La vida de los otros

“Creer que los agresores tienen un trastorno es demasiado cómodo y superficial”

María Amelia Viteri es antropóloga y estudiosa de género. Una investigación que realizó junto a Plan Internacional concluyó que las vidas de las niñas en el Ecuador están atravesadas por la violencia: en casa, de camino a la escuela, cuando intentan ocupar espacios tradicionalmente reservados para los hombres. Viteri cree que la responsabilidad de que esa idea no haya cambiado no es solo de los hombres, sino de las estudiosas de género y feministas que no trabajan con los agresores presentes y futuros. Una entrevista de Isabela Ponce
  • violencia contra niñas en Ecuador

    María Amelia Viteri, antropóloga y estudiosa de género, cree que para disminuir la violencia de género hay que fijarse en las niñas.


UN CABLE A TIERRA EN UN PAÍS POLARIZADO

Suscríbete a nuestro newsletter semanal para recibir nuestras publicaciones directamente en tu bandeja de entrada

En el Ecuador,  cuatro de cada diez niñas son víctimas de violencia sexual y, según Fundación Desafío, 2000 niñas menores de 14 años se embarazan cada año en el país (una de las principales causas es el abuso sexual). En una comunidad indígena de Sucumbíos —en la Amazonía— las niñas entre 12 y 13 años ya tienen un compromiso formal —están casadas o unidas— y en la mayoría de casos estas uniones han sido arregladas por sus familias. En una comunidad indígena de Imbabura —en la Sierra— se arreglaban los matrimonios hasta hace dos generaciones atrás.

Desde hace veinte años, María Amelia Viteri es antropóloga y se ha dedicado a trabajar con mujeres y casos de violencia de género. En los últimos años ha enfocado su trabajo en las niñas. Junto a Plan Internacional —una organización que promueve los derechos de niños y trabaja en 51 países— elaboró un estudio sobre patrones de violencia contra las niñas en el Ecuador. Los resultados revelaron que la violencia las acompaña en todos sus momentos y espacios. Las niñas están doblemente vulneradas por su género y su edad, y María Amelia cree que si el Estado y la sociedad no empieza a fijarse en ellas, la violencia en contra de las mujeres aumentará.

En noviembre de 2017, Plan Internacional propuso que en la Ley Orgánica para la erradicación de la violencia de género contra las mujeres se incluya un capítulo exclusivo sobre las niñas. La organización lo escribió y presentó a diferentes grupos de asambleístas —incluido el presidente de la Asamblea, José Serrano— pero el documento no ha sido considerado hasta el momento.

¿Por qué crees que hubo esa resistencia de que las niñas tengan su capítulo exclusivo en la Ley?

Mi hipótesis es que hay un temor que si incorporas a las niñas en la ley, se pierde el foco de las mujeres. Desde lo político se puede pensar que si has forjado espacios de visibilización para las mujeres que han costado mucho, décadas, las niñas podrían quitar ese espacio. Suena ridículo. Es absurdo. No tiene una racionalidad, sin embargo, creo que es un argumento de quienes no quieren incorporar a las niñas en temas de género y mujeres. Es como que has creado tu área de acción, tus teorías, y te sientes amenazada, o piensas que la ciudadanía se van a confundir, y se va a perder algo. Hay una reticencia por parte de muchas estudiosas de género, de quienes hacen política pública, de las mismas feministas para poder hacer la conexión de que si no trabajas con estas niñas abusadas, cuando ellas se conviertan en mujeres, les va a ir peor. No se dan cuenta que una de las formas de disminuir y hasta erradicar la violencia es mirar a las niñas. Hay tanta reticencia que por ejemplo ahora en la Ley Orgánica para la erradicación de la violencia de género contra las mujeres que estamos revisando no vas a encontrar un artículo para las niñas.

Pero, ¿cuál es la explicación “formal” para que no estén incluidas?

Las que formularon la ley te van a decir “están incorporadas” porque cuando hablas de mujeres casi automáticamente estás hablando de las niñas. Pero quienes hemos trabajando con las niñas te vamos a decir que eso no es suficiente. Hay que poner un foco. Eso no existe, sino ¿cómo explicas que el estudio que hicimos entre la San Francisco y Plan Internacional sea el primero que se hace sobre niñas en el Ecuador sobre la violencia? Específicamente sobre niñas indígenas donde tienes otro eslabón.

¿Cuál eslabón?

El índice de suicidio de las niñas indígenas y campesinas es el más alto en el país. Sin duda alguna hay una relación entre abuso sexual, falta de oportunidades de todo tipo, impunidad absoluta, y el suicidio. ¿Quién te va a hacer esta relación dentro de la política pública? Prácticamente nadie. No hay nada. Esa relación se la viene haciendo desde la Academia desde hace años pero hay que estudiarlo más, hay que estudiar el suicidio y esas relaciones que tiene con el abuso. El presidente Lenín Moreno por primera vez, después de que lanzamos el libro del estudio de la niñas, hizo un manifiesto, dijo “hay cinco o cuatro de diez niñas son abusadas sexualmente”. Lanzó esa cruzada que no se había escuchado nunca en el discurso político.

¿Y en otros países?

Poco o nada. ¿Cuántos gobiernos en el continente ponen su enfoque y recursos en niñas de 0 a 6 años? La edad principal donde aprendes quién vas a ser. Tampoco de 6 a 12, de 12 a 18. Ningún gobierno va a poner recursos y enfoque en la niñez, la va a poner en las universidades, en los posgrados. No se está mirando a las causas estructurales que van a causar la desigualdad absoluta.

Pero por qué si ha habido avances en acceso a educación, por ejemplo, hay tanta desigualdad…

Hay una idea social de que las mujeres buscan su violación porque salen solas en lugar de estar en la casa encerradas, porque salen al espacio público. El espacio público sigue siendo entendido como un espacio de hombres a pesar de que tenemos Presidentas, CEOs, periodistas, Premio Nobel. Tenemos todo pero el imaginario no ha cambiado, se ha mantenido ahí. El imaginario cultural que todavía penaliza a las niñas y a las mujeres y las culpa por el abuso sexual que sufren.

¿Cómo se puede explicar esta desvalorización de las niñas y las mujeres?

Porque las masculinidades dominantes [esa idea machista de que el hombre está por encima de las mujeres en todos los aspectos de la vida] te van a decir que es permisivo tocarlas, porque si nuevamente en tu imaginario cultural la premisa es que los cuerpos de las niñas están disponibles porque valen menos que los masculinos, lo aceptas. La feminidad está entendida como menos importante jerárquicamente. Si atas lo femenino con estos niños que son perseguidos porque tienen cuerpos de niños pero según las pautas de la sociedad son femeninos [amanerados], te das cuenta que reciben violencia porque se los asocia con ese concepto. Si volvemos a cuarenta años atrás de teoría, vemos que las subjetividades de lo femenino están construidas antagónicamente a lo que es ser masculino. En la filosofía no existió lo femenino. Desde esa misma naturalización, ese tropo que pone a la feminidad como menor, como menos capaz. Y cuando menos capaz, digo menos humano, más objeto, más cercano al mundo natural. Esa dicotomía de naturaleza cultura es de la que hablaban tanto los feministas desde los 70. Que la mujer se ubica en la naturaleza, por su aparato reproductor, y los hombres se ubican en la cultura, por tanto el espacio público les pertenece. Esos tropos, no solamente no han dejado de funcionar sino para mí se han intensificado ahora.

¿Qué posible explicación hay para que se haya intensificado?

Hay demasiada atención en la legislación que es importante pero no ha ido de la mano con el cambio de imaginario cultural. La ley ayuda e impulsa cambios pero solita no te va a cambiar la institucionalidad de la familia, de los discursos religiosos, de los medios de comunicación o gubernamentales. El imaginario cultural se dejó intocado y se avanzó en acceso. Hoy hay más mujeres graduándose de la universidad que hombres pero esa desvalorización de las mujeres y de lo femenino en esos espacios no ha cambiado entonces la respuesta se acentúa, se vuelve más violenta.

¿Esto quiere decir que mientras más espacios ocupemos las mujeres, los hombres se sentirán más amenazados porque “invadimos” los lugares que “les pertenecen”?

Sin duda, porque no hemos trabajado con los hombres. Los estudios de masculinidad son relativamente recientes. Pero, ¿cuántas intervenciones has encontrado donde se trabaje con los agresores? Poquísimas. Hay algunos intentos acá en el país pero son mínimos. Hay una comisaría en la que propusimos trabajar con los agresores para entender  qué les motivó, e intentar sanar a esos hombres para que no vuelvan a reproducir.

Pero cómo explicas este aumento de la violencia…

Hay una autora que hizo un estudio de 20 años de literatura de género y de violencia de género porque se dijo “bueno lo que estamos analizando no está funcionando; por varias razones la violencia está aumentando”. Si le quitamos el porcentaje de que hay mayor acceso a las demandas, escribe esta autora, los casos de violencia siguen siendo más altos que hace un década, ¿qué hacemos? Y ella te muestra cómo esa lectura psicológica de creer que los hombres tienen un trastorno [por eso son violentos], es demasiado cómoda y superficial y no vamos a poder encarcelar a la mitad del mundo…porque esa es la incidencia. Y la autora propone que hay que volver a cómo el imaginario cultural se ha dejado intocado poniendo la legislación como la solución, como esa que nos iba a cambiar la manera de ver a las mujeres. Pero ese no es el papel de la legislación.

¿Cómo se puede cambiar esa idea de que las mujeres siguen siendo menos y tienen un lugar específico que les corresponde, y no más?

Te cuento el caso de España en una pastilla: tuvieron una dictadura mortal en la que las mujeres eran nadie. Cuando se acabó la dictadura en apenas 10 años tuvieron leyes a favor de las mujeres: acceso a la universidad y más derechos. De cero a tanto en solo 10 años, fue muy pronto. En lo cotidiano eso se manifestó con una ola brutal de asesinatos a las mujeres. Las estudiosas españolas identificaron cuáles eran la frecuencia de las muertes y descubrieron que eran las mujeres que decían “no voy a estar contigo”, “me voy a separar”, “me voy a divorciar”, “no me voy a aguantar que me controles, que me reclames por no hacer las cosas de la casa”. Esas mujeres eran las que eran asesinadas, ni siquiera golpeadas. Ahí las teóricas españolas dijeron “en estos diez años hemos trabajado con las mujeres de cajón legislación y demás pero nunca trabajamos con los hombres”. Y cuando empezaron a hacer grupos de hombres para ver qué estaba pasando, ellos decían “bueno a mí me educaron para tener una mujer que tenga hijos, pase en la casa, cocine, lave y planche. Eso a mí me dijeron que iba a tener y esa es mi mamá, mi hermana. Pero llegó ese momento de tener esposa y tengo esa otra cosa completamente”. Los hombres se sentían fauleados pensando a mí me dijeron que iba a recibir A y recibí B, y como no tenía ni una herramienta para pensar “bueno, esto a mí me conviene como hombre”, o algún nivel de reflexión, lo único que tenían a la mano era la violencia extrema.

Eso fue en España, y en Ecuador…

El caso de España es un caso ejemplar, un poco más cercano a nosotros, y sirve para pensar en que no puede haber una explicación únicamente psicológica sino también que la violencia a la mujer va de la mano de la construcción social que la desvaloriza.

¿Esta idea de que las mujeres y las niñas son menos está en todo el mundo?

Hay comunidades que no lo hacen, hay una que queda en la frontera entre Beijing-Tibet y otra en Filipinas. Tiene otra distribución, le llaman matriarcado pero es matrilineal. Allí las niñas heredan la fortuna, heredan el apellido, las habilidades, no hay la palabra padre porque los padres son tíos, no hay matrimonio monogámico, las mujeres son las que tienen el poder sobre las esferas y no hay conflicto. Esa es otra forma de pensar lo femenino. Hay otras formas de pensar…hay gente que cree que todo está perdido y así es el mundo, pero de ninguna manera, hay ejemplos concretos de que el mundo se puede pensar de otra manera, y eso ya te descuadra una lectura psicológica para explicar estas violencias.

Volviendo a las niñas, está claro que su género las vuelve más vulnerables que los niños. Pero ¿qué hay de la edad?

La otra variable a este problema es el adultocentrismo. Si tienes una sociedad centrada en los adultos es muy difícil que esa sociedad mire a sus niños. Hicimos un estudio para la Defensoría del Pueblo en el que nos pidieron que veamos si es que en diez años los ecuatorianos habían dejado de usar el castigo físico con sus niños en las familias. Lo hicimos en algunas provincias y el resultado fue que no solo no cambió, aumentó. Nosotros pensábamos que porque ahora hay más acceso a la información sobre cómo educar a los niños sin castigos, hay más derechos para los niños, hay otras formas de relacionarse que no son la violencia física, ni verbal, ni psicológica, debía haber disminuido. Pero no.

Si miras el caso de AAMPETRA te das cuenta que solo 4 familias, de 40, denunciaron. Las mismas familias están protegiendo al profesor y un sistema, no están abogando por sus niños, sus hijos. Si las familias no pueden cuidar a sus hijos y a sus hijas, ¿cómo ves que el resto de instituciones va a poder? La idea siempre es dejarlo a las instituciones, que gobierno actúe, la Academia, las investigadoras, los medios. Y se lavan las manos, cuando la afectación primaria —y eso está más que comprobado— es tu metro cuadrado, desde lo cotidiano puedes influir en el cotidiano.

¿Qué se puede hacer para vernos en diez años y no hablar de lo mismo? Qué se necesita para que un estudio como el de Plan Internacional sobre violencia contra las niñas no se quede en estudio…

Afectar tu metro cuadrado desde donde estés. Se necesita apoyo del gobierno, de los ministerios, del sistema educativo, de los medios. Llegar a sentidos comunes. ¿Por qué crees que la campaña Con mis hijos no te metas es tan exitosa? Porque va al sentido común, “a mi familia la voy a proteger”… no tiene ninguna racionalidad. Solo importa cómo apela a tu sentido común. Entonces cambiemos los sentidos comunes.

Algo que vimos en el estudio es que si dentro del hogar hay violencia de cualquier tipo y se calla, es una familia candidata al abuso sexual porque ya estás facilitando, habilitando la violencia.

Si agarramos el estudio (yo sé que es chiquito) pero si lo tomas como indicador que las familias ecuatorianas siguen usando el castigo físico porque creen que es una forma de educar, ese castigo físico está directamente relacionado con la naturalización de abuso sexual a niños y niñas. En el caso de la Condamine toda la investigación muestra que ese niño fue abusado por este profesor. Sin embargo, el colegio protege al profesor porque los niños son la última rueda del coche. Si el niño es la última rueda del coche, imagínate la niña. Es nadie. Qué le vas a oír.

Generalmente las mamás, como las niñas cuentan, pocas veces les consuelan. Les pegan encima, les dicen “tú has de haber hecho algo”, saben que pasó y están en las narices pero van a perder su apoyo económico, su capital social. es un estigma ser una mujer separada, divorciada.

¿No es también porque las madres han sido víctimas de abuso?

También, lo naturalizan porque lo han visto tanto. Psicológicamente te van a decir que así funciona. Si has naturalizado algo, en lugar de prevenirlo en tu hijo, se vuelve a repetir. Si no tienes ninguna herramienta que te diga “eso no es natural”.

¿Cuáles son esas herramientas que se necesitan?

Sigue siendo la educación, suena trillado, pero es así: una educación temprana. Mientras más temprano entras con herramientas educativas, mejor. Hay que mostrar que hay otro modelo para que la sociedad funcione que no es el patriarcado, donde el hombre es el más importante. Si te fijas, antes las académicas decíamos “las mujeres se quedan en relaciones de violencia estructural por dependencia económica” pero ya no, ya todos estos estudios no sirven porque ves mujeres que son independientes económicamente, incluso ganan más que sus parejas pero siguen teniendo dependencia emocional gigante. Esto porque les han enseñado que esa persona a su lado, por más exitosa e independiente que ella sea, debe estar por encima suyo.

Isabela Ponce
(Ecuador, 1988) Idealista y exageradamente curiosa. Periodista con ganas de construir un mundo mejor. Le encanta aprender y escribir sobre ambiente, derechos de las niñas, derechos de las mujeres y minorías. Editora y cofundadora de GK.