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Betty Tumaille ríe y choca el puño izquierdo con todos los vecinos con los que se encuentra. “Vecina, ¿cómo está?”, “Vea, veci, avíseme cuando tenga tiempito para conversar”, le dicen mientras intercambian el saludo bioseguro que, por la pandemia del covid-19, ha reemplazado a los abrazos. Ella avanza por Nueva Aurora, uno de los 187 barrios de la parroquia Guamaní, en el sur de Quito. En cada esquina, cuenta una historia del barrio que la acogió hace 27 años. Betty Tumaille no solo es la secretaria de la directiva del Comité ProMejoras 24 de junio sino una de sus lideresas más importantes. Ella ha sido una de las artífices de que el barrio se organice para combatir el crimen que, cada vez con más fuerza, golpea a su barrio. 

Durante más de dos décadas, Betty Tumaille ha luchado por mejorar las condiciones de su comunidad y ahora —en plena pandemia— su foco es aún más complejo: combatir la inseguridad en una ciudad que vive con miedo a la delincuencia. El 84% de quiteños opina que su ciudad no es segura, de acuerdo con la encuesta de percepción ciudadana hecha por la iniciativa Quito Cómo Vamos

El informe revela además que los habitantes de ocho de las nueve administraciones zonales que componen la capital ecuatoriana piensan que el principal problema local son la inseguridad y la delincuencia común que, lejos de reducir sus niveles, ha despuntado. El Servicio Integrado de Seguridad ECU 9-1-1 lo ratifica: entre enero y agosto de 2021 ha recibido 5.280 llamadas de emergencias por robo a personas: un promedio de 21 al día en Quito. Sin embargo, en barrios como el de Betty Tumaille, una comunidad que ha creado su propio sistema de seguridad, esas cifras parecen conservadoras. 

“Lo que no hacen las autoridades, lo hacemos nosotros”, afirma Betty Tumaille, una mujer de casi 60 años, mientras abre el portón negro de la casa comunitaria de Nueva Aurora. Guamaní, la parroquia a la que pertenece el barrio, es una de las cinco que, junto a La Ecuatoriana, Chillogallo, Quitumbe y Turubamba, conforman la Administración Zonal de Quitumbe, una entidad que, entre sus objetivos, fija la  “planificación del desarrollo integral y garantizar la participación y seguridad ciudadana”. En Quito, hay ocho administraciones más: La Delicia, Eugenio Espejo, Calderón, Los Chillos, Tumbaco, Eloy Alfaro, Manuela Sáenz y La Mariscal. 

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El crecimiento de la inseguridad en Quito no es un secreto para las autoridades. César Díaz, secretario de seguridad municipal, dice que se trata de un “problema estructural” que la secretaría ha intentado abordar desde tres ejes de acción: situacional, comunitario y social. Para los vecinos de la Nueva Aurora, que viven el día a día, no es suficiente. 

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Son las 8 y 45 de una fría mañana de septiembre de 2021 y un ir y venir de personas entran, salen y vuelven a la casa comunitaria, una estructura amarilla y roja, con una sala de reuniones amplia y bien mantenida por el cuidado del barrio. Unas llegan, otras se van y luego regresan con el paso de las horas. Son más de 50 las que se mantienen activas a diario pero, con el inicio de clases, se organizaron desde la noche anterior para recibirnos y mostrarnos la zona. “La mayoría somos mujeres”, dice Betty Tumaille enorgulleciéndose. No todas pudieron llegar. “Tienen sus puestos en los mercados y deben atenderlos, los niños están en clases, pero aquí siempre hemos sido más mujeres, ¿no?”, pregunta. Guillermo Pilamunga, su compañero, asiente y sonríe. 

Él llegó hace 12 años a Nueva Aurora y ahora es parte de las Organizaciones Sociales de los Barrios del Sur (Cosbasur), una coalición de 32 colectivos que se encargan de recoger los pedidos de los vecinos de cada barrio y socializarlos en asamblea. Lleva un cuaderno pequeño de líneas, cosido, en el que ha escrito una lista de los periodistas que han visitado a la comunidad para que su voz de reclamo tenga eco ante las autoridades. El más fuerte, dice Guillermo, es su lucha contra la inseguridad que no es nueva:  llevan más de siete años reclamando más presencia policial y planes de prevención

La pandemia del covid-19 intensificó aún más los problemas de seguridad en Nueva Aurora. El 13 junio de 2021, dos policías que hacían un patrullaje de rutina fueron baleados por dos hombres en motocicletas. Uno de ellos, el sargento primero Jorge Chiliguano, no sobrevivió. Su compañero, en cambio, recibió un disparo en la cabeza y sigue recuperándose. 

Cuatro días después, los vecinos se tomaron la calle para, liderados por 33 dirigentes, pedir paz para su barrio. Llevaban globos blancos, listones negros, antorchas, carteles y consignias. “¡Queremos paz, queremos paz!”, gritaron frente a la Unidad de Policía Comunitaria (UPC) de Nueva Aurora. 

un barrio de Quito

Betty Tumaille y Guillermo Pilamunga, vecinos del barrio Nueva Aurora que luchan contra la inseguridad. Fotografía de Ana Cristina Rea para GK.

Ahí estuvieron Betty Tumaille y Guillermo Pilamunga. Ellos dicen que son varios los nudos críticos que necesitan desatarse para darle seguridad a su comunidad. El primero, explican, es el crecimiento desmedido del comercio autónomo en la pandemia del coronavirus en la calle general Julio Andrade, una de las vías más concurridas no solo del barrio, sino del sur de Quito. Su pedido es claro, dice Betty Tumaille: no quieren que a los comerciantes les impidan el paso con vallas —una medida ya aplicada que no sirvió de mucho— y los dejen sin trabajo, sino que sean reubicados en mercados y ferias libres. 

Para César Díaz, secretario de Seguridad de Quito, son varios los factores que han incidido en el crecimiento de la delincuencia en la capital y uno de ellos precisamente tiene que ver con el empobrecimiento de las comunidades debido a la pandemia por el covid-19. Cientos de personas perdieron su trabajo por la crisis económica y han tenido que salir a las calles para ejercer el comercio autónomo como única vía de sobrevivencia. 

Díaz informa que han realizado 385 453 disuasiones de ventas ambulantes y que han identificado casos en los que personas, que se hacen pasar por comerciantes, se mantienen en el espacio público para impulsar el microtráfico en diferentes zonas. También, cuenta, han desmantelado centros de acopio de artículos robados que están ubicados en un punto fijo del espacio público. “Hemos intentado dar facilidades para que los comerciantes autónomos ingresen a diferentes mercados, ferias y plataformas. El Municipio tiene 54, ¿sabe cuántos puestos libres hay? son 650 los puestos vacantes en el Distrito”, responde Díaz. En las calles, sin embargo, el comercio autónomo y la pobreza parecen dispararse como pólvora sin una solución integral. 

Guillermo Pilamunga dice que el microtráfico de drogas no solo ha hecho que aumente la delincuencia, sino que ha traído consigo otros problemas como la prostitución en las calles, la presencia de más libadores en los espacios públicos y los asaltos en las 51 calles que componen el barrio. A eso se suma la falta de presencia policial en Nueva Aurora. “Cuando nosotros hemos hecho las denuncias por teléfono, los agentes nos dicen: ‘no podemos estar en todos los auxilios’.  Se demoran y no abastecen”, dice Betty.

En Quito solamente hay 280 UPC desplegados a lo largo de la capital, que se convirtió en la ciudad más poblada del Ecuador con 2781641 habitantes, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos. 31 están en la Administración Zonal Quitumbe, que abarca a la parroquia de Guamaní, donde viven 424748 personas, según la Policía Nacional. En promedio, existiría una unidad por cada 13.701 quiteños, aunque el Ministerio de Gobierno respondió en un pedido de información que la asignación de agentes no se realiza con base en una métrica específica, sino que se fija por subcircuito —una unidad básica territorial del servicio policial que comprende un kilómetro cuadrado por cada 5000 o 10.000 habitantes. 

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Son 22 los policías que deben trabajar en equipo en cada UPC que rota en tres turnos: mañana, tarde y noche, según información del Ministerio. Su servicio, sin embargo, no es suficiente, pese a que su personal está de guardia 24 horas. 

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En la unidad vigila en Nueva Aurora, la teniente Mayra Sánchez, jefa de control del circuito, dice que en su turno, por ejemplo, su equipo lo conforman ella, una agente de atención ciudadana, un patrullero y dos motorizados. “No es que no tengamos la voluntad de colaborar, pero también tenemos que ver que no contamos con los patrulleros necesarios para poder brindar una mejor seguridad, aún así, trabajamos con lo que tenemos”, se lamenta. 

un barrio de quito

Betty y su compañero, Guillermo, en diálogo con personal de la Unidad de Policía Comunitaria que vigila a Nueva Aurora. Fotografía de Ana Cristina Rea para GK.

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Betty Tumaille dice que han vivido frustrados durante años. “Nos han llamado tantas veces a mesas de trabajo con autoridades para supuestamente mejorar la seguridad, pero luego no han hecho nada”, explica, indignada. Entonces, dice, había que idear un sistema comunitario que resista frente al abandono.

Cada estrategia para mejorar la seguridad en Nueva Aurora fue aprobada en consenso en una las reuniones que el barrio mantiene cada siete días. Varias fueron declaradas secretas y otras están al descubierto, como el sistema de alarmas comunitarias que funciona desde 2018. 

Son 16. El mecanismo para activarlas es simple: se presiona un botón que enciende el sistema. Los vecinos, además, envían la alerta a través del chat comunitario que tienen en WhatsApp para que se dé aviso a la Policía Nacional. “Así sabemos y salimos a las calles para ver qué está pasando o si alguien hirió a algunos de nuestros compañeros”, explica Betty Tumaille. Dice que, además, existe un sistema de alarmas personales en el interior de sus casas, conectado al comunitario. “Yo, por ejemplo, tengo dos pulsadores y así activo las dos. Eso depende de cada persona, no es obligatorio. Lo hacemos quienes podemos (pagarlo), para fortalecer la seguridad de alguna manera”, cuenta.  

Desde 2018, los barrios de Guamaní también se declararon en vigilia permanente para observar lo que ocurre en sus calles. Lo hacen cada fin de semana en tres horarios: mañana, tarde y noche. Los turnos son planificados y acordados entre los vecinos para que cada grupo pueda descansar y activarse nuevamente en zonas estratégicas como licorerías e inmuebles que, según la comunidad, funcionan como prostíbulos. 

Vigilan desde las casas más altas, a veces en las terrazas y en espacios donde exista mayor visibilidad. “Pero es cansadísimo, porque todo el día tenemos que estar pendientes”, lamenta  Betty Tumaille. “Cuando damos la alerta, los agentes llegan 30 minutos después. Eso no ha dejado de preocuparnos”, dice. También existen otras estrategias que ella y sus compañeros prefieren no mencionar: “decidimos no decirlas públicamente porque es lo que hemos ideado como barrios y no queremos exponernos. Estamos cansados, nunca nos hemos sentido escuchados”, dice la dirigente de Nueva Aurora.   

Aunque reconoce el liderazgo barrial, el secretario César Díaz dice que, en cambio, los sistemas de alarma implementados por las organizaciones no son “efectivos”, porque no están interconectados al ECU 9-1-1 como los que son instalados por el Municipio, pero que, además, pueden detonar en episodios de violencia, como linchamientos. 1.237 sistemas de alarmas comunitarias han sido instalados en barrios quiteños por el Municipio como parte del eje de prevención situacional, indica Díaz. Nueva Aurora no es uno de los favorecidos, increpa Betty, y han encontrado en la inversión en alarmas una alternativa para poder protegerse.

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A pesar de que se han organizado, en su barrio crece la preocupación —sobre todo, por la seguridad de las mujeres, niñas y adolescentes. Es un temor latente: el 47,7% de las quiteñas que caminan por las calles y vías de la ciudad tienen temor a ser acosadas sexualmente, según la Encuesta de Percepción de Quito Cómo Vamos. “Las mujeres hemos sido más vulnerables y debemos protegernos entre nosotras. Siento que por eso somos las mujeres quienes hemos estado siempre presentes en esta lucha”, dice Betty. Hay un grupo de lideresas que ha sido ejemplo: las matriarcas de los mercados que, así como han logrado que su voz se escuche en sus espacios laborales, lo han hecho en su barrio. 

Betty Tumaille llegó a Quito hace 27 años, cuando las calles de Nueva Aurora aún eran de tierra y el agua, la energía eléctrica y el alcantarillado aún no llegaban al barrio. Ahí, en el extremo sur de la capital, compró un terreno, asentó su hogar y crió a sus tres hijas. A ellas también les importa la seguridad de la zona y respetan el recorrido de su madre en la organización del barrio. Por ellas, asegura Betty Tumaille, también ha mantenido su “batalla”. 

La organización en barrios como Nueva Aurora, históricamente, es un proceso sostenido principalmente por las lideresas. Durante cientos de años las mujeres han cargado no solo con el peso de las tareas y cuidados del hogar, sino con la violencia ejercida sobre sus vidas. María Amelia Viteri, antropóloga experta en género y docente de la Universidad San Francisco de Quito, dice que esa vulnerabilidad impulsa a las mujeres a organizarse. Pero no como una elección, sino como “una herramienta de sobrevivencia” que, aunque las vuelve más recursivas, también las pone en otras precariedades. 

Las redes de apoyo, de seguridad y de protección fortalecen a la organización y a la comunidad, sobre todo, en zonas periféricas, como Nueva Aurora, que está a 15 minutos del límite entre Quito y Mejía, su cantón vecino. “Si el Estado no cumple con su trabajo, ¿qué es lo que puedo hacer para sobrevivir? te preguntas. Pues queda tu comunidad, la posibilidad de crear nuevas formas de participación”, explica Viteri.

un barrio de Quito

Betty no se cansa. Desde hace 27 años es una de las mujeres que lidera la organización barrial en Nueva Aurora. Fotografía de Ana Cristina Rea para GK.

El secretario Díaz afirma que, para promover el vínculo entre el Municipio y los barrios, han implementado Comités de Seguridad conformados por siete personas: “son actores comunitarios, personas del barrio o los propios representantes electos”, dice. Son 162 los que se han instalado en la ciudad, pese a que Quito concentra 1.269 barrios. Betty, por su parte, afirma que ellos tienen su propio Comité en Nueva Aurora, aunque han preferido no mantener lazos con autoridades municipales por la falta de respuestas. 

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Betty Tumaille se siente frustrada, a veces no duerme lo suficiente, pero no se cansa. Aún así, cree que es hora de rostros nuevos en la organización de Nueva Aurora. Pone sus ojos en Freddy Castillo, un joven sociólogo de 27 años que se ha sumado a la organización. 

¿Qué ha significado mantener una lucha de 27 años en su barrio?, le pregunto a Betty, frente a sus vecinos. 

Ella no duda. Abraza a una de sus compañeras y asegura que la unión del barrio no solo ha logrado que la comunidad se desarrolle, sino que también se convierta en familia. “Hemos dado nuestro tiempo y nuestro esfuerzo para que este barrio camine. Estamos aquí porque queremos, porque nos importa. Somos amigos, nos apoyamos, ‘arrimamos el hombro’ cuando se necesita”, dice, con firmeza. 

Freddy Castillo la escucha y asiente. Él acompañó nuestro recorrido por las calles de Nueva Aurora, así como lo ha hecho en cada movilización pacífica que su barrio ha impulsado. Él, como profesional y habitante del barrio, piensa que tanto la delincuencia como la inseguridad son un efecto del abandono estatal. “No hay salud, no hay educación, no hay trabajo. El crimen organizado se hace con los territorios. Las autoridades deben entender que las sociedades no están legitimando ningún tipo de delincuencia y van a actuar si no intervienen”, explica.

Su pensamiento también parece marcar un cambio de paradigma en la organización barrial de la ciudad. Él plantea, por ejemplo, la importancia de que las comunidades reciban capacitaciones de Derechos Humanos para evitar enfrentamientos y linchamientos. También propone el fortalecimiento de vecinos comprometidos por el bienestar colectivo. Todo esfuerzo para combatir la violencia no solo en su barrio, sino en cada recodo de una ciudad harta del miedo.