La alcaldesa de Guayaquil se cree kilómetros por encima de la ley. Después de que a principios de mes un grupo de comerciantes informales presentó una acción de protección en contra del Municipio por vulneración de sus derechos, Cynthia Viteri emitió un comunicado en que el decía que “Guayaquil no volverá al caos del pasado” y llamaba a la ciudadanía a permanecer “alerta”. En definitiva, desconoció la resolución. Ya es su marca. 

Muy al estilo socialcristiano, Viteri ha querido proyectar fuerza mostrándose quemimportista con resoluciones judiciales, cerrando el puño y aludiendo al mito de la fuerza y el orden de su partido. Incluso en casos en los que podría tener razón, ella no argumenta. Ella hace lo que le da la gana. De la mano del Partido Social Cristiano, está convencida de que es intocable. Es su forma de hacer política y eso le concierne al país entero. 

No ha sido el año de los alcaldes más mediáticos. En Quito, la Corte Constitucional finalmente decidió que Jorge Yunda había sido legítimamente removido y en Guamote, el famosísimo músico-convertido-en-alcalde Delfín Quishpe fue condenado a cinco años de prisión por tráfico de influencias (es tan famoso que el veredicto fue cubierto por diarios internacionales como El País de España y El Tiempo de Colombia). 

Cynthia Viteri, sin embargo, no se ha inmutado por las acusaciones en su contra. Al contrario, la alcaldesa ha utilizado sus roces con la función judicial para avivar su popularidad y alimentar el mito que mantienen el Municipio sobre el “modelo exitoso” social cristiano. Viteri actúa como la dueña de su ciudad, no como una funcionaria pública. 

El juez Geovanny Suarez falló a favor de los demandantes y dispuso que se los reubicara. En su comunicado para responder esa decisión, Viteri dijo que haría lo opuesto: como si quisiera, en realidad, sacarle la lengua al juez, dispuso al Cuerpo de Agentes de Control Metropolitano intensificar los operativos de control en la Bahía. “Lo vivimos una vez y no volveremos a pasar por esto. Guayaquil merece ser una ciudad ordenada”, dijo para rechazar las disposiciones judiciales que no son de facultativo cumplimiento, sino órdenes —algo que parece que a varios políticos ecuatorianos les cuesta entender

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Viteri alegó, además, que la decisión era ilegal e inconstitucional al estar a favor “de quienes provocan el desorden, caos e inseguridad en la ciudad”, como si los derechos constitucionales existieran en función al orden o caos que genera una persona. 

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La alcaldesa tuvo la oportunidad de debatir el fallo con argumentos: explicar la necesidad de regularizar a los comerciantes informales, en especial, en el contexto de la pandemia. No lo hizo. Eso lo podía hacer en la instancia legal adecuada: la apelación. Así dice la ley —pero después de todo estamos hablando de la misma persona que impidió el aterrizaje de un vuelo humanitario cruzando camionetas en la pista de un aeropuerto internacional, como si fuera el lejano Oeste.

A pesar de ser una funcionaria pública y la máxima autoridad de la ciudad, con la obligación de acatar esas disposiciones legales (es lo que define a la separación de poderes y nos protege de los caprichos o abusos de caudillos), optó por hacer gala de su poder, al intensificar los operativos y hacer lo que le dio la gana.

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Aprovechó, además, para arengar a sus seguidores.  “Permanezcamos alerta ante una resolución judicial que busca que la ciudad vuelva a un pasado de caos en plena temporada navideña e incluso provocar retrocesos en la lucha contra la pandemia”, dijo. Casi se le escucha el tono solemne y cursi de su voz cuando declama. 

Ella no cuestiona el fallo, sino que convierte al poder judicial en enemigo suyo y de la ciudad. Le atribuye una intención maligna: la de buscar volver a un pasado de caos. Para Viteri, el juez Suárez quiere arruinar la Navidad. El juez es malvado. El juez quiere empeorar la pandemia. Es una fórmula peligrosamente efectiva y repetitiva en la región entre líderes grandes y chicos. La demagogia apela a las entrañas más oscuras; la institucionalidad, a la racionalidad más luminosa. Y ya sabemos que en el hígado están los afectos. 

Por otra parte, ¿a qué se refiere con “volver”? Viteri también alude al mito de origen que su partido se desvive por establecer en la opinión pública: la de una Guayaquil rescatada del caos absoluto por León Febres-Corderp y convertido en una ciudad nueva y dinámica por Jaime Nebot. Es el mito con el que lo justifican todo —a pesar de las varias falencias de ambas administraciones en áreas verdes, provisión de servicios básicos para todos los sectores de la ciudad, los retrasos en la implementación del sistema de buses rápido Metrovía, entre tantos otros.

Cynthia Viteri se ha descrito como “la madre” de los guayaquileños. Jaime Nebot también la llamó “el hombre” para decir que era mejor candidata que él. Sus conceptos políticos recaen en imágenes anacrónicas de la autoridad familiar: la madre da la vida y el hombre provee. 

Esas comparaciones son sintomáticas de cómo entienden la función de la alcaldía: no tanto como la máxima autoridad de una ciudad en un estado de derecho, sino como su autoridad familiar, su protectora, disciplinadora y dueña. 

El desacato de la alcaldesa no fue un exabrupto. Al igual que cuando mandó a bloquear la pista del aeropuerto para impedir la llegada de un vuelo humanitario,  o cuando creó una página web para recolectar firmas para “liberar la vacunas” en lugar de negociar con el gobierno de Lenín Moreno. Viteri olvida que es la alcaldesa de Guayaquil, no su madre regañona. 

Iván Ulchur-Rota
(Ecuador, 1988). Escribe para medios de aquí y de allá sobre viajes, política, barrios y cultura popular. Mientras termina una maestría en Antropología Visual, también juega con publicidad, educación y rutinas humorísticas sobre sus medias chullas.