En el prólogo de En agosto nos vemos, los hijos de Gabriel García Márquez —el director y guionista Rodrigo García Marcha y el diseñador gráfico Gonzalo García Barcha— escriben que, en algún punto de sus últimos años, su padre les dijo: “Este libro no sirve, hay que destruirlo”.

Pero no lo hicieron (sino este artículo no existiría).

Luego de dejar al texto descansar por un tiempo —al menos ocho años—, los herederos de la obra del Premio Nobel de Literatura de 1982, se acercaron a la Universidad de Texas —donde descansan todos los archivos de García Márquez— y releyeron lo que su padre había escrito. “En agosto nos vemos fue el fruto del último esfuerzo por seguir creando contra viento y marea”, escriben en el prólogo.

Y por lo que ellos y el editor, Cristóbal Pera, cuentan, pese al deterioro de su salud, García Márquez siguió trabajando. Corrigió, hizo varias versiones, publicó algunos capítulos como cuentos separados, dejó cosas ordenadas, hasta que no tocó más el manuscrito.

La memoria le estaba fallando. Se olvidaba de las cosas, de los nombres, de las personas. No hay mucha certeza de que ese pedido de destrucción haya sido consecuencia de su deterioro.

Gabriel García Márquez murió el 14 de abril de 2014, hace casi 10 años, en Ciudad de México. Tenía 87 cuando una neumonía lo mató y llevaba algún tiempo padeciendo de demencia. En su vejez, siguió escribiendo y en 2004 había publicado Memoria de mis putas tristes, un libro que vino con polémica incluida al contar una historia de amor entre un tipo de 90 años y una niña que ha sido forzada a la prostitución.

Pese a un título fenomenal, que esa sea la última novela publicada por García Márquez dejó un sabor de boca irregular a sus lectores.

Memoria de mis putas tristes siempre va a ser una novela menor. En muchos niveles. Tanto por la extensión, tema y estilo. Esto a pesar de tener un defensor de altura como lo es el Premio Nobel J.M. Coetzee, para quien esta novela destroza la división entre pasión erótica y pasión de veneración o de culto, como lo escribió en una reseña en el The New York Review of Books, en 2006. 

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En agosto nos vemos vendría a saldar una deuda porque de entrada es un mejor libro que el anterior de García Márquez.  Y aunque no tiene el sello final de su autor y su edición fue un proceso de revisar todas las versiones y apuntes que dejó el escritor colombiano, el libro es una especie de retorno a un lugar conocido.

Esa prosa que para cualquier lector latinoamericano es parte de su ADN, ese uso intenso de un verbo como “ensopar”, esa apuesta por un Caribe que siempre arde. No es la mejor obra de García Márquez, pero sí una buena adición a lo que es su bibliografía.

Tampoco es un libro perfecto.

La historia de Ana Magdalena Bach, que cada 16 de agosto viaja a una isla donde está enterrada su madre y tiene una aventura romántica con desconocidos, se mueve a través de un conflicto que es más interno y mínimo, pero con cierta contundencia: ella siendo otra persona o ella misma solo una vez al año, para volver a su vida diaria, llena de los problemas y dramas que siempre crecen.

Por eso, el desenlace es un ejercicio de obviedades, ya que la trama nos está llevando a eso.

En agosto nos vemos hay transiciones que no funcionan, momentos que no están del todo conectados y un final que se lee apresurado y a tropiezos. Sin embargo, es una novela que se deja leer y que tiene momentos preciosos. 

Aunque eso va a depender del lector que tenga el libro. Por ejemplo, al escritor chileno Álvaro Bisama no le ha parecido la gran cosa. En su texto García Márquez: otra novelita burguesa, publicado el 19 de marzo de 2024 en la Revista Santiago, escribe:

“Este es un libro que está a varios continentes de distancia de las obras más conocidas del novelista, lejos de cualquier arte mayor, y hace descansar su valor literario en su condición de reliquia. Por lo mismo, vale la pena quizás como anécdota, en tanto búsqueda final de ese talento perdido (…) En cualquier caso, nada de lo anterior es inesperado, pero está sepultado por una movida editorial, ya clásica a estas alturas, donde se rescata un manuscrito perdido para revivir, gracias a una respiración artificial que descansa en el prestigio y la fama del autor, por un rato a una obra canónica cuyas mejores virtudes conviven en el presente con las poses ridículas, el lugar común y la posibilidad del meme”. 

Rodrigo y Gonzalo García Barcha terminan el prólogo del libro así: “En un acto de traición, decidimos anteponer el placer de sus lectores a todas las demás consideraciones. Si ellos lo celebran, es posible que Gabo nos perdone. En eso confiamos”.

Los hijos no cumplieron la voluntad del padre y, a veces, dependiendo del caso, eso puede ser de beneficio.

Los libros póstumos de Julio Cortázar y de Roberto Bolaño

Existen más ejemplos de libros inéditos que algunos escritores dejaron por ahí guardados y que sus herederos permitieron su publicación. A veces para bien, muchas veces con un dudoso halo sobre lo ético de esta acción.

Al menos los hijos de García Márquez se hacen eco de este problema y lo reconocen. A veces hay herederos que simplemente no lo piensan o de plano lo ignoran.

Casi siempre, como lectores, no nos detenemos a darle vueltas a lo que sucede con estas obras póstumas, que solo queremos leer.

Dos de los casos más emblemáticos en literatura en español se centran en dos autores: Julio Cortázar y Roberto Bolaño.

Julio Cortázar y sus libros póstumos

Una buena parte de la obra que hoy se lee de Julio Cortázar es póstuma. Collage de Eduardo Varas para GK.

El argentino, autor de Rayuela (1963), falleció el 12 de febrero de 1984, a los 69 años. Fue su primera esposa, la traductora Aurora Bernárdez, con quien estuvo casado 15 años entre 1953 y 1968, la que se quedó con los derechos de sus obras, de acuerdo al testamento de Cortázar. Y ella se encargó de engrosar el catálogo del escritor con muchos más libros.

Bajo la perspectiva de Bernárdez se publicaron: El examen (1985), Divertimento (1986), Diario de Andrés Fava (1995), Imagen de John Keats (1996), Cartas (inicialmente tres volúmenes en el años 2000 y aumentados a 5 volúmenes en 2012), Papeles inesperados (textos inéditos publicados en 2009) y otros. 

No hay mucho drama detrás de esto. Las ediciones están bien cuidadas y para muchos lectores de Cortázar no se han construido dudas sobre la existencia de estos libros póstumos, que han entrado sin problema a la lista de los que este autor publicó en vida. Es más, han ayudado a comprender los procesos de Cortázar como escritor y las razones que lo llevaron a no publicar muchos de estos títulos en vida.

El malabar es también mantener la memoria viva. Aunque en otras ocasiones se da porque los descendientes y herederos de los derechos necesitan ingresos.

Como es el caso de Roberto Bolaño, que tenía 50 años cuando murió el 15 de julio de 2003 por un problema hepático. 

Bolaño llevaba cinco años trabajando en una obra que había titulada 2666 y la estaba escribiendo contra el tiempo, tomando en cuenta su estado de salud —llegaría a necesitar un trasplante de hígado que nunca llegó— y la desesperación por  dejar un futuro económicamente arreglado para sus hijos, Lautaro y Alexandra, todavía pequeños, en caso de morir. 

Dos semanas antes de su muerte, le entregó a su editor, Jorge Herralde, el manuscrito dividido en 5 partes, para que se iniciara el proceso de edición. El pedido del escritor era que cada una de las partes se publicara como libros independientes y así, conseguir algo más de dinero para los suyos.

Roberto Bolaño y 2666

2666 es la obra más monumental escrita por Roberto Bolaño y se publicó de manera póstuma. Collage por Eduardo Varas para GK.

Luego de su muerte, Herralde y su viuda y madre de sus hijos, Carolina López, decidieron incumplir la voluntad del escritor y publicar en un solo tomo monumental de más de 1000 páginas, las cinco partes de 2666. La movida de Carolina López fue magistral: esa publicación póstuma es considerada por una muy buena parte de la crítica especializada como una de las mejores novelas que se han publicado en lo que va del siglo.

En un lapso de siete meses, de octubre de 2004 a abril de 2005, la novela tenía ya seis ediciones y había vendido 30 mil ejemplares. Esto solo en la edición en español de la editorial Anagrama. 

Hasta el momento —y con un cambio de editorial en el medio, en 2016, de Anagrama a Alfaguara, por lo que se supone una cantidad que superó los 500 mil euros— se han publicado una decena de libros póstumos de Roberto Bolaño. En términos generales se podría considerar que son una manera de darle más ingresos al mercado editorial y a sus herederos; pero es más que eso.

Bolaño escribió y mucho.

Descartó varias cosas, guardó otras en libretas, en hojas mecanografiadas, en disquetes de computadoras. 

Recuperar estos títulos ha sido casi un trabajo de arqueología.

Algunos de sus libros póstumos, como El Tercer Reich y El espíritu de la ciencia-ficción, son novelas que había escrito muchos años antes y que es posible que él hubiera pensando en publicarlas, pero simplemente no se sabe qué pasó. Sin embargo, no dejan de ser obras necesarias para el lector de Bolaño porque siguen estableciendo un diálogo con anteriores trabajos y parecen ser historias que han servido como punto de partida para algunos libros que sí publicó en vida.

En el caso de Bolaño, hay fanáticos lectores que consumirían lo que sea que lleve su marca, y una mujer que ha sido capaz de mantener la maquinaria funcionando, gracias a un autor que, hasta en lo que él consideró que no debía publicarse, siguió siendo genial. 

Al final, el mercado gana. 

Otros casos reconocidos

Hay varios autores y autoras que hoy son considerados clásicos y cuya obra pudo ser realmente conocida y reconocida después de su muerte.  

El malabar aquí es mantener con vida la memoria y la genialidad de algunos nombres, gracias al trabajo y esfuerzo de otras personas.

Sylvia Plath y La Campana de Cristal

La campana de cristal es un libro que se publicó con el nombre real de su autora, Sylvia Plath, dos años después de su suicidio. Collage de Eduardo Varas para GK.

Por ejemplo, la gran mayoría de la obra de la poeta Sylvia Plath se ha publicado luego de su muerte, por suicidio, el 11 de febrero de 1963. Su libro Ariel se publicó en 1965, editado por su viudo Ted Hughes —quien se encargó de dejar algunos poemas afuera, los que regresaron una vez que se hizo una nueva versión del libro en 2004. 

Las colecciones de poesía de Plath han sido premiadas muchos años después de su muerte. En 1982 ella se convirtió en la primera poeta en recibir el Premio Pulitzer post mortem. 

Su gran libro, La campana de cristal —una novela sobre una mujer con una enfermedad mental, que muchos han emparentado con la propia Plath—  se publicó en 1963 con el seudónimo Victoria Lucas. Un mes después de esa publicación, Sylvia Plath acabaría con su vida.

John Kennedy Toole y la conjura de los necios

La conjura de los necios es la gran obra de John Kennedy Toole. Collage de Eduardo Varas para GK.

Otro caso que llama la atención es el de John Kennedy Toole, autor de una de las obras más relevantes del siglo XX: La conjura de los necios. Toole intentó publicar su novela durante mucho tiempo y casi llega a un acuerdo con los editores de Simon & Schuster, pero no terminó de cerrar el contrato.

La depresión —y para muchos su incapacidad de resistir el rechazo de su obra, aunque esto sea ya parte de la leyenda— lo llevó a quitarse la vida el 26 de marzo de 1969, cuando apenas tenía 31 años. 

El tiempo pasó y su madre, Thelma Ducoing Toole, encontró el manuscrito de su hijo y decidió que debía ser publicado. Se demoró muchísimo tiempo, pero lo consiguió y La conjura de los necios ganó el premio Pulitzer a mejor novela publicada en 1981. La historia de su hijo John, sobre uno de esos personajes estrafalarios, indispensables para la literatura universal, como lo es Ignatius J. Reilly, logró dar en el punto 11 años después de su muerte.

A veces, ese malabar es hacer que el tiempo pase y que la obra encuentre a su público.

Otras ocasiones solo se trata de traicionar los deseos de un autor en particular.

Y quizás el más impresionante de estos casos sea el de Franz Kafka. 

Franz Kafka y El proceso

Muchas de las obras importantes de Franz Kafka se han publicado después de su muerte. Collage de Eduardo Varas para GK.

El escritor checo, fundamental nombre para la literatura del siglo XX y en adelante, publicó casi nada en vida. Cuatro libros y algunos textos desperdigados por ahí. Pensaba que lo que escribía no valía la pena, que era poco importante, textos malos, mediocridad literaria.

Por eso, al fallecer por tuberculosis el 3 de junio de 1924, en Austria, y cuando su gran amigo Max Brod visitó su casa para ordenar sus cosas, no se sorprendió al encontrar una carta custodiando todos sus escritos. Decía: “Mi última petición. Todo lo que dejo atrás (…) en forma de cuadernos, manuscritos, cartas, borradores, etcétera, deberá incinerarse sin leerse y hasta la última página”.

Max Brod, como los hijos de Gabo, no le hizo caso. 

Gracias a esa traición, obras como El proceso, El castillo, América —también llamada El desaparecido— pudieron ver la luz; así como varias de sus cartas y relatos. El trabajo de Brod fue devolver a la vida a su amigo y ayudar al mundo a reconocer la calidad de sus obras.

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Eduardo Varas
Periodista y escritor. Autor de dos libros de cuentos y de dos novelas. Uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina según la FIL de Guadalajara. En 2021 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, que entrega la FIL de Guayaquil.
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