La vida de los otros

Las feminazis no existen

Para aquellos que usan el término, no importa si existen en la vida real: como concepto, la feminazi existe para evitar —o desviar— una conversación seria sobre la violencia constante contra la mujer.
  • las feminazis no existen

    Niños sobrevivientes del campo de Auschwitz. ¿Qué podrían tener que ver estas criaturas con el combate a la desigualdad de género?


UN CABLE A TIERRA EN UN PAÍS POLARIZADO

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Son un invento de hombres inseguros.

El propósito detrás del concepto ‘feminazi’ es mostrar a las manifestaciones del feminismo moderno con un movimiento violento imaginario cuyo propósito, según sus autores, es la destrucción y desempoderamiento completos del hombre. Como concepto, la ‘feminazi’ existe para que los hombres podamos demonizar al feminismo y vernos como víctimas y no perpetuadores de una injusticia sistemática. Un hombre responsable no puede usar el término.

Empecemos por el nombre. Nazi es una abreviación para la palabra nationalsozialist, que es como se identificaban los miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, del que Hitler fue líder. Durante su tiempo en el poder en Alemania, los nazis sistemáticamente mataron a más de seis millones de judíos, homosexuales, romaníes, y otras personas consideradas subversivas.

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Ser nazi implicaría un movimiento de violencia sistemática contra hombres por parte de mujeres, algo que no existe. Usar la palabra ‘nazi’ para referirse a las feministas es pretender apalancar la peor herencia de violencia posible en la época moderna a aquellas activistas —algo que es no solo imposible de justificar sino, también, un insulto a las verdaderos víctimas del partido nazi de Alemania.

Existe, no obstante, un movimiento de violencia por parte de hombres contra mujeres. Sus historias son contenido cotidiano en el Ecuador. Hay alrededor de mil violaciones al año en Ecuador. En siete años casi 18 mil niñas menores a 14 años fueron obligadas a dar a luz. 600 mujeres fueron asesinadas por sus parejas entre 2014 y 2018. Se ha comprobado que al nivel institucional el estado ecuatoriano es deficiente (si no indiferente) en tratar estos casos.

Las víctimas tienen nombre. Martha, por ejemplo, drogada y violada por un grupo de hombres en un bar en Quito. Diana Carolina Rodríguez Reyes, asesinada por su pareja en plena calle en Ibarra. “Sí no puede estar conmigo no puede estar con nadie” gritó su expareja, que le quitó la vida a ella y su hijo no nacido. La sensación que nos debería producir la frase debería ser aún más escalofriante, si no fuese algo normalizado por nuestra cultura, repetido en tantas canciones de cualquier género musical.

Si cantamos “Gringa loca, gringa loca, gringa loca, Si en la calle te pegue fue por coqueta” y no nos provoca horror, es porque estamos acostumbrados a esa sensación. Si la canción fuese “quiteño loco te voy a matar”, causaría consternación entre los moradores de la capital. Las expresiones de violencia contra la mujer se han normalizado tanto que no nos causan ni sorpresa.

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Las ‘feminazis’ no existen. Son un invento de hombres inseguros. Aquellos hombres usan el término para no tener que cuestionar nuestro papel en una cultura que busca reprimir a la mujer.

La normalización de la represión de la mujer es lo que nos permite organizar eventos con 12 expositores y ni una expositora, sin que nos sorprende. La desvalorización de la mujer nos permite considerar normal que haya directorios de gremios importantes (y supuestamente representativos de la sociedad) con una sola mujer entre 15 hombres.

Y éstas son sólo las manifestaciones públicas: si las mujeres fuesen testigos de las conversaciones que se dan entre hombres se escandalizarían aún más. “La mujer embarazada te jode el negocio. Hay que sacarlas antes de que se embaracen” es una frase que cualquier empresario ha escuchado en conversaciones entre hombres que supuestamente aman a sus esposas y sus mamás.

“¿Tienes planes de quedar embarazada?” es una pregunta común que aún se usa en entrevistas de trabajo para calificar si se debe contratar a una persona. Los hombres que piensan así quieren reproducirse, pero no quieren compartir la consecuencia, responsabilidad, y el costo de esa reproducción.

El mensaje detrás de estos dos casos es simple y contundente: la mujer no tiene nada de valor que agregar fuera del embarazo. Según la representación de su participación en conferencias y directorios, en la sociedad ecuatoriana la mujer no está calificada para opinar sobre temas sofisticados como comercio y economía. Si tu hija quiere avanzar en su carrera que pena contigo pero hay un techo: su género la descalifica antes que su talento y su sustancia.

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Las ‘feminazis’ no existen. Son un invento de hombres inseguros.

El concepto existe para crear una falsa equivalencia entre la violencia poco común contra hombres por parte de mujeres y la violencia normalizada y sistemática contra mujeres por parte de los hombres.

Los promotores del concepto de la ‘feminazi’ buscan en las esquinas más oscuras del Internet para tratar de encontrar incidentes de mujeres violentas o mujeres que expresan antipatía contra los hombres. Pretenden con esos ejemplos negar la violencia sistemática contra las mujeres diciendo “miren, nosotros también somos víctimas.”

El concepto de la ‘feminazi’ es una herramienta para poder cerrar los ojos y tapar los oídos y rehusar participar en una conversación sobre cómo los hombres tratan a las mujeres en el Ecuador. Como no tiene una definición exacta, se usa para cualquier mujer que desafía lo que consideramos normal.

¿Mujer enfadada con la injusticia de que una niña de 11 años violada y obligada a parir? Feminazi. ¿Mujer que exige cambio en el status-quo? Feminazi. ¿Mujer que expresa su opinión con fervor y pasión? Feminazi. ¿Mujer que denuncia el maltrato? Feminazi. ¿Lesbiana? Feminazi. ¿Mujer que quiere políticas públicas sanitarias laicas y libres de las convicciones religiosas de terceros como garantiza la constitución? Feminazi. ¿Mujer que decide resistir el mantenimiento corporal que exigen los estándares de belleza? Feminazi. ¿Mujer que rehúsa bajar la voz y conformar? Feminazi. ¿Mujer desagradable? Feminazi.

“Pero hay mujeres que odian a los hombres” dicen algunos para defender su uso del término. Sin embargo, ese argumento también genera un falso dilema que presupone que ser pro derechos de la mujer o anti injusticias es ser antihombre.

Es una táctica que han usado opresores durante siglos para negar la validación de la liberación de otros. ¿Estás a favor de los derechos de los palestinos? Es porque eres antisemita. ¿Estás en favor de los derechos de los negros? Es porque odias a los blancos. ¿Estás en favor de proteger el bienestar de los venezolanos migrantes? ¡Pero hay que ayudar a los ecuatorianos primero!

Reconocer que hay violencia perpetua contra mujeres no significa que haya odio contra los hombres. Reconocer que para muchas ecuatorianas el peligro más grande para su vida es el hombre con quien comparte una cama no es difundir odio: es reconocer una realidad estadística.

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Con tanta libertad en el uso de la palabra feminazi, ¿cómo deberían las mujeres navegar el mundo?

Por ejemplo, si la cuenta de Twitter de su profesor de Economía está llena de mensajes en contra de mujeres y, sobre todo, mujeres que alzan la voz y exigen sus derechos, ¿cómo debería ella interpretar sus interacciones con él?

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Si el jefe de un gremio de la sociedad civil que, en teoría, representa a todos y todas difunde mensajes misóginos, ¿cómo debería cualquier mujer parte de ese gremio interpretar sus palabras, acciones, y decisiones con respeto a ella? ¿Debería quedarse callada cuando ve una injusticia?

Si el jefe hace chistes sexistas constantemente, ¿deberían sus empleadas darle el beneficio de la duda de que no hay un sesgo organizacional? ¿Cómo pueden ellas alzar la mano y la voz frente a hombres que demuestran un antagonismo abierto contra las mujeres?

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Las ‘feminazis’ no existen. Son un invento de hombres inseguros. Es un mecanismo de defensa que sirve para mantener una desigualdad en la sociedad. Busca migajas para insistir que de verdad hay una fábrica de pan. Pero no hay 600 hombres asesinados por sus parejas al año. No hay miles de hombres violados por mujeres. No existe el uso del término “mascunazi”.

“Pero yo nunca le he pegado a mi mujer,” responderán algunos, y está bien. Para algunos hombres parte de su lucha es no repetir la violencia doméstica que vieron o a la que fueron sometidos en su juventud: lo que no están bien es compartir y difundir la cultura que desemboca en esa violencia. Hasta empezar a denunciar, hasta dejar de callarnos en circunstancias en que escuchamos y vemos aquellas injusticias, somos parte del problema y no de la solución. Es hora de aceptar nuestra responsabilidad en el cambio.

El primer paso es eliminar la palabra ‘feminazi’ de nuestro vocabulario. El único uso legítimo de la palabra es para decir que no existe, que ‘feminazi’ es un invento de hombres inseguros.

Hay etiquetas peyorativas que pueden ser rescatadas y cuyo significado puede ser cambiado, como carishina, por ejemplo, una palabra quichua que quiere decir “como hombre” y fue usada para insultar a mujeres que no cumplían la idea social de la mujer. Ahora varios grupos han adaptado la palabra para darle un uso positivo que se refiere a una mujer que define su papel en la sociedad sin límites. Ese tipo de cambio nunca pasará con la palabra feminazi: usarlo es dar legitimidad a un imaginario de violencia sistemática contra hombres que no existe.

Los hombres nos dividimos entre machistas y machistas en recuperación. Todos fuimos criados y educados en una cultura que desvaloriza a la mujer, y los que estamos en recuperación estamos aprendiendo cómo dejar atrás las ideas y actitudes que perpetúan la desigualdad entre hombres y mujeres.

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Nos tocó a nosotros en esta generación tratar con este problema porque, por fin, hay medios que dejan a las mujeres expresar su realidad sin tener que pasar por el filtro de un hombre. Hay mucho trabajo por hacer. El primero es reconocer y ser consciente de cómo el lenguaje que elegimos busca sostener un modelo de sociedad que favorece a algunos y perjudica a otros. Y tal como el avance de la tecnología, el cambio hacia un mundo de derechos viene, lo que no está decidido es su velocidad. Nos toca decidir de qué lado de la historia queremos estar.

Entonces, que quede claro: las feminazis no existen. Son un invento de hombres inseguros.

Matthew Carpenter-Arévalo
(Canadá, 1981) Ecuatoriano-canadiense. Escribe sobre tecnología, política, cultura y urbanismo.