Profundidad

Ante el público convencido y desinformado, más datos no sirven de casi nada

Un estudio demostró que quienes menos saben de ciencia tuvieron las opiniones más opuestas a ella. Pensaban que sabían más al respecto.
  • Hawái ha sido un campo de batalla en cuanto a los intentos por prohibir o restringir la producción de organismos genéticamente modificados. Fotografía de Jim Wilson/The New York Times.

En un artículo publicado a principios de 2019 en Nature Human Behavior, algunos científicos pidieron a quinientos estadounidenses su opinión acerca de los alimentos transgénicos. La gran mayoría, más del 90%, se opuso a su consumo. Esta convicción difiere con el consenso científico: nueve de cada diez cree que son seguros —y que, incluso, pueden ser muy benéficos.

El segundo descubrimiento del estudio fue más revelador. Aquellos que se opusieron con más empeño a los transgénicos creían saber mucho más que otros acerca sobre el tema. Aun así, obtuvieron las peores notas en pruebas reales de conocimiento científico.

En otras palabras: aquellos con un menor entendimiento de la ciencia, tuvieron las opiniones más opuestas a esta, y pensaban que sabían más al respecto. Para evitar que alguien piense que se trata de un fenómeno que solo sucede en Estados Unidos, el estudio se hizo también en Francia y Alemania. Los resultados fueron similares. 

Si no te gusta este ejemplo (es muy poco probable que lo afirmado aquí cambie la opinión de las personas y quizá pueda enfurecer a algunos lectores), está bien: no es el único que existe.

Un pequeño porcentaje del público en general cree que las vacunas son verdaderamente peligrosas. Quienes están convencidos de ello (lo cual es erróneo) también creen saber más que los expertos acerca del tema.

Muchos estadounidenses toman suplementos vitamínicos. Sin embargo, las razones por las que lo hacen son variadas y no están relacionadas con ninguna evidencia sólida. La mayoría afirmó que no les afectan las declaraciones de los expertos que contradicen las afirmaciones de los fabricantes. Solo una cuarta parte aseguró que dejaría de tomarlos si los expertos dijeran que no son efectivos. Seguro piensan que saben más.

Parte de esta tendencia cognitiva está relacionada con el efecto Dunning-Kruger, nombrado así en honor a dos psicólogos que escribieron un ensayo seminal en 1999 titulado Unskilled and Unaware of It.  En él, David Dunning y Justin Kruger hablaron de las muchas razones por las que las personas más incompetentes (un término empleado por ellos) parecen creer que saben mucho más de lo que, en realidad, saben. Escribieron que la falta de conocimiento hace que a algunas personas les falte la información contextual necesaria para reconocer errores . Su “incompetencia los priva de la capacidad de darse cuenta de ello”, dijeron.

Esto ayuda a explicar —en parte— por qué los esfuerzos para educar al público fracasan con frecuencia. En 2003, investigadores analizaron la forma en la que las estrategias de comunicación acerca de los transgénicos terminaban por ser contraproducentes, cuando su intención era ayudar al público a darse cuenta de que sus convicciones no correspondían con las de los expertos. Al final, todos los esfuerzos hicieron que fuera menos probable que los consumidores eligieran alimentos transgénicos.

Brendan Nyhan, un profesor de Dartmouth y colaborador de The Upshot, es coautor de una gran cantidad de ensayos con descubrimientos similares. En un estudio de 2013, publicado en Medical Care, ayudó a demostrar que intentar ofrecer información correctiva a los votantes acerca de los llamados ‘comités de la muerte’ terminó por aumentar la creencia en ellos entre los simpatizantes de la excandidata viepresidencial estadounidense Sarah Palin.

Un estudio suyo de 2014, publicado en Pediatrics, mostraba que una variedad de intervenciones, cuyo objetivo era convencer a los padres de que las vacunas no provocaban autismo, derivó en que aún menos padres quisieran vacunar a sus hijos. Otro estudio, de 2015, publicado en Vaccine, demostró que proporcionar información correctiva acerca de la vacuna contra la influenza hizo que los pacientes más preocupados por los efectos secundarios mostraran menos probabilidades de vacunarse.

Una gran parte de la comunicación científica sigue dependiendo del ‘modelo de déficit de conocimiento’. Esto es, la idea de que la falta de sustento para formular buenas políticas, y crear ciencia confiable, solo refleja una falta de información científica.

Sin embargo, los expertos han estado dado información acerca de cosas como el uso excesivo de servicios médicos de bajo costo durante años, con pocos resultados. Un estudio reciente analizó la forma en la que se comportaban los médicos cuando también eran pacientes. Presentaron las mismas probabilidades que el público en general de recurrir a la atención médica de bajo costo. Tampoco fueron constantes con sus tratamientos para enfermedades crónicas.

En 2016, algunos investigadores argumentaron en un ensayo que quienes pertenecían al ámbito científico tenían que darse cuenta de que quizá el público no procesaba la información igual que ellos. Aseguraron que los científicos deben tener una capacitación formal en habilidades comunicativas. También deben entender de que el modelo de déficit de conocimiento genera políticas sencillas, pero no necesariamente buenos resultados.

Parece importante involucrar más a la sociedad y ganarse su confianza por medio de una interacción continua y más personal, usando muchas plataformas y tecnologías distintas. No funciona que el conocimiento vaya cayendo desde lo alto (algo que hacen muchos científicos).

Cuando algunas áreas de la ciencia son polémicas, queda claro que los datos no son suficientes. Bombardear a las personas con más información acerca de estudios no es de utilidad. Podría ser mucho más importante observar cómo se propaga y se debate la información que aparece en ellos.

Aaron E. Carroll es profesor de pediatría en la Universidad de Indiana, escribe de Salud