
Manos quiteñas
Curtidas por el sol, cuidadas por la manicura, escondidas tras una cartera: hablamos con las manos pero rara vez pensamos en ellas.
Hay tantas manos quiteñas en este ensayo que si aplaudieran sería una ovación de erres que se arrastran. Aplaudirían al que vende para hacer el día. A marcarle a tu madre. A fumarte un tabaco en medio del trajín. A sostener, a apretar, a pagar, a vender, a indicar. En una mañana soleada de mayo como solo en Quito son soleadas las mañanas de mayo, los quiteños van por sus calles y veredas, plazas y parques, usándolas sin siquiera notarlo. Parece que solo pensaríamos en ellas si las perdiésemos o lesionásemos, como todo lo que realmente importa.



Usamos las manos como metáforas pero pocas veces reparamos en lo que ya nos enseñó Aristóteles hace miles de años: son “el instrumento de los instrumentos”. Las tenemos más a la mano para la figura literaria (¿cachan?): alzamos las manos para rendirnos, nos tendemos una mano para ayudarnos, levantamos una mano para pedir la palabra, nos las damos para sellar una tregua y cuando empatamos estamos a mano. A veces le preguntamos a la veci por qué anda con la mano en la pena y, otras, a los políticos por qué nos meten la mano en el bolsillo. Pero su función cotidiana, pedestre y mamífera, es más literal y mucho más esencial: amarcamos a los wawas, trabajamos, acariciamos, protegemos, nos agarramos de algo —nos sentimos completos— con las manos.


Según las pocas cifras disponibles, en Quito existen unas 800 personas a quienes se les amputó un brazo o una mano. Si la ciudad —ese cuerpo extendido entre montañas— tiene alrededor de 2,9 millones de habitantes y una mano tiene veintisiete huesos, cada día despiertan a 2.800 metros de altura unos 156 millones de huesos que se ponen a tejer, consentir, conducir, empuñar, golpear, soltar.

Durante mucho tiempo hemos dado por sentadas a nuestras manos, que nuestras abuelas solían repetirnos que los juegos de manos eran de villanos. Hoy lo dudamos: la villanía no está escrita en las líneas de las palmas de las manos, sino en la mente y los corazones de quienes trafican en esta capital con favores, trampas y componendas.



Todos los otros juegos manuales son maravillas y sortilegios, utensilios de prestidigitadores que asombran a los niños y entretienen a los transeúntes. Nos tomamos de la mano sin ningún otro propósito que sentirnos seguros, acompañados, entendidos. Cuando un niño se suelta de su madre en media Plaza Grande, no solo se pierde, sino que se pierde: se queda sin referencia, sin soporte, sin el mundo que lo ayudaba a comprenderse. A los adultos nos pasa lo mismo aunque a veces las manos nos sirvan para esconder el rostro avergonzado.


Cuando queremos saber qué pasará en nuestro futuro, nos hacemos leer las líneas de la mano. Porque las manos cuentan una historia —puede sonar a cliché pero es verdad: podríamos reconocernos no solo por el rostro, sino por las manos. Hablamos no solo con la lengua y sus palabras, sino con las manos y sus gestos. Amamos con las manos y el pollo sabe más rico con la mano.



Hablamos con las manos pero rara vez pensamos en las manos —es más común pensar con ellas. “La mano sabe que un objeto tiene volumen físico, que es liso o rugoso, que no está soldado al cielo o a la tierra de los que parece inseparable”, escribió el historiador del arte francés Henri Focillon en su Elogio de las manos. “La acción de la mano define la cavidad del espacio y la plenitud de los objetos que lo ocupan. La superficie, el volumen, la densidad y el peso no son fenómenos ópticos. El ser humano los aprendió primero entre sus dedos y en el hueco de su palma”, escribió Focillon.



Esta mañana soleada de mayo como solo en Quito son soleadas las mañanas de mayo resulta una verdad tan evidente y, al mismo tiempo, completamente ignorada.






