Ildamis Padrón es ingeniera civil de 43 años. Ha trabajado 18 años en la industria petrolera. Vivía en el estado de Monagas, que está  cubierto por una exuberante vegetación y lleno de ríos, en Venezuela. 

 Hace cuatro años Ildamis Padrón y su hijo Juan David, de 10 años, viajaron a Ecuador por una oferta laboral que le había hecho un amigo suyo: realizar unas instalaciones en un edificio. Durante las conversaciones que tuvieron previo al viaje, él le dijo que no se preocupara por su llegada a Quito y le dio a entender que le ayudaría a que se instale en la ciudad.

El viaje hasta la capital del Ecuador lo hicieron en autobús y duró cinco días, pero salir de Venezuela no fue fácil: les tomó 24 horas llegar a la frontera. Para cruzar a la ciudad colombiana de Cúcuta, cuenta ella, tuvieron que atravesar el río debido a que la frontera entre ambos países estaba cerrada por los problemas que surgieron a raíz del concierto Venezuela Aid Live: el 29 de febrero de 2019 el gobierno de Nicolás Maduro cerró, de forma temporal, los puentes Simón Bolívar, Santander y Unión, en la frontera con Colombia porque consideraba que ese país atentaba “contra la paz y la soberanía de Venezuela”. Esto pasó después de que Juan Guaidó, en ese entonces presidente del parlamento venezolano, llegara a Cúcuta para participar en el concierto.

Ildamis y Juan David no pudieron salir de forma legal de su país y usaron un paso clandestino. En sus pasaportes no consta el timbre de salida de Venezuela —que es el registro que lleva un país de cuántas personas han salido y han entrado— pero sí lo hicieron para ingresar a Colombia, a donde entraron de forma legal. 

Ahí tomaron un bus que se demoró tres días y medio en atravesar el país hasta llegar al puente internacional de Rumichaca, en Ecuador. Sin embargo, cuando faltaban apenas unas horas para arribar a su destino, tuvieron que esperar 14 horas adicionales para poder ingresar a la ciudad de Tulcán, porque hacía dos días la frontera entre Colombia y Ecuador también estaba cerrada. 

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Ildamis Padrón y Juan David contaron con más suerte que otras personas que estaban en su misma situación, ya que pudieron permanecer en el bus que les había traído y además les alimentaron.

Ildamis Padrón cuando vendía en la calle. Fotografía de Pablo Torres para GK.

Cuando llegaron a Quito, Ildamis se contactó con su amigo quien le dijo que debían buscar un lugar donde vivir porque no se podían quedar con él. “Fue un momento difícil”, dice ella, “sobre todo para alguien que acaba de llegar a un lugar diferente, con el clima distinto, no conocía a nadie y no tenía trabajo. El poco dinero que traje lo gasté en alquilar una habitación para vivir”.

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El trabajo que su amigo le había ofrecido jamás se concretó, pero Ildamis Padrón logró encontrar un empleo como  asesora de tesis en un instituto durante un mes. Poco tiempo después, encontró otro trabajo en una lavandería en donde tenía que cumplir con el horario de 8 de la mañana a  7 de la noche por un sueldo de 150 dólares mensuales.

 Aunque la situación le disgustaba, accedió a trabajar en este lugar por su hijo, ya que lo podía llevar para cuidarlo. Además, el local tenía internet y ahí Juan David podía hacer sus tareas.  Fuera de su sueldo, Padrón tenía una tarjeta de alimentación de 50 dólares otorgada por el Hebrew Immigrant Aid Society (HIAS), pero cuando ésta caducó, no pudo renovarla por la cuarentena a la que la pandemia del covid-19 había forzado a todo el país. 

Según Coralia Saenz, funcionaria de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) las madres migrantes cuando llegan al país tienen mucha presión no solo por salir adelante o por cumplir con su rol de madre, sino de desarrollo personal. “Porque muchas de ellas tienen títulos profesionales y tienen la esperanza de encontrar algo en su rama, pero con el tiempo se ven frustradas esas ilusiones y quedan de lado”, dice Saenz. Esto, en muchos casos, significa una alta carga psicológica y emocional, que desemboca en cuadros de depresión o ansiedad. 

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Uno de los mayores peregrinajes que ha tenido que vivir Ildamis y su hijo ha sido cambiar su vivienda. Tuvieron que dejar el primer dormitorio que alquilaban, en el sector de Cotocollao, una zona popular en el extremo norte de Quito porque era “muy costoso”: pagaba 100 dólares al mes. 

En el segundo sitio que encontraron para vivir estuvieron apenas 10 días: “Uno de los hombres que vivía ahí era un borracho, grosero y maleducado. Una noche se metió a la fuerza a la  habitación”, dice Ildamis. Después de esta agresión, tuvieron que salir inmediatamente de ahí. Encontró entonces un dormitorio en el sector de la Roldós, también en el extremo norte de Quito, donde en un inicio no tuvo inconvenientes con el arrendatario al que le pagaba 70 dólares por mes. Sin embargo, aunque había existido una buena relación, cuando Ildamis le comentó al casero que iba a buscar otro lugar porque necesitaba vivir en otro sector este le comenzó a tratar mal. 

Según Coralía Sáenz la precariedad en la que viven estas mujeres genera que muchas veces viven en hacinamiento cuando llegan grupos familiares o compartan una vivienda con desconocidos que aumentan las probabildiades de violencia sexual no solo a la madre, sino a las niñas, ademas existe violencia psicológica, verbal o abusos. Joseph Miranda, coordinador nacional de género y prevención de violencia basada en género de HIAS, explica que las mujeres tienen más dificultades para encontrar trabajos porque muchas de ellas vienen solas al país

No tener quién cuide de sus hijos, las hace más propensas a la explotación laboral. Ellas y sus hijos tienden a sufrir más violencia por lo que se han registrado en el país casos de violencia sexual en contra de los niños por parte de sus vecinos mientras sus madres trabajan y ellos se quedan en casa.

Con la llegada de la pandemia Idalmis y Juan David tuvieron que permanecer en este último domicilio en el que le comenzaron a tratar mal desde que dijo que se iba a ir, pero el ambiente era muy tenso: “El arrendatario me comenzó a presionar por el pago del alquiler, pese a que tenía un mes pagado por adelantado”, dice Idalmis. “Me recordaba a cada momento que le tenía que pagar y cuando se enteró que no tenía trabajo a causa de la pandemia me presionaba para que me fuera”, recuerda. Al cabo de unas semanas, los dueños de la lavandería llamaron a Ildamis para que regresara a trabajar, pero a pesar de los esfuerzos, la lavandería tuvo que cerrar después de tres meses.Según declaraciones del ministro de la Producción y Comercio Exterior, Julio Prado, más de 22.000 empresas desaparecieron en el país como consecuencia de los efectos de la pandemia del coronavirus y los periodos de restricciones aplicados.

La situación en la casa no cambió, al contrario, empeoró, y comenzó a afectar emocionalmente a Juan David. “El último mes el señor se metió con mi hijo y se pasó de la raya. Lo acusaba de meter a la casa un perro y un gato que él tenía, además decía que mi hijo les daba de comer mientras yo no estaba, dice Ildamis. Ella asegura que su hijo nunca se quedaba solo porque “siempre iba conmigo a la lavandería, entonces no pasaba tiempo en casa”. El acoso llegó a ser tal, que Ildamis y su hijo se fueron a la casa de una amiga, aun cuando tenía pagada la renta de la habitación por un mes más. 

Al final de esta entrevista, Ildamis añadió que todos los esfuerzos los hizo por su hijo, para que él esté bien. “En Ecuador Juan David al menos tiene una educación digna y adquiere conocimientos acordes a su edad, en el futuro puede aspirar a cumplir sus sueños de ser un profesional y recuperar el nivel de vida que perdimos”. 

Ildamis dice que en estos momento las educación en Venezuela es improvisada porque muchos maestros han emigrado y la responsabilidad de educarlos ha recaído sobre los padres, tíos, abuelos o vecinos que pueden “darles una mano, pero en muchos casos no tienen el nivel de conocimientos para ayudarlos”, dice Ildamis. A este contratiempo se suma la falta de electricidad y de servicios básicos para que las escuelas funcionen adecuadamente.

Ildamis sabe que regresar a Venezuela no es una opción, aunque su calidad de vida en Ecuador sea muy precaria. Tras la pandemia ella comenzó a vender inciensos en los alrededores del centro-norte de Quito. Con los ingresos que obtiene de sus ventas paga el alquiler de una habitación en unahostal del Centro Histórico que dejó de funcionar a causa del covid-19, pero algunas habitaciones son alquiladas a migrantes, porque, según Ildamis, la dueña del lugar es una mujer francoecuatoriana que sabe lo que viven los migrantes.

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Ildamis Padrón cuando trabajaba vendiendo en las calles de Quito.Fotografía de Pablo Torres para GK.

Juan David permanece en el hostal mientras su madre trabaja. Él asiste a sus clases virtuales dos días a la semana y al mismo tiempo acompaña a la dueña del establecimiento, una mujer de la tercera edad:.“Ellos se hacen compañía durante el día, conversan, juegan Parchís o ven la TV”, dice Ildamis Padrón, que cree que tuvo suerte de quedarse en este lugar porque su hijo está bien cuidado y nunca ha sido maltratado por la mujer y no ha tenido que salir a vender a la calle junto a ella.

Ildamis reconoce que en estos tres años Jaun David se ha adaptado al país y que “poco a poco entiende que en el mediano plazo no regresará a su país”. Según su madre con el tiempo cada vez menciona menos su anhelo de regresar a su antigua vida, a estar con sus amigos o ver a sus abuelos. Juan David está en séptimo de básica y ya entiende las palabras locales que sus compañeros ecuatorianos utilizan a diario.

Ildamis Padrón dice  que muchas veces, “en mis días más difíciles él me anima a seguir luchando y me recuerda por qué vinimos a este país”. Hace seis  meses —agosto de 2021— Ildamis logró darle la vuelta a su situación y primero encontró un trabajo de medio tiempo en una panadería donde  hace 350  galletas durante cuatro horas  y  dejó  la inseguridad de las ventas callejeras. 

Al mes de encontrar este trabajo también sus antiguos jefes de la lavandería le ofrecieron que les ayude durante dos días a la semana en una nueva lavandería que volvieron a abrir. En este lugar Padrón cobra y asiste a los clientes. Aunque Ildamis trabaja más de 8 horas diarias aún no logra ganar un salario básico y continúa siendo precarizada, todo lo hace por su hijo, “porque Ecuador está mejor que en Venezuela o al menos podrá tener un mejor futuro”. Ahora Ildamis se ha planteado como objetivo  ganar un sueldo básico (425 dólares)—actualmente entre sus dos trabajos gana 180 dólares—, para poder independizarse y alquilar un pequeño departamento para ella y su hijo. Ildamis dice que vivir con varias personas desconocidas en una misma casa es difícil, aunque reconoce el apoyo que le ha dado su arrendataria.

Sus aspiraciones de trabajar en su profesión se han diluido durante su estancia en Ecuador. Frente a mi pregunta de si le gustaría trabajar como ingeniera en petróleos ella solo sonríe y dice que Juan David es la prioridad.

Liz Briceño Pazmiño
(Ecuador, 1989). Periodista. Ha cubierto temas de economía y consumo en la Unión Europea. Cubre temas de menores migrantes no acompañados y de desplazados en Ecuador.