Unas quinientas personas están dispersas por la plaza de Santo Domingo, en el centro histórico de Quito. Sus piedras, marcadas y numeradas por la taxonomía de los historiadores y los guardianes del patrimonio, son pisadas, una vez más, por manifestantes que protestan contra un gobierno ecuatoriano. A unos pocos cientos de metros, flanqueando la Plaza de la Independencia, está el palacio de Carondelet, donde tiene su sede el a veces autoritario, a veces endeble, siempre populista, poder ejecutivo del Estado ecuatoriano. Son las cinco y media de la tarde del martes 26 de octubre de 2021.
Como siempre, en la protesta convergen personajes antagonistas. Por un lado, están los policías antidisturbios, montados sobre portentosos caballos, siempre al borde de los excesos. De otro lado, bajo banderas azules, hacen el recorrido en pacífica protesta los militantes del recientemente formado partido Somos agua, fundado por el ex candidato presidencial del movimiento Pachakutik, Yaku Pérez. Otras organizaciones sociales, como profesores y trabajadores, hacen también parte de la marcha pacífica. En otra esquina, un puñado de encapuchados hace violencia: lanzan piedras y palos detrás de una de las vallas con que se ha acercado el acceso al palacio presidencial.
Pasadas las 5:30 de la tarde, suena una detonación. El aire empieza a picar y el humo blanco del gas lacrimógeno empieza a levantarse del piso donde han caído las bombas que lanzan el C10H5ClN2, conocido como Gas CS, que aturde, ciega y reprime.
Los manifestantes más violentos logran levantar una de las rejas de protección. Un líder grita destemplado al lado del monumento a Santo Domingo. Le habla a un grupo de manifestantes. “No caigan en la provocación, no caigan en la provocación”, pero no todos lo escucha. Todo el mundo aquí llegó ya con una idea clara: unos quieren protestar en paz, otros, que están a unos 300 metros, vinieron para adorar al dios del caos.
La policía también parece tener órdenes claras. Observa y solo interviene en momentos puntuales. Como cuando la valla finalmente es levantada por los manifestantes. Llega y los repele con gas lacrimógeno. También cada tanto avanzan en grupos de cinco caballos que alejan a algunos de los manifestantes.
Los encapuchados arengan y se agrupan. Lanza piedras. Otros, más atrás,aprovechan la lluvia pétrea para correr hacia los policías. Luego, todos corren huyendo del gas luego de haber lanzado piedras que han picado del histórico piso de la plaza con un pedazo de reja de una alcantarilla que han sacado de su sitio —no hay miramientos patrimoniales: para quienes no ven un futuro, el pasado importa poco.
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Un cuarto para las seis de la tarde, vuelven a tronar las trompas rígidas de las escopetas que lanzan el gas. Lo digieren los manifestantes pacíficos, los encapuchados y los periodistas, siempre enredados en estos trances. Las piedras de la plaza, la mayoría al menos, quedan en su sitio. Luego de las corridas, cuando el aire se limpia del gas que hace arder los ojos, la garganta, la cara, la plaza queda vacía. Sus cuatro esquinas están custodiadas por policías. Dos cuadras más allá, un manifestante sentado en una vereda es atendido por voluntarios de primeros auxilios que le cosen dos puntos justo sobre la ceja derecha. Un amigo suyo dice que está bien, que la herida está controlada.
En todas las calles cercanas a la plaza, los manifestantes se dispersan. Ya no llevan palos, solo carteles. Hay restos de piedras en las calles. Y decenas de policías de negro bloqueando algunos pasos. Unos van caminando, otros a caballo y otros en moto. Preguntamos por dónde salir y un policía nos responde “vaya por allá, ya no hay manifestantes”. Mañana será otro día.





