Emilio es una envoltura. Tiene ganas de todo y no tiene claro nada. La bruma a la que hace referencia el título de la primera novela de Miguel Molina Díaz, nacido en Quito en 1992, es la que lo envuelve a él. La que está dentro de él. Una niebla que lo va a llevar a hacer algo éticamente reprochable.

Algo de lo que deberá salir de alguna manera. 

El éxito de una novela como Bruma es que, a nivel de estructura, su autor recurre a cierta linealidad en la historia, interrumpida por la aparición de entrevistas a varios escritores. Se podría decir que es una fórmula sencilla y efectiva, y no por eso poco literaria. En realidad, lo que se construye, a medida que avanza la lectura, es una torre en la que se busca desacralizar algo que parece ser la piedra en el zapato de la literatura ecuatoriana. 

Que Ecuador no ha podido tener su escritor reconocido mundialmente, como lo hizo Colombia con García Márquez, o Perú con Vargas Llosa. A Ecuador se lo saltó el Boom latinoamericano.

Molina Díaz parece burlarse un poco de esa ausencia, de que el único escritor ecuatoriano del Boom fue uno inventado por Carlos Fuentes y José Donoso, al que llamaron Marcelo Chiriboga. Y para hacerlo crea a Emilio como escritor en formación. El autor, desde la sala de su departamento en el centro norte de Quito, dice que quería trabajar con este personaje para desacralizar el acto de escribir porque la literatura no es intocable

Para entrar a la sala de su casa, hay que quitarse los zapatos. Esa es la particularidad al ingresar al lugar en el que Miguel Molina Díaz escribe. Un detalle que habla de ese lugar casi sagrado, personal; un templo propio. En Bruma también existe su particularidad: “Quería hablar sobre los lugares comunes respecto a los cuales parecería que la literatura ecuatoriana tiene sus límites (…) que pasa por esa sensación e idea de que nuestra literatura es menor”, dice Molina.

Bruma es sobre romper los límites hasta de lo correcto. Es entrar a una casa y sacarse los zapatos aunque lleves medias con huecos. Es también sobre el daño que nos hace la gente querida y sobre el daño que podemos hacer a la gente que nos quiere. Es una novela sencilla y efectiva, pero nada fácil. Porque golpea.

Molina Díaz ha creado a un escritor en formación en la figura de Emilio —sobre quien recae toda la acción de la novela— que viaja a Barcelona a estudiar una Maestría en Literatura. Lo hace para escapar de un corazón roto, que es la única razón válida para viajar a otra ciudad cuando se está en los 20 años. 

Emilio quiere ser escritor. Es alguien que lee, que quiere entrar en contacto con un mundo distinto al de Quito. Es el joven que responde al ideal del escritor que rondó por Latinoamérica hasta hace una década: el que debía ir a España para estar cerca de las grandes editoriales multinacionales.

Ese extraño deseo de ser alguien

Hay un punto de partida para Emilio, más allá de que comparte cierta relación con algunas experiencias vitales de Miguel Molina Díaz. Y sí, no son la misma persona, pese a que gente que conoce a Molina Díaz encuentre paralelismos. Ese punto de arranque es la ficción que le permite al escritor indagar en una idea que tiene su porcentaje de polémica.

“Hay gente que considera que necesita ser un escritor importante y eso es como querer ser presidente. No hay algo en tu vida, no funciona algo en tu vida si es que deseas eso [ser importante]”, dice Miguel Molina Díaz.

Podría decirse que el deseo de Emilio de ser reconocido es una forma de venganza a la mujer que no lo reconoció en Quito. Y a Emilio parece no importarle nada más que eso, sobre todo porque en Barcelona, en clases de la maestría, conoce a Belén Garmendia, la asistente de la profesora Carmen Riera, con quien va a empezar lo más cercano a una relación amorosa entre dos personajes que podrían estar rotos, alejados de su centro.

La bruma en Bruma es compartida.

Emilio es un personaje que hace algo detestable que se convierte en su fuente de ingresos. Algo que desde el periodismo es un acto de falta de ética. Se convierte en corresponsal de varios medios de Ecuador donde escribe de escritores españoles. Pero estas piezas tienen un problema medular en su concepción: son inventadas.

Y mientras esto sucede, la vida continúa. 

Hay algo profundo en Bruma. Emilio encarna no sólo el extraño deseo de ser reconocido. Hay una complejidad detrás de él, como si Molina Díaz quisiera revelar algo más. “Yo no quería hacer un personaje corrupto. Quería que Emilio tuviera la posibilidad de generar en los lectores un nivel de comprensión, de empatía. Por eso debía dividir la experiencia del lector: en un momento se trata de conocer al mundo [de Emilio] para generar esa empatía. Y luego, de algún modo, hacer que suceda el conflicto, para después resolverlo”, dice el autor.

El trabajo de Molina Díaz con la novela fue armándose en varios momentos y espacios. Un espacio importante es una libreta que él tiene en uno de los cajones de su escritorio. Hay páginas y páginas escritas con frases, con desarrollo de momentos, con pedazos de papel de otras fuentes que terminaron ahí para redondear la idea. Dice él que el escritor ecuatoriano Carlos Arcos le dio la idea y la ha implementado: anotar todo lo que se le ocurra sobre la historia que está desarrollando. 

Otro momento —y espacio— para que Bruma pudiera escribirse fue la Maestría en Escritura Creativa en español por la Universidad de Nueva York. La novela fue su trabajo de titulación y la empezó a escribir durante los talleres de escritores como Daniela Eltit, Kirmen Uribe y el fallecido Sergio Chejfec —a quienes agradece al final del libro.

Portada de novela Bruma

Portada de la novela Bruma, de Miguel Molina Díaz. Imagen tomada de la Planeta de Libros.

Luego, de vuelta en Ecuador, aprovechando parte del confinamiento por la pandemia y tiempo después, Miguel Molina Díaz continuó con la novela hasta terminarla. 

Un crimen casi perfecto

Emilio tiene que pagar por lo que ha hecho. Porque ese es el camino que la narración tiene que seguir. Sin embargo, Miguel Molina Díaz no cae en lugares comunes, por suerte. “El crimen perfecto debe descubrirse. Pero me di cuenta de que el camino no era por ahí. Sí hay una condena que es peor, que no es social”, dice el escritor.

El desenlace de Bruma se asienta sobre la idea de que todo velo, niebla, eso que no dejaba ver lo que había dentro, se ha esfumado.  

Que al final, cuando esto sucede, las cosas se revelan como son. Emilio se da cuenta de quién es, de lo que ha escrito, de lo que ha conseguido. Al final, más que castigo o culpa, la responsabilidad es lo que cae de golpe. No hay moralismo, para nada, hay una confrontación con las propias acciones.

Esa es la brutalidad de una novela como Bruma, que termina por desencajar a sus lectores. Porque es capaz de definir a la ficción de una manera cruenta: es la alteración de la realidad, lo que se puede hacer con la escritura y lo que esta consigue.

En su sala, en este punto de la conversación, Miguel Molina Díaz habla de su pasión por el cine de Quentin Tarantino, reflexiona sobre Once upon a time in Hollywood y cómo, en medio de una sala de cine, disfrutada de un final que cambiaba la historia como se conocía, porque Tarantino había salvado a personas que en la vida real habían sido asesinadas. 

En Bruma no hay alteración para salvar a nadie. Existe solo para que se pueda dar ese acercamiento de lo que quiso y no pudo ser cuando Molina Díaz estuvo en España. Por ejemplo, no tuvo manera de conocer a Javier Marías, pero describe ese encuentro en las páginas de un libro. 

“La literatura me permite algo que es increíble, que grandes escritores se encuentren gracias al trabajo de un ecuatoriano mentiroso”. Porque sí, escribir es una forma inteligente de mentir y Miguel Molina Díaz lo sabe muy bien.

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Eduardo Varas
Periodista y escritor. Autor de dos libros de cuentos y de dos novelas. Uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina según la FIL de Guadalajara. En 2021 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, que entrega la FIL de Guayaquil.
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