Hay que darle cierto crédito a Phoebe Plummer y Anna Holland, las jóvenes activistas de Just Stop Oil. El viernes de la semana pasada lanzaron sopa de tomate al cuadro Los girasoles de Vincent Van Gogh, en Londres, en ¿protesta? contra el extractivismo y lograron, al menos, empezar una conversación: tras arremeter contra la obra del artista decimonónico, interpelaron a su confundida audiencia con preguntas sobre el valor de la vida y el arte. 

“¿Qué vale más, el arte o la vida?”, vociferaron poco antes de ser apresadas

Su performance logró escandalizar las redes sociales. Activó la ya manida disputa de bandos que en su momento han activado también la salida del morboso zorrillo Pepe Le Peu de la franquicia de los Looney Tunes o el golpe de Will Smith a Chris Rock

Es decir, lanzaron sopa a una obra de arte e hicieron preguntas a gritos para generar lo que genera toda polémica mediática. 

Las activistas consiguieron algo muy básico y fácil en nuestros tiempos: un debate polarizado entre quienes apoyaron la acción y quiénes no, cháchara y ruido. 

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Aparte de eso, no hubo mayor convocatoria, ni dirección, ni propuestas. Tu cualquier martes en redes sociales; un post con suerte en TikTok. Y ya. 

No es suficiente generar conversación. En estos tiempos la performatividad es especialmente engañosa y perezosa. 

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Al igual que los gestos vacíos de los duelos viralizados (como cambiar tu foto de perfil por una causa), o la superficialidad de los intercambios en Twitter, el performance de Plummer y Holland obedece a un imperativo narcisista: se ve a sí misma y nada más. 

Son gestos que priorizan el golpe de efecto por sobre la estrategia, el llamado o la advertencia. Así logra exactamente lo contrario de lo que supuestamente representa. Confunde y polariza.  

Los activismos narcisistas son, por eso, el peor enemigo de la protesta social. Para ellos lo importante es el berrinche, no sus efectos; los intestinos, no la cabeza. Ni siquiera les concierne el mensaje, ya que, como vemos, no reparan en el rechazo que generan. 

Ese tipo de “protesta” –las comillas son importantes– han sido la cruz de muchos movimientos sociales organizados y exitosos. 

En algunos casos, son el dolor de cabeza de organizadores sociales, precisamente por la ambivalencia de su mensaje y la volatilidad de su efecto. 

El hecho mismo de que se ataque a los “activismos” en general por el performance de las dos, o que deba defenderse la causa en contra del cambio climático, es evidencia del fracaso de esta acción en particular. 

El cambio climático es real y urgente; el ecologismo por eso debe apelar al público, ganarse simpatizantes, persuadir. No alienar ni distanciar a la opinión pública. 

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Hay muchos ejemplos de esa comunicación efectiva. Las acciones dilema, por ejemplo, son tácticas de movilización que ponen “en jaque” al enemigo de la causa. 

Ganan o ganan: un ejemplo clásico que se ha utilizado es la desobediencia civil, que pone en evidencia la violencia del Estado al mostrar cómo un manifestante es agredido, simplemente, por no obedecer. 

La acción no está aislada, sino que hace parte de un plan que le agrega apoyo, vitalidad y energía a la causa. 

Esto puede hacerse mermando el mensaje de adversarios o validando las premisas que movilizan un movimiento. En la lucha en contra del Apartheid, en Sudáfrica, por ejemplo, una de las estrategias más efectivas fueron los boycotts económicos. 

En 1985, en Puerto Elizabeth, el Frente Democrático Unido, organizó un boicot total de los negocios que eran propiedad de gente blanca. 

Había un mensaje clarísimo –no críptico ni sujeto a interpretaciones académicas: demostrar que ningún negocio podía operar sin el consumo de los ciudadanos negros, que entonces conformaba el 47% del poder de compra nacional. 

Apelaban así a la conciencia de la gente que estaba con ellos (la gente que ya estaba en contra del Apartheid) y convencían de forma concreta y medible a quiénes se les oponían. Con el tiempo, los propietarios blancos que defendían el Apartheid empezaron a presionar al gobierno para escuchar las demandas de los organizadores. El gobierno tuvo que declarar dos estados de emergencias para intentar aplacar a los organizadores del boycott. 

Al mostrarse violento frente a gente que no era culpable de otra cosa que de no comprar, la opinión pública e internacional empezó a dar un giro hasta que en 1986 el gobierno por primera vez aceptó iniciar negociaciones. 

Colaborando con organizadores de base en México, hace años, un organizador anti-minero me dijo: “nuestro mensaje debe ser más claro que cualquier propaganda. No es danza interpretativa, es política”. La ambivalencia es, en este caso, un privilegio y un berrinche. 

El mensaje de Plummer y Holland no es claro. Su contenido y mensaje final requiere de varias vueltas interpretativas para aterrizar: ¿Por qué la sopa? ¿Por qué Van Gogh? ¿Pensaron un poco en cómo sería percibida la acción? 

Tiene más de tesis de escuela de artes que de acción protesta, porque más allá de si nosotros o “los entendidos” entendieron la crítica que se hace sobre el arte, los museos, el valor de las cosas, el efecto final muestra a dos mujeres blancas profanando la historia. 

Ese es el titular. Y así no se gana adeptos sino enemigos. 

La frase “esas no son las formas” se ha convertido en un chiste por la frecuencia con la que es utilizada por la derecha para deslegitimar la protesta social. Es ya una caricatura. 

“Esas no son las formas” por eso sirve también de respuesta sarcástica para refutar cualquier observación a cualquier protesta. Pero lo de Plummer y Holland no fue protesta social. 

Así como hay tácticas efectivas de protesta, hay acciones contraproducentes, berrinchudas, ingenuas. 

Si nos importa combatir el cambio climático, hay que asumir la causa con responsabilidad, estrategia y cuidado. Un “¿qué?” es insuficiente sin un “¿cómo?”. No basta con que coincidamos. No hay nada más fácil que compartir buenas intenciones. 

Lo difícil es crear soluciones, convocar apoyo y coaliciones, presionar desde abajo. Eso toma tiempo, dedicación y responsabilidad. Tampoco basta con “conversar” o “generar conversación”. Plummer y Holland podrían aprender de movimientos sociales exitosos, pacientes y estratégicos. Lo último que necesita el planeta son los 15 minutos de fama de un par de narcisistas. 

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Iván Ulchur-Rota
(Ecuador, 1988). Escribe para medios de aquí y de allá sobre viajes, política, barrios y cultura popular. Mientras termina una maestría en Antropología Visual, también juega con publicidad, educación y rutinas humorísticas sobre sus medias chullas.
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