Andrés Arauz había escondido a Andrés Arauz. Al menos parecía así hasta su discurso de la noche del 11 de abril en el que aceptó su derrota contra Guillermo Lasso. A diferencia del tono que mantuvo a lo largo de su campaña, el candidato del correísmo se mostró humilde, conciliador y responsable. 

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No habló de fraude, ni arremetió con ataques personales contra su rival. Más bien llamó al diálogo, al fortalecimiento de la bases progresistas en el país y —sorpresa de sorpresas— a la autocrítica. Para cerrar otro periodo electoral caótico y conflictivo —y también cerrar las puertas con seguro a cualquier posible regreso de Rafael Correa al país— Arauz mostró la madurez y apertura que exige el panorama político nacional. Y aunque sus palabras no estuvieron libres de las hipérboles y eufemismos de rigor, si, como dijo, esto “es solo un inicio”, los siguientes cuatro años podrían dejar atrás la polarización que impuso Rafael Correa.

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El tono del candidato fue contagioso: horas después de su discurso el mismo Rafael Correa lo citó y en tono apaciguador también le deseó lo mejor a Guillermo Lasso. “Su éxito es el éxito del Ecuador”, escribió. Irreconocible. Era la primera vez que el candidato parecía injerir en su jefe y no al revés. 

Quizás fue la tristeza de la campaña al recibir los resultados: antes de empezar su discurso, al candidato lo esperaban en el escenario algunas figuras emblemáticas del correísmo como Virgilio Hernández, Pabel Muñoz y Marcela Holguín. Aplaudían al unísono, en fila, al ritmo de la canción “Andrés es Ecuador”. Eran aplausos para animarse, no para celebrar. La cámara tampoco se esforzó por esconder los asientos vacíos en la sede. “Recibimos a Andrés con energía positiva”, decía una voz por el altavoz mientras Arauz caminaba entre la audiencia. Era el espíritu de quien consuela. 

Arauz fue directo y rápido en reconocer su derrota electoral, aunque —según él— no fue una derrota moral, ni política. Era el único sin mascarilla. Sonreía. Al pausar, apretaba los labios, pero volvía a sonreír mientras leía el texto. La derrota era clara desde las primeras palabras: “A partir de hoy tenemos que volver a ser un solo Ecuador”, dijo antes de llamar a “construir puentes” —algo muy nuevo para su movimiento, que hizo de la virulencia su firma política. 

Si antes se justificaban gritando que “eran más, muchos más”, ahora debían conceder la victoria ajena. Arauz describió los resultados como un “traspié electoral” —el mismo término que usó Correa para describir los resultados de las elecciones seccionales de 2014, en las que perdió la alcaldía de Quito Augusto Barrera— pero insistió en la construcción de un “proyecto de vida”. Aseguró, también con los labios apretados y la mirada entrecerrada, que llamaría a Guillermo Lasso para felicitarlo por su triunfo. Otra sorpresa: cuando lo dijo hubo aplausos y, atrás suyo, algunos asentían con la cabeza.

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Arauz aceptó el triunfo de Lasso con calma. También irreconocible. Era la primera vez que ni imitaba el tono altisonante e irritado de Correa, ni apuntaba el dedo en contra de alguien ¿Fue este el primer discurso que escribió él mismo? 

El economista de 36 años agradeció a su militancia y a los más de cuatro millones de ecuatorianos que votaron por él y prometió que “estarán atentos” como oposición a Lasso. Lo natural: el correísmo sigue siendo una fuerza de oposición y con 48 escaños en la Asamblea, son el primer bloque legislativo. Solo les faltaba la presidencia del Ejecutivo para ser imparables. 

Hubo, por supuesto, momentos predeciblemente engañosos. Dijo, por ejemplo, que su candidatura logró “de manera prospectiva y autocrítica” reconstituir los vínculos del progresismo con los movimientos sociales. 

No es cierto: Arauz nunca cuestionó directamente a Correa, ni siquiera cuando su jefe contradecía sus supuestas convicciones, como cuando dijo que el aborto sería aprovechado por “hedonistas frenéticas”. También dijo que condenaría la persecución que hubo contra activistas ambientales, pero casi de agachadito, como susurrando. Sus intentos por apelar a movimientos sociales chocaban con la historia del correísmo en el país. 

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Si hubo autocrítica, fue internamente, porque hacia afuera solo se repitió el discurso oficial de su campaña. Pero al decir que la hubo, a propósito o no, admitió las rupturas del correísmo con las bases progresistas y con los movimientos sociales. Fue como cuando, también sin querer, dijo que el “odio ya no estaba de moda”, aceptando que antes sí lo estuvo y que fue política de estado. “Hace falta una renovación real de la forma de hacer política, no solo como discurso o marketing, sino como gestos reales, democráticos”, dijo antes de llamar a “superar el odio” —otra admisión tácita del clima de persecusión que definió los últimos 14 años. Arauz también invitó a Lasso a respetar el estado de derecho y a la disidencia. 

Arauz era parte del movimiento de la virulencia liderada por un Correa que le dedicó sus sabatinas a atacar a sus críticos y que, antes de cerrar la campaña, grabó un video en el que, cual Marat, recitaba la lista negra de quienes serían decapitados cuando Arauz llegara a poder. Las palabras de Arauz, dirigidas al líder de su movimiento o no, eran una clara autocrítica de última hora, un desliz freudiano y una confesión. 

En su discurso de aceptación, Arauz estuvo menos solo que en su cierre de campaña. En las últimas semanas ya había señales de rupturas internas, como la corta vida de algunas de sus tácticas —el lema “más amor menos hate” tuvo menos de una semana de circulación, por ejemplo—, y no hubo en su mitin de cierre los protagonistas infaltables del correísmo (que sí estuvieron en su discurso del domingo). 

Más allá de sus creencias personales, Arauz nunca logró desmarcarse del autoritarismo que definió al correísmo. Al contrario: era una sombra timorata del líder del movimiento. Obedeció, bajó la cabeza y cargó la cruz de Correa. Buen chico. La noche del 11 de abril, por primera vez, se mostró sin el peso del jefe y fue, quizá, quien debió ser durante la campaña. Era la definición de ironía: demasiado tarde para ganar, pero a la vez dando una señal de buena fe y esperanza de un futuro donde la política no sea el enfrentamiento de dos virulencias.