Si la ciencia lleva meses sumida en una carrera por encontrar la cura al coronavirus, las redes sociales también sostienen su propia búsqueda desde que empezó la pandemia, aunque sin avales ni garantías. Semana tras semana, circulan en internet nuevos “tratamientos” que prometen una cura veloz y accesible al COVID-19. Y, así tan fácil como es dar Me Gusta a un post de Facebook, miles de personas creen en ellos.

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Una de las más recientes “soluciones” en cuestión es el dióxido de cloro (CDS), sustancia que según sus defensores previene y cura el COVID-19. El principal argumento a favor del uso del CDS es que libera oxígeno dentro del cuerpo de la persona que lo consume. Una cualidad indiscutiblemente atractiva cuando el mundo entero lucha contra un virus que asfixia. En países de América Latina, donde no hay suficiente medicina y los precios son inaccesibles para millones de personas, estas “alternativas” reúnen seguidores con facilidad. En Perú, un grupo de manifestantes realizó una protesta en las calles a favor de las “bondades” del dióxido de cloro. En Bolivia, hay tantas figuras públicas recomendándolo que el Ministerio de Salud ha decidido enjuiciar a quienes promuevan el CDS. La razón es la misma de siempre: no hay argumento científico que respalde este producto. Por el contrario, diversas instituciones advierten sobre sus riesgos, que pueden ir desde diarreas y vómitos hasta insuficiencia hepática aguda.

Pero algo sí está comprobado: el SARS-CoV-2 reduce los niveles de oxígeno en el organismo. De hecho, es una característica que ha sorprendido a más de un médico: “pacientes infectados con niveles extraordinariamente bajos de oxígeno en la sangre (hipoxia) usan sus teléfonos, conversan con los médicos y, en general, dicen sentirse ‘cómodos’. Los clínicos los llaman hipóxicos felices”, reportó la revista Science en mayo. Las causas hasta ahora se desconocen.

El principal promotor del CDS es el suizo Andreas Kalcker, quien se autonombra biofísico aunque sus títulos—de doctor en filosofía en medicina natural, biofísica natural y psicobioenergía—son de una universidad sin ningún aval académico que hasta 2015 vendía certificaciones con sello de La Haya. Kalcker afirma en su sitio web que la acción terapéutica del dióxido de cloro ocurre cuando una persona lo consume y entonces la molécula (ClO2) se separa y libera oxígeno. Según el suizo, esta aparente oxigenación permite curar cualquier tipo de enfermedad: desde gripa hasta cáncer y desde COVID-19 hasta VIH.

Miles de seguidores en redes sociales aseguran haberse recuperado tras consumir el CDS y circulan videos de ellos mismos tomando dióxido de cloro y midiendo sus niveles de oxígeno con un oxímetro. En las imágenes, los números del dispositivo se elevan pero esa medida es engañosa. Aquí te explicamos por qué.

Los oxímetros pueden equivocarse

El oxímetro es un aparato que se coloca en la punta de los dedos y mide los niveles de oxígeno en tu cuerpo, así como tu ritmo cardíaco. El factor clave del aparato para identificar los niveles de oxígeno es la hemoglobina, la molécula de la sangre que se encarga de transportar y distribuir el oxígeno en el cuerpo. Cuando la hemoglobina se une con el oxígeno se conoce como oxihemoglobina.

El oxímetro mide los niveles de oxihemoglobina (con oxígeno) y hemoglobina (sin él), las cuales absorben a diferentes longitudes de onda de luz: la hemoglobina absorbe más luz roja y la oxihemoglobina absorbe más luz infrarroja.


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Así que cuando colocamos nuestro dedo en el dispositivo y éste emite luz roja e infrarroja, es capaz de determinar la cantidad de oxígeno que tenemos calculando la absorción de cada tipo de luz. El resultado aparece en forma de porcentaje. Un nivel normal de saturación de oxígeno está entre el 95 y 100%.

Sin embargo, hay muchos motivos por los cuales los oxímetros pueden tener errores en su interpretación o medición. Por un lado, el aparato puede tener defectos de fabricación, como la mala colocación del sensor; y por otro, las personas pueden distorsionar las mediciones si tienen barniz de uñas, suciedad, callosidades, si fuman, se mueven mucho, sudan, si presentan anemia, una alta concentración de lípidos en la sangre o cambian su temperatura corporal.

La molécula de ClO2 no se disocia

La explicación de la supuesta acción oxigenadora del dióxido de cloro es que su molécula, compuesta por un cloro y dos oxígenos, se disocia (se separa), lo cual propicia que se libere oxígeno en el organismo. Esto, en realidad, es falso.

“Aunque la fórmula del ClO2 pareciera sugerir que la molécula está compuesta por un cloro y dos oxígenos que se pueden separar de forma simple, no es así”, explica Miguel Ángel Méndez Rojas, profesor e investigador del Departamento de Ciencias Químico-Biológicas de la Universidad de las Américas Puebla.

El investigador explica que “a diferencia de compuestos iónicos como el cloruro de sodio (NaCl) en donde la interacción entre el sodio (Na+) y el cloruro (Cl-) se da a partir de fuerzas electrostáticas, el dióxido de cloro es una molécula con interacciones covalentes entre sus átomos (…) lo que incrementa su estabilidad”, y hace que el enlace sea difícil de romper (no se disocia en agua).

Lo que sí ocurre es que el ClO2, en un medio ácido, se descompone principalmente en ion clorito (ClO2-), un agente oxidante que puede transformarse por reducciones sucesivas en ácido cloroso (HClO₂), ion clorato (ClO4-), ion cloruro (Cl-) y agua (H2O)

El CDS puede oxidar la hemoglobina, propiciando lecturas de oxígeno erróneas

El dióxido de cloro se comporta como un agente oxidante (es decir, arranca electrones a otras moléculas), lo que le permite oxidar cualquier tipo de compuesto orgánico, desde virus y bacterias hasta proteínas, de ahí su uso frecuente para potabilizar agua o algunas superficies.

Lo peligroso es que cuando una persona lo consume, el CIO2 puede oxidar también a la hemoglobina. Esto quiere decir que convierte el hierro en estado ferroso (Fe2+) de la hemoglobina normal a hierro en estado férrico (Fe3+) formando metahemoglobina.

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La metahemoglobina es una forma oxidada de hemoglobina que es incapaz de transportar el oxígeno en la sangre y, en consecuencia, de liberarlo de manera efectiva en los tejidos del cuerpo, por lo cual impide la oxigenación del organismo.

Además, la metahemoglobina puede absorber longitudes de onda parecidos a los de la hemoglobina y la oxihemoglobina, dependiendo de su concentración, por lo cual puede propiciar lecturas erróneas en los oxímetros. Por eso, los altos niveles de metahemoglobina podrían interpretarse como una mayor cantidad de oxígeno en la sangre, pero no necesariamente significan que el cuerpo esté mejor oxigenado.

Los altos niveles de metahemoglobina pueden tener otros riesgos

Según los estudios más recientes se requieren pequeñas cantidades de metahemoglobina para inducir problemas respiratorios (>5% del total en sangre).

En 2015, fue reportado el primer caso de un niño con metahemoglobinemia (altos niveles de metahemoglobina) después de ingerir accidentalmente dióxido de cloro. “El paciente tenía hipoxia profunda, no respondía a la oxigenoterapia y requería intubación endotraqueal para mantener un nivel de oxígeno normal”, refieren los autores en su artículo.

En otro reporte de caso, una persona que trató de suicidarse e ingirió menos de 100 ml de una solución de clorito de sodio al 28%, tuvo un 40% de metahemoglobina en sangre, por lo que requirió trasplante renal y transfusiones para salvar su vida.

Por estas razones, los especialistas concluyen que el dióxido de cloro no solo no oxigena el cuerpo, sino que incluso en pequeñas dosis puede provocar baja capacidad de oxigenación de tejidos, situación que puede poner en riesgo la vida de las personas.

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“Las concentraciones típicas (de dióxido de cloro) que la gente está ingiriendo están entre los 20 y 40 ppm (20 y 40 mg/litro de solución). Son relativamente altas, aunque las vayan ingiriendo a sorbitos, poco a poco. En aproximadamente una hora, el dióxido de cloro (transformado en ion clorito) puede llegar a oxidar un porcentaje significativo de la hemoglobina en sangre, produciendo metahemoglobinemia, entre otros problemas, tales como quemaduras en el esófago y alteraciones sanguíneas”, concluye el investigador Méndez Rojas.


Este texto fue publicado originalmente en Salud con Lupa