Esta vez fue Pikachu. La criatura más conocida y tierna (lo siento Togepi) de la franquicia Pokémon, se coló en la discusión nacional en conmemoración del Bicentenario de la Batalla del Pichincha

Fue por un mural del artista español Okuda San Miguel inaugurado el lunes 16 en el bulevar 24 de Mayo, uno de los más grandes en el Centro Histórico. 

En realidad, no solo se coló: la imagen del personaje japonés generó tanto rechazo como alabanza e interés. 

También risas, muchas risas: cientos de memes insertaron al personaje de animé en pinturas sobre la Batalla de Pichincha, herido como Abdón Calderón, luchando contra España en un juego de GameBoy. 

Es la paradoja: más allá del origen español del artista, la cultura pop retratada en el mural de Okuda San Miguel no es necesariamente ajena o una imposición foránea a Quito. 

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Los mismos memes lo demuestran: Pikachu es parte de nuestro lenguaje visual. Pikachu, los minions, Bob Esponja. ¿Debemos pretender que eso no hace parte de la ecuatorianidad? Y ¿el absurdo? 

Nada más ecuatoriano y quiteño que lo que está fuera del lugar, o lo barroco. 

La crítica a esta obra en ese sentido tiene la difícil tarea de distinguir entre la obra en sí y el descontento general hacia la gestión municipal. 

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Podría enfatizar la poca confianza de las galerías y críticos del mundo en el trabajo del Okuda por ser “un refrito” pueril de todo. 

O su incapacidad de darle valor conceptual a su propio trabajo. 

Pero deben ser críticas desde el arte, porque ni Pikachu ni Okuda San Miguel tienen la culpa de lo que haga o deje de hacer Santiago Guarderas. Tampoco imponen un mismo estilo o contenido en los murales que serán hechos a futuro con motivo del Bicentenario. 

Okuda

Con su mural, Okuda quería rendir homenaje a las mujeres bordadoras de la comuna quiteña de Llano Grande, en Calderón. Fotografía tomada de la cuenta de Twitter de la Secretaría de Cultura del Municipio.

Según los organizadores del evento, Okuda quería rendir homenaje a las mujeres bordadoras de la comuna quiteña de Llano Grande, en Calderón. 

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Lo hizo a su estilo, repitiendo coloridos patrones geométricos como marco o paisaje para combinar sus retratos con el referente infantil de la cultura popular global. 

Okuda ha descrito a Takashi Murakami como una de sus principales influencias. Su trabajo se expone en pocas galerías pero en muchas ciudades del mundo. La apropiación de referentes de cómics ya define su lenguaje visual. 

En Prohibido Prohibir, por ejemplo, Okuda inserta a Mickey Mouse, Ronald McDonald y Beto de Plaza Sésamo en lo que parece una foto familiar. Es decir, el proyecto de Okuda es decorar y sacar de lugar. 

El mural en Quito fue una donación de la Embajada de España (no fue financiada con dinero público) y es parte del proyecto municipal CaminArte, que busca recuperar el patrimonio del Centro Histórico con una serie de murales. 

La iniciativa es impulsada con motivo del Bicentenario, pero no suponía ser literalmente una serie sobre la Batalla de Pichincha. De eso, ya hay bastante. Demasiado. 

Ese es, de hecho, parte del problema: la romantización patriotera de nuestra historia con referentes hiperbólicos. El ejemplo evidente: Abdón Calderón. 

Está además la idea del arte como la representación figurativa y repetitiva de lugares comunes desconectados de la cotidianidad. “Hace falta una mirada crítica a la historia que nos han contado sobre la liberación, la independencia, como un relato que es pura ficción”, me dice el dibujante Oscar Velasco, quien critica los mitos patrióticos obsesionados con lo bélico y épico. “Esa imagen de la guerra, es una forma de hacer política masculina hace parte de una identidad nacional que debe cuestionarse”. Es una advertencia necesaria. Por eso, para Velasco, ese Pikachu tiene un sentido desestabilizador del discurso de siempre. 

Hay un riesgo frecuente de caer en la tentación folclorista de representar  lo indígena o autóctono como una esencia libre de influencias exteriores; un estereotipo inamovible con estéticas cuasi-sagradas pero utilizadas hasta el cansancio, como el pintor Oswaldo Guayasamín. 

En un texto sobre el mural de Pavel Egüez que en febrero contrató la Prefectura (también sobre el Bicentenario), el catedrático Salvador Izquierdo describió la elección de Egüez —más asociado con el muralismo revolucionario de hace un siglo de los mexicanos Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros— como carente de imaginación. 

“Ese mural posiblemente llegue a representar nuestro provincialismo y falta de imaginación”. Lo dijo, paradójicamente, para reiterar que el arte debe generar un espacio donde todo sea admitido: lo cliché y lo novedoso confrontados entre sí.  “El mayor riesgo, para mí, no es hacer arte malo y sobrevalorado (eso está por todas partes) sino que alguien empiece a decidir qué es arte y qué no”, dijo Izquierdo. 

Santiago Guarderas junto al mural de Pikachu

Santiago Guarderas junto al mural de Pikachu. Fotografía tomada de la cuenta de Twitter de la Secretaría de Cultura del Municipio.

¿Está Pikachu fuera de lugar como sombrero de una bordadora indígena? En realidad no. 

Es un “fuera de lugar” para la idea mitificada de una identidad indígena aislada y estática. 

A la ecuatorianidad la enmarca el ethos barroco que plantea el filósofo Bolivar Echeverría: El héroe del ethos barroco podría tener una dimensión cercana al héroe de la sátira, pues es contrario a la convicción romántica de la trascendencia”, explica César Eduardo Carrión sobre el trabajo de Echeverría. 

Por eso es raro hablar de algo “fuera de lugar”. Los lugares fijos no existen. Son una ilusión, al igual que la “trascendencia”. 

He visto Tortugas Ninja en los pesebres navideños de Quito, así como dibujos de Dragon Ball, el Chavo del Ocho y los Looney Tunes en textiles de Otavalo. 

Lo barroco también define mucha de la estética urbana y rural en sus festividades: los años viejos, el carnaval, la misma Navidad. La estética de Pokemon —comercializada y filtrada en imaginarios locales— también es, después de todo, parte de la cultura local. 

No somos una esencia, sino un acumulado de referencias, códigos y sentidos, muchos recreados, algunos impuestos y otros apropiados: los colores de alguna campaña política de antaño en las paredes, el pollo a la Coca Cola, el nombre del Barcelona Sporting Club. Esa debería ser parte de la discusión. 

La polémica era muy previsible. No solo por la tendencia actual de convertir todo, o casi todo en una pelea en redes sociales, sino por la naturaleza misma del trabajo de Okuda San Miguel.

Porque, en este debate, la trayectoria del artista también es importante. Algunos de los principales medios del mundo lo han descrito como un “genio del grafiti”,  “el Banksy español” y “el artista urbano más solicitado del mundo”

Otros no se atreven a llamarlo, si quiera, artista. Muy al estilo de Rosalía, a quién Matthew Carpenter-Arévalo describió como punk, él mismo se ha descrito como “antisistema” y como alguien poco interesado en el canon del arte. 

Así que me da igual lo que puedan pensar sobre mí los museos de arte contemporáneo o los directores de ferias tipo ARCO por haber empezado en el grafiti», dijo en una entrevista para El Mundo. 

Okuda esperaba esta conversación. Intencional o accidentalmente. En España, su país de origen, desató otro debate sobre patrimonio al pintar a su manera el faro de Ajo, una construcción de 1930 con más de 70 metros de altura, reconocida en ese país como “patrimonio industrial” de la parte oriental de Cantabria. 

Su trabajo ha profanado destinos dónde el patrimonio se concibe como algo sagrado. Por eso genera extrañeza: el poner “fuera de lugar” es también un deber del arte. Poner fuera de lugar para demostrar que los “lugares” a los que asignamos una identidad son, con frecuencia, prejuicios. 

El Pikachu, por eso, no es el problema. Tampoco la risa, crítica y desconcierto que genera. “Es absolutamente juguetón”, me dice el escritor Eduardo Varas sobre el mural. 

Eso también supone ser la función del arte, en especial cuando la mezcla entre la cultura pop y lo local es pan de cada día. “El arte puede y debe hacer eso”, me recuerda. 

El arte pop, en especial, ha coqueteado con el humor y el juego: la sopa Campbell de Andy Warhol o las apropiaciones —también de cómics— de Roy Lichtenstein recuerdan que lo superficial, masivo y comercial merecen escrutinio artístico y que poco sirve insistir en discriminar entre lo que cuenta como “cultura” y lo que no. 

Lo mismo con las intervenciones kitsch y escandalosamente llamativas de Jeff Koons. El arte contemporáneo roza con frecuencia lo nimio y banal con cualquier pretensión de solemnidad. 

Varas hace una aclaración. “Hay cosas políticas de por medio”, me dice.  “Si ésta fuera una buena administración, por ejemplo, nos estaríamos riendo y hablando de lo curioso y chistoso… pero claro, todo se filtra por Guarderas y su mala administración”. Por eso es importante hacer las distinciones del caso. 

Porque la polémica que genera la obra de Okuda es una buena señal: al igual que las reacciones en febrero de este año al mural de Pavel Egüez para la Prefectura de Pichincha, el arte está volviendo a detonar conversaciones enmarañadas pero necesarias sobre la identidad nacional. 

En el caso de la versión oficial de la Independencia del Ecuador, la discusión demuestra lo que muchos detractores del mural quieren negar: que nuestra identidad es mucho más que un cliché.  

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Iván Ulchur-Rota
(Ecuador, 1988). Escribe para medios de aquí y de allá sobre viajes, política, barrios y cultura popular. Mientras termina una maestría en Antropología Visual, también juega con publicidad, educación y rutinas humorísticas sobre sus medias chullas.

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