Hay un aura detrás de Kurt Cobain del que su nombre nunca podrá escapar. Tiene que ver con la ansiedad, la angustia, las adicciones y la depresión. Con su suicidio, desde luego. Para sus fanáticos solo quedan sus canciones y esas letras, muchas veces, impenetrables, que quizás articulan algo como un punto de vista, una historia, consejo o simplemente ira. 

El cantante, guitarrista y compositor principal de Nirvana solo necesitó cinco años para dejar un impacto en el mundo. 

De golpe, entró en el famoso club de los 27 —los artistas muertos a los 27 años.

Cobain es de la estirpe del músico maldito. No solo porque se quitó la vida de un escopetazo en la cabeza el 5 de abril de 1994 —tres días después recién encontrarían su cuerpo— sino por dejar una obra plagada de rabia, de gritos e imágenes extrañas —como la de un beso como mecanismo para drenar a alguien— distribuida en discos de estudio, en vivos, en sus diarios publicados, y en centenares de entrevistas que dio en todo el mundo.

Pero él siempre redujo la importancia de sus palabras. 

“La música es lo principal, las letras son secundarias”, dijo ante una cámara en el fragmento de una entrevista que se encuentra en el home video Nirvana: live, tonight, sold out

Lo dijo varias veces más, de diferentes maneras, como si tuviera vergüenza de lo que escribía, como si los acordes y las melodías que inventaba fueran lo único valioso. Y bueno, sí que había una especie de genialidad pop en su manera de componer y crear coros con unos ganchos poderosos, que todavía son cantados con la misma emoción de hace más de 30 años.

“No escribo nada con significado intencionalmente”, también llegó a decir. Quizá lo que decía no era exactamente eso.

Si bien es poco lo que se habla de su capacidad como letrista, existen los suficientes estudios y detalles revelados por expertos y otros miembros de Nirvana que dan cuenta de que Kurt Cobain era un compositor rápido y que, en medio de esa velocidad, le dedicaba poco tiempo a lo que quería cantar. 

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“Eso era lo genial con Kurt: podía tener un riff, pero luego era tan bueno en el fraseo vocal. Normalmente escribía la letra en el último minuto. Pero era tan bueno en el fraseo vocal [en los ensayos]. Y voilà: tenías una canción”, dijo el bajista de Nirvana Krist Novoselic a la revista Rolling Stone en octubre de 2013.

No es que era lo menos importante, sino que lo principal para él siempre fue cómo iba a sonar la unión de todos esos elementos. 

En ese panorama, las letras de Cobain tenían un espacio muy delimitado, y en ese terreno él escribía. Es decir, tarareaba las melodías hasta que por fin tenía letras y esas letras, casi siempre, respetaban esas melodías y las métricas que venían de antes. 

Las letras de Kurt Cobain se acoplaban a su función fonética.

Los grandes temas de Cobain

Lo que reina en la lírica de Kurt Cobain es la emoción. Sin emoción no hay nada.

Un verso no continúa con la idea del anterior. Quizás tres líneas más tarde se retoma la idea. Más que escribir letras, Kurt editaba lo que quería cantar. El sentido existe, pero hay que agarrarlo con fuerza, para no caer por un precipicio.

Él estaba muy consciente de lo que su voz conseguía transmitir y, de manera casi instintiva, las letras de sus canciones buscaban su fuerza en la emoción.

Pero más allá de lo emocional, hay tres grandes temas sobre los que Kurt Cobain escribió. 

El primero tiene que ver con cierto carácter pesadillesco detrás de la niñez y la adolescencia. Ambas como lugares de espanto, ya sea por las experiencias vividas, así como por una sensación generalizada de pesadilla y sobre las personas que han generado esa sensación.

Pareciera que para él nunca hubo un lugar feliz; así, como tal.

Y en la música existiera algún tipo de justicia.

En Sliver —uno de sus primeros sencillos que lanzaron y que luego formó parte del disco Incesticide— canta la desesperanza de un niño al que sus padres dejan al cuidado de sus abuelos mientras se van a una fiesta. 

En la letra personifica esa desesperación, ese horror de no ver a los padres nuevamente. Es como si la calma del infante fuera imposible.

“Mamá y papá se fueron a un espectáculo y me dejaron en casa del abuelo Joe / Pataleé y grité y dije «¡Por favor, no se vayan!”, canta al inicio del tema, que tiene un solo verso en el coro que se repite y repite: “Abuela, llévame a casa”. El pequeño no es escuchado, es un estorbo porque no para de quejarse y los abuelos lo mandan a jugar afuera.

En Sliver se rompe algo de esa tranquilidad infantil. Es una canción sobre el final del paraíso, de lo apacible. 

El niño se duerme, finalmente, y cuando se levanta está en los brazos de su madre. Mientras se escucha la repetición eterna del coro, Cobain grita, como si no estuviera en los brazos de su madre, como si esa persona fuera parte de su pesadilla. O quizás porque ya no va a encontrar paz en esos brazos.

En School —canción del primer disco de Nirvana, Bleach, de 1989— la letra es directa y clara: “¿No lo creerías? Es la suerte que tengo / ¡No hay recreo! / Estás en el colegio de nuevo”. 

Esos tres versos se repiten en diferentes partes de la canción, con mayor o menor intensidad. La pesadilla de Kurt era despertarse y descubrir que volvía a estar en el colegio.

Ese lugar que no fue, precisamente, un espacio seguro.

Es más, de acuerdo al documental Montage of heck, de Brett Morgen, la vida en la secundaria de Kurt Cobain resultó un pequeño infierno. Él, parte del grupo de los perdedores del colegio, miraba con desprecio el trato de la gente popular —cheerleaders y deportistas en general— el trato déspota que él y otros recibían.

Si bien él también era maltratado, sus facciones, su cabello rubio y sus ojos de un azul penetrante le daban cierta ventaja frente al resto de los “perdedores”. 

Los populares, esos que se creían en la libertad de bullear al resto, también estuvieron en la mira de Kurt. Seres estúpidos, a los que él llama idiotas en su cara, esa gente machista, violenta, acosadora que se convirtió en fanática de su banda y de sus canciones. 

Esto pasa en canciones como Mr. Moustache, donde dice “Tranquilo en un sillón / caca dura como una roca / no me gustas de todos modos / séllalo en una caja”. 

También en uno de los grandes clásicos de Nirvana, In Bloom, del disco Nevermind: “Es el único a quien le gustan todas nuestras bonitas canciones / Y le gusta cantar y le gusta disparar su arma / Pero no sabe lo que significa”.

En Frances Farmer will have her revenge on Seattle —del último disco de Nirvana, In Utero— hay un sentido de justicia violenta ante estos seres que han causado daño en el pasado: “En su falso testimonio espero que sigan con nosotros para ver si flotan o se ahogan / Nuestro paciente favorito, muestra de paciencia / Puget Sound cubierto de enfermedades / Volverá como el fuego para quemar a todos los mentirosos y dejar un manto de ceniza en el suelo”.

Cobain pro derechos de mujeres y de la comunidad LGBTI

Si bien lo dijo muchas veces y su banda tuvo varias acciones públicas de apoyo a proyectos y comunidades gays y lesbianas, en sus canciones, Kurt Cobain puso en evidencia lo importante que era para él defender a personas que hace más de 30 años eran rechazadas a todo nivel.

Es probable que en esta perspectiva haya tenido que ver su hermana menor, Kim, que sufrió rechazo de su familia cuando hizo público que era lesbiana. Entre las pocas personas que la aceptó y defendió estaba su hermano mayor.

Y ella es el centro de Been a son, tema en el que Kurt canta: “Ella debió alejarse de sus amigos / debió haber tenido más tiempo / Ella debió haber muerto cuando nació / Ella debió haber llevado la corona de espinas / Ella debió haber sido un hijo”. 

Cobain fue más allá en la canción Stay away, del Nevermind, que tiene un último verso que se pierde en un grito desgarrado que dice: “Dios es gay”.

Cobain odiaba la homofobia. En el texto que acompañaba al disco Incesticide, escrito por él, colocó la siguiente advertencia: “Si alguno de ustedes odia a los homosexuales, a la gente de otro color o a las mujeres, por favor, háganos un favor: ¡déjennos en paz! No vengan a nuestros conciertos y no compren nuestros discos”. 

All apologies es la canción que cierra el In Utero y no deja de ser una especie de tema de unidad que busca decir que somos todo lo que tenemos. 

La identidad de género está ahí, a la cabeza, en un juego de decir y no decir algo: “¿Qué otra cosa debería ser? Todas las disculpas / ¿Qué más podría decir? Todo el mundo es gay”. 

En pleno 1991, Cobain se plantea una discusión sobre el derecho de las mujeres a decidir si quieren o no tener hijos. En Come as you are termina hablando a favor del aborto y de la violencia contra la mujer, pero a su manera, en una especie de collage de momentos que tienen sentido una vez que se entra en el juego de las paradojas: “Tómate tu tiempo, date prisa / la elección es tuya, no llegues tarde / Descansa como un amigo, como un viejo recuerdo”.

Cuando canta Pennyroyal Tea, si bien habla de él mismo, lo hace con la conciencia del poder de las mujeres de tomar decisiones sobre su cuerpo, utilizando la idea de un té de poleo (un tipo de menta) que se usa para generar abortos, como mecanismo para acabar con su dolor: “Siéntate y bebe té de poleo / Destila la vida que hay dentro de mí / Siéntate y bebe té de poleo / Soy la realeza anémica”.

En Polly, cuenta la historia de una chica secuestrada y violada y lo hace desde la perspectiva del criminal. 

Ella, al final, encuentra la manera de salir de su encierro en un descuido de su captor, y él es capaz de reconocer que ella lo ha vencido: “Polly dice que le duele la espalda / Está tan aburrida como yo / Me pilló con la guardia baja / Me asombra la voluntad del instinto”.

In Utero, el disco que Nirvana lanzó en 1993, es una especie de oda a la fisiología de la mujer, así como a su capacidad de engendrar y a la idea de un amor corporal. Es como si para él no existiera ser más importante que la mujer y, a través de su relación con Courtney Love, pudiera experimentarlo.

“Las orquídeas carnívoras aún no perdonan a nadie / me corto el pelo con cabello de ángel y aliento de bebé / Roto el himen de Su Alteza, me quedo negro / Lanza el cordón umbilical para que pueda trepar de nuevo”, canta en Heart-shaped box.

La sentencia final sobre este punto se encuentra en Territorial Pissings. No hay que darle más vueltas. Él sabía lo que decía y lo que quería decir: “Nunca he conocido a un hombre sabio. Si fuera así sería una mujer”.

La autoconmiseración como mecanismo creativo

No es que Cobain se odiara, pero sí era capaz de entender que a través de esos momentos bajos y de angustia surgían versos que calzaban a la perfección con lo que tarareaba, con ese espíritu contenido en sus canciones. 

Había una clara conciencia de eso, incluso hasta cuando lo decía con sarcasmo.

En el primer verso de la primera canción del disco In Utero, Cobain canta: “La angustia adolescente ha pagado bien / ahora estoy aburrido y viejo”. Es aquí, en Serve the Servants, que hay un sentido más profundo de todo aquello que es él. 

A sus 26 años —cuando compuso y grabó esta canción—, él ya entendía lo que no estaba funcionando con él y el estrellato.

Kurt mira su propia biografía con desdén, como si quisiera decir que lo que pasó en su vida no es un mecanismo para descifrar el sentido de sus canciones: 

“El divorcio legendario es tan aburrido”, canta en referencia a esa parte de su historia de cómo le afectó el divorcio de sus padres cuando tenía 9 años.

En Dumb, también del In Utero, hay una primera persona que se reconoce como socialmente inadecuada: “No soy como ellos, pero puedo fingir / El sol se ha ido, pero tengo una luz / El día ha terminado, pero me estoy divirtiendo / Creo que soy tonto o tal vez sólo soy feliz”. Pero luego, en el puente de la canción, hace el giro siniestro: “Despelleja el sol, duérmete / Deseo olvidado, el alma es barata / Lección aprendida, deséame suerte / Quemadura calmante, despiértame”.

Milk it, quizás la canción más agresiva del catálogo de Nirvana, Cobain deja su garganta en el camino. Habla de él mismo, de ese “yo” que él mismo ha alimentado con la fama. Se detesta y se mira con desconcierto: “Soy dueño de mi propio pequeño virus / puedo acariciarlo y ponerle nombre / Su leche es mi mierda, mi mierda es su leche”.

La autocondescendencia es la base de Lithium, otro de esos clásicos de Nirvana. La persona depresiva que vive una mejor vida con la medicación, aunque en el fondo sabe que es una ficción producto de los químicos: “Estoy tan feliz porque hoy encontré a mis amigos, están en mi cabeza / Soy tan feo, pero está bien porque tú también lo eres / Rompimos nuestros espejos”.

Pero si se trata de encontrar esa perspectiva con todos los colores y banderas, en el último tema que grabó la banda, You know you’re right —que se publicó como sencillo en 2002, ocho años después del suicidio de Cobain— aparece todo ahí. 

Una especie de declaración de principios sobre lo que no se quiere hacer y no se debe hacer, para llegar a un coro que repite la palabra “dolor” una y otra vez, que decanta en un “sabes que tienes razón”, aceptando la resolución de alguien más, negando lo anterior. 

No hay mucho que hacer. Por más que se tengan las respuestas, para el Cobain letrista no se trata de ejecutar el plan, sino de reconocer la derrota: “Nunca te molestaré / Nunca volveré a decir una palabra / Me iré arrastrando de una vez por todas / Me alejaré de aquí / No tendrás miedo a temer / No pensé mucho en esto / Siempre supe que llegaría a esto / Las cosas nunca han estado tan bien, nunca he fallado”. 

Y sí, nunca falló.

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Eduardo Varas
Periodista y escritor. Autor de dos libros de cuentos y de dos novelas. Uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina según la FIL de Guadalajara. En 2021 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, que entrega la FIL de Guayaquil.
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