A bordo del 1620, el primer vuelo doméstico de Avianca en el Ecuador en tres meses, a las 6:30 de la mañana del 15 de junio de 2020, es evidente que el mundo ha cambiado demasiado. Nadie se atreve a quitarse la mascarilla, no hay contacto físico y la sensación de preocupación enrarece el aire de la cabina del vuelo que va de Quito a Guayaquil.

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Con mascarilla, traje protector desechable y guantes celestes que no desentonan con el rojo y blanco de su uniforme, Carolina Salvador —el cabello recogido, moño ajustado y largas pestañas— jefa de cabina del vuelo, recita la letanía que era parte de su vida cotidiana, pero que no ha dicho en tres meses: “Estimados pasajeros les agradecemos por volar con nosotros. Les recordamos que en caso de emergencia…”. Es la primera vez en doce años que Salvador pasa tanto tiempo en su casa, sin volar. Antes, cuando la vida era una vorágine, si uno leía que los aviones se quedaban en tierra por cualquier motivo, no reparaba en la obviedad de que pilotos, sobrecargos y asistentes se quedaban también en el sitio habitual que la gravedad les asigna. Pero la nueva normalidad, si algo bueno ha traído, es que nos hace pensar en el mecanismo interno de las cosas, las personas y las sociedades.

Pero en un tubo de fierro alado a punto de despegar, preguntarse con demasiada insistencia cómo funcionan las cosas puede ser claustrofóbico. Prefiero entonces concentrarme en los datos. El avión es un Airbus A319 con capacidad para 120 pasajeros. Aunque no se redujo la cantidad de personas permitida, hay algunos asientos vacíos. “Tenemos una ocupación aproximada del 60% de los vuelos de esta semana”, dice Emilia Vera, jefa de aeropuerto de Avianca en Guayaquil. La aerolínea colombiana, que recientemente entró en un proceso de restructuración, reanudó sus operaciones hoy, cuando el aeropuerto de Guayaquil ha sido reabierto. Juan Francisco Ortiz, gerente de aeropuerto de Avianca en Quito, dice que los protocolos están basados en los estándares de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Comité de Emergencias Nacional (COE). Enviaron las nuevas disposiciones a los pasajeros por correo electrónico y hay información disponible en las plataformas digitales de la aerolínea. El plan está en su lugar —pero ya sabemos lo que la vida le hace a los planes.

 primer vuelo tras la cuarentena

Carolina Salvador, jefa de cabina del vuelo, se cambia los guantes entre un vuelo y otro. Fotografía de Diego Ayala León.

Vuelvo a escuchar la voz de Carolina Salvador. Los pasajeros le prestan una atención que antes ni por cortesía habrían fingido. Ahora la miran fijamente, como si estuviera explicando cómo funciona el mundo. Pero, en realidad, la jefa de la cabina solo está relatando la mesocracia de la nueva normalidad. Dice que por el covid-19 se suspendió el servicio de alimentación y de entretenimiento a bordo para reducir el contacto. Recuerda a los pasajeros que si hay una despresurización de la cabina, deben quitarse la mascarilla antes de ponerse las máscaras de aire que caerían del techo sobre cada asiento. “Contamos con un proceso de desinfección y limpieza de nuestros aviones, pero la protección es tarea de todos, haga uso permanente de la mascarilla”, dice y es como si dijera: en esto estamos juntos.

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La tripulación se desinfecta las manos constantemente durante el vuelo. Fotografía de Diego Ayala León.

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No hay un solo pasajero que no lleve mascarilla. Menos son los que llevan visores —esos que antes parecían patrimonio exclusivo de soldadores y herreros. Unos pocos calzan guantes. Muchos regresan a casa después de pasar la cuarentena en Quito. Judith Duarte, de más de 50 años y cabello rubio oscuro, viaja con su esposo y su hija, los tres usan visores y se sientan separados en medio de la sala, formando un triángulo familiar. “Es complicado, porque no estábamos acostumbrados a vivir así”, dice. Pero tampoco le da tanta importancia. Está contenta de, después de tres meses, volver a Guayaquil. Volver a casa es una paradoja: siempre se siente como una derrota y siempre es una buena noticia.

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El vuelo entre Quito y Guayaquil será tan breve como siempre. Me abotono el cinturón de seguridad y pongo el teléfono en modo avión —que es el modo en que parece vivimos durante más de 90 días: existimos en suspensión. El reloj marca las 6:40 am.

Hace dos horas llegamos al aeropuerto Mariscal Sucre. Llegar dos horas antes para un vuelo doméstico era algo que nadie hacía ya: el chequeo en línea y la fluidez del sistema aeroportuario había acortado los tiempos de espera. Vivíamos en un mundo en el que no teníamos tiempo que perder.

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La fila para entrar a la terminal del Aeropuerto Internacional Mariscal Sucre de Quito a las 5 de la mañana. Fotografía de Diego Ayala León.


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Ahora hemos vuelto a los ritmos de los ochenta y noventa, aunque la tecnología y el calendario sigan en 2020. “Por eso les pedimos a nuestros pasajeros que lleguen al aeropuerto con dos horas de anticipación para vuelos nacionales y cuatro para internacionales”, dice Luis Galárraga, director de Comunicación de Quiport, la empresa que opera el Aeropuerto Internacional Mariscal Sucre de Quito. Al pie de la puerta corrediza y transparente de la terminal de salidas nacionales, cámaras térmicas nos suben o bajan el pulgar: si detecta más de 37 grados en alguno de los pasajeros, no podrá entrar. Al menos no es tan amenazante que el termómetro que se apunta a la frente.

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Las cámaras térmicas toman la temperatura de los pasajeros entes de entrar a la terminal del aeropuerto. Fotografía de Diego Ayala León.

A quienes la máquina les da el visto bueno, un funcionario les pide su pase de abordaje y la cédula. Solo los viajantes pueden entrar. Ya no importa qué tan lejos se marchen, o cuán largo haya sido el vuelo en el que llegan: ya no habrá nadie que los reciba al pie de la puerta con globos o los despida con los labios mordidos y las lágrimas contenidas. Adiós será una palabra que se diga mucho más pronto. Las bienvenidas tendrán que esperar un poco más.

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Como aún es temprano, dentro de la terminal la normalidad es aparente. Las aerolíneas recomiendan que el check in se haga en línea —algo que mucha gente ya hacía. En la zona de facturación y entrega de equipaje hay máquinas para hacer el trámite y evitar el contacto con el personal aeroportuario (antes, había un empleado haciendo lo que uno podría haber hecho solo, razón para la que se inventaron esas máquinas).

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Mantener distancia es una prioridad en todo momento. La fila es ahora una formación de guerra, una escuadra para la supervivencia cotidiana. Fotografía de Diego Ayala León.

Quienes deben embarcar maletas van al counter, ahora protegido por láminas de vidrio. Luego se avanza hacia los filtros de seguridad. Mantener distancia es una prioridad en todo momento. Nuestro lugar es el que marcan unos puntos naranjas en el piso. Solo se avanza si a uno se le ordena. La fila es ahora una formación de guerra, una escuadra para la supervivencia cotidiana.

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La distancia está marcada con bandas entre las sillas. Fotografía de Diego Ayala León.

La sala de espera tiene el silencio que la caracteriza. Todo el mundo suele estar callado mientras espera el abordaje. Es como si todos estuvieran más concentrados en su viaje, su destino, lo que van a ver allá donde van, que en el espacio que habita. “Todo tiempo pasado fue un descontrol”, escribió el artista argentino Guillermo Iuso en su libro Estado de boarding pass —y aunque la obra no tiene nada que ver con nuestro presente, sentada en esta sala de ventanales amplios y personas calladas, no puedo sino pensar cuánto añoramos ese pretérito sin riendas.

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La sala de espera tiene el silencio que la caracteriza. Es como si todos estuvieran más concentrados en su viaje. Fotografía de Diego Ayala León.

“Estimados pasajeros”, interrumpe una voz de mujer por los altavoces, “se les recuerda lavarse las manos frecuentemente y utilizar los dispensadores con desinfectante disponibles en toda la terminal. Cuide de usted y de los demás”. Cada diez minutos hay un aviso nuevo en inglés y español. Nos recuerda las medidas de protección, pide que usemos uno de los 500 dispensadores de desinfectante o dan indicaciones sobre los nuevos protocolos aeroportuarios. Hay mensajes similares rotando en las pantallas gigantes de la sala de embarque y el patio de comidas. “Son parte de la campaña de comunicación del aeropuerto”, dice Galárraga. Pero, en realidad, son parte de algo mucho más grande. Todo tiempo pasado fue, en verdad, un descontrol.

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Treinta minutos después, que se fueron volando en una necesaria siesta, el avión aterriza en Guayaquil, que aún recuerda el horror de la pandemia. Fiel a la tradición aeronáutica, un arco de agua triunfal formado por dos cañones a presión en camiones de servicio celebra nuestra llegada al Aeropuerto Internacional José Joaquín de Olmedo. El covid-19 nos ha golpeado con tanta fuerza que tenemos que contar cada pequeña victoria, cada paso mínimo, cada pequeño soplo de esperanza. El primer vuelo doméstico comercial que llega a la ciudad después de la pandemia seguro lo es.

Y, de nuevo, como la voz de nuestra conciencia, Carolina Salvador habla por el altavoz. Dice que los pasajeros deben salir del avión por tandas. Llama primero a tres filas del lado derecho y luego del izquierdo. Salen máximo nueve personas a la vez. El resto no se mueve de su asiento, ni para tomar su equipaje hasta que sea su turno ¿dónde está la gente que se paraba antes de que el avión se detuviese por completo para poder salir más rápido?

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El avión vacío y listo para la desinfección de todas las superficies. Fotografía de Diego Ayala León.

Quince minutos tarda la nave en vaciarse. Más o menos lo mismo que tomaba el proceso antes del covid-19. Está lista para la desinfección. “El protocolo de limpieza es más riguroso que antes”, dice Juan Francisco Ortiz, el gerente de aeropuerto de Avianca en Quito. Se asean todas las superficies del avión antes de cada despegue y después de cada aterrizaje usando un desinfectante avalado por la OMS y Airbus, el fabricante del avión. Tiene ocho minutos para hacerlo antes de que aborden los pasajeros para el siguiente vuelo, que nos llevará de vuelta a Quito. Cinco empleados de limpieza recogen toda la basura y usan el desinfectante en paños sobre las superficies. Por la noche se usa un nebulizador con la misma solución. No se lo hace cuando está en tránsito porque después de usar el nebulizador se debe esperar 30 minutos para poder reabordar.

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Se asean todas las superficies del avión antes de cada despegue y después de cada aterrizaje usando un desinfectante avalado por la OMS y Airbus, el fabricante del avión. Fotografía de Diego Ayala León.

El personal de limpieza sale e inmediatamente entra una nueva ola de pasajeros. Visten diferente, la mayoría con ternos y equipaje más ligero. René Ríos es asesor gráfico y de diseño de productos y mientras se acomoda los lentes cuadrados de marco fino, dice que viaja para dar una asesoría. Se nota que sonríe detrás de la mascarilla. “Estoy emocionado, antes viajaba mucho”, dice. La cuarentena lo obligó a quedarse en casa y teletrabajar. “Se siente como si fuera la primera vez”, dice.

Lorena Acosta —con jean, zapatos deportivos y el cabello rubio recogido— está regresando a su casa en Quito después de pasar meses en Guayaquil en una misión del organismo internacional para el que trabaja. Dice que no recibió ningún correo de la aerolínea sobre los nuevos protocolos, pero las medidas de protección le dan seguridad. “Me sorprende que no se haya reducido la capacidad permitida en el avión y que todos los pasajeros se sienten juntos”, dice algo preocupada. Ortiz dice que se mantuvo la capacidad del avión porque tiene filtros de aire HEPA que permiten una recirculación del aire en un 99,97% . “La cabina se mantiene estéril, semejante a una sala de cirugía” sostiene Ortiz e insiste: “Nada de lo que hagamos será efectivo si no hay colaboración del pasajero”. Suena a eslogan gastado, a frase manida, a lugar común, a hueco cascarón, a pared falsa pero esta vez parece cierto: la responsabilidad es de todos.

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Hace apenas cuatro meses caminar por un aeropuerto prácticamente vacío a las 9:30 de la mañana de un lunes era impensable. Pero hoy, al regresar de Guayaquil, de vuelta en el aeropuerto Mariscal Sucre de la capital, camino por pasillos silentes y despejados. Afuera, en las áreas comunes de la terminal, la apariencia desolada y melancólica no se quiebra: hay pocos pasajeros haciendo fila, la mayoría de las tiendas están cerradas y las sillas están desocupadas. “La mayoría de vuelos se concentran temprano en la mañana o en la noche, por eso está tan desierto”, dice Galárraga. “Hoy es el día que más vuelos tenemos desde que empezó la cuarentena”, dice. Su voz parece golpear las precisas notas que pisan la línea entre la melancolía y el optimismo.

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El Aeropuerto Internacional Mariscal Sucre aeropuerto prácticamente vacío a las 9:30 de la mañana del 15 de junio de 2020. Fotografía de Diego Ayala León.

Para reducir el riesgo de contagio de covid-19, cuando los pasajeros no están en la terminal, el personal de limpieza la desinfecta usando Virkon, un virucida de amplio espectro que ha demostrado ser eficaz previniendo enfermedades producidas por virus y bacterias. El proceso se hace mínimo una vez al día, dependiendo de la cantidad de vuelos habilitados. El 15 de junio, cuando fuimos y volvimos de Guayaquil, hubo siete.

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La pandemia no ha terminado. El virus no se ha esfumado y la vacuna todavía no ha sido hallada. El 14 de mayo, la OMS reportó la mayor incidencia diaria de casos nuevos hasta el momento. La cifra sigue creciendo. El 17 de junio —dos días después del vuelo 1620— la alcaldesa de Guayaquil, Cynthia Viteri, responsabilizó vía Twitter al Ministerio de Salud y al de Transporte por “poner en riesgo la salud de los guayaquileños”. Viteri dijo que durante dos vuelos nacionales de ese día, 15 personas dieron positivo para covid-19. El futuro se juega cada día, y las palabras que en alguna época podrían sonar huecas, distantes, recobran todo el cuerpo: la responsabilidad es compartida.

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Nuestro lugar es el que marcan unos puntos naranjas en el piso. Fotografía de Diego Ayala León.

El 1620 fue el primero de los muchos que Avianca, al igual que otras aerolíneas, planea. Poco a poco, se reabrirán otros vuelos internacionales. Las nuevas medidas de seguridad se aplicarán mientras sea necesario. Nuestra vida seguirá, por un tiempo indefinido, en el control que es el presente, en el modo avión al que la pandemia obliga.