Esta semana Jorge Yunda recibió un regalo del cielo: el chorro de agua que, el martes 10 de agosto de 2021, le lanzó Fernando Morales, Concejal de Quito, en plena sesión solemne del Concejo. Fue un accidente mediático perfecto para mimetizar las razones por las que se ha exigido la remoción de Yunda y para desprestigiar la causa de sus críticos. 

La líquida agresión le llegó como solución de última hora, como un giro de guion digno de una película ultrataquillera. Fue dramático. Y el temple y calma que el ¿alcalde? (respecto a la alcaldía seguiremos hablando con signos de interrogación) mostró después del ataque le devolvieron una autoridad que había perdido. 

La política es así, performática. No solo eso: Morales le dio la razón a quienes insisten que lo que mueve a la mayoría de opositores de Yunda es una suerte de racismo y clasismo tapiñado. Porque en esta escena Morales hizo gala de desesperación y emberrinchamiento; otro machito con bríos de la política nacional y sin respeto por las diferencias. 

Su exabrupto fue un ejemplo de lo que hace la violencia, aunque sea gestual y sin heridos: niega la palabra y la razón. También desnuda el odio. En un caso tan mediático como el de Jorge Yunda, Morales le hizo un favor. 

Jorge Yunda respondió con calma. “Es la situación en la que estamos. Esas son las amenazas que siempre tenemos. Ya no tienen respuestas, ya no tienen razones”. Morales nunca reculó. En redes, dijo que “hizo lo que haría todo quiteño” y se aferró al respaldo de personas como Marcelo Dotti —conocido en los noventas por sus propias broncas en el Congreso—quien justificó la pérdida de paciencia. 

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Era un 10 de Agosto especialmente cargado. Aparte de la Acción de Protección que interpuso Santiago Guarderas ante la Corte Constitucional (para dejar sin efecto el fallo de la Corte Provincial), la fecha que supone conmemorar el Primer Grito de la Independencia en 1809 fue elegida por la Cámara de la Pequeña y Mediana Empresa de Pichincha (Capeipi) para convocar a una marcha en contra del ¿alcalde?. En respuesta, ese día, la Unión de Taxistas de Pichincha también llamó a las calles para expresar su respaldo por él. Era la confrontación que ya conoce la ciudad, con los mismos argumentos antagónicos que han caracterizado la cobertura del caso: por un lado un sector que habla de dignidad para Quito y que exige la remoción de Yunda debido a los escándalos y negligencia que han empañado su gestión pero que incluye en sus filas a gente que parece, por sobre todo, oponerse a sus orígenes y apariencia. Y por otro lado, las bases leales del Loro Homero, los gremios y sectores que conformaron el 21% que votó por él, y una franja discreta del correísmo. 

El chorro de agua que lanzó Morales recuerda a los momentos más circenses y escandalosos del Congreso Nacional: los cenicerazos, las pistolas escondidas, los insultos aludiendo a la sexualidad de cada congresista. No solo por el acto en sí mismo, sino por sus posibles motivaciones. Por la violencia. Yunda ha detonado una conversación (todavía menos conversación que griterío) parecida a la que en Ecuador  generaron las presidencias de Lucio Gutierrez y Abdalá Bucaram. Y es tan álgido el ambiente que vale la pena preguntarse: ¿Cuánta de la oposición a estas figuras nace de su corrupción y cuánto es racismo y clasismo? ¿Cuánto —como en el caso de Morales— es un tema de antipatías personales, prejuicios y riñas internas? Porque aunque sobre Bucaram y Gutierrez, recaían cientas de razones políticas para destituirlos, el carácter popular de ambos también exacerbó prejuicios y ataques clasistas. Lo uno no niega lo otro. Es decir, la marcha en contra de Yunda puede convocarse para que se respete el Estado de Derecho. Esa puede ser su razón principal. Sin embargo, los carteles que lo llaman “rocoto” —un término que se utiliza para referirse a lo indígena despectivamente—, así como la agresión del Concejal, deberían hacernos sospechar sobre qué más esconde la aversión al ¿alcalde?. 

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No es un problema menor: apelar al racismo para salvar el pellejo de un político corrupto es una salida fácil del escrutinio público. Al mismo tiempo es una posibilidad en un país como Ecuador. También puede ser una forma de racismo en sí mismo: infantilizar figuras que provienen de ciertos sectores vulnerables como si no se trataran de adultos; protegerlos de la crítica. Pero aunque abunden las razones políticas para defender la destitución de Yunda, también abunda evidencia histórica de los esfuerzos denodados de la Aristocracia por blanquear la identidad nacional: las fotografía de Quito de José Domingo Laso, por ejemplo, que borraban a los indígenas de los paisajes de la capital o los ataques que recibió Delfín Quishpe a lo largo de su carrera. 

El ejercicio es el de separar la paja del trigo, como lo han intentado hacer críticos serios del alcalde, como Esteban Ron, director de la Escuela de Derecho de la UIDE. Porque es urgente reconocer que sí, en Quito se han ignorado y despreciado a los sectores populares y sí, Yunda ha sido un alcalde nefasto con serias acusaciones en su contra. Estas dos afirmaciones son ciertas, no mutuamente excluyentes. La pelea parece ser acerca de dónde se hace énfasis, porque ningún lado necesariamente miente. ¿Justifica lo primero la negligencia de Yunda? No. Ni al revés. 

El exabrupto de Morales echa su propia indignación abajo. Se disparó en el pie al demostrar que le ganaba su antipatía por Yunda por sobre cualquier otra cosa y al hacer eco, ante las cámaras, de los berrinches entre machitos que definían por años a la política nacional. Morales justificó la tesis de Yunda y lo convirtió en víctima. Fue como la manifestante con el cartel con la palabra “rocoto”. Revolvió la paja con el trigo y manchó la justificada y legítima indignación de muchos quiteños ante el desamparo jurídico que vive la ciudad. 

A pesar de Morales, no todo está dicho: el Tribunal Contencioso Electoral ratificó esa misma noche que la consulta de remoción de Jorge Yunda está ejecutoriada. Ahora, al menos, queda una oportunidad para demostrar que la oposición a Yunda es política y legal, no un capricho de la “gente bien” de Quito.