En el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, María de Lourdes Alcívar, la esposa del presidente Guillermo Lasso, improvisó un discurso lleno de enredos y contradicciones revictimizantes. 

“Es un gran día para celebrar a la mujer, su valor, su importancia en nuestro mundo y lo más importante que puede haber como mujer es el hecho maravilloso de tener la vida, eso es algo que nos hace poderosas”, fueron sus primeras palabras. De principio a fin, toda la intervención de Alcívar fue problemática y una señal de alerta que podría traer consecuencias dentro del propio gabinete ministerial. 

El discurso empezó con palabras que estigmatizan el valor de las mujeres a partir de su capacidad de procrear. Desconoce el valor de la vida de una mujer, más allá de esa capacidad. Es como si dijera que las mujeres que deciden no ser madres o aquellas que interrumpen un embarazo no deseado son menos poderosas. Por el peso de sus palabras, se puede inferir que para ella, esa es la vara con la que se mide a una mujer. 

Y alguien podría decir que esa es su opinión. El problema es que lo dijo ante decenas de ministros de Estado, medios de comunicación, funcionarios públicos y representantes de organizaciones de la sociedad civil invitadas, en el Palacio de Carondelet. Más problemático aún en el día emblemático de la lucha contra la violencia de género.

Alcívar estaba sentada junto a su marido, el presidente Guillermo Lasso; y en los extremos, el Secretario de Comunicación, Eduardo Bonilla, y la Secretaria de Derechos Humanos, Bernarda Ordóñez, quien ha hecho su carrera en el activismo por los derechos de las niñas, adolescentes y mujeres. Al fondo, en una pantalla morada se leía el slogan de la campaña gubernamental que se lanzó hoy precisamente por lo que esta fecha significa: “De la indignación a la acción”. 

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Después de sus primeras palabras, tomó una hoja que, minutos antes, una mujer le había pasado. En ella, había un discurso preparado. La esposa del Presidente empezó leyendo: “Cerca de 70 mujeres fueron asesinadas por violencia de género en los primeros meses del 2021”. Pero, enseguida, dejó de leer y eligió improvisar: “Esta cifra debe dolernos y hacernos ver cuánto falta. Para mí es fundamental la labor que se tiene que hacer en la familia, dentro del hogar”. 

En los 10 minutos que duró su intervención, sus palabras aparecieron totalmente desconectadas de la realidad del país en el que una mujer es víctima de femicidio cada 41 horas. “No, mujeres, no somos víctimas de nadie, solo de nosotras mismas, si nos dejamos. Si nosotras no nos hacemos respetar, nada va a cambiar”, dijo como si no hubiesen 172 mujeres asesinadas entre el 1 de enero y el 15 de noviembre de este año, convirtiendo así al 2021 en el año de más asesinatos desde que se tipificó el femicidio en 2014.

¿Será que para María de Lourdes Alcívar esas 172 mujeres “no se hicieron respetar”? 

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Cuánta indolencia en esas palabras hacia las miles de mujeres y de niñas abusadas, golpeadas y asesinadas ante la mirada impávida de un Estado indolente. Cuánta indiferencia hacia los 161 hijos que, en los últimos años, perdieron a sus madres por la violencia machista. Cuánta irresponsabilidad en las palabras de una mujer que mide, desde su privilegio, la vida y la realidad de otras mujeres que viven en el círculo de la violencia con pocas posibilidades de salir de allí. 

María de Lourdes Alcívar siguió en su intervención visiblemente improvisada, ante la expresión atónita de algunos funcionarios que miraban de un lado al otro y agachaban la cabeza, incómodos ante las declaraciones de una mujer que no es funcionaria pública pero que tiene un espacio privilegiado para alzar su voz en favor de las mujeres y que, en lugar de hacerlo, la usa para estigmatizarlas, juzgarlas y culparlas, y repetir los estereotipos que reproducen la violencia contra las mujeres.

“Si en tu hogar tienes un esposo que de repente eleva la voz o sale de sus casillas, Dios quiera que tengas a tu lado alguien que no lo haga porque si dos no pelean no se dan esas circunstancias”, dijo, con total desparpajo. Su discurso improvisado —casi no leyó el papel que le habían pasado poco antes— demuestra que no conoce la realidad de miles de mujeres que no tienen la posibilidad de discutir con sus parejas en igualdad de condiciones porque son víctimas de violencia en sus casas.

 ¿No sabe María de Lourdes Alcívar que, durante los 70 días de confinamiento por la pandemia, el ECU 9-1-1 recibió 18.026 llamadas de auxilio por violencia psicológica, física y sexual? Parece que no le ha interesado enterarse que, durante ese período, hubo más de 36 denuncias diarias en la Fiscalía por violencia física, sexual o psicológica. 

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Lo que siguió en su discurso evidencia que no lo sabe, que no le interesa, que ni siquiera se lo pregunta, que no hay quién la asesore.  Evidencia, además, la improvisación de su intervención respaldada por un detalle: cerca de cuarenta minutos antes de que empezara el evento, había únicamente tres sillas previstas para los tres funcionarios públicos. 

La cuarta silla apareció después. ¿No estuvo entonces prevista la intervención de María de Lourdes Alcívar? ¿Quién la pidió? ¿Quién le escribió el discurso que no leyó? 

Además de esas preguntas sin respuesta, y del edulcorado e improvisado discurso, los prejuicios y el desconocimiento que cupieron en él, contradijeron lo que el Gobierno pretendía posicionar.

Si María de Lourdes Alcívar no ocupa ninguna función pública, oficialmente, ¿qué le avala para intervenir en un evento en Carondelet sobre cuyo tema desconoce profundamente? 

Ser la esposa del Presidente no es aval suficiente para hablar en nombre del gobierno. Porque si lo hace en un evento público, organizado por la Presidencia de la República, en el Palacio de Carondelet, con recursos públicos, entonces es una vocera autorizada por el Gobierno y lo que diga en su discurso representa la posición oficial del Gobierno. Si no fuera el caso, ya habría un comunicado que la desdiga. 

Si no lo ha hecho, deja en duda las verdaderas intenciones del gobierno de erradicar la violencia contra las mujeres. Por una sencilla razón: porque a nadie en la sociedad se le debería tolerar este tipo de expresiones. 

Luego, la esposa del Presidente empezó a hablar como si estuviera contando su vida privada en un café con sus amigas. “Si Guillermo está un poco alterado, yo prefiero irme por la derecha y voy a hacer mi vida, me paso feliz, puede ser que me resienta un ratito pero luego regreso y el amor y el perdón es lo primero”, dijo banalizando la violencia. Parecía uno de esos policías que, cuando atienden llamados de auxilio de mujeres, les dicen “pero téngale paciencia”, “a ver ya, reconcíliese”. 

Durante unos segundos dejó de hablar para recibir los aplausos de las ministras María Brown, Ximena Garzón, María Elena Machuca, Vianna Maino, mujeres que, en primera fila, parecían avalar las palabras de la esposa del Presidente. Detrás de ellas, otros ministros como el de Trabajo, Patricio Donoso, el de Defensa, Luis Hernández y el de Producción, José Julio Prado, también aplaudían.  

Esas imágenes complacientes hacia las palabras inaceptables de María de Lourdes Alcívar rayaban en el absurdo. Parecía que asistíamos a dos eventos paralelos. Uno en el que la Secretaria de Derechos Humanos, Bernarda Ordóñez decía que “las niñas y mujeres del Ecuador son la más alta prioridad del Estado” y que el gobierno pasó de tener 1, 5 millones de dólares de presupuesto “para trabajar la violencia” a 24 millones, y en el que el Secretario de Comunicación, Eduardo Bonilla, decía que “una promesa de campaña fue construir un país libre de violencia para las mujeres y niñas vulneradas” y explicaba que 3 de cada 4 mujeres han sido víctimas de violencia en el país. 

En el otro evento, como si dos universos paralelos se superpusieran, María de Lourdes Alcívar desmontaba, uno a uno, los mensajes que el gobierno había intentado transmitir en los spots de campaña presentados minutos antes de su intervención. 

En los spots, se veían distintas escenas de violencia contra niñas y mujeres: en una discoteca, en la calle, en una oficina, en una casa. El mensaje siempre era el mismo: “alcahuetear este tipo de situaciones nos hace cómplices. Si ves a un conocido hacerlo, no lo permitas y pasemos de la indignación a la acción”. 

En diez minutos, María de Lourdes Alcívar quebró el intento gubernamental de posicionarse como un actor activo en la lucha contra la violencia de género. 

Sosteniendo el micrófono con la mano derecha y el papel con la izquierda, María de Lourdes Alcívar intentó volver al discurso que le habían entregado y leyó: “Mujeres, hay que denunciar”. Sin embargo, decidió volver a salirse del guión. 

Retirando la mirada del documento, dijo: “Antes de denunciar hay que tratar de buscar ayuda inmediatamente. El denunciar está bien, estoy de acuerdo con el gobierno porque le compete esa parte importantísima de aceptar esas denuncias, pero hay que buscar una ayuda psicológica que no se quede en la denuncia en sí porque si no se vuelve la indignación contra el otro”, dijo atropelladamente, no solo contadiciéndose a sí misma en una oración si no también contradiciendo el discurso del gobierno que animaba a denunciar y a actuar ante la violencia. 

Por sus palabras, María de Lourdes Alcívar evidenció que no sabe que ante la violencia no cabe ninguna posibilidad de negociación. Y los spots del gobierno, presentados minutos antes de que ella hablara, intentaban comunicar eso: que el silencio es complicidad, que la indignación se puede canalizar hacia la acción, que quienes son testigos de episodios de violencia en los espacios laborales, públicos o privados, deben denunciar. De la denuncia depende la vida de una mujer. El silencio puede matarlas. El silencio las mata. 

“Está bien el piropo pero ya las groserías tampoco”, continuó, sosteniendo la hoja con el texto del discurso que nunca leyó. Tampoco eso entendió, a pesar de que en uno de los spots del gobierno, presentados antes de su intervención, se ve una toma de espaldas de una joven con mochila, que va caminando por una calle mientras un grupo de hombres le decía “¡Mira esa man qué rica! ¡Qué buena que estás! ¡Ven, te acompaño”. En seguida, ella se voltea para dirigirse a la cámara y dice: “Gritarle groserías a una mujer en la calle también es violencia y alcahuetear situaciones como esta nos hace parte del problema. Queremos caminar por las calles sin miedo. Si ves a un conocido hacer esto, no lo permitas y pasemos de la indignación a la acción”. 

Alcívar parece no haberlo entendido y parece no entender tampoco que su declaración estaba boicoteando la campaña liderada por el gobierno de su esposo. “Definitivamente, tenemos una cuestión de mujeres y de hombres, de no machismo, de no mujeres que se dejen violentar”, continuó volviendo al error. 

Las mujeres no se dejan violentar, los hombres las violentan. Las mujeres no se dejan violar, los hombres las violan. Las mujeres no se dejan matar, los hombres las matan. Utilizar un discurso contrario a esto es poner el peso de la culpa sobre las espaldas de las víctimas y deslindar de responsabilidades a los victimarios. 

Con ejemplos alejados de la cotidianidad de la mayoría de las mujeres, con juicios de valor, sin datos contextualizados y sin un ápice de empatía, María de Lourdes Alcívar utilizó la palestra pública que tiene —por ser esposa del Presidente de la República— para minimizar el discurso oficial, sin siquiera notarlo.

“Si en el hogar vivimos en la eterna batalla de hombre/mujer, ‘tú me hiciste’, y nunca perdonar, nunca vamos a salir de este embrollo y vamos a terminar hiriéndonos y matándonos”. La batalla de la habló la esposa del Presidente de la República no existe. Es una recurrente falacia: creer que en el hogar se libra una existencia dual y confrontada. No: los círculos de confianza de las mujeres son los espacios donde más son violentadas, en relaciones verticales y amenazantes. 

Cuando habla de perdón  vuelve a romantizar la violencia. “Vamos a terminar matándonos”: no, a la mujeres ya las matan sus agresores. 

Pero no la realidad no le pareció  suficientemente espeluznante a María de Lourdes Alcívar como para aceptarla y trabajar para cambiarla: la violencia más dolorosa ocurre en los hogares y es perpetrada por hombres cercanos. 

Luego se dirigió a las mujeres para decirles que su dolor, que su soledad, que su angustia no existen o, solo existen porque ellas lo permiten. “No, mujeres, no somos víctimas de nadie, solo de nosotras mismas si nos dejamos. Si nosotras no nos hacemos respetar, nada va a cambiar.” 

No interpeló, en ningún momento a los violentos, a los abusadores, lo hizo siempre a las mujeres que siempre son, desde su mirada, las culpables de la violencia, las que deben frenarla, las que deben, incluso, proteger a las niñas de que sean violentadas. “Hay que tratar que las niñitas chiquitas, desde chiquitas,  se cuiden”, dijo. Ellas se tienen que cuidar. 

¿De quiénes? De sus abuelos, de sus padres, de sus hermanos, de sus padrastros. ¿Desconoce María de Lourdes Alcívar que entre 2014 y septiembre de 2017, los casos denunciados en las fiscalías de todo el país por abuso sexual y violación a niños y niñas de cero a diecisiete años suman 28.204 y que de esos, 447  fueron registrados con el agravante de “miembros del núcleo familiar”? Eso significa que, cada dos días, hubo un incesto en Ecuador. Pero a la esposa del presidente no lo sabe o no se preocupa por saberlo. 

María Sol Borja
Periodista. Ha publicado en New York Times y Washington Post. Fue parte del equipo finalista en los premios Gabo 2019 por Frontera Cautiva y fue finalista en los premios Jorge Mantilla Ortega, en 2021, en categoría Opinión. Tiene experiencia en televisión y prensa escrita. Máster en Comunicación Política e Imagen (UPSA, España) y en Periodismo (UDLA, Ecuador). Es editora asociada y editora política en GK.