Cada vez que Alexandra* llega de su casa al hospital en el que trabaja, lo primero que hace es cambiarse de ropa. La reemplaza por una primera capa que la identifica como médico: un pantalón y una camiseta azules. Luego, debe ponerse el traje especial —overol, guantes, gorro, gafas, mascarilla y una bata celeste para protegerse mejor del coronavirus. Su pelo largo queda totalmente cubierto y el calor que emana su cuerpo queda atrapado por horas. Así han sido los últimos 90 días. 

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Alexandra no es su verdadero nombre. Como todos los médicos que accedieron a contar su testimonio, pidió proteger sus identidad. Alexandra trabaja en un hospital del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) de Quito destinado a atender casos de coronavirus. Desde que se declaró la emergencia nacional  hasta el viernes 12 de junio, en Quito, se cuentan, oficialmente, 4650 contagios y 472 muertes, según el reporte del Servicio Nacional de Riesgos. Ocho de cada diez de esos pacientes han sido atendidos en hospitales del Ministerio de Salud Pública o del IESS.

Pero las cifras son frías y le quitan rostro a aquellos pacientes que llegan uno tras otro, sin tregua. Tanta es la afluencia que los médicos solo recuerdan que deben parar cuando sienten hambre o sed o calambres en las piernas o en el cuello o en los brazos. Alexandra dice que en ese momento, cuando el cuerpo le recuerda sus propias necesidades, respira y se detiene unos minutos para comer, sin pensar cuántas horas han pasado desde que empezó su tarea. 

Vuelve entonces al vestidor y se quita el traje especial, la mascarilla, las gafas y el gorro. Respira disfrutando del aire que entra y sale sin la barrera que le impone la mascarilla. Han pasado quizás ocho, quizás diez horas desde que se puso el traje, y quitárselo le resulta liberador. Lo desecha y va a almorzar. 


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Cuidados intensivos en Quito

“El escenario es escarnecedor, muy perverso”, dice uno de los médicos en primera línea. Ilustración de Paula De la Cruz para GK.

Cuando termina, vuelve a vestirse con esa misma protección durante ocho horas más —tiempo máximo que debería usarla. A veces, la cantidad de pacientes que debe atender le impide hacer pausas y la presión de las gafas y la mascarilla dejan huellas en su cara. Para eso, utiliza una especie de cinta adhesiva que lo protege. Aún así, el traje resulta sofocante. “Las autoridades romantizan la situación de los médicos pero nosotros estamos agotados”, dice Paúl, médico en un hospital del Ministerio de Salud Pública en Quito, que atiende pacientes de covid-19 desde marzo. Paúl dice que ha tenido compañeras médicas o enfermeras que se desmayan al ver pacientes pronados —aquellos que están ubicados boca abajo y con la cabeza girada hacia un lado—, llenos de sondas por todos lados. “Es muy duro ver eso, por más que nos preparen para ver la muerte”, dice.

Como ellos, la mayoría de médicos que están en primera línea de atención de la pandemia, llevan meses trabajando sin descanso. Desde finales de marzo de 2020, Julio*, emergenciólogo del hospital Pablo Arturo Suárez de Quito, dejó de atender accidentes de tránsito o heridos por arma blanca para concentrarse en los casos de covid-19. Dice que enfrentan a diario la dolorosa disyuntiva de decidir a qué pacientes intuban y a cuáles no. 

Intubar es un proceso invasivo. Se coloca una especie de tubo desde la boca, pasa por la tráquea y llega hasta los pulmones. Al tubo se conecta el respirador mecánico por donde fluye el oxígeno que mantiene con vida al paciente. Al no haber suficientes ventiladores, los médicos tienen que elegir a los pacientes que más posibilidades tienen de vivir. Si llega uno de 90 años y otro de 25, es probable que elijan al menor porque, en principio, tiene más posibilidades de sobrevivir, dice Julio. “Aunque suene grotesco, esa es la realidad”, dice. El coordinador zonal del Ministerio de Salud, Luis Muñoz, dijo en una entrevista del 9 de junio que los hospitales están recibiendo entre 180 y 200 pacientes diarios con síntomas de coronavirus. 

Cuidados intensivos en Quito

“Muchos médicos hemos pedido consulta en psiquiatría en el hospital, muchos hemos necesitado medicación”, dice una médica en primera línea de atención. Ilustración de Paula De la Cruz para GK.

Hasta hace quince días había una lista de espera de cuatro o cinco pacientes que requerían hospitalización. Ahora, según Julio, es una media de setenta. “Tenemos lo que llamamos camas calientes. Cuando una se desocupa, en seguida se vuelve a ocupar”, dice. Lo que dice Julio es una realidad repetida en Pichincha, especialmente en Quito, en donde hay trece hospitales públicos que atienden casos de covid-19 —del MSP y del IESS— el 95% de las camas de cuidados intensivos están ocupadas, según Muñoz. También dijo que hay más camas de cuidados intensivos, especialmente en el Pablo Arturo Suárez, donde pasaron de 27 a 33 y esperan llegar a 38. Los médicos que reciben  los casos de covid-19 dicen que también serán insuficientes. 

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En otro de los hospitales destinados por el gobierno nacional para atender coronavirus trabaja Javier.  Él mide un 1,83 y dice que le han dado trajes que le llegan hasta la canilla. “A mí y a otros compañeros nos ha tocado completar lo que falta del traje con bolsas de basura y esparadrapo”, dice. Otras veces, cuenta, les entregan trajes mojados, lo que les hace sospechar que fueron ya utilizados y han sido lavados. Los trajes de bioseguridad no se pueden reutilizar: son deshechos médicos que deben ser eliminados según un protocolo. 

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La escasez en el hospital en el que trabaja Javier no es solo de insumos sino de espacio físico y personal. Hay muchos pacientes sin cama, sentados en sillas de ruedas en los pasillos a la espera de ser atendidos. Para la pronación de pacientes de covid-19 con problemas respiratorios, se necesitan colchones especiales y almohadillas para evitar úlceras y auxiliares —ayudantes de enfermería— que estén pendientes de ellos. Mariana, una doctora que trabaja en un hospital del IESS en Quito dice que, aunque ha destinado varios pisos para la atención del virus, está desbordado de gente que busca ayuda médica. “La cantidad de gente que sale no iguala la cantidad de gente que entra entonces siempre hay más demanda que camas disponibles”, dice. En ciertos casos han podido transferir pacientes que requerían ventilación a hospitales en provincias como Imbabura y Cotopaxi. 

Aunque varios de los médicos que aceptaron hablar para este reportaje son emergenciólogos experimentados, nunca se habían enfrentado tanto a la muerte. “Uno la ve, literalmente, a veinte centímetros de distancia porque tienes la cabeza del paciente ahí, al frente y tienes que intubarlo y no sabes si saldrá con vida”, dice Antonio, emergenciólogo de un hospital del Ministerio de Salud que atiende covid-19. El virus ha sorprendido a médicos que creían estar totalmente preparados para aceptar que, a veces, la muerte les tuerce la muñeca. 

Los que tienen más experiencia en unidad de cuidados intensivos soportan más, los que llegan de otras especialidades para apoyar la falta de personal o aquellos que recién están empezando su vida profesional, se quiebran más rápido. “Hemos pedido consulta en psiquiatría en el hospital, muchos hemos necesitado medicación”, dice Antonella, médica de otro hospital quiteño, que tuvo que sumarse a la primera línea de atención, aunque su especialidad está lejos de las salas de emergencia.

Los médicos en primera línea en Quito

“Las autoridades romantizan la situación de los médicos pero nosotros estamos agotados”, dice un médico en primera línea de atención. Ilustración de Paula De la Cruz para GK.

En una de sus guardias, recuerda, un grupo de personas dejó a una anciana en una silla de ruedas cerca de la garita de guardianía. Cuando Antonella fue a ver de qué se trataba, la encontró muerta. “Otro paciente murió llorando y gritando que por favor no le llevemos a terapia intensiva”, dice Antonela. También dice que algunos pacientes les piden que no les dejen morir solos. Recuerda a una mujer de unos 50 años que les pidió a los tres médicos que la atendían que la acompañen, pues no quería morir sola.

“Es escarnecedor, muy perverso”, dice Paúl, otro médico que se disimula la angustia y el quiebre en su voz, acelerando el ritmo de la conversación telefónica. Recuerda que hace unos días, encontró a un camillero en cuclillas. “Necesito respirar un momentito”, le dijo cuando Paúl le preguntó si estaba bien. 

Otros dicen que en los hospitales en los que trabajan ha habido renuncias de personal de limpieza, de enfermería e incluso médicos. Sienten que no hay garantías para trabajar con seguridad.

Otros se quedan a enfrentar la muerte de cerca. “Me ha pasado que veo pacientes que se despiden de sus seres queridos y les dicen: no se preocupen, voy a ponerme bien, no lloren, voy a ser fuerte, no me voy a morir. Pero uno ya sabe que la mayoría sí se muere y eso es muy duro”, dice Antonio. Cuando un paciente entra a la Unidad de Cuidados Intensivos, la familia difícilmente lo vuelve a ver. 

Cuando muere, el hospital se contacta con la familia. En paralelo, se avisa a los servicios exequiales que incineran el cadáver y entregan a la familia una urna con los restos. Paúl dice que el familiar de un paciente le suplicaba que le dejara entrar para ver a su papá para despedirse. El protocolo mandaba que era prohibido y al médico no le quedó más que rechazar la súplica.

Médicos en primera línea de atención

“Tenemos lo que llamamos camas calientes. Cuando una se desocupa, en seguida se vuelve a ocupar”, dice un médico que atiende coronavirus en un hospital público. Ilustración de Paula De la Cruz para GK.

Algunos médicos han visto varias muertes en una misma familia. Alexandra dice que ella tuvo que intubar a un paciente cuya esposa e hija estaban también internados. La hija le contó, angustiada, que ya había muerto su hermana y su tía por el coronavirus. “Unas horas después de que ingresaran, me tocó darles la noticia de que el papá había fallecido, lo que quedó es una familia completamente rota”, dice Alexandra. La mayoría de estas noticias, se dan por teléfono pues los protocolos de bioseguridad impiden que la familia esté en las salas de espera. A veces, al otro lado del teléfono, escuchan llantos descontrolados o gritos. Otras, les agradecen por intentar salvar la vida de sus seres queridos; otras, solo hay silencio. 

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Además, muchos de los médicos están separados de sus propias familias para evitar ponerlos en riesgo. Eso también les afecta pues varios no regresan a sus casas y el contacto con sus seres queridos es mínimo. Paúl dice que la noche que atendió el primer caso de coronavirus, decidió dormir en su auto porque no podía regresar a la casa de sus papás: su padre tuvo cáncer y, por lo tanto, es más vulnerable al virus.

Desde hace más de dos meses vive con un amigo médico,y no ha podido ver a su familia. Mariana se quedó en su casa, pero mantiene la distancia con sus padres. “El día de la madre fui la única de mis hermanas que no pudo abrazar a mi mamá”, dice. Antonio se adecuó una habitación para su uso exclusivo. Allí se mantiene alejado de su esposa y sus hijos de 14 y 6 años. Javier, que vive con su esposa y sus dos hijos de diez y cinco años, decidió aislarse voluntariamente en un departamento de su familia. Van a ser casi tres meses que no convive con ellos. 

Otros médicos, como Alexandra, son de otras provincias. Ella prefiere que no mencione cuál para evitar que la identifiquen. Su familia está en su ciudad natal, a la que no ha podido ir desde febrero. “Es difícil llegar a casa y a veces no tener nadie que te dé ni un vaso de agua”, dice mientras cuenta los días para volver a su trabajo pues se contagió de coronavirus y está en aislamiento. 

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Cuando en febrero de 2020, el Pablo Arturo Suárez se preparaba para un brote de coronavirus, adecuando los espacios, trayendo equipos de ventilación y contratando personal adicional, sus médicos no se imaginaban lo que se venía. “Cuando veíamos que traían diez ventiladores, nosotros decíamos: ¿para qué tantos? Eso no se va a ocupar. Pero fue cuestión de días. En menos de una semana, estaban todos ocupados”, recuerda Julio.

Javier dice que el hospital en el que él trabaja no estaba preparado. Dice que al principio solo recibían casos sospechosos y la demanda no era tan grande como ahora. De repente, los pacientes empezaron a saturar los otros hospitales y en el que Javier trabaja tuvo que abrir, rápidamente, espacios destinados para la atención de coronavirus. Al inicio eran 12 camas, dice, luego 16, luego 20 y después 34. 

Médicos en primera línea

“Otro paciente murió llorando y gritando que por favor no le llevemos a terapia intensiva”. Ilustración de Paula De la Cruz para GK

Los médicos que trabajan en cuidados intensivos o en emergencias dicen que antes del coronavirus también era difícil enfrentarse a la muerte permanentemente pero reconocen que no es lo mismo ver morir, por un mismo virus, a decenas de personas. 

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Temen que el cambio de semáforo en las ciudades se refleje en un aumento drástico de los contagios y, por lo tanto, que los hospitales puedan colapsar. Otros, más resignados, creen que en los próximos meses su trabajo se mantendrá al mismo nivel: decenas de pacientes que llegan, otros que no pueden ser recibidos porque no hay espacio, listas de espera que van creciendo, médicos extenuados que deben decidir a quién dar prioridad para un respirador o una cama de cuidados intensivos. Todo eso constituye un escenario inimaginable hace apenas unos meses pero hoy, dicen, es parte ya de su rutina. 

*Todos los nombres que aparecen en este reportaje son ficticios, pues los médicos aceptaron dar su testimonio a cambio de mantener en reserva sus identidades.