Era enero de 2020, cuando Estrella Estévez, una mujer transgénero de ojos claros como la miel y sonrisa infinita, fue a una cita médica en el hospital público Eugenio Espejo, en la entrada del casco colonial de Quito. Ahí se enteró que sus prótesis de senos no estaban bien. Una tomografía que le habían hecho un mes antes, mostraba que el implante de su seno izquierdo estaba roto y que el de su seno derecho, estaba virado. “Ese rato yo le pedí al doctor que me los cambie porque no los quería tener así”, dice Estrella Estévez sentada en una banca bajo la sombra de un frondoso árbol del parque de su natal Yaruquí, un valle a las afueras de la capital. Pero el jefe de servicio de cirugía plástica reconstructiva del hospital se negó a hacerlo. Desde ese día, ya ha pasado más de un año y Estrella Estévez no ha podido jugar básquet como tanto le gusta porque sigue viviendo con unas prótesis que la incomodan y no la dejan hacer su vida normal.

“Es absurda”, dice Estrella Estévez frustrada siempre que habla de la resistencia de los médicos del Eugenio Espejo para cambiarle los implantes. “Me dicen que es una vanidad, y no importa cuántas veces les diga que en las mujeres trans esto es una necesidad, una necesidad de verse una como lo que una es, ellos no entienden”, dice y acomoda su cabello, como quien acomoda adornos de oro recién pulido que brillan despampanantes con el fuerte sol de un verano que se extingue. La psicóloga Lorena Pillajo dice que, para las mujeres transgénero, ponerse implantes de senos o hacerse otras operaciones para cambiar su cuerpo no son vanidad, sino reafirmaciones de su identidad sexual. En un entorno que tiene una “percepción heteronormada” sobre cómo deben ser los hombres y mujeres, verse físicamente como una mujer es importante para que las mujeres trans se sientan como ellas mismas y no sientan que la gente anula su identidad. 

No solo las mujeres transgénero y la psicóloga Pillajo creen que esta operación no es vanidad, sino también  la Corte Provincial de Pichincha. En 2009, una Sala Especializada de lo Penal de esa corte aceptó una acción de protección a favor de Estrella Estévez porque se constató que sus derechos constitucionales habían sido violentados. La sentencia ordenaba al Registro Civil que cambiara “de inmediato” el género de Estrella Estévez en su cédula de identidad. También disponía que el Estado, a través del servicio público de salud, brindara las “facilidades necesarias para que [Estrella Estévez] pueda acceder médicamente a las condiciones necesarias para la consolidación de su identidad sexual”. 

María Belén Díaz, abogada de Estrella Estévez y especialista tutelar de la Defensoría del Pueblo, dice que parte del cumplimiento de esa sentencia no solo era que a su clienta le pusieran prótesis de senos, sino también que le hicieran una cirugía de reafirmación de sexo, que consiste en modificar los genitales con los que una persona nació para que su apariencia sea como los del género con el que se identifica, y un plan de hormonización —para administrar hormonas que el cuerpo no produce biológicamente. Sin embargo, apenas pudieron conseguir que el Ministerio de Salud accediera a ponerle los implantes mamarios —y eso se hizo incluso casi ocho años después de dictada la sentencia. Estrella Estévez dice que ya está resignada a que no le van a hacer la cirugía de reafirmación de sexo. “Pero mis tetas no me las pueden quitar”, dice con la dulce y firme voz. 

“No he dicho que me dejen hecha una Venus, ni que lo que me hagan me quede ni bello, ni hermoso, ni nada”, dice y señala su cuerpo orgullosa. Lleva puesta una blusa escarlata que combina con el color de sus uñas y envuelve su cuerpo como un guante, resaltando cada una de sus curvas. “Yo lo único que digo es que se me mejore lo que se pueda y que me dejen con mis tetas”, dice. No, no está siendo vanidosa como le dicen los doctores, como dicen los informes médicos, como probablemente creen muchos —está exigiéndole al Estado que cumpla con la orden judicial que recibió.

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Estrella Estévez no se acuerda exactamente qué día le pusieron las prótesis, pero está segura que fue en los primeros días de diciembre de 2016: mientras en las calles los quiteños celebraban con alegría las fiestas fundacionales de la ciudad, desde la cama de un hospital ella celebraba la consolidación de su identidad. “Nunca me había sentido tan feliz, tan completa, no te puedo describir cómo me sentí”, me dice con el fuerte sol de Yaruquí acariciándole la espalda.“Mis senos son una parte de mí, de quien soy como mujer”, me dice otro día, en una llamada de WhatsApp. “Cuando me los pusieron me sentí como si hubieran llenado un vacío y me complementó”, explica y suspira varias veces. Del otro lado de la llamada, noto como se le quiebra la voz:

—No quisiera ni siquiera pensar en que me los quiten.

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Los médicos del Eugenio Espejo no le quieren cambiar las prótesis a Estrella Estévez porque alegan que es una operación que pone su vida en riesgo. En enero de 2021, Estrella Estévez pidió una medida cautelar constitucional para que los médicos dejaran de negarse a operarla. La medida fue aceptada el 20 de ese mes por el juez constitucional Edwin Cevallos. La sentencia ordenaba que el Ministerio de Salud tome “a la brevedad posible las acciones necesarias; y, autorice a quien corresponda la intervención quirúrgica reconstructiva” de Estrella Estévez para solucionar el problema con sus prótesis. El juez dice en la sentencia que se tomen estas acciones para “evitar que se agrave su estado de salud y se ocasionen daños irreversibles”.

En el fallo, se deja constancia de que los médicos del Eugenio Espejo le habían dicho a Estrella  Estévez que la única la solución para lo que había pasado con sus prótesis era quitar todo el tejido muerto y las dos prótesis mamarias “de manera definitiva, sin posibilidad de volverlas a colocar”.

Pero para Estrella Estevez eso no era una opción. “Me quieren cortar y dejar como una tabla, y no puedo”, dice con los ojos tristes que parecen resistirse a llorar. “Imagínate, me quieren quitar lo poquito que tengo”, dice con la voz entrecortada. La justificación que le dan a Estrella del por qué la supuesta única opción que hay es quitarle las prótesis para siempre, es “por culpa de los biopolímeros que ella se puso cuando era joven”. 

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Estrella Estévez en el parque de Yaruquí. Fotografía de Vanessa Terán para GK.


La activista trans y vicepresidenta de
Crisalys Círculo Transgénero, Sarah Flores, dice que las mujeres trans que no tienen los recursos para hacerse cirugías estéticas, acuden a los biopolímeros —sustancias no reguladas que se inyectan en alguna parte del cuerpo con el fin de aumentar su tamaño. La mayoría están compuestos por sustancias como la silicona líquida, derivados de la parafina, petrolato líquido, vaselina, y aceites que no son compatibles con el cuerpo humano. En América Latina, las mujeres trans llegaban incluso a inyectarse aceite para avión. Las consecuencias de los biopolímeros son todas negativas pero varían dependiendo de cada persona y no se sabe exactamente en cuánto tiempo se pueden manifestar. Hay personas que ven las consecuencias de inmediato y otras que las ven hasta décadas después. Algunos de los efectos más comunes de inyectarse biopolímeros es la presencia de moretones, hinchazón, dolor, pigmentaciones en la piel, la aparición de tejidos fibrosos, cicatrices protuberantes, infecciones, y hasta la muerte de los tejidos de la piel. 

A Estrella Estevez le causaron una enfermedad llamada alogenosis iatrogénica. Es una condición que se  definió recién en 2008. Hace que se formen una especie de bultos en los lugares donde se han inyectado sustancias que no son compatibles con el cuerpo humano. Los médicos del Eugenio Espejo, le dicen a Estrella que antes de siquiera tocar los implantes deben tratar la alogenosis y que al hacerlo, se quedaría sin piel suficiente para expandir y por ende, no habría cómo cambiar las prótesis. 

A Estrella Estévez, en cuyo rostro claro resaltan finas líneas que cuentan los años de vida que ha recorrido, este argumento no solo le molesta sino que también, afirma, la revictimiza. Los médicos la hacen sentir culpable por una decisión que, ingenuamente, tomó hace mucho tiempo. Ella era muy joven, apenas había salido del colegio, cuando con su amiga Vanessa —quien también es trans—  le creyeron a una supuesta enfermera que les ofreció inyectarles biopolímeros para que se vieran mejor. No recuerda exactamente cuántos años tenía, pero está segura que ya era mayor de edad y era responsable de sus decisiones, cuando decidió aceptar la oferta y se dejó inyectar con la esperanza de que así su cuerpo se viera mucho más cercano al del género con el cual se identifica.

Después de inyectarse, a Vanessa, la amiga de Estrella, no le pasó nada, pero a Estrella sí. Por encima de su blusa escarlata, me señala la parte inferior de sus senos y me dice que ahí tiene morados por los biopolímeros. Ahora, décadas después, confiesa que se arrepiente de haberlo hecho, pero no culpa a nadie. “Cuando una está joven, se cometen errores, y yo no voy a ir a reclamarle nunca nada a nadie porque el error fue mío”, dice y acaricia con suavidad su mano derecha como si estuviera consolándose a sí misma. Repite a menudo el gesto mientras habla. 

Quizá el único responsable sea el Estado: David Ortiz Guzmán, médico cirujano con experiencia en salud LGBTI, dice que en Ecuador no hay una política de salud pública que proteja a las personas trans que terminan tomando decisiones desinformadas o en manos de pseudoprofesionales. El abogado Christian Paula, presidente de la Fundación Pakta, dice que debería haber una ley integral trans que garantice derechos básicos como el cambio en los documentos de identidad, el acceso a la salud pública, e incluso los cupos laborales para que las personas trans tengan trabajos dignos. Pero no la hay. 

Y como no hay una ley que establezca que el acceso a la salud de las personas LGBTI es un asunto de salud pública —que es responsabilidad del Estado—, no hay tampoco un reglamento que permita que las personas trans accedan a tratamientos de hormonización, ni para que accedan a cirugías de reafirmación de sexo, o a cirugías de implantes de senos. Por eso, explica el médico Ortiz Guzmán, las personas trans se ven obligadas a acudir a centros no autorizados por el Ministerio de Salud o a lugares clandestinos donde personas (que en muchos casos no son profesionales de la salud) les inyectan “aceititos” que luego tienen consecuencias terribles.

La activista Sarah Flores cuenta que ha conocido amigas trans que han perdido sus piernas, sus senos, y otras partes de su cuerpo por haberse inyectado biopolímeros. Vanessa, la amiga con la que Estrella Estévez se puso biopolímeros la primera vez, siguió inyectándose por muchos años. A Estrella Estévez le llegó un rumor que decía que, hace poco, su amiga de la adolescencia falleció por culpa de estos procedimientos. No sería un caso aislado: por complicaciones con los biopolímeros, enfermedades de transmisión sexual como el VIH, autolesiones, y problemas de salud mental como la depresión, en América Latina, el promedio de esperanza de vida de una mujer trans es de entre 35,5 y 41,2 años, según ONUSIDA. En la región, las mujeres, en general, tienen una expectativa de vida de 79 años.

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Aunque los médicos del Eugenio Espejo insisten en que el cambio de los implantes de Estrella Estévez  no es posible, otros doctores dicen que no es así. El médico cirujano Byron Vaca, quien la operó la primera vez, dice que los riesgos que hay con la operación son los mismos que hay con cualquier otra intervención quirúrgica: formación de hematomas y coágulos e infecciones. Pero el riesgo no es mayor que el de la primera cirugía. “El cambio de implantes sí es posible”, dice Vaca. 

Cuando Estrella Estévez conoció al doctor Vaca en 2016 y le hicieron los exámenes preoperatorios, lo primero que le dijo es que debían quitarle los biopolímeros. Pero hacerlo, recuerda el cirujano, implicaba hacer casi una mastectomía, “o sea vaciar todo [el pecho] y dejarla absolutamente plana, inclusive sin casi nada de tejido para expandir”. Ella, al igual que ahora, se negó y el doctor buscó otras opciones. 

Le hicieron una resonancia magnética para ver exactamente dónde estaban los biopolímeros y el resultado fue una buena noticia. El cirujano Vaca cuenta que en la resonancia se podía ver que “el espacio muscular estaba libre de polímeros” (es decir, que estos solo estaban por debajo de la piel). Por ello, sí se podía poner los implantes por debajo del músculo. Así que eso hicieron. Además, para no tocarle los biopolímeros durante la intervención, Vaca explica que usó una técnica que se hace por la axila usando instrumentos especiales. 

Ahora, para cambiarle los implantes, la intervención no sería muy distinta. De hecho, el cirujano Vaca dice que sería más fácil porque en la primera cirugía se hicieron una especie de “bolsillos” donde ahora están las prótesis. Entonces lo único que se debe hacer es quitar los implantes que están en esos bolsillos y poner unos nuevos.

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Estrella Estévez sostiene un regalo que le regaló su madre. Fotografía de Vanessa Terán para GK.

 Un cirujano plástico que trabaja en otro hospital público y que pidió reservar su identidad, está de acuerdo con lo que dice Vaca. Él dice que, ciertamente, al ya haber intervenido los senos antes, el procedimiento es no solo más fácil sino también más rápido, y no debería haber mayor preocupación por la salud de la paciente. Según él, si los chequeos preoperatorios están bien, se debería proceder con la cirugía porque tampoco es recomendable continuar con prótesis rotas o volteadas. “No es una operación urgente por riesgo de vida”, concuerda Vaca, “pero tampoco hay una razón para no hacerlo”. Ambos médicos coinciden también en que si la operación no pone en riesgo la vida de Estrella Estévez, lo que se debería precautelar es su derecho a su identidad y, por ende, su felicidad —directamente asociados al reemplazo de los implantes dañados. 

El doctor Vaca está dispuesto a ser quien cambie los implantes de Estrella Estévez esta vez, pero al igual que la primera vez que la operó, necesita una autorización del Ministerio de Salud, que no le han otorgado ni siquiera porque hay una medida cautelar que debería cumplirse obligatoriamente. (Pedí información al Ministerio de Salud sobre su versión en el caso de Estrella Estévez, pero hasta el cierre de este reportaje no recibí respuestas).

Desde la sentencia de la medida cautelar ya han pasado más de siete meses y aún no se ha hecho nada. Una última audiencia, para constatar el cumplimiento de la orden constitucional, se dio el viernes 3 de septiembre, pero tampoco se resolvió nada. “Es absurdo, de verdad, hija”, me dice Estrella Estévez  frustrada. Ximena Cabrera, directora nacional del mecanismo de prevención de violencia contra la mujer de la Defensoría del Pueblo, quien también ha acompañado a Estévez en el caso, dice que en todo este tiempo también han mandado escritos de insistencia al juez para que haga cumplir lo que él mismo ordenó. Sin embargo, el Ministerio de Salud sigue negándose a hacer la operación, insistiendo en que es un “deseo” y no una necesidad médica. 

El equipo de médicos del Eugenio Espejo que se niega a operar a Estrella planteó otra solución: que la persona que la operó por primera vez, el doctor Byron Vaca, sea quien la opere de nuevo. Según ellos, Vaca es la persona indicada “porque conoce las vías de abordaje quirúrgicas” que se usaron en la primera cirugía. Él está de acuerdo. Pero incluso en ese escenario, el Ministerio de Salud no ha hecho nada para permitir que Vaca sea quien intervenga quirúrgicamente a Estrella Estévez. 

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Estrella Estévez cree que no la quieren operar simplemente por el hecho de ser una mujer transgénero. “Si no, ¿por qué en otras clínicas privadas me dicen que sí me pueden hacer el cambio?”, se pregunta. El médico David Ortiz Guzmán dice que desafortunadamente en Ecuador hay mucha discrimación hacia las personas trans en el sistema de salud público. “En el ámbito privado es un poco menos marcado porque el manejo es distinto por el hecho de que la persona paga directamente por el servicio”, explica el doctor Ortiz. “Pero en el sistema de salud pública, el acceso les es muy difícil”, dice. Ortiz incluso ha visto cómo colegas en el sector público se niegan a atender a las personas trans. 

Por eso, muchas de ellas prefieren no acudir a hospitales y centros de salud públicos. Estrella Estévez dice que todas las mujeres trans que conoce “se han operado en el [sector] privado”.  Otras, en cambio, se van a Colombia, Argentina u otros países donde la salud trans es más accesible, dice Sarah Flores, vicepresidenta de Crisalys Círculo Transgénero.  Sin embargo, no todas tienen los recursos para hacerse por un médico particular o para irse a otros países. 

Estrella Estévez, por ejemplo, no los tiene. La operación que necesita cuesta mínimo 2.500 dólares —solo tomando en cuenta el costo de los implantes y los honorarios médicos. Dependiendo de la clínica donde se hiciera la cirugía, el costo aumentaría y podría llegar a costar más de 5 mil dólares. Sarah Flores dice que algunos procedimientos más completos pueden llegar a costar hasta 25 mil dólares. 

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Incluso sabiendo que al cambiarse las prótesis hay riesgos —mínimos, pero riesgos de todas formas— Estrella igual quiere que la operen. 

—¿Por qué?, le pregunto.

—Porque es parte de mi identidad, de mi feminidad, y de mi ser natural de humano, responde sin titubear.

El no poder reafirmar físicamente su identidad de género, sumado a los atropellos del sistema, la discriminación y el acoso, puede causar que las personas trans desarrollen cuadros críticos como la depresión y ansiedad, dice la piscóloga Lorena Pillajo. Un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) dice que varios estudios han identificado altas tasas de depresión, suicidio, y autolesiones en la comunidad trans de América Latina. “Los problemas de salud mental que presentan las personas trans no están relacionados con su identificación como personas transgénero, sino como respuesta a un entorno que no puede reconocerles”, dice la psicóloga Pillajo. Si el entorno que rodea a las personas trans fuera más inclusivo, más comprensivo, y más respetuoso, la lucha de la población trans sería mucho menos agotadora tanto física como mentalmente. 

“A Estrellita se le está yendo la vida en esta lucha”, me dice Ximena Cabrera, funcionaria de la Defensoría del Pueblo, quien también ha acompañado a Estrella Estévez en su proceso por alcanzar justicia. Lo veo cuando Estrella  Estévez me mira. Lo veo en sus ojos cansados, en las líneas finas de su rostro, en su voz desgastada, y en las expresiones de su cuerpo. 

Está exhausta pero no tiene planeado rendirse.“No te digo que no lo haya pensado o que no he dicho ‘mejor me hago esto con un médico privado’”, admite. Sin embargo, sabe que detenerse ahora, sería botar una lucha que ha llevado durante más de 20 años. Una lucha tan fuerte, tan poderosa, que incluso ayudó a que la homosexualidad dejara de ser un delito en Ecuador. “Yo era de las Coccinelle, sí has de haber escuchado”, me dice orgullosa con una sonrisa que le llega a los ojos. La Asociación Coccinelli fue un colectivo de mujeres transgénero cuyo activismo consiguió la despenalización de la homosexualidad en Ecuador hace más de dos décadas (hoy se llama Nueva Coccinelli).

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Estrella Estévez cuando formaba parte de Coccinelli. Collage de Andrea Estrella.

En ese entonces —cuando la gente entendía aún menos que hoy qué era la comunidad LGBTI— las Coccinelli ya habían empezado la defensa de los derechos humanos de las lesbianas, gays, bisexuales y transexuales del Ecuador.“Éramos unas 80 chicas trans”, dice y cuenta que junto a ellas, usando siempre sus tacos altos y faldas, solía salir a las calles del centro de Quito a recaudar firmas de apoyo para presentarlas ante el ahora extinto Tribunal de Garantías Constitucionales (reemplazado hoy por la Corte). En noviembre de 1997, su lucha consiguió que ser gay o lesbiana dejara de ser un delito en el país. 

Ahora, casi un cuarto de siglo después de haber hecho historia, Estrella Estévez sigue en la brega. Esta vez ya no lo hace con faldas cortas, pero sus tacos nunca faltan. 

Además, ahora la pelea es otra. Se trata de dar un paso más, de avanzar en los derechos de las personas trans y de asegurar su acceso a la salud pública y a la reafirmación de su identidad. Si Estrella Estévez gana esta vez dejaría un sólido precedente para que más mujeres y hombres trans exijan que se cumplan sus derechos de acceso a la salud, y sean tratados dignamente —o sea, que simple y sencillamente se cumpla con la Constitución. Por ahora, hasta que el Ministerio de Salud haga algo con respecto a su operación, Estrella Estévez ha decidido que va a seguir haciendo su vida normal. “Yo soy lo que soy, soy una mujer, y voy a vivir mi vida libre”, dice, riéndose sin ataduras, mientras mira el infinito cielo azul de Yaruquí.


El 29 de noviembre del 2021, un juez decidió modificar las medidas cautelares otorgadas a Estrella Estévez en enero de ese año. El nuevo juez dispuso que se le retiren las prótesis mamarias a Estévez sin posibilidad de ponerle otras nuevas. Sin embargo, ella apeló la decisión junto a un equipo de la Defensoría del Pueblo y el 23 de marzo de 2022, un tribunal revocó los cambios que hizo el juez en noviembre del 2021. 

Según el tribunal, retirarle las prótesis sin poner unas nuevas implicaría un retroceso en sus derechos y afectaría su salud física y mental. Tras esta última decisión, Estrella Estévez dice en una llamada por teléfono que está “muy contenta con este fallo” y con la voz alegre dice que espera que ahora el Ministerio de Salud sí cumpla con la sentencia “porque no tiene más opción”. 

Doménica Montaño
(Quito) Reportera de GK. Cubre medioambiente y derechos humanos.