Aquel 26 de agosto de 2021, José*, un adolescente de 17 años sostenía en sus brazos a Chelita, la hija de Jazmín Lema, su novia. Estaban solos, sobre la arena ardiente, las pendientes rocosas, los matorrales espinosos, los animales ponzoñosos y los tentáculos del crimen organizado que opera libremente en el desierto de Sonora, en la frontera norte de México con Estados Unidos.  No tenían agua, tampoco comida. 

“¿Qué le pasa a mi mamita?”, preguntaba Chelita*, una pequeña de tres años, mientras veía cómo su mamá, una joven de apenas 21 años, moría de a poco en ese arenal aparentemente vacío y rancio, donde conviven —y se esfuman— las promesas de cientos de caminantes que intentan cruzar hacia el así llamado ‘primer mundo’, donde buscan hacerse la vida que en sus países de origen les es negada.

El coyote, un traficante de migrantes, debía trasladar a los tres desde Toluca, la capital del estado de México, hasta la frontera sur de Tijuana, en el estado de Baja California, que colinda con el condado estadounidense de San Diego, en el estado de California. 

Una vez en la frontera, Jazmín, José y Chelita se entregarían en el control migratorio para pedir asilo en Estados Unidos. Sin embargo, el hombre —que cobraría mil quinientos dólares una vez culminada la misión— cambió la ruta y los abandonó a su suerte a las nueve y media de la mañana del 26 de agosto, en un desierto que confunde, asusta y desorienta, bajo más de cuarenta grados centígrados a la sombra. El coyote, que se identificó como Chava, desapareció y la familia no supo más de él. 

Jazmín Lema luchó por su vida durante más de seis horas —como lo hizo durante más de cuatro años, sobreviviendo a la violencia a la que su expareja, el padre de Chelita, la sometía. Aunque estaba deshidratada y tenía el rostro agrietado por las altas temperaturas (en verano pueden llegar hasta los 40 grados centígrados), con los ojos casi ciegos por los rayos solares, parecía desvanecerse. 

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Le dio el último sorbo de agua a su hija, una niña de sonrisa curiosa por la que decidió salir de Ecuador, expulsada por la violencia, la falta de oportunidades y el profundo anhelo de tener una familia sólida. José, aunque aún es muy joven, compartía ese deseo. En medio de la desesperación, lo intentó todo: cargarla a ella, inconsciente, y a Chelita. Gritó, buscó, caminó, corrió. 

Con las pocas energías que aún guardaba, alertó a su familia:

—Por favor, ayúdenme, necesitamos agua. Jazmín no responde. 

—Estoy intentando levantarla, pero ya no avanzo, familia. Ya no avanzo. 

—Chelita está bien. La voy a proteger. No las voy a dejar solas. No puedo dejar aquí a Jazmín. 

Era su voz, desgarrada, que llegaba a un chat grupal de Whatsapp que Jazmín Lema creó para que sus familias conocieran cada uno de sus pasos. María Solano, madre de José, me permitió escuchar aquellas notas de voz que hoy son un relato vivo de la muerte de Jazmín. 

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Caía la tarde. Jazmín ya no respondía. Pero recobró el aliento para pedir por la vida de su niña. “José, no abandones a Chelita. Sálvala, llévala a Queens, con mi mami”, le dijo, antes de morir deshidratada. José le juró que la cuidaría. 

Cinco días antes, el 21 de agosto de 2021, Jazmín, José y Chelita salieron de Biblián, una pequeña ciudad andina de unas 24 mil personas, al sur del Ecuador, que vive aún de las remesas de sus migrantes expulsados por la máquina centrífuga de la pobreza y la falta de oportunidades. A finales del siglo XX, la mayor crisis social y financiera de la historia del Ecuador expulsó a al menos un millón de personas, que se fueron a buscar mejores días a Estados Unidos y Europa. Muchísimos salieron de lugares como Biblián, que quedaron marcados para siempre por la migración —que nunca ha cesado. 

Biblián

Carretera de la salida de Biblián. Fotografía de Vanessa Terán para GK.

Jazmín Lema y su familia salieron desde Quito. Con las manos entrelazadas, Jazmín, la pequeña Chelita, y José entraron, emocionados, nerviosos, al aeropuerto Antonio José de Sucre. Era su primera vez en aquel edificio enorme, que engulle a sus visitantes primerizos. 

Pero estaban juntos, les esperaba un nuevo hogar. Jazmín Lema, con una media cola ondulada, con dos mochilas en la espalda, animaba a su niña, que lo observaba todo: las pantallas, las maletas, los pasillos. José, alto, delgado, parecía más tranquilo, como analizando por dónde entrar, buscar, ir. Solo Chelita, con una sonrisa extendida en su rostro, volvió a ver atrás. Ese video, que dura menos de diez segundos, es la reliquia de la familia: así los vieron por última vez juntos y a Jazmín, viva. 

El avión despegó a las seis de la tarde del 22 de agosto hacia México. Con él, se elevó también una promesa de vida: una familia libre de violencia, lejos de la expareja de Jazmín Lema, quien intentó apuñalarla cuando tenía cuatro meses de embarazo, en 2017. Ella anhelaba reunirse con su madre, Gladys Guallpa, migrante ecuatoriana que también cruzó un desierto para que sus hijas, Jazmín y Jéssica Lema, tuvieran un horizonte seguro. 

Pero esa promesa se desvanecería en el desierto de Sonora. Quien sí cumpliría la suya fue José, quien salvó a Chelita. Sin embargo, ahora el futuro de los dos es incierto. María Solano sabía solamente que su hijo estaba en un albergue en México, pero no conocía en cuál. Seguí esta historia durante los últimos tres meses —desde la muerte de Jazmín— y logré ubicarlo: José está en el albergue Tino Tosh, conocido como Camino a Casa, del sistema de Desarrollo Integral de las Familias de Sonora, un programa estatal que funciona a escala nacional en México. 

Se lo conté a María antes de que este reportaje se publicara. Sin embargo, su hijo aún está en el limbo: en enero cumplirá 18 años y podría ser deportado al Ecuador. Su madre dice que para él regresar tampoco es una opción. Teme que algo malo le ocurra si vuelve. 

migración ecuatoriana

María sostiene el retrato de sus dos hijos. Fotografía de Vanessa Terán para GK.

De la pequeña familia de tres que dejó Ecuador, solo Chelita llegó a Estados Unidos. Ahora está en un campamento para niños y niñas migrantes en el estado de Arizona, que en marzo de este año se declaró en emergencia por la llegada de migrantes en situación irregular a su territorio. Gladys Guallpa, su abuela, está luchando por su custodia. Sin embargo, el padre de la niña, quien agredía sistemáticamente a Jazmín, exige que su hija regrese al Ecuador. La decisión está en manos de una corte de Arizona. 

En el desierto de Sonora, cementerio de migrantes, quedó enterrado el sueño de Jazmín Lema. Pero allí también nació una nueva promesa que dos familias buscan cumplir porque —dicen— el Estado ecuatoriano no lo hará: garantizar la vida y el bienestar de dos menores de edad que, al sobrevivir, lograron que los restos de Jazmín Lema fueran hallados y no quedaran olvidados bajo las profundidades del arenal, que esconde la muerte de miles.

flecha celesteOTROS CONTENIDOS SOBRE VIOLENCIA DE GÉNERO

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Jazmín regresó a Ecuador el 22 de octubre. Sus restos viajaron casi cuatro mil kilómetros para volver a Biblián, luego de un dilatado proceso de repatriación que duró casi dos meses. En un ataúd blanco —con detalles dorados en las cerraduras que rodeaban su superficie— descansaba su cuerpo. Estaba aún envuelto en plástico, ubicado en el centro de su casa, donde fue velada, cobijada por flores y el fuego de las velas que devotamente colecciona su abuela paterna, junto a las fotografías de sus padres y sus abuelos, que adornan la sala. 

Semanas después conocería allí a Jéssica Lema, su hermana mayor, una médica comprometida, algo tímida pero elocuente, enternecida cuando habla de las viejas anécdotas que vivió junto a su hermana menor. 

José no pudo asistir al velatorio de su novia. Pero halló la forma de verla, a través de una pantalla, en una videollamada, desde el albergue del que aún no logra salir. Una trabajadora social del centro le prestó su celular para que pudiera despedirse, aunque fuese a la distancia. 

Aunque se negaba a hacerlo, José, con Chelita en brazos, dejó a Jazmín Lema, en el desierto para intentar conseguir ayuda para su novia. Vio a Jazmín Lema por última vez cuando la policía mexicana levantaba su cuerpo. Desde entonces, supo solo que su repatriación estaba tramitándose a paso lento, al igual que la de 60 ecuatorianos más que fallecieron en el exterior desde el 1 de enero hasta el 1 de diciembre de este año, de acuerdo con datos de la Subsecretaría de Migración del Ministerio de Gobierno. El 70% murió entre México y Texas, donde se encuentra la frontera más transitada por los ecuatorianos que intentan llegar a Estados Unidos. Pero es un subregistro, acepta Luis Vayas Valdivieso, viceministro de Movilidad Humana. Las personas que mueren solas, abandonadas, en desiertos como el de Sonora, no constan en la cifra fría —peor aún en el imaginario social. 

Familia perdida en Sonora

En BIblián, cientos de personas intentan cruzar la frontera para buscar un horizonte seguro. Fotografía de Vanessa Terán para GK.

Para los caminantes que optan por la migración riesgosa, la muerte es parte del cálculo. Saben que en la travesía, extinguirse en la absoluta soledad es una posibilidad. Pero no tienen otra alternativa cuando las opciones de vida en su propio país son casi nulas. 

Ecuador no ha dejado de ser un país emigrante desde 1920 —aunque llegó a su primer clímax en la década de 1960, cuando Estados Unidos se convirtió en el receptor histórico de ciudadanos ecuatorianos.  Ahora, es también un país de tránsito y acogida, sobre todo, de migrantes venezolanos y colombianos que escapan de la violencia en sus naciones. Pero la situación socioeconómica es tan álgida que actualmente 32 de cada 100 ecuatorianos vive en situación de pobreza, con menos de tres dólares al día, según el reporte actualizado del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC).

No es el único problema. El Ecuador sigue siendo un país peligroso para las mujeres: aquí, una mujer es asesinada cada 44 horas.  Jazmín huyó de esa violencia que en su contra ejercía su ex pareja. 

“Te vas para sobrevivir” explica la investigadora María Amelia Viteri, quien ha acompañado a mujeres en situación de movilidad que también se arriesgaron para llegar a Estados Unidos y ha sido expert witness —es decir, como perito ante una corte— en casos de ecuatorianas que huyeron de la violencia, como lo hizo Jazmín Lema. Si ella se quedaba en Ecuador, “no hay sistema, ni familiar, ni legislativo que hubiese podido protegerla”, afirma Viteri. 

violencia de género

Fotografía de Vanessa Terán para GK.

“Intentas construir una vida en un país donde no tienes alternativas y la  institucionalidad fracturada de un país que, en el caso de Jazmín, no protege a las sobrevivientes de violencia, porque hay una normalización excesiva”, reflexiona Viteri. Las instituciones del Estado que deberían garantizar la vida y seguridad de las mujeres viven entre la indolencia, la incompetencia y los esfuerzos insuficientes. 

En época de crisis, la diáspora es inminente. El 2021 se convirtió en el año con más ecuatorianos no retornados, durante los últimos cinco años. Aunque las cifras oficiales no logran dimensionar el real tamaño de la situación, sirven como referencia. En 2016, por ejemplo, el porcentaje de ciudadanos que no regresaron fue del 3,3%. En los tres años siguientes, no varió mucho: 1,3%, en 2017, 0,3%, en 2018, 2,03%, en 2019. 

En 2020, en cambio, regresaron más personas  que las que  salieron: un excedente del 0,3%, atribuible a la pandemia del covid-19. Para el 2021, sin embargo, el porcentaje de migrantes no retornados subió estrepitosamente al 18%: al menos 354.969 ecuatorianos dejaron el país. De ellos, 62.833 no han regresado y tampoco se conoce en dónde están. 

Biblian

Panorámica de Biblián. Fotografía de Vanessa Terán para GK.

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Siempre dulce, sensible, inquieta, protectora. Jazmín Lema era la mimada de su casa. Sus padres emprendieron su viaje a Estados Unidos —también a través de coyotes— cuando ella apenas tenía dos años. Jéssica Lema, su hermana, tenía siete.  

Gladys Guallpa, su madre, vio por primera vez la luz de sus ojos capulí el 7 de octubre de 1999. “Mi Jazmín era muy suavecita, una muñequita de porcelana”, recuerda su madre. “Era muy cariñosa, sobre todo, con los animales. Los amaba y, en general, era una chica tranquila. Si yo hubiese sabido lo que estaba pasando, quizá hubiese podido protegerla más”, lamenta Gladys Guallpa, en una videollamada desde Nueva York, una ciudad que la acogió y que le dio la oportunidad que no encontró en Ecuador. 

Familia perdida en el desierto

Detalle del nombre de Jazmín escrito sobre la fotografía familiar. Noviembre 11, 2021. Biblián, Ecuador. Fotografía de Vanessa Terán para GK.

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En 2002, Gladys Guallpa decidió buscar el sueño americano para encontrar un camino para sostener económicamente a su familia. Lo había intentado en su país, pero no logró completar el bachillerato. “Intenté incluso en una librería, pero no me permitieron. Yo pinto uñas, pero solo lograba ganar 40 dólares cada semana. No me alcanzaba”, cuenta. Entonces, optó por migrar. 

Antes de partir, su hija Jéssica le dijo: “Van a ser muchos años sin ti. No voy a tener una mamá en el día de las madres, no vas a estar en Navidad. Pero yo voy a cuidar de Jazmín hasta que tú regreses, solo prométeme que vas a volver”. Gladys Guallpa se fue con esa promesa en la maleta. 

Jéssica Lema asumió ese rol protector y cuidó de su hermana menor, acompañada por sus abuelos, que se encargaron de su crianza en Biblián. Ella dice, entre risas, que lo que siempre quiso fue un perrito, pero, en su lugar, sus padres le “regalaron” a Jazmín. 

Como en toda familia, los hermanos somos diversos: nos peleamos, nos abrazamos, nos cuestionamos, pero sabemos que, aún en la peor caída, nuestros lazos no se rompen. Nacimos para acompañarnos. Así eran Jéssica y Jazmín Lema. La primera, un poco más seria, firme, pragmática. La segunda, extrovertida, sencilla, tierna. “Ella tenía 21 años, pero era ver a una niña en el cuerpo de una mujer grande. La carita de ella era redondita, te transmitía una ternura”, recuerda su hermana Jéssica. 

Jazmín fue la primera en saber que Jéssica esperaba su primera hija. Desde que nació, la cuidó. Ese era su ímpetu: proteger, abrazar. A veces Jéssica Lema piensa que su hermana fue así, conciliadora, por los vacíos que tuvo de pequeña. La ausencia que produce la migración es un efecto colateral que el progreso económico no suple. 

Esa es la razón por la que aceptó recibirme a mí y a Vanessa Terán, fotógrafa de GK, en su casa. La historia de Jazmín fue un boom internacional, pero en este país no pasó de notas amarillistas que buscaban el morbo y verdades a medias. Más de una vez, decenas de periodistas acosaron a Jéssica Lema en la puerta de su casa, exigiendo una entrevista. Nuestro diálogo, dijo, es el último que ofrecerá, al menos durante un par de años.

En 2012, Gladys y su ex esposo regresaron a Ecuador, tal como habían prometido antes de irse. Pero el hogar estaba roto: había antecedentes de violencia intrafamiliar. “Mis papás se peleaban todo el tiempo y a mi hermana le afectó mucho”, cuenta Jéssica Lema, quien ahora se ha encargado de proteger la memoria de su hermana. 

Familia perdida 2

Históricamente, Biblián ha sido un cantón migrante, que vive de las remesas de sus migrantes.
Fotografía de Vanessa Terán para GK.

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Fue a los 17 años cuando Jazmín conoció al papá de Chelita. Gladys Guallpa y Jéssica Lema sabían que él era un tipo con un historial de violencia. Además, era padre de un niño con el que, dicen, casi nunca era responsable.

Su madre intentó aconsejarla, pero Jazmín ya estaba inmersa en un círculo de violencia, abonado por una relación de poder donde era minimizada, maltratada y manipulada. Después de cumplir 18 años, en octubre de 2017, salió de casa para vivir con él, con la esperanza de que la situación mejoraría. No ocurrió. 

Dos meses después, en diciembre, Jéssica Lema se enteró de que su hermana estaba embarazada. Cuando la familia entera lo supo, pensaron en la difícil situación económica de la pareja, y le ofrecieron un cuarto para que ella y su entonces pareja vivieran. Lo que no sabían era que en esa misma casa, donde había crecido, reído y llorado, ese hombre intentaría matarla. 

Una noche, cuando ella tenía cuatro meses de embarazo, su agresor llegó borracho con un amigo. “Ella se había enojado, porque no estaba bien que esté en ese estado. Pero él fue, tomó un cuchillo de la cocina y la quiso apuñalar”, cuenta su hermana Jéssica. “Su amigo defendió a Jazmín y le cortó un poco la mano. Sin embargo, nosotros no nos enteramos de eso sino hasta meses después. Ella le había pedido a mi papá que no dijera nada”, lamenta Jéssica Lema.

El sueño de Jazmín Lema era tener una familia unida. Pero el hombre continuó agrediéndola. Semanas después, ella se enteró que él  la engañaba. Ese día, decidió terminar la relación y quedarse con su padre, en casa de sus abuelos.

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La vida parecía otra cuando Chelita nació un 14 de septiembre de 2018. Jazmín Lema cuidaba a su bebé y a su sobrina, Camila*, mientras su hermana Jéssica, quien en aquellos años estudiaba medicina, realizaba su internado. 

Gladys Guallpa, su madre, recuerda que su hija estaba tranquila, a veces afligida por la violencia que tuvo que vivir, pero con ganas de continuar. Sin embargo, en 2020, recibió otro duro golpe: su padre, su cómplice, murió en un accidente de tránsito, en plena pandemia del coronavirus. 

Entonces, decidió hacerse cargo del negocio de su papá, un popular local de venta de bloques de hormigón y cemento en Biblián. “Ella se quería aferrar a algo. Me dijo que quería mantener la memoria de su padre viva. Le dije que la apoyaría en todo y así fue. Ella también deseaba estudiar, ser profesora, porque le encantaban los niños”, dice Gladys Guallpa, quien después de firmar el divorcio, en 2016 regresó a Estados Unidos, nuevamente a través de los servicios de un coyote. Pero poco a poco ese anhelo en Jazmín se fue apagando. 

Jazmín le contó que ya no estaba vendiendo bloques, que ir a la universidad ya no era posible por las complicaciones en el examen de ingreso. También le confesó que José era su nueva pareja, comprensivo, cariñoso y no violento, pero que el padre de su hija no lo aceptaba. La acosaba en su negocio. El 31 de julio de 2020, el juez Juan Carlos Álvarez, de la Unidad Multicompetente de Biblián, firmó una boleta de auxilio que obligaba al agresor a mantenerse alejado de Jazmín y su pequeña hija. No obedeció. 

En julio de 2021, Jazmín llamó a su mamá y le pidió con firmeza: “Quiero que me lleves a Estados Unidos. Quiero comenzar de nuevo con José y mi nena, tengo miedo de que mi ex pareja nos haga daño”, le dijo. Gladys Guallpa no dudó en apoyarla: a través de una amiga, dio con un coyote que le cobraría mil quinientos dólares para trasladar a la pareja y a la pequeña desde Toluca hasta Tijuana. 

Jazmín no lo contó todo. María Solano, madre de José, relata que ella estaba bastante nerviosa por el acecho y la intimidación que su ex pareja ejercía ya no solo contra ella, sino también contra José. No solo querían comenzar de nuevo. Era, para ellos, una cuestión de vida o muerte. 

Aquella boleta de auxilio, algo arrugada, viajó en la mochila que Chelita llevó en su espalda durante el viaje. El escenario es demoledor, pero real: la muerte pudo haberla alcanzado a manos de su ex pareja o, como sucedió, en su intento de cruzar la frontera.  

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El desierto habla. Esconde, pero, en esa quietud rancia, habla. Grita las muertes silenciadas y de sus profundidades brotan los huesos de los olvidados, de los no-nombrados. Quien quiere llegar al desierto de Sonora, cuya extensión parte México y Estados Unidos, tiene que pasar por El Altar, el último pueblo antes del arenal. 

Allí, la gente vive de los migrantes. Venden galones de agua en bidones negros, que deben usarse para que no se generen reflejos de luz y la patrulla migratoria no los vea. Abastecen de toallas sanitarias que los migrantes usan para envolver sus pies para que sus pasos no dejen huella. A las mujeres, sobre todo, les venden pastillas anticonceptivas. En el camino, pueden ser violadas por el coyote que las lleva o por miembros de las redes narcodelictivas asentadas en la zona. Es una pequeña industria para un pequeño pueblo que se alimenta de la violencia, pero no hay de otra, dicen sus habitantes. 

A quienes emprenden el viaje les dicen que tienen que recorrer más de cuatro kilómetros para llegar al Sásabe, el punto fronterizo que colinda con Arizona, ya en territorio estadounidense. Les dicen, además, que el viaje durará máximo dos días, que es más fácil hacerlo por uno de los desiertos más peligrosos y calurosos del mundo. 

Pero es mentira. Ni un coyote experimentado logra hacerlo. Sin embargo, las estrategias migratorias se van modificando por las políticas anti-inmigrantes, tanto de Estados Unidos como de México, que han redireccionado el flujo migratorio de las rutas tradicionales, como El Paso, Texas, o Tijuana-San Diego, hacia el desierto de Sonora. No es nuevo. 

Pese a los muros, las medidas restrictivas y las políticas que vulneran la vida de los migrantes, siempre habrá modos para ingresar. Por eso, sobre todo, desde finales de la década de los noventa, el desierto de Sonora se convirtió en una nueva ruta donde aparentemente “la vigilancia no es tan dura y se cree que hay más posibilidades de cruce, se combinan rumores y experiencias de otros migrantes. Al Sásabe llegaban al menos dos mil quinientas personas por día”, explica Gloria Valdez, investigadora de movimientos migratorios del estado de Sonora y coordinadora general del seminario Niñez Migrante, una entidad que analiza y genera información sobre la situación de los niños, niñas y adolescentes en situación de movilidad. 

Jorge*, un migrante ecuatoriano, quien aceptó hablar conmigo con la condición de que su nombre no sea divulgado, casi muere cuando intentó cruzar el desierto de Sonora en julio de 2018. Había avanzado poco menos de un kilómetro, cuando un calambre le impidió continuar. 

A Jorge, el grupo de polleros —así llaman a los coyotes en México— también lo abandonó a su suerte, como a Jazmín Lema, José y Chelita. “Vieron que ya no jalaba y me dejaron solo. Estaba tan cansado que no vi por dónde se fueron y me perdí. Estuve casi tres días así, desvaneciéndome”, recuerda Jorge, quien se había preparado dos meses antes para poder cruzar. Hacía ejercicio a diario, había visto documentales y pensaba que podía lograrlo. Pero en el desierto no hay certezas. Las ampollas estallaban en sus pies, sus labios estaban resquebrajados por el sol y ya no había agua. 

Se sentó bajo un árbol seco, resignado. “Me preguntaba si mi vida significaba algo, ¿sabe? Sentía que me iba de a poquito. Pensaba en mi hija, en cómo iban a encontrar mi cuerpo. No le puedo explicar, señorita, lo que se siente”, dice Jorge, quebrándose del otro lado de la pantalla. 

A tres años de su viaje, aún hay secuelas que duelen. Piensa en Jazmín Lema, en José, en su pequeña, que es el espejo de más de 12 mil niños acompañados y no acompañados que salieron de Ecuador durante este año.

Familia perdida en Sonora

Dibujo de Chelita. Fotografía de Vanessa Terán para GK.

“Nos enteramos de la muerte de la joven Jazmín y sepa que nos dolió a todos. Nosotros lloramos a nuestros muertos, a nuestros migrantes. Aunque nos quieran olvidar, nosotros no, aquí prendemos un altarcito para que vuelen alto”, dice Jorge, entre lágrimas, mientras su hija lo abraza. 

A Jorge lo salvaron dos hermanos hondureños que lo ayudaron a cruzar. Pero no todos lo logran. Roberto Reséndiz, un residente de Baja California, es el vicepresidente de Armadillos Búsqueda y Rescate, un colectivo ciudadano que sale al desierto tres veces al mes para buscar a personas. “Queremos devolverle la dignidad a esas personas, ¿usted logra imaginar lo doloroso que es morir en la soledad? A algunos nunca los encuentran. Nosotros hemos encontrado a 60 personas vivas y a decenas de muertos. Para nosotros, es una alegría, un alivio saber que fueron repatriados a sus países”, dice Reséndiz. “Pero, ¿cuántos no pudieron sobrevivir?, ¿cuántos están desaparecidos?, ¿cuántos son amenazados bajo la usura para que vivan en el silencio?”, se pregunta Cristina Burneo, vocera del colectivo Corredores Migratorios. Hay que nombrarlos, contar sus historias, no dejarlos en el olvido. 

La organización 1800 Migrante, que trabaja por los derechos de los migrantes ecuatorianos en el exterior, lleva el registro de más de dos docenas de personas desaparecidas solo en 2021. “Pero no es el número real. Nosotros publicamos las alertas cuando la familia nos permite, pero son menos del 30% de lo que en realidad es. Muchos nos piden ayuda, pero tienen temor de decirlo públicamente”, dice el abogado William Murillo, fundador de la institución, reclamando la falta de atención y de voluntad política del Estado para asumir sus obligaciones con los caminantes ecuatorianos. 

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Sus cabellos ondulados se juntan a los pequeños hilos negros de su bebé que se unen a los suyos, mientras lo carga entre sus brazos. Es un monumento al que llaman ‘Mujer Migrante’. Está en el centro de Biblián. Cada vez que alguien debe viajar, tomar un bus o caminar hacia su escuela, la observa, la mira. 

A veces, aunque ya la conocen, le toman una fotografía. La mujer migrante también es Jazmín Lema. Es ella con su pelo de olas suaves, con esas manos que podrían sostener al mundo contenido en la mirada de Chelita. 

Biblián es un cantón habitado mayoritariamente por mujeres —el 61% lo son, según el INEC— la historia de Jazmín Lema ha abierto un debate sobre la  violencia de género, impulsado por el Consejo Cantonal de Protección de Derechos. En esa zona, dividida en cinco parroquias —disputadas por seis pandillas delictivas con 640 integrantes— se lucha por sobrevivir. 

Familia perdida en el desierto

“La mujer migrante”, un monumento ubicado en el centro de Biblián. Es una mujer como Jazmín que, con su hija en brazos, decidió salir de Ecuador junto a José, su pareja, en busca de un futuro más seguro. Fotografía de Vanessa Terán para GK.

Se lucha en esas casas, que intentan parecerse a los suburbios europeos, con techos altos naranja de zinc, madera y bloque, puertas barnizadas y aromas de lavanda, hay silencios de los que no se hablan. 

Aquí, las palabras parecen elevarse a lo más alto del majestuoso santuario de la Virgen del Rocío construido con piedra desde donde se observa toda Biblián, un lugar que Jazmín Lema visitaba con frecuencia. El pueblo aún intenta descifrar la muerte de Jazmín Lema y responderse: ¿cómo una chica tan llena de vida, de sueños, padeció tanto tan lejos de aquí? 

Jéssica Lema la recuerda con tanta ternura, que, aunque intente conservarse serena, sus mejillas se enrojecen hablando de Jazmín. Ella me va bosquejando el pueblo con sus palabras, va recordando que, cuando niña, solo quería un perro y tuvo una hermana. Antes de partir, Jazmín rescató a Pinina, una perra blanca, de ojos claros, juguetona, que descansa en mi mano cada que la acaricio. Es aún cachorra, inquieta, cariñosa, tierna. En ella, dice, emana su espíritu.

Ahora, hay una sola frase que le diría a Jazmín: “Quisiera decirle que yo no quería un perrito, solo quería a mi hermana”, me dice, revirtiendo aquel deseo de niña.

Biblián es un enclave bucólico en las estribas sureñas de los Andes ecuatorianos. Aquí vinimos para caminar por donde ella caminó, visitar la escuela en la que quería trabajar, observar los salones de estética donde decidió que quería heredar el oficio de su madre. Estas fueron las calles en las que creció y aprendió a querer y ser querida. Este es el pueblo que terminó expulsándola por la falta de protección, por el temor de verse acechada. 

Mi última parada en Biblián fue la última parada de Jazmín Lema en el mundo: su tumba. Ese rostro —tierno, bello, jovial— descansa ahora en la tierra en la que nació, pero de la que quiso escapar. 

Mientras la contemplo, escucho a lo lejos, un entierro. Decenas de personas que lloran y cantan: “Como quisiera, ay, que tú vivieras. Que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca y estar mirándolos…”. Esa misma canción sonó en el velorio de Jazmín Lema. 

Su abrazo se quedó en el desierto, como todo lo que en el corazón y en la piel llevaban cientos de caminantes enterrados en la arena calcinante. Después de haber sido expulsados de sus tierras, quizá ya nunca serán nombrados. Jazmín, José y Chelita son su rostro. 

Familia perdida en Sonora

Karol Noroña, reportera de GK, observa la tumba de Jazmín. Su cuerpo fue repatriado y velado dos meses después de su muerte. Fotografía de Vanessa Terán para GK.

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*Los nombres marcados con asteriscos son nombres protegidos para salvaguardar la seguridad de los personajes.

Karol E. Noroña
Quito, 1994. Periodista y cronista ecuatoriana. Cuenta historias sobre los derechos de las mujeres, los efectos de las redes de delincuencia organizada en el país, el sistema carcelario y cubre permanentemente la lucha de las familias que buscan sus desaparecidos en el país. Ha escrito en medios tradicionales e independientes, nacionales e internacionales. Segundo lugar del premio Periodistas por tus derechos 2021, de la Unión Europea en Ecuador. Coautora del libro 'Periferias: Crónicas del Ecuador invisible'. Forma parte de la organización Chicas Poderosas Ecuador.