La vida de los otros

Venezuela y Ecuador comparten mucho más que la xenofobia

Cuando los ecuatorianos discriminan a los venezolanos parecerían olvidarse de su historia migratoria
  • Xenofobia contra los venezolanos

    Fotografía de Nicola Romagna bajo licencia CC BY 2.0


UN CABLE A TIERRA EN UN PAÍS POLARIZADO

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Recién llegados a Quito desde Caracas, a Esther, mi esposa, la altura le pegó como un yunque. Según el Ministerio del Interior, entre 2012 y 2016 ingresaron 470 mil venezolanos al país. De ellos, al menos 38 mil no salió. La Asociación de Venezolanos en el Ecuador registra a 28 mil de mis compatriotas viviendo entre Quito, Guayaquil, Ibarra, Cuenca y Manta. Muchos de ellos con estudios de tercero y cuarto nivel. Muchos de ellos, al menos en Quito, donde me muevo por estos días, se han despojado de su orgullo y salen a trabajar todos los días a vender comida en los parques, hacer oficios y dejar hojas de vida en todas las partes que podamos, porque el sentido de supervivencia puede más que el afán de obtener un documento de nacionalidad. También, muchos de ellos, aún buscan su humildad, y se prestan para espectáculos sin sentido como los videos de las redes sociales que han destapado críticas, violencia xenófoba y, también, solidaridad. En esta experiencia nunca antes vivida para mí y mis compatriotas hay lecciones y reflexiones profundas, pero también las hay para los que viven en el Ecuador coterráneos de la tierra de mis antepasados maternos: hay más de donde podemos sostenernos que de donde detestarnos.

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Esto es muy nuevo para los venezolanos. Venezuela no estaba acostumbrada a emigrar. Eso no existía. Durante los años setenta y ochenta los venezolanos conocían otro tipo de migración: una gran cantidad (17 mil, entre 19874 y 1999) se benefició de la Beca Fundación Ayacucho, una iniciativa gubernamental que elegía a los mejores estudiantes para que culminaran sus estudios de tercer y cuarto nivel en universidades de Estados Unidos o Europa. Sin embargo, la mayoría de estos jóvenes regresaban al país para poner en práctica sus conocimientos.  Querían volver. Esa fue la mayor experiencia en emigración que se tuvo en el país hasta principios del siglo XXI.

Eso empezó a cambiar a inicios de los 2000. Al menos dos millones de venezolanos han emigrado en los últimos 17 años, según el profesor de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, y director del Laboratorio Internacional de Migraciones, Iván de La Vega. Estados Unidos y Europa son los destinos más solicitados. Sin embargo, los venezolanos también se han movido hacia el sur de nuestro continente. Gracias a las facilidades de idioma y movilidad migratoria, países como Colombia, Perú, Chile, Argentina y Ecuador se convirtieron en naciones receptoras.

Pero la migración por supervivencia es algo tristemente nuevo para Venezuela, aunque no para el Ecuador. La historia contemporánea ecuatoriana está marcada por el alto flujo migratorio: desde los años setenta, una corriente ininterrumpida fluyó del país en búsqueda de mejores oportunidades de vida, empleo y educación. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos del Ecuador (Inec) desde 1950, Estados Unidos, España, Italia y —paradoja viva— Venezuela fueron los países que más emigrantes ecuatorianos recibieron. Pero ahora, ese país que recibía migrantes de toda América, vive una crisis humanitaria que lanza en diáspora a su gente.

Y, a pesar de ello, aún hay en Venezuela más de 350 mil ecuatorianos viviendo en sus fronteras, según el Instituto Nacional de Estadísticas venezolano. La mayoría llegó a principios de los 80 y se establecieron en ciudades como Caracas y Maracaibo. Según una investigación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) titulada Ecuador, las Américas y el mundo 2010 al menos 6500 ecuatorianos seguían estableciéndose en la nación caribeña cada año. Venezuela y Ecuador comparten mucho más de lo que la xenofobia supurante que hemos atestiguado en redes sociales en estos días podría hacernos suponer.

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En el centro de Salud del barrio de la Vicentina, nos sorprendió mucho la atención: habíamos llegado hace cinco días desde Venezuela, y en este centro médico no había carteles de ‘no hay medicinas’ o ‘no hay atención por falta de médicos’ en ningún lado. Esther, nuestro pequeño hijo y yo somos parte de la creciente colonia venezolana en el Ecuador. La joven doctora que atendió a Esther fue muy amable y comprensiva. Le dijo que iba tardar al menos dos meses en adaptarse al clima de su nueva ciudad: Caracas está a menos de mil metros sobre el nivel del mar, así que el cambio de presión es considerable.

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Del mismo trabajo publicado por la Flacso en 2010, se despegan cifras sobre la percepción de los ecuatorianos acerca de las diferentes comunidades de inmigrantes que hacen vida en el país. En una encuesta realizada por los investigadores Beatriz Zepeda y Luis Verdesoto, se preguntó en diferentes provincias cuál era su opinión hacia los colombianos, peruanos, chinos, estadounidenses y europeos. Los colombianos se llevaron la peor parte con un 64,2% de opinión “mala” o “muy mala”. Seguidos por los peruanos con un 42,5%.

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En contraste los estadounidenses se llevaron un 55% de opinión “buena” o “muy buena” y los europeos un 53%. Para aquel entonces, los venezolanos no figuraban en la lista de percepción migratoria para el ecuatoriano. Pero desde 2014, en investigaciones en proceso, académicos de la Flacso han notado que tanto venezolanos como haitianos han desplazado a colombianos y peruanos en la percepción negativa de comunidades extranjeras que viven en Ecuador.

Mi abuela, nacida en Cuenca, siempre dice que nos encanta reconocernos en nuestros aspectos negativos. “Todo lo diferente nos parece maligno”. Por eso, cuando ella y mi madre —nacida en Quito— llegaron a Caracas a principios de los setenta, se enfrentaron con un bloque de xenofobia que fue difícil de romper. Algunos venezolanos tenían una tendencia a no aceptar lo que no hubiera nacido entre las playas de la isla de Margarita o los tepuyes del estado Bolívar. Más de un vez me tocó defender a mi madre de ignorantes que la llamaban “cotorra” o “india” -éste último en tono despectivo-. Pero si hay algo que te dan la educación, y la dignidad, es a ser valiente. A no juzgar a todo un país por sus frutas podridas. Luego de 40 años viviendo en Caracas, con una profesión y dos hijos tan venezolanos y ecuatorianos como la arepa y el caldo de bola verde, hemos aprendido que la ignorancia es una enfermedad mundial.

Esos mismos vicios se repiten con los personajes cambiando roles y trocando ubicaciones geográficas. Cuatro décadas después, algunas asociaciones de venezolanos en Ecuador como Chamos Ecuador, la Organización Civil Venezolanos en Ecuador y el Directorio de Venezolanos en Ecuador, han denunciado casos de despidos de venezolanos por parte de contratistas ecuatorianos sólo por el hecho de no ser de aquí. También, se han registrado casos de acoso a niñas y niños venezolanos en colegios de Quito, Cuenca e Ibarra por sus compañeros ecuatorianos. ¿El motivo? No ser de aquí.

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Es duro emigrar. Ser emigrante es como pasar un luto. Atraviesas diversos procesos en los que no aceptas tu nueva situación. En los que te sientes pájaro de mar por tierra y tratas de todas las maneras posibles en colocar tu nuevo ambiente al mismo nivel del que dejaste. Eso no pasa. Y cuando te das cuenta de la realidad, comienzas a trabajar, paso a paso, en una nueva identidad. En mejorar la que tenías, y tener en cuenta que una nueva tierra significa aprendizaje, conocimiento y herramientas para ser un mejor ser humano.

Y mientras continuemos echando leña al fuego a situaciones que nos hacen perder la humanidad, como la xenofobia, no aprenderemos a ser un mejor país. Venezuela, ha tenido que aprender de mala manera eso. Y los venezolanos que estamos aquí, en su mayoría, no queremos vivir con la angustia, la ansiedad o el temor de que algo nos pasará por no estar en nuestro país. Lo que queremos es adaptarnos lo mejor posible, contribuir, y por sobre todo, vivir y dejar vivir en paz.

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Para hacer que Esther se sienta más cómoda, más bienvenida, la doctora nos dijo que tenía familiares en Maracaibo, y que lamentaba mucho lo que pasaba allá.

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Le ordenó hacerse unos exámenes de laboratorio, y nos despidió con una sonrisa y un “buena suerte y mucho éxito”.  Un intercambio perfecto de la aldea global, una muestra de que, a pesar de que algunos no lo vean, Venezuela y Ecuador podrían compartir eso que algunos llaman la ciudadanía universal —una señal de que nos reconocemos en lo que compartimos, en nuestros pasados cruzados, y en el futuro que podemos construir juntos.

Jefferson Díaz
Reportero, y pichón de escritor —al menos, eso dice su mamá. Estudió Periodismo en la Universidad Santa María de Caracas. Escribe para el portal elestimulo.com, y se formó en medios venezolanos como el periódico Últimas Noticias, y el canal Web, Vivoplay.net.