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Entregar a Assange no es nada para celebrar

La entrega del fundador de Wikileaks ha sido celebrada por quienes ven en la decisión una derrota del socialismo del siglo XXI (y, puntualmente, de Rafael Correa). Pero las implicaciones de su arresto en Londres van mucho más allá que odios y simpatías partidistas.
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    Un manifestante pide el fin de la 'guerra' contra los filtradores de información, como Assange, al pie de la embajada ecuatoriana en Londres en 2013. Fotografía de la Cancillería del Ecuador bajo licencia CC BY-SA 2.0.

Siete años después, ya no hay sonrisas, ya no hay agradecimientos. La embajada del Ecuador en Londres le cerró las puertas a Julian Assange, el hacker más famoso del mundo. Jaime Marchán, embajador de Ecuador en Londres dijo en la estación de televisión Teleamazonas que, el 11 de abril de 2019, minutos antes de la salida de Assange, le leyó en voz alta la terminación del asilo y que a pesar de que estaba advertido, le tomó por sorpresa el anuncio. Assange fue escoltado por la policía diplomática ecuatoriana hasta la puerta, y allí lo recibieron sus pares británicos. Muchos han celebrado el fin del asilo de Assange y su entrega, pero tras las euforias partidistas, y las simpatías o antipatías por Assange, entre las distancias que se han querido marcar entre el gobierno que le concedió el asilo y el que se lo quitó, subyacen riesgos para la esencia del periodismo.

En agosto de 2012, un joven Assange, vestido de camisa celeste y corbata roja, agradecía al Ecuador y a su gobierno —entonces encabezado por Rafael Correa. “Una valiente nación latinoamericana se impuso por la justicia”,  dijo el fundador de Wikileaks, la organización de filtraciones más famosa del mundo. “Tengo una deuda con los funcionarios de la embajada cuyas familias viven en Londres y me han demostrado hospitalidad y amabilidad a pesar de las amenazas que recibieron”, dijo entonces. En marzo de 2019, la imagen de un Assange visiblemente deteriorado, de barba larga espesa y blanca, y en en una denigrante escena, fue arrastrado por la Policía británica. “Resistan”, gritó.

Cuando Assange recibió el asilo, la embajadora era Ana Albán, nombrada por Rafael Correa. Desde ella, han pasado tres más: Juan Falconí Puig, Carlos Abad y Jaime Marchán, nombrado en diciembre de 2018. Las relaciones entre ellos y Assange se fueron tensando: en una carta de 2014 escrita por Falconí al Ministerio de Relaciones Exteriores, explicaba el malestar del personal diplomático por el comportamiento de Assange. Assange, decía Falconí, andaba en patineta y jugaba fútbol con sus visitantes. La patineta, dijo,  “dañaba pisos paredes y puertas”.

Además, contaba episodios de agresión de Assange a los guardias de la embajada. A eso se sumaron detalles desagradables que podrían dar cuenta sobre su estado emocional. La Ministra del Interior de Ecuador, María Paula Romo, dijo en una declaración de prensa conjunta con el canciller José Valencia, tras el retiro del asilo, que Assange ensuciaba las paredes de la embajada con heces.

La mesura que el presidente del Ecuador intentó transmitir en el anuncio del retiro del asilo se quebró en declaraciones posteriores. El 12 de abril, en un evento público en Latacunga, ciudad cercana a Quito, Moreno descargó sobre Assange. “Le hemos quitado el asilo a este malcriado y ventajosamente nos hemos quitado una piedra en el zapato. De ahora en adelante tendremos mucho cuidado de dar asilo, en momento que sea de darlo a gente que realmente valga la pena y no a miserables hackers cuya única intención es desestabilizar gobiernos”, dijo. Es probable que Assange sea un malcriado, pero, como escribió en 2011 Bill Keller, uno de los periodistas que trabajó con él en las divulgaciones por las que es buscado en Estados Unidos, “es escalofriante contemplar el posible enjuiciamiento gubernamental de WikiLeaks por hacer públicos los secretos, y mucho menos la aprobación de nuevas leyes para castigar la difusión de información clasificada, como algunos han defendido”.

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Assange, el día que perdió la última apelación en el Reino Unido y enfrentaba la extradición a Suecia en 2011. Fotografía de Acidpoli bajo licencia CC BY-SA 2.0.

Y sí, Assange puede ser un malcriado —incluso un tipo desagradable. Pero, ¿es suficiente motivo para dejarlo un paso más cerca de una condena por mostrarnos la atrocidad que cometió el ejército estadounidense contra civiles iraquíes desarmados?

Tres años antes, en 2016, un panel de derechos humanos de las Naciones Unidas resolvió que Gran Bretaña y Suecia habían detenido arbitrariamente a Assange, por lo que deberían restablecer su libertad de movimiento y compensarlo. Ahora, Assange ha sido condenado por romper la fianza de uno de esos procesos.

Pero el gobierno ecuatoriano dice que entregó a Assange porque violó todas las normas establecidas para su asilo. El canciller José Valencia citó en la Asamblea Nacional, al menos nueve razones para tomar la decisión.

Mientras Valencia daba esta explicación en la Asamblea Nacional, ante los abucheos de legisladores afines al correísmo, ya se conocía que Estados Unidos había emitido un pedido de extradición para Assange.

Después de la detención de Assange, Scotland Yard, la policía londinense, confirmó que la detención de Assange respondía a esa solicitud. Eso fue confirmado por el Departamento de Justicia de ese país, a través de un comunicado: lo buscaban, decía, por un delito de “conspiración para infiltrarse”en sistemas del gobierno estadounidense con el objetivo de acceder a información clasificada.

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En octubre de 2018, casi seis meses antes de la abrupta salida de Assange de la embajada ecuatoriana en Londres, su rostro apareció a través de una pantalla ubicada en un rincón de una sala de audiencias en el undécimo piso del Complejo Judicial Norte, uno de los edificios de la función judicial ecuatoriana. Ya tenía la barba cana y larga.

Era una videoconferencia para que Assange asista a la audiencia que debía definir si el protocolo convivencia le impuso gobierno ecuatoriano al australiano era constitucional o no. El protocolo, que incluía regulación a las visitas y reglas de convivencia dentro de la embajada, fue considerado violatorio a sus derechos, por lo que Assange interpuso una acción de protección.

La audiencia fue suspendida porque Assange no lograba entender al traductor que se le había asignado. En diciembre de 2018 finalmente se negó, en última instancia, la petición del fundador de Wikileaks.

Ese no fue el único momento tenso entre Assange y el gobierno de Lenín Moreno. En un desesperado intento por solucionar la situación de Assange, la primera canciller de Moreno, María Fernanda Espinosa —también ministra de Rafael Correa— intentó nombrarlo diplomático ecuatoriano en Rusia. Para eso —y sin considerar una serie de limitaciones que tendría en el camino— se llevó a cabo un proceso —sumamente cuestionado, que terminó con la nacionalización de Assange. Hoy, el gobierno ecuatoriano que respaldó ese proceso, lo usa como argumento para avalar su decisión de sacar a Assange de la embajada.

Seis días antes de que Assange fuera expulsado, Wikileaks tuiteó con la advertencia de lo que sucedería poco después: la salida del australiano de la embajada. Era un rumor constante.

Manifestantes pro Assange, al pie de la embajada ecuatoriana en Londres en 2013. Fotografía de la Cancillería del Ecuador bajo licencia CC BY-SA 2.0.

En ese momento la respuesta de la cancillería fue la indignación. El canciller Valencia dijo que se trataba de rumores y que era “insultante” lo que se decía, aunque después borró los tuits. Luego los volvió a subir diciendo que se habían eliminado por error.

Ahora, cuando se ha vuelto la realidad la advertencia de Wikileaks, muchos en el Ecuador aprueban —y hasta celebran— la caída de Assange. Parecen olvidar que en este mismo país, no hace mucho, ellos mismos —periodistas incluidos— reclamaban los ataques contra la libertad de prensa y expresión en el Ecuador. Si ahora ven la entrega del fundador de Wikileaks como algo correcto y hasta la justifican, ¿no están convirtiendo la vigencia de los derechos en un  burdo asunto de simpatías?

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El 11 de abril, a las 4 de la mañana, cuando la mayoría de los ecuatorianos dormían, Moreno anunció la terminación del asilo de Assange. La nacionalidad que su gobierno le concedió cuestionablemente le fue retirada un día antes de forma cuestionable, también.

Varios expertos que han analizado el tema consideran que —más allá de las simpatías o antipatías que el fundador de Wikileaks despierta— su derecho al debido proceso fue negado. Las consecuencias legales, a nivel local e internacional, para el Ecuador podrían ser severas.

Otros, en cambio, están preocupados por las implicaciones globales que una potencial extradición a Estados Unidos y una condena en su contra podrían tener en la libertad de expresión. James Ball, un periodista londinense que trabajó con Assange y que lo describe como un “imbécil”, dice que entregárselo a las autoridades estadounidenses es una amenaza contra la prensa. “Assange podrá ser un imbécil. Tachen eso: Assange es un imbécil. Pero, de cualquier manera, vamos a tener que defenderlo”.

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Un grupo de policías londinenses el 19 de agosto de 2012, unos días después de que Assange entrara a la embajada ecuatoriana en la capital inglesa. Fotografía de depositphotos/harveysart

Es cierto que Assange se volvió un personaje incómodo. En el juego geopolítico, se alineó con el gobierno de Vladimir Putin, que muy ciertamente no abraza los ideales democráticos que, inicialmente, Wikileaks decía promover. En esa danza de intereses, Assange terminó más cerca de Correa —un personaje que despierta amores y odios extremos en el Ecuador y cuyo gobierno fue cuestionado duramente por los abusos cometidos hacia periodistas y medios de comunicación. Si estar de un lado u otro es suficiente justificación para tomar una decisión que podría comprometer la vida de un individuo, pero quizá, también, los derechos de todos, debemos admitir que no hay nada que celebrar.

John Cassidy, un veterano reportero de política en la revista New Yorker, escribió que la detención era “una amenaza al periodismo”. Según Cassidy, si se revisan los cargos contra Assange, el acápite de ‘acusaciones y medios de la conspiración’ describen “muchas prácticas periodísticas legítimas” como el uso de mensajes cifrados, el cultivo de fuentes y el estímulo de esas fuentes para proporcionar más información. “Cita un intercambio de texto en el que Manning le dijo a Assange, “después de esta subida, eso es todo lo que realmente me queda”, y Assange respondió: “Los ojos curiosos nunca se secan en mi experiencia”. Si eso es un crimen, dice Cassidy, “las autoridades podrían empezar a construir más cárceles para encerrar reporteros”.

Más allá de la discusión sobre si Assange cumple o no el rol de periodista; más allá de los intereses geopolíticos con los cuales se ha alineado —quizás incluso en un intento desesperado por precautelar su vida; más allá de su comportamiento reprochable dentro de una embajada que lo protegía, Ecuador es un Estado que ha suscrito más de media centena de instrumentos internacionales en favor de los derechos humanos. Parece haberse olvidado de eso.

Sí, Julian Assange puede ser tan malcriado como Lenín Moreno lo considere, tan imbécil como Ball lo califique o tan desagradable como las heces manchando la pared. Nada de eso le resta derechos.

Quizás esa es la lección que aún le queda por aprender al país en donde gran parte de la opinión pública aplaude la salida de Assange: los derechos también son para los que nos desagradan.

María Sol Borja
Periodista con experiencia en televisión y prensa escrita. Docente universitaria y traductora. Ha colaborado con medios internacionales como New York Times, CNN en Español y DW. Máster en Comunicación Política e Imagen (UPSA, España) y en Periodismo (UDLA, Ecuador). Es editora asociada en GK.