Placeres

Una pareja en la oficina, otra en casa

Cuando su marido se volvió indiferente, y ella vivía una soledad profunda, una escritora acudió a sus colegas para volver a sentir un poco de romance. No salió nada bien.
  • A una escritora le gustó una compañera de trabajo porque se sentía sola.

    Ilustración de Brian Rea para el New York Times.

Momentos antes de que llegara la pizza, mi alto y guapo marido se fue a la cama. No me contestaba. No quería pizza y después no se levantó de la cama por una semana. Tal vez era la crisis por la mediana edad. ¿O depresión? Sin duda.

Con el tiempo retomamos nuestras vidas, pero él se mantuvo desinteresado e indiferente. Dejó de hacer la limpieza, pese a que antes era quisquilloso al respecto. Se volvió fríamente silencioso. Hasta entonces, siempre había sido amable y dulce.

Intenté conectarme con él de todas las maneras posibles que tenía como su esposa. Sugerí ir a terapia de parejas, pero en todo nuestro hogar se sentía frialdad. Seguíamos juntos por compromiso y por la historia compartida. Sentía el distanciamiento como una cueva solitaria. Pero ¿a dónde más iba a irme y qué más iba a hacer? Mi marido era mi mundo.

Trabajaba en una clínica de salud conductual donde cualquier estilo de vida era aceptable. Mis amistades en la oficina, en su mayoría mujeres solteras, me parecían ser tan solitarias como yo, así que nos volvimos juntas una familia. Éramos una tribu de chicas.

Un día de septiembre, hasta ese momento muy aburrido, los dedos de una colega rozaron mi antebrazo. Cuando volteé, ella me sostuvo la mirada por un momento más de lo esperado. Un milisegundo. En ese tiempo, el mismo que tardé en sonrojarme, el mundo cambió: de nuevo tenía foco, estaba más iluminado.

Ella era una persona carismática en la oficina, con un club no oficial de fans. No me atrajo tanto que emanara una energía masculina. Lo que me cautivó fueron su capacidad de hacer que cualquier día pareciera divertido, sus intensos ojos marrones y mi propia y sofocante soledad. Que me prestara atención era muy halagador. Me dejó atónita pensar en que habíamos compartido oficina por un par de años y nunca había notado nuestra química. ¿Cómo se me había escapado?

En el bachillerato había tenido varios novios. Mi matrimonio había durado exactamente veinte años. Nunca había considerado estar con parejas que no fueran hombres.

Ella se convirtió en mi “cónyuge laboral”, en términos del día a día en el trabajo, pero también en muchos otros sentidos. Estaba prendada de ella, aunque me consideraba heterosexual. En mi cabeza tenía esa orientación como idea. En mi corazón estaba ella. Y mi marido estaba… en casa.

Cuando haces trabajo de asistencia social, no puedes hablar sobre los clientes fuera de la oficina, por lo que tus colegas se vuelven tus confidentes más cercanos. Es una intimidad, emocional y física. Quizá en otras oficinas sea transgresora. Pero en la nuestra era aceptable.

Ella coqueteaba conmigo. Le daba like a todo lo que yo ponía en Facebook. Me llamaba ‘cariño’. Intenté dilucidar cómo me sentía. Probé ponerle nombre a esta relación, pero no lo hallé. ¿Enamoramiento? Claro. ¿Amorío? No en el sentido físico. ¿Mejores amigas? Había otras amistades con quienes compartía más historia. Empecé a sentir que estaba perdiendo la cabeza.

Lo más alarmante era que, cuando volteaba a verla a los ojos, no me sentía sola. “¿Alguna vez has sido infiel a tu esposo?”, me preguntó un día. “¡No!”, respondí. “Y mi esposo tampoco lo ha sido. Es lo que más amo de él”.

Era cierto. Mi marido era lo seguro, tanto así que estaba emocionalmente apagado. Yo temía que ya era siendo infiel tan solo con mis pensamientos y emociones. Si resultaba estarlo imaginando todo, no sabía a dónde más me iba a llevar esta soledad tan profunda.

Empecé a pensar en razones por las cuales no estaba loca, maneras de comprobar que ella sí me quería como más que a una colega y que a una amiga. Después de que se raspó una rodilla y le dije que tenía bonitas piernas, ella empezó a exhibir esas piernas una vez al día. Un viernes cuando íbamos de salida de la oficina me dejó un mensaje con un colega varón —“Dile a Carrie que la adoro”. Él me lo pasó después de soltar un carraspeo incómodo.

Ella era emocionalmente demandante y tenía saltos volubles, con momentos de frialdad y otros muy intensos. Sin embargo, mi presencia la calmaba como nada más parecía poder hacerlo. Era un honor para mí haber sido designada su cuidadora, su calmante en la oficina.

Si ella decía tener planes con otras amistades el fin de semana, yo me vengaba saliendo a cenar con mi esposo. Él, a su vez, tomaba sus propias represalias: me ignoraba por completo para ver ESPN desde la televisión del restaurante. Era mi justificación para volver a coquetear con ella el lunes siguiente.

Un día estuve demasiado ocupada para almorzar y dejé la bolsa con la comida rápida —hamburguesa y papas fritas— en mi escritorio. Cuando por fin abrí la bolsa, descubrí que la caja de las papas estaba vacía. Solo había migajas. Ella se las comió. En vez de enojarme, me sentí halagada pues lo tomé como una seña de intimidad.

Se acercaba la Navidad y no estaba segura de qué hacer. No quería parecer intensa si lo que ella decidía era ser solo una colega de trabajo y ya: dejarme un dulce en el escritorio y contentarse con eso. Al final le hice un regalo propio, un diccionario pequeño con las groserías inventadas que usa. Quedó fascinada.

Éramos una pareja extraña: yo era más alta, cursi y heterosexual. Ella era atlética, malhablada y se describía como “marimacha”. Yo usaba calzones pegados. A ella le gustaba enseñarme que traía bóxers. Yo era madrugadora. Ella noctámbula. A veces me despertaba y tenía varios mensajes suyos enviados en la noche.

Era un atractivo peligro en tener una amistad de tanto coqueteo cuando estaba alejada de mi esposo, que siempre fue fiel. Pero a él no le importaba cuánto tiempo pasaba con ella.

Y de pronto, de una manera tan repentina que me sacudió, fui remplazada. Su nueva mejor amiga era una contratación reciente que no estaba nada confundida sobre cómo era su relación. Mi cónyuge laboral presumía de esa nueva amistad. Me contaba con gozo todos los detalles, como si me los estuviera restregando en la cara. Dejé de ser su amiga en Facebook para no tener que ver todas las publicaciones de cómo ella y su nueva esposa de oficina eran felices.

¡Me habían despreciado! Peor que desprecio. A un exnovio se le puede dar por perdido al decir que fue un tarado e insensible, pero una mujer sabe muy bien cómo hacerle daño a otra mujer. Ella se comportó como si yo no tuviera derecho alguno a estar celosa. después de todo, solo éramos colegas.

En muy pocas ocasiones almuerzo juntas aún. Era tan solitario como cuando era ignorada en casa. Ahora un martes aburrido en la oficina era un martes cualquiera.

Sin embargo, pronto noté que mis días eran menos complicados cuando ella no iba a la oficina. Cuando no sentía ese empuje hacia ella, ni la obligación de hablarle para prevenir sus cambios de humor. 

Claro que nuestros espacios de trabajo seguían siendo cercanos. Eso requería que me pusiera un traje de protección contra material emocional peligroso. Me ayudaba a intentar culparla y dejar de sentir su corriente eléctrica cada vez que entraba a una habitación. Me ayudaba a dejar de estar revisando mi teléfono por si había mensajes de “todavía te <3”. Se sentía bien concentrarme en mis propios asuntos.

Estaba a gusto con haber evitado su tornado. Pero también me ofendía haber sido rebajada en su jerarquía de amistades. Ahora yo era la persona a la que acudía si no encontraba a alguien mejor. Quería desesperadamente regresar a los tiempos en que no tenía relación alguna con ella. Empecé a dejarle de hablar. No llegué a mirarla con desprecio, pero mi niña de 8 años interior quería decirle: “Ya no eres mi amiga”.

Nunca lo discutimos. Ni los sentimientos mutuos ni el aparente final de esos. ¿Qué le iba a decir? “Somos colegas, ¿acaso ya no me adoras?”.

A medida que pasó el tiempo empecé a darme cuenta de por qué me dolía tanto su rechazo. Sus señales mixtas me recordaban a las de mi esposo. Él permitió que nuestro matrimonio continuara desde la pasividad, pero se rehusaba a participar. Estaba presente en el hogar, pero no en la práctica.

Después de un rato hice que se sentara conmigo y le confesé que me sentía sola. Muy sola. Tan sola que… bueno, eso no importa, en una soledad profunda. Le dije que necesitaba más atención suya, que necesitaba amor. Y así comenzaron nuestros proyectos de mejora (emocional) en casa.

Mi esposo empezó a recibir tratamiento para la depresión. Pasamos más tardes juntos. Tiene una risa hermosa, que me llena de la mejor manera. Era una risa que había sido muy escasa en los meses previos. Con el regreso de esa risa y con el tiempo, él pudo llenar el hoyo en mi corazón que yo había cubierto con una cónyuge laboral.


©The New York Times 2019

Carrie Malinowski es escritora y profesional de la salud conductual; vive en Prescott, Arizona.