En menos de una semana he sido tres veces negada, absurdamente, a ordenar desayuno a cualquier hora del día. Tres injustas e infames veces en las que un bolón, un plato de chilaquiles y una trilogía de bagels se quedaron hechos juguito de antojo en mi paladar y en mi corazón.

—Los desayunos se terminan a las 10:30 de la mañana, señorita, me dijeron todos los meseros, con un tono apático señalando el menú como enseñándome a tener orden en la vida— le recomiendo venga más temprano en una próxima ocasión.

Cuánta injusticia. ¿Cuál es el problema si el desayuno se me antoja a cualquier hora del día? Ahora, en tiempos de languidez (¿se acuerdan?) busco más que nunca razones de motivación y el desayuno a cualquier hora, a toda hora, es lo que necesito.  

— En serio quiero esos bagels, señor.
— Imposible.

¡Protesto, señor mesero! Los desayunos existen en nuestras vidas para romper las reglas: mezclan texturas y sabores como ya quisiera el almuerzo y como ni siquiera lo sueña la cena. Dulce, salado, amargo, crujiente, cremoso, caliente y frío … todo al mismo tiempo.

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Además su nombre en sí mismo es un statement: des-ayuno (del latín “ieiunare”, abstenerse de comer). Igualito que en inglés: break-fast; break, break, break ¿Quién ha dicho que hay horas para dejar de abstenerse de comer?

Los desayunos son mi debilidad. No depende de mí. Ni Don Draper de Mad Men sucumbía al Old Fashioned como yo caigo por los desayunos: los quiero desde que abro el ojo hasta que el sol se esconde —y después de eso, también. Déjenme ordenar desayuno a las siete de la noche, por favor, a las tres de la tarde, a la hora que sea. Sé que no estoy sola en esto.

Sé bien que esta afición, que ahora solo me trae problemas en los restaurantes quiteños, comenzó desde que era muy chica: a los seis años, en una pijamada repleta de niñas vestidas de rosa de pies a cabeza, yo estaba más interesada en saber qué íbamos a desayunar que en la trama de La Bella y la Bestia.

—Son huevos rancheros— me dijo la mamá de mi amiga cuando se dio cuenta que no dejaba de verla mientras preparaba una salsa roja y espesa que olía chistoso.

Con la mesa servida, repleta de comida, jugo, café, y esas tortillas de maíz calientes que sudaban envueltas en una tela húmeda y olían delicioso supe que esos huevos rancheros fueron mi primer encuentro con la comida mexicana que tanto amo. Pero fueron también, sin duda, el inicio de mi infinito amor por los desayunos (y por romper sus reglas).

¡Buen provecho! Y, de nuevo, ¡protesto, señor mesero!

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Huevos rancheros

receta huevos rancheros

Ingredientes:

8 tortillas de maíz
4 tomates riñones maduros, pelados y picados en trozos grandes
2 a 3 chiles serranos o jalapeños (sin semillas para una salsa menos picante)
2 dientes de ajo, pelados, cortados por la mitad
½ cebolla perla picada
2 cucharadas de aceite de canola
Sal al gusto
4 a 8 huevos (al gusto)
Cilantro picado para decorar
Queso fresco rallado (opcional)

4 PORCIONES / 1 HORA 

Envuelve las tortillas en papel de aluminio y caliéntalas en un horno a 150 grados mientras preparas la salsa y fríes los huevos.

Coloca los tomates, los chiles, el ajo y la cebolla en una licuadora y hazlos puré, conservando un poco de textura.

Calienta 1 cucharada de aceite de canola a fuego alto en un sartén. Agrega el puré y cocina, revolviendo de cuatro a diez minutos o hasta que la salsa se espese, su color se oscurezca y se separe entre sí cuando pases una cuchara por la mitad. Sazona al gusto con sal y retira del fuego. Manténla caliente mientras fríes los huevos.

Fríe los huevos en un sartén a fuego medio-alto, use la cucharada restante de aceite si es necesario. Cocínalos con la yema hacia arriba, hasta que las claras estén sólidas pero las yemas aún líquidas. Sazona con sal y pimienta y apaga el fuego.

Coloca dos tortillas calientes en cada plato, superponiendolas si solo estás sirviendo un huevo. Cubre las tortillas con uno o dos huevos fritos. Vierte la salsa picante sobre las claras de los huevos y las tortillas, dejando las yemas expuestas si es posible. Espolvorea con cilantro y queso para servir.