En la intersección de la agitada avenida Amazonas con la calle Corea, en el centro financiero y comercial de Quito, se escucha una suave y delicada voz que, mezclada con el pesado tráfico vehicular, parece un susurro: “Señorita, por favor, ayúdeme con una moneda. Es para comer”, dice Yolima Colima, una mujer de 60 años que dos veces por semana se para en esa  misma esquina, apoyada en una muleta, por cuatro o cinco horas diarias. Los otros días obtiene sus ingresos en una esquina cercana al Hospital de Solca, más al norte de la ciudad. 

Yolima Colima forma parte del 32% de los ecuatorianos que son considerados pobres por Necesidades Básica Insatisfechas, un parámetro que incluye a quienes tienen al menos una carencia de sus necesidades básicas como vivienda, acceso a servicios básicos, escasa capacidad económica y en caso de niños y adolescentes, el acceso a la educación. El Informe de calidad de vida Quito Cómo Vamos explica que en la capital ecuatoriana aumentó en un 300% el número de personas en situación de mendicidad  entre 2018 y 2020. 

Las más afectadas son las mujeres. “La pobreza y la pobreza extrema afecta más a las mujeres y en especial a las mujeres que son jefas de hogar y de la tercera edad”, explica Nora Fernández, investigadora de la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) y parte de la Red Investigadoras en Ciencias Sociales. Según Fernández, una de las razones para que esto suceda es que las mujeres tienen hasta el triple de trabajo en comparación a los hombres porque son ellas las que realizan la  mayor parte del cuidado y del trabajo no remunerado en el hogar. “Esta carga está directamente  relacionada con los niveles de ingresos y en todos los quintiles”, dice Fernandez. Recalca que esta carga laboral no remunerada es mucho más alta en las mujeres pobres. 

Ellas se ven obligadas a dedicar menos tiempo a sus actividades personales, como la educación. Fernández explica que este factor se convertirá en un círculo nocivo. “La pobreza de las mujeres  se entiende desde la causalidad porque la principal causa de pobreza es la precariedad”, dice Fernández.  El hecho de que las mujeres no puedan estudiar influye directamente en que no accedan al mercado laboral formal. “Esto en Ecuador implica que, por ende, la mujer no tiene acceso a la seguridad social  y cuando tiene una calamidad, está absolutamente desprotegida”, agrega la investigadora. Quizá el último giro de ese ciclo pernicioso se da cuando llegan a la vejez. Sin haber trabajado formalmente, no tienen una pensión que les permita mantenerse, aunque tengan un techo donde dormir. Ese es el caso de Yolima Colima.

Yolima Colima comparte un cuarto con una joven migrante, Nina, y su hijo de dos años. Ambas pagan 100 dólares al mes y aunque tienen acceso a todos los servicios básicos, como luz y electricidad, Yolima Colima tiene que pedir caridad en las calles para subsistir. La vida de esta mujer de piel canela, mirada cansada y cabellos canos, cambió  hace 9 meses cuando se cayó después de bañarse. 

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Aunque no sabe con precisión su diagnóstico, sabe que su pierna, columna y mano derecha se afectaron gravemente. “Un médico que me vio me dijo que solo necesitaba rehabilitación, pero nadie me ayudó y no tengo dinero para pagar este tratamiento”, dice Colima. Desde ese momento, dejó de trabajar en cocinas de diferentes restaurantes donde solía freír empanadas por las tardes. Ese trabajo le permitía juntar entre 200 o 300 dólares al mes, según la demanda. Ahora solo vive de la caridad de los transeúntes que se apiadan de ella. 

Nina le ayuda a bañarse y vestirse. Ellas no solo comparten cuarto sino espacios de trabajo: está cruzando la otra esquina, vendiendo golosinas. “Nos cuidamos entre nosotras”, dice Yolima Colima, aunque reconoce que Nina la ayuda más a ella porque en su actual condición ya casi no puede cuidar al niño.

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Aunque el informe de calidad de vida de Quito cómo vamos tiene datos previos a la pandemia, Nora Fernández asegura que la situación de las mujeres empeoró con la llegada del covid-19. Explica que su pobreza —y de toda la población—, había empeorado dos años antes de la voraz crisis sanitaria que acabó con miles de plazas laborales. 

Con ella coincide José Hidalgo,  director General de la Corporación de Estudios para el Desarrollo (Cordes), que explica que en 2012 la pobreza por ingresos comenzó a bajar. En ese año fue el 27,3% de la población. En diciembre de 2017 llegó a su punto más bajo: 24%. “Sin embargo, empezó a subir levemente hasta diciembre del 2019 cuando se situó en 25% de la población total”, dice Hidalgo. Sin embargo, entre diciembre de ese año y diciembre del siguiente, dio un potente salto: del 25 al 33%. Hoy es de 27,7%. Una cifra similar a la de hace diez años.

Si bien la pobreza golpeó a todos, las mujeres fueron más afectadas porque empeoró aún más su participación en el mercado laboral. “En Ecuador hemos tenido políticas de reducción de presupuesto para servicios de cuidado, infraestructuras del cuidado, hay menos recursos y presupuesto para las guarderías, hay menos recursos para atender adultos mayores y menos recursos para las escuelas”. Esto hace que las mujeres tengan que suplir esas tareas, lo que las deja sin tiempo para si quiera buscar un empleo. En el artículo científico Cuidados, mercado laboral y crisis: los efectos sobre las mujeres en Ecuador se muestra que en 2017, la tasa de participación de las mujeres en el mercado en el Ecuador llegó a cerca del 56%. Luego ha ido bajando hasta quedarse, actualmente, en cerca del 50% —el mismo nivel que en 2015. 

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Fernández cuenta que en 2014 Ecuador sufrió una contracción económica generada por la caída del cambio del precio de petróleo. “Cada vez que hay una crisis económica, las mujeres tienen una mayor tasa de participación en el mercado informal”, dice Fernández. Ha sido una constante en la historia del trabajo, donde las mujeres siempre han tenido más obstáculos que superar. La antropóloga Sandra López, directora de Fundación Gamma, explica que las mujeres se integraron al mercado laboral desde la Revolución Industrial cuando la mano de obra de hombres era escasa, pero con una particular característica: recibían salarios más bajos por el mismo trabajo. Esta situación de desigualdad se mantiene. En tiempos críticos, como los que vivimos, las mujeres se realinean en empleos en los sectores de turismo y de comercio, que les permiten tener flexibilidad para compenetrar su vida laboral y el cuidado del hogar.

Esto coincide, asevera Fernández, con las políticas de recortes del gobierno de Lenín Moreno en todo el sistema social y de cuidados públicos. “Desde ese momento las mamás ya no podían dejar a sus hijos en las guarderías porque ya no tenían cupo y comenzaron a salir del mercado de trabajo o redujeron sus jornadas laborales” explica  Fernández. Con la crisis del 2020, la situación de las mujeres empeoró porque las escuelas y guarderías cerraron. “Alguien tenía que encargarse de los niños”, dice Fernández. Ese alguien casi siempre son las mujeres. 

En el caso de Nina, ella decidió salir a vender en las calles capitalinas junto a su hijo, a quien deja en la vereda; mientras ella se acerca a los carros a ofrecer caramelos y bolos helados. Yolima Colima cuenta que las dos, de cierta manera, han entrenado al niño para que se quede en la vereda y no se acerque a los autos. En otras ocasiones, otras comerciantes lo entretienen o le “echan un ojo” hasta que Nina venda algo a los conductores. Entre ellas, vendedoras ambulantes, generan un sistema de cuidado mientras intentan subsistir.

A las seis de la tarde de un miércoles en la avenida República del Salvador, en donde los altos edificios de la capital se apilan y la vida social  comienza cuando las luces de restaurantes y bares se prenden, un niño de aproximadamente de seis años y su hermana de tres, entran a un local a vender caramelos. 

Aunque  no logran que nadie los compre, los dueños del local les dan un plato de sopa para que compartan. Ellos forman parte del 2,7% de niños que trabajan en Quito, según datos  del Consejo Cantonal de Protección de Derechos del Distrito Metropolitano de Quito. En promedio, trabajan 11 horas semanales, pero varía del sector de la ciudad. Por ejemplo, en la administración zonal de La Delicia aumenta a más de 13 horas. 

Ambos niños siguen su recorrido por el sector de alta plusvalía de la capital y a las ocho y media de la noche, cerca de la parada de bus  de un centro comercial, se acercan  a las últimas personas que transitan para intentar ganar sus últimos centavos. Pero no tienen éxito. Aunque lucen cansados y con frío, juegan entre ellos y sonríen. Nora Fernández explica que en la mayoría de hogares donde hay un solo padre —que por lo general son madres—, hay una alta incidencia de pobreza y pobreza extrema. 

“En la mayoría de estos casos, son más vulnerables a que los niños trabajen porque primero tienen que satisfacer sus necesidades básicas como vivienda y alimentación”, dice Fernández, reconociendo esta lógica de supervivencia como cruel.“Estas familias no pueden garantizar la educación de sus hijos porque ni siquiera pueden garantizar su alimentación”, agrega. Todas estas lógicas que generan pobreza en las mujeres se denomina “feminización de la pobreza” porque prácticamente las “mujeres están dentro de un bucle del que no pueden salir”. 

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La tarde está soleada y hay mucha gente caminando por las esquinas donde Yolima Colima y Nina pasan sus días. “Me gustaría que alguien me ayude económicamente o a recuperar mi salud, pero hasta el momento todos se han aprovechado de mí y de mi condición”, dice Colima con la mirada extraviada en algún punto del horizonte. 

Ella asegura que extraños le han pedido sus datos para organizar una colecta. Dice que una vez se acercó a una institución estatal para pedir un bono, pero le dijeron que no le podían dar porque ella ya lo había recibido. “A mí nadie me ha ayudado más que la gente que camina por las calles”, dice Yolima Colima. 

Liz Briceño Pazmiño
(Ecuador, 1989). Periodista. Ha cubierto temas de economía y consumo en la Unión Europea. Cubre temas de menores migrantes no acompañados y de desplazados en Ecuador.