero para Jackeline, su meta diaria era entre 5 y 6 ventas por día. “Comencé a generar ingresos bastantes considerables”, dice; eran casi 400 dólares semanales cuando el sueldo básico en Ecuador es de 425. Aparte de su sueldo semanal, llegó a ganar premios por ser de las mejores vendedoras. En dos meses, se convirtió en una vendedora experimentada: hacía hasta 25 ventas por semana. “Llegué a ganar más que los mismos gerentes”. 

Portoviejo

Jackeline Chica es vendedora de sábanas, toallas y otros artículos del hogar en Portoviejo. Su negocio es de puerta a puerta. Entre semana, parte de su rutina, es acompañar a su hija pequeña a la escuela. Fotografía cortesía de Jackeline Chica.

Jackeline entregó dos años de su esfuerzo a esa empresa. En ese tiempo no pensaba en emprender su propio negocio ya que todo lo que reunía lo enviaba a su mamá en Venezuela para el mantenimiento de sus inmuebles y su carro. Un día, dice, se dio cuenta que no estaba haciendo nada enviando ese dinero, cuando su vida estaba en Ecuador. Entonces, surgieron las primeras ideas de negocio en conjunto con su hermana. Ambas se dieron cuenta que tenían bastante conocimiento en cómo era la venta y cuánto era el valor real de las sábanas. Pensaron que si tenían el talento para generar tanto dinero a una empresa ajena y ellas ganaban apenas un pequeño porcentaje, entonces ¿por qué no hacerlo por su cuenta?. Fue así que tomaron la decisión de renunciar a la empresa en mayo de 2022. Compraron un poco de mercadería con parte de sus ahorros para ir abriendo las rutas de a poco, y empezaron a buscar quién les podía prestar el dinero que les hacía falta. 

Sobre este inicio del negocio, Jackeline aclara que “no ha sido fácil, el cambio ha sido duro porque pasé de ganar muy bien, a más bien adquirir una deuda ya que no teníamos capital suficiente para iniciar”. Para ese punto encontraron alguien que les pudo prestar dinero sin cobrarles intereses tan altos.

Para Jackeline, hoy su día a día no es nada fácil. Para lograr que su emprendimiento empezara tuvo que hacer un sacrificio. “Yo necesito mucho dinero porque mi núcleo familiar es grande y me tocó buscar otro trabajo”. Entre semana tiene también un trabajo en ventas de medicinas naturales. Es algo totalmente distinto a su emprendimiento para que no choque. En esta empresa también le ha ido excelente, comenta. 

Su día comienza a las 5:30 de la mañana ya que tiene a su hija menor en la escuela. Le hace la lonchera, se visten y sale a dejarla al colegio. De allí va a la oficina para iniciar sus labores diarios. Regresa normalmente entre 6 o 7 de la noche, cena cualquier cosa, cae rendida del cansancio. Comenta que tanto su hija mayor como su sobrina son las encargadas de hacer prácticamente todo dentro de la casa. “Mi vida es en la calle”, dice. Y eso le parece una de las principales desventajas al ritmo de vida que lleva. Casi no le dedica tiempo ni a ella misma ni a su familia.

Jackeline Chica

El día de Jackeline Chica empieza a las 5:30 de la mañana porque debe preparar y llevar a su hija pequeña a la escuela. Fotografía cortestía de Jackeline Chica.

La rutina del primer trabajo es de lunes a viernes. Para ella los sábados son aún más importantes porque es el día de su emprendimiento. Ese día comienza a las 8 de la mañana y dura hasta que se completen las ventas del día, que pueden acabar a las 9 de la noche. Un migrante, en promedio, trabaja más de 40 horas por semana. El principal problema es que al no tener documentación —no estar regularizados en el país— sus trabajos suelen ser sin contrato formal. 

A nivel familiar y social, a Jackeline esto la afecta mucho ya que pasa prácticamente todo el día en la calle, entonces suele preguntarse a qué costo está haciendo el sacrificio de sacar este emprendimiento adelante si no puede disfrutar las ganancias con su familia.

El futuro de su recién iniciado negocio es prometedor. Actualmente ya ha cancelado la totalidad de su primer préstamo, y tiene pensado adquirir una segunda deuda aun más grande para poder crecer. Estima que si para diciembre todo va bien, incluirá otro tipo de mercadería como pijamas o joyas. “Hay que ser versátiles para no aburrir al cliente, al contrario queremos que el cliente siga trabajando con nosotros”, dice convencida. 

De igual forma, tiene estimado adquirir un vehículo para ampliar las rutas, todo sin miedo al crédito, sin miedo al éxito. Ve muy difícil volver a Venezuela en un futuro cercano. Según el gobierno venezolano, desde el 2018 han retornado al país más de 30 mil personas, en marco del plan “vuelta a la patria”. Algunas vuelven por la nostalgia de lo que dejaron, otras por no haber podido lograr los objetivos que trazaron. Pero para Jackeline Chica volver no es una opción. Afirma que tanto su familia como su negocio se encuentran bien en Ecuador, y la situación económica en su país aún es muy inestable. De regresar algún día a Venezuela, dice, emprendería con este negocio allá también.


programa de periodismo y migración

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Irina Ferrer
Migrante venezolana radicada en Ecuador. Licenciada en comunicación social, egresada de la Universidad Bicentenaria de Aragua, en Venezuela. Ganadora de una beca de GK Escuela y la OIM Ecuador para la producción de una historia periodística sobre migración.
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