En Trinipuerto, un barrio en la Isla Trinitaria, un conflictivo sector de Guayaquil, vive Inés Santos. Ella trabaja día a día por hacer del lugar un espacio más seguro para su comunidad. Santos es una lideresa afro que preside la Fundación Nia Kali, un espacio que nació en la pandemia, en 2020, y que con actividades educativas enfocadas en los niños de la Isla Trinitaria espera incrementar la seguridad ciudadana de la zona. 

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La Fundación Nia Kali organiza talleres de danza africana, canto, refuerzos escolares, pintura, manualidades, proyectan películas —siempre educativas, enfatiza Santos—, hacen visitas a universidades y hasta les dan acompañamiento psicológico a niños de la Isla Trinitaria que muchas veces vienen de contextos de pobreza y violencia.

Aunque parezca pequeño, el programa liderado por Santos es revolucionario para Isla Trinitaria, una zona que encabeza titulares en medios del país por ser un lugar de pugnas entre bandas delictivas que se disputan el por territorio para el microtráfico. 

Con los talleres, Santos busca ocupar a los niños que están expuestos a absorber todo lo que ven y pasa a su alrededor — violencia, delincuencia, y muchos otros conflictos propios del sector— y enseñarles que hay otros caminos. Inés Santos dice que eso les muestra que existen otras realidades de las que ellos pueden ser parte.

En medio del complicado contexto de este sector guayaquileño, aparece “la tía Inés”, como ahora es conocida por los niños del barrio en el que vive hace 30 años. Su misión, entre muchas cosas, es «que se vea que en Isla Trinitaria no solo hay cosas malas, también hay cosas buenas y personas que queremos algo mejor», dice Santos.

El nombre Nia Kali viene de lenguas africanas. «Nia, que significa ‘por un propósito’ y Kali es intenso”. Por eso, Santos dice que tienen “un propósito intenso de hacer algo distinto aquí en la comunidad”. 

Santos ya había trabajado como coordinadora de otras fundaciones, pero un día sintió que se quedaba sin apoyo, que la labor era momentánea y que no estaba haciendo algo permanente. Por eso adaptó el primer piso de su casa en Trinipuerto y empezó a invitar a los niños del barrio a participar de diferentes talleres

«La parte de abajo de mi casa la di toda para la fundación ya también. Gracias a Dios nos salió un proyecto para una remodelación», dice. Ahora el espacio destinado a recibir a los niños tiene distintas áreas para pintura, danza o deberes dirigidos. También tienen baños y comedor exclusivamente para ellos. 

Además, se apoya en los espacios públicos del sector, como parques. En esos casos dice que a veces le toca conversar con representantes de grupos delictivos que operan en el sector para poder usar las canchas. Pero Santos dice que ya en el barrio todos la conocen y saben de su trabajo, así que nunca le han causado problema y dejan que haga las actividades tranquilamente.

El impacto de un espacio pensado en los niños

La fundación se ha convertido en un segundo hogar para los niños. Inés Santos es más que una vecina, es una guía y parte de su familia.

Elizabeth Rodríguez tiene 3 hijos: de 17, 13 y 5 años. Todos asisten a las actividades de la Fundación Nia Kali. Cuando le preguntan por qué le gusta mandar a sus hijos a estos espacios, responde que allí los mantienen ocupados y «no están sus mentecitas en otras actividades, cosas raras ni nada de eso. Y más que todo, les gusta ese espacio».

Rodríguez dice preocupada que «hay muchos chicos que ahora andan en las calles haciendo cosas que no deberían», refiriéndose a actividades delictivas. Por eso, para Rodríguez, la fundación es un escape ante esa otra opción. Además, «es algo emocionante para ellos», dice, porque sus hijos siempre están pendientes de cuál será la próxima actividad.

Actualmente son 22 los niños y jóvenes, de todas las edades, que asisten cada semana para hacer diferentes actividades. Lo hacen después del colegio y los fines de semana. Según cuentan Inés y algunas madres de familia entrevistadas para este reportaje, a ellos les encanta.

«El impacto que se está generando es fuerte, porque los mismos papitos nos dicen que se levantan solos para asistir a las actividades», cuenta la presidenta de la fundación. Ella recuerda que en un inicio le tocaba estar de puerta en puerta buscando a los niños. Pero ahora les gusta tanto, que llegan solos. Los pequeños les piden a sus padres que los lleven siempre, y, si algún día no tienen ninguna actividad programada, los mismos niños le proponen a Santos hacer algo.

Ruth Vallejo también vive en Trinipuerto. Tiene 3 hijos: de 8, 5 años y una chiquita de 8 meses. Los dos mayores van a la fundación Nia Kali. A ella le gusta porque les ayuda a «fortalecer lo pedagógico, lo artístico, y lo que me gusta es que los mantiene en cosas sanas«, dice Vallejo. Ahora sus hijos le piden que los lleve siempre a Nia Kali porque les gusta mucho. 

La fundación también es comunidad

Las madres de familia también son parte de Nia Kali. Son voluntarias que Inés Santos y equipos de distintas organizaciones que aportan a la fundación capacitan para que dirijan las actividades. Porque una sola persona no podría con todo el trabajo que conlleva mantener a más de 20 niños «ocupados». 

«Nosotros educamos con el ejemplo», es el lema con el que Inés Santos invita a las madres de familia a ser parte de su iniciativa.

Una de ellas es Elizabeth Rodríguez, la madre de los tres chicos que no se pierden una actividad de la fundación. Está capacitándose como voluntaria para apoyar en los refuerzos escolares a los niños de Nia Kali.

Contenta con el resultado que ha visto en sus hijos, Rodríguez no dudó en también ser parte de ese espacio. En la fundación le dan talleres no solo para guiar los refuerzos escolares, sino también sobre gestión de riesgos. Rodríguez dice que les enseñan cómo reaccionar en casos de emergencia y primeros auxilios para saber «cómo ayudar a nuestros vecinos».

Ruth Vallejo también es voluntaria porque siente que le dan herramientas para trabajar con sus hijos desde casa, ayudarlos con los deberes y porque le ayuda a cumplir un sueño frustrado. «Yo estudié para ser profesora, pero no terminé porque salí embarazada. Pero sí me gusta enseñar», cuenta. 

El impacto del programa

Los niños de la Isla Trinitaria que asisten a estos programas cambian sus actitudes completamente. «Los papitos ven el cambio, porque muchos [niños] de ellos tenían actitudes violentas, agresivas; hoy son niños más tranquilos y empáticos», dice Santos. Además, Vallejo dice que la fundación “rescata a los niños”. Especialmente, dice ella, los protege contra las “drogas” y evita que se “involucren en cosas malas, en malos pasos»

Elizabeth Rodríguez dice que algo que resalta mucho del espacio es que no solo les enseñan actividades variadas, también «los aconsejan, los motivan a que sigan estudiando, porque a veces se desmotivan por alguna razón”. Rodríguez dice que esos apoyos también incluyen útiles escolares si es que los necesitan.

En barrios conflictivos y con altos índices de pobreza —como en la Isla Trinitaria— pasa mucho que los mismos grupos delictivos hacen cosas por el barrio. Como agasajos navideños o arreglan un parque. Los niños al ver eso empiezan a idealizar esos estilos de vida, dice Darío Terán, sociólogo especializado en derecho de infancias.

Además, de por sí ya la cultura «narco» está muy normalizada en la sociedad, dice Terán. Se ve ese estilo de vida en las narconovelas, en los narcocorridos e incluso en las noticias «donde te ponen una un reportaje sobre los lujos con los que vivía Caranqui o Pablo Escobar y eso termina siendo un ente de referencia para estos grupos poblacionales».

Proyectos como el de Inés Santos, que buscan disputar el terreno a la violencia y darle otras expectativas de vida a los niños, son muy valiosos, según Terán. En estas iniciativas no solo los educan, sino que les muestran que hay otras realidades a las cuáles aspirar desde el arte, la literatura y la cultura. «Mientras no tengas nada que hacer, mientras no tengas la mente ocupada y la concepción del tiempo para buscar referentes positivos, vas a encontrar lo que está más cerca en la en la comunidad», explica Terán. En estos casos, lo más cercano son las organizaciones criminales que podrían reclutar a los jóvenes de las zonas para cometer delitos. 

Además, son espacios seguros para ellos. 

Desde la Fundación Nia Kali están en constante comunicación con los padres y velan por la seguridad de los niños de la Isla Trinitaria. El equipo de la organización les avisan a los padres cuando sus hijos llegan. Y si nadie los puede acompañar de regreso, la misma Inés Santos va y los deja en la puerta de su casa, sanos y salvos.

Inés Santos está luchando por mantener a la fundación en pie por el impacto que iniciativas como la suya tienen en la vida de los jóvenes. “Yo dije una vez que si por la inseguridad nosotros cerramos el espacio, es como que todo lo trabajado se deja ahí y se los entrega [a los niños a la delincuencia] así en bandeja de plata: ‘tomen, aquí están, hagan con ellos lo que ustedes quieran’”, dice ella.

Así se sostiene una Fundación sin recursos pero con voluntad de cambio

La Fundación Nia Kali no es financiada por nadie en particular. Su Presidenta, Inés Santos, busca y rebusca financiamiento en distintas organizaciones. En estos tres años, para ser una fundación relativamente nueva, ha logrado bastante.

Organizaciones como el Comité Permanente para la Defensa de Derechos Humanos (CDH), el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y Education Cannot Wait (ECW)  han ayudado a financiar el proyecto de capacitación a madres voluntarias para refuerzo escolar por dos años. También entregaron kits escolares e insumos educativos y trabajaron juntos en iniciativas de asistencia a personas con casos de vulnerabilidad médica, psicológica, alimenticia. También colaboraron con quienes les faltaba dinero para pagar el alquiler, entre otras causas que Santos ha encontrado en el barrio.

La Fundación Ayuda en Acción también ha aportado con la entrega de kits escolares.

Y la Municipalidad de Guayaquil cooperó con el curso de Gestión de Riesgos y  Primeros Auxilios. El Banco de Alimentos aportó frutas y verduras para los refrigerios de los niños. La Cruz Roja les ha envíado brigadas médicas, gestionadas por medio de la fundación.

La Biblioteca de las Artes (RIA) ha llevado a los niños de la fundación a paseos asistidos en sus instalaciones y a la casa de los títeres. 

El Centro Ecuatoriano para la promoción y acción de la Mujer Guayaquil (Cepam) les ha dado capacitaciones en formación integral de la sexualidad y violencia basada en género. Los bomberos les han donado refrigerios para las actividades y URVASEO le ha ayudado con las mingas comunitarias.

Es decir, se ha hecho un trabajo colaborativo y articulado entre varios actores.

Pero no es fácil ni tienen todo resuelto. Los servicios que ofrecen son todos gratuitos, y su trabajo tampoco es remunerado, quienes participan lo hacen por pura convicción.

Inés Santos dice que es difícil competir por financiamiento siendo una fundación pequeña y relativamente nueva frente a las grandes que llevan años de activismo, pero que en realidad no llegan a barrios como el suyo. Por eso sueña con que Nia Kali sea más visible y crezca y poder extender sus ayudas a otros sectores complicados de la ciudad costera.

Trabajos cómo el de Inés Santos son importantes porque muestran otras posibilidades a los niños. También les ayuda a inspirarse en otras personas y aspirar más allá de la violencia, el narcotráfico y los otros peligros que los rodean. Esas iniciativas son fundamentales en un país como Ecuador, en el que el número de muertes violentas se ha quintuplicado en los últimos 5 años. 

Camila Giron 150x150
Camila Girón
(1996). Periodista colombiana. Reportera de redes sociales y gestora de audiencias en GK.
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