María Alejandra Muñoz, la cuarta vicepresidenta de Ecuador en el período de Lenín Moreno y cuya labor ni ha sonado ni ha tronado desde su posesión en julio de 2020, hoy es noticia porque se va de viaje.

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El comunicado dice que hará una gira por Europa, desde el 5 de noviembre; que visitará España, Italia, los Países Bajos y, por supuesto, El Vaticano. Aclara que será recibida por el Papa Francisco y “estrecharán los lazos de colaboración”. Dice también que se ocupará de “aligerar la carga de enfermedades pediátricas catastróficas” y en lenguaje burocrático, plantea una serie de posibilidades que, en teoría, deberían estar a cargo de las misiones diplomáticas de Ecuador en esos países: convenios de cooperación, acercamiento entre Estados y análisis de la situación post pandemia. Pero no. Tiene que ir personalmente. 

La Vicepresidenta que era poco conocida antes de asumir ese cargo, ha reconocido su fe católica como parte fundamental de su vida.  Uno de los primeros eventos en los que participó tras posesionarse  y que se hizo viral en redes sociales, fue justamente un discurso en la Iglesia Los Ceibos, en Guayaquil, a la que acude todas las semanas. Las dudas sobre cómo sus creencias personales podrían, eventualmente, interferir en sus funciones públicas aparecieron entonces. Quizás este viaje es la respuesta. 

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A Europa se irá con dos funcionarias más, según la información entregada por Isabel Vélez, de comunicación de la Vicepresidencia. La primera es la secretaria general de la institución y la segunda, “su cabeza del eje de Salud Pública para la Niñez, quien es la encargada de alinear los puntos de los convenios”, dijo Vélez. La misma funcionaria confirmó que la familia de la Vicepresidenta Muñoz la acompañará “por cuenta de gastos propios” a la audiencia en El Vaticano. Sobre el presupuesto destinado para este viaje. “Al regreso se informará del viaje, y la austeridad del mismo quedará registrada en el presupuesto de la Vicepresidencia”, dijo Vélez. 

En un país tan golpeado por la crisis económica como el Ecuador, las prioridades de la Vicepresidenta parecen trastocadas. Por más austero que sea su viaje, ¿es realmente necesario o responde a un anhelo personal? ¿Qué tan ético es aprovechar —u organizar— una visita oficial, financiada con fondos públicos, para que una funcionaria visite al Papa? Si Muñoz no fuese Vicepresidenta, el Papa no la recibiría y, por lo tanto, a su familia tampoco. Por menos —el uso de una avioneta policial para un traslado en feriado— se intentó llevar a juicio a María Paula Romo, ministra de Gobierno. 

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El viaje se hace, además, en una aparente desconexión absoluta de las prioridades en el país. Una funcionaria de un gobierno que ha tardado en hacer pagos a médicos y maestros y que ha despedido cientos de funcionarios, decide que es el momento adecuado para irse de gira por Europa. ¿En serio es impostergable? ¿En serio solo viajando puede ocuparse de mejorar las condiciones de los niños? ¿En serio está dispuesta a abandonar la inocuidad de su presencia en este gobierno para convertirse en esa funcionaria que prioriza sus deseos por sobre sus obligaciones?


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También parece desconectada con el contexto que vive ese continente, en donde varios países han tenido que volver a tomar medidas de control ante un nuevo aumento de casos de covid-19. 

Pero eso también parece menor. La Vicepresidenta sabe que le quedan pocos meses en funciones —si es que ella rompe el récord de los tres vicepresidentes anteriores y logra terminar el encargo. Quizás no tenga otra oportunidad para visitar al Papa. Las formas, hacerlo en medio de una pandemia, desconocer las prioridades que tiene el país y anunciarlo sin despeinarse, son lo de menos. Del fondo ni hablemos. 

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El resultado: los ciudadanos seguimos auspiciando los caprichos de los funcionarios públicos y lo hacemos con mayor o menor grado de tolerancia. Si la funcionaria en cuestión nos simpatiza, quizás nos callemos. Cometeremos entonces el error de aceptar lo inaceptable: que una funcionaria crea que su cargo sirve para cumplir aquellos anhelos que sin él, serían simples sueños. Y que lo miremos con impavidez, con indiferencia o con complicidad porque, al comparar con la salida de Jorge Glas, en medio de un juicio por asociación ilícita o de Alejandra Vicuña, por presuntos actos de corrupción, una visita al Papa parece inocua. Y no, no lo es. La tolerancia que tengamos los ciudadanos frente a este tipo de actos cuestionables, por su forma y fondo, determinará la calidad de representantes que tengamos a partir de mayo de 2021.