El cannabis fue, por muchos años, uno de los principales enemigos públicos de gran parte del mundo. Su reputación está cambiando, sus variedades y múltiples usos —más allá del recreativo— la están volviendo un activo atractivo para muchos países, incluyendo al Ecuador. En 2019, la Asamblea Nacional despenalizó el cultivo y la producción de productos del cannabis con un contenido inferior al 1% de tetrahidrocannabinol (THC), su componente psicoactivo. El cambio abre paso para que el cannabis industrial, conocido como cáñamo, y el medicinal se conviertan en una fuente de ingresos para el país en el futuro. Si se logrará está aún por verse. 

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La planta del cannabis tiene muchas variedades e híbridos. “Como las papas”, dice Omar Vacas Cruz, investigador de la Pontificia Universidad Católica (PUCE) experto en el cannabis y otras plantas medicinales. Cada tipo una tiene utilidad: industrial, recreativa o medicinal. El Ministerio de Agricultura fue el encargado de diseñar la normativa que regulará la producción de todo tipo de cannabis que contenga menos del 1% de THC. 

El cáñamo es una industria antigua. Probablemente fue la primera planta cultivada para fibra textil en el año 8.000 antes de Cristo (a.C). Los chinos, hace más de 6 mil años, fueron los primeros en usarlo para hacer papel. Poco a poco, se extendió por todos los continentes.  

En el siglo XIX, el tercer presidente de Estados Unidos, Thomas Jefferson, tuvo dos grandes plantaciones en su residencia en Virginia. Otros políticos de ese país, incluido George Washington, también lo cultivaban en sus tierras. Desde la Era Colonial hasta principios del siglo XX, los estadounidenses estaban legalmente obligados a cultivar la planta por sus múltiples usos y beneficios económicos. 

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La mala fama contra el cáñamo comenzó en 1930. Según un estudio del Massachusetts Institute of Technology, la propaganda en contra de la planta fue creada por las compañías de textiles sintéticos que lo veían como la mayor amenaza para sus negocios. Se aprobaron leyes prohibitivas y un impuesto especial sobre el consumo a los comerciantes de cáñamo. En 1937, su producción fue prohibida por completo en Estados Unidos. Poco a poco, Canadá, Alemania y otros países también lo vetaron. Pero en los últimos 10 años del siglo anterior la campaña en su contra se detuvo cuando sus propiedades industriales y medicinales se fueron demostrando en investigaciones y estudios. 

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Por ese resurgir, en otro sentido, el cáñamo es una industria nueva. Los cambios sociales y legislativos del último siglo frenaron su producción y las investigaciones de la planta. Convertido en un mal social, quedaron grandes vacíos en su conocimiento y experimentación. Sus múltiples usos lo volvieron muy popular y desde los años 90 las plantaciones se reactivaron en Europa, Asia, África hasta llegar a América Latina en la segunda década del siglo XXI. 

En 2019, Ecuador se sumó a la lista de países que permiten su cultivo para la elaboración de textiles, papel, plásticos biodegradables, aceites de cocina y medicinales. El ministro de Producción, Iván Ontaneda, dijo en Twitter el 12 de mayo que la industria medicinal e industrial de cannabis “es una gran oportunidad para el país, generará miles de empleos y dólares”. Aunque el cannabis ha sido más conocido por su uso medicinal y recreativo, podría tener un papel económico multifacético: es una planta de la que se pueden aprovechar hasta los desperdicios. 

Los expertos en cannabis coinciden en que el éxito de la industria depende de la existencia de un marco regulatorio claro y concreto para desarrollar la actividad legal separada de las ilegales. Tras la aprobación de su uso en la Asamblea, su regulación quedaba en manos del Ministerio de Agricultura (MAG) que debía expedir un reglamento para su producción y cultivo.Solo le falta fine tuning”, dijo el subsecretario de Producción Agrícola, Andrés Luque, en una presentación virtual de los avances del documento legal el 20 de mayo de 2020. La normativa será entregada en junio de 2020 para “impulsar la reconversión productiva”. Luque dice que la normativa será muy estricta, no permitirá autocultivos, las licencias serán otorgadas por el Ministerio, que además controlará desde la importación de semillas, la siembra, hasta la producción de aceite. Esto permitirá “trámites más rápidos”, dijo Luque, y evitará problemas como el tráfico de licencias. Hasta que la normativa que regule su cultivo y producción no entre en vigencia, el éxito de la industria cannábica ecuatoriana es solo una hipótesis. 

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El Ecuador es un lugar ideal para plantar casi cualquier cosa: las horas de sol diarias que tiene lo vuelven un sitio fértil. Sin embargo, sus diversos pisos climáticos y microclimas podrían beneficiar a ciertos tipos de semillas de cáñamo pero a otras no. “Nadie podría decirnos hoy con exactitud qué zona agraria del país tiene las mejores condiciones ecosistémicas para estas plantaciones”, dice el abogado Xavier Valverde, representante en Ecuador de Hoban Law Group, expertos en cannabis. La única forma de saberlo es empezando a experimentar. 

No es la única pregunta sin respuesta para los futuros productores ecuatorianos. Omar Vacas Cruz añade que Ecuador tiene semillas nativas que no han sido validadas industrialmente. “Porque, básicamente, se las ha utilizado para temas recreativos: para fumar”, dice. Otro de los esfuerzos de la industria deberá ser conseguir variedades con características adaptadas a las regiones locales. “Podría tomar entre 8 y 10 años”, dice Vacas Cruz. Hasta entonces, la industria ecuatoriana deberá trabajar con semillas importadas que funcionan en condiciones similares a las del país. 

Construir una industria cannábica en el Ecuador tomará tiempo y dinero. Xavier Valverde dice que los inversores deberán hacer planes piloto para saber cómo reaccionará la planta en el país e identificar qué tipo de producto —fibra, madera, biomateriales— sería el más rentable. “Hasta que eso ocurra, es muy difícil e irresponsable dar una fecha en la que la industria generará ganancias, o a cuánto equivaldrán”, dice Valverde. Las producción de cannabis no es solo el resultado de un ejercicio de actividad agrícola, requiere tecnología y estudios para garantizar éxito a los inversionistas y generar ganancias para el país. 

Sin embargo, son varios los expertos que ven al cannabis industrial y medicinal como una solución eficiente y ecológica —alejada del estigma de las drogas— para los problemas económicos del país. El cáñamo podría generar empleo, ingresos tributarios y divisas para Ecuador, dice José Gabriel Apolo, asesor de la Asociación Ecuatoriana de Cáñamo Medicinal e Industrial, EcuaCáñamo. En 2019, en Estados Unidos, generó ganancias de 1.200 millones de dólares. Para 2024, se proyecta que las ganancias de la industria estadounidense superen los 10 mil millones de dólares.

Aunque muchas de las interrogantes tardarán meses —quizá años— de experimentación para resolverse, otras serán más fáciles de responder. Farith Pino, presidente de la Fundación Ecuatoriana del Cáñamo Industrial para el Desarrollo Sostenible, dice que hay muchas organizaciones y cultivadores independientes que están “muy preparados para manejar este cultivo”. El investigador Vacas Cruz dice que Ecuador también tiene expertos en otras áreas de la cadena productiva de otras industrias —suelos, plantación y farmaceútica— que podrían aportar a la del cáñamo. 

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Como la nueva normativa establece que solo se entregarán licencias a personas jurídicas, los pequeños productores y expertos en el cultivo temen quedarse fuera de la industria. EcuaCáñamo sugiere que los grupos extranjeros que quieran invertir en Ecuador “se asocien con comunidades campesinas, indígenas, personas con minifundios”. A Ana Cristina Ramos, presidenta de la Asociación de Mujeres Cannábicas Ecuador, le preocupa qué va a pasar con plantas de las personas que, como ella, cultivan cannabis para calmar dolores crónicos, convulsiones y otros problemas médicos. “¿Me las van a quitar?, ¿Vamos a ser perseguidos si no estamos en una organización?”, se pregunta Ramos.  

Después de la presentación del subsecretario Luque, más de diez asociaciones de cannabis industrial y medicinal del país enviaron una carta para pedirle al Ministerio de Agricultura que no se apure. Dicen que en los 6 meses que le quedan de plazo se den el tiempo de construir una regulación incluyente y participativa. La normativa, dice la carta, debería “tener responsabilidad social y crear valor en la comunidad, no solamente extraer los recursos a cualquier precio como se ha hecho hasta ahora”. Farith Pino dice que repetidamente pidieron al Ministerio de Agricultura que permitan la intervención de expertos en cannabis para el tratamiento de los artículos de la normativa, pero que no se lo hizo. 

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La industria cannábica en Ecuador tendrá el éxito predicho si la normativa cumple su función: ser una base legal para evitar la corrupción, hacer los experimentos necesarios e involucrar a los pequeños productores y expertos. Sobre todo, un documento legal que se adapte a los cambios del mercado para garantizar la generación de empleo y facilitar la inversión en el futuro ecuatoriano.