Floristas de Quito
Retratos de tres vecis que nos venden las flores nuestras de cada día.
Todos tenemos una. Es la persona, por lo general, una mujer o un matriarcado que ha crecido como una veranera, a quienes recurrimos cuando a la vida le hacen falta flores. Quizá son infinitos lirios. O cien rosas, porque entre las plantas hay también lugares comunes. O setenta y ocho girasoles, tan solo porque sí, porque hay gente que hace calendarios y desarrolla numerologías propias al extrañarse.
Retratamos a tres de estas floristas de Quito, vecis sonrientes que nos acercan a los ramos bulbos tallos pétalos con los que alegramos una sala o con los que decimos “te extrañé, incluso contra nuestra propia voluntad”, aunque sirven también para pedir disculpas o dar un pésame.
Cecilia Yanchacaiza
Como muchas de las floristas quiteñas, el puesto de Cecilia Yanchacaiza está cerca de los cementerios apostados cerca de la avenida Río Coca, aunque parecen tener el don de la ubicuidad.
Pero están también en las veredas de boulevares, en los recodos de avenidas principales y calles secundarias, en los locales exteriores de los hermosos mercados capitalinos, sentadas en banquitos de plástico.
Cecilia Yanchacaiza se hizo cargo hace 18 años del negocio que abrió su madre. Ahora, que tiene 51, dice que las ventas están “flojitas”. “Con todo este tema de la luz”, suspira, mientras espera que se acerque algún transeúnte.
María Chopantasi
En Quito, las flores son pequeños negocios familiares que se repiten generación tras generación. María Chopantasi tiene 64 años y una sonrisa amplia, que le achina los ojos cuando conversa.
Hoy está a cargo del negocio que empezó su madre hace más de cincuenta años.
María Chopantasi tenía 15 cuando fue por primera vez al puesto de su mamá. Se ha ido moviendo de sitio, según las veleidades del mercado y las decisiones de los burócratas municipales, y hoy lo mantiene junto a su familia, con la que vive en la septentrional Mitad del Mundo.
Nathaly Singo
Lo que más se vende en el puesto de la familia Singo, en la avenida Portugal, son rosas y girasoles. Nathaly Singo tiene 33 años y no tiene recuerdos de haber trabajado en algo más que no sea el puesto que abrió su mamá hace 34. “Yo nací acá”, recuerda con precisión, entre conversaciones con sus clientes.
“Es toda una vida dedicada a las flores”, dice Nathaly Singo, que acaba de dar a luz hacía un mes. Su hermana, una estudiante de ingeniería en turismo en la Universidad Central, la relevará del puesto apenas salga de clases. Es, como muchos otros puestos de floristas en Quito, una operación de familia.
“Empezó mi abuelita, la mamá de mi mamá”, dice. Cuando ella falleció, le tocó hacerse caso a la mamá de Nathaly Singo, que hoy tiene 52 años. Las flores, dice Nathaly Singo, llegan de todas partes: de los mercados mayoristas o se las ofrecen los exportadores que no han logrado colocar en las calles, mercados y floristerías del mundo.