A veces, cuando se ven documentales de la BBC sobre la vida de animales en desiertos o en selvas de alguna parte del mundo, lo que importa es la contemplación. Como espectadores nos convertimos en testigos de lo que pasa en la convivencia de seres que, muchas veces, menospreciamos o ignoramos su experiencia de vida. Pero la vida es extraña y rara vez simple. 

La recompensa se da en esos momentos en los que narrador o narradora de estos documentales están en silencio y se puede ver al pequeño elefante luchando por salir de un lago o a un león a punto de atacar a un venado. Como si la cámara nos lanzara a la cara aquello que no podemos entender, pero que sucede, que es parte de una experiencia en el planeta. 

Contemplar a los animales cuando todo lo demás parece estar roto —hablo del mundo de las estructuras humanas en el que nos movemos— podría entenderse como la abstracción final que ayude a experimentar algo más sobre la vida. No se trata de entender ni de reflejarse, se trata de participar de algo que se nos escapa. En eso hay una exigencia para el espectador.

Esta es una exigencia similar a la que se percibe en una gran parte del metraje de La piel pulpo, el segundo largometraje de la quiteña Ana Cristina Barragán. Una película sobre lo que se ha perdido, sobre ese lugar que ha sido importante y que ha determinado tanto en la vida de los personajes. 

La piel pulpo, de Ana Cristina Barragán

Fotograma de La piel pulpo de Ana Cristina Barragán, en el que aparece Isadora Chavez Ron. Fotografía de Ibermedia.

La película es sobre una pérdida muy temprana —ese trunco proyecto de acercar a una familia de cinco personas a una vida en comunión con la naturaleza, en una isla, alejados de todo—. Es sobre eso que se perdió y las consecuencias de esa pérdida. 

Y como sucede con los documentales de la BBC, al menos por una buena parte del metraje vemos a los mellizos Iris y Ariel y a su hermana menor Lía —todos adolescentes— en silencio, como si no dijeran nada y en esa especie de naturalidad y combinación  ante los ruidos exteriores, ellos viven. Participando de algo en lo que siempre han vivido y que no tienen necesidad de definir o explicar. 

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Viven con los animales y terminan mimetizándose con ellos. Iris, Ariel y Lía —interpretados por Isadora Chavez Ron, Juan Francisco Vinueza y Hazel Powel— parecen animalitos por momentos. Sin llegar a lo explícito, en la película de Ana Cristina Barragán hay pequeños gestos captados por la cámara que harían pensar en el incesto, o momentos en los que la sexualidad se explora como si fuera una experiencia ligada a la ansiedad, como punto de arranque o como desfogue. 

La piel pulpo no es fácil de ver. Interpela y no ofrece explicaciones. Estas se las descubre a medida que avanza el filme, que se mueve entre el silencio absoluto de los personajes, sus gestos y las particulares maneras de relacionarse con quienes no son parte de su entorno. Porque, como animalitos, los personajes del filme son parte de una situación que se nos escapa y que estamos obligados a sostener entre las manos.

Esto hace de La piel pulpo una rareza en la cinematografía nacional. Una rareza importante.

Crear el universo de lo natural y del silencio

Ana Cristina Barragán es de la generación de 1987 y dice que toda su vida la ha traspasado el mundo animal. Mientras habla, su gato Turrón —una belleza blanca, con manchas negras grisáceas— salta de un sofá a otro y maúlla. 

Ese mundo animal que la ha cruzado se ha mezclado con otros intereses. Están, por ejemplo, los temas de la fraternidad y de la infancia. Ana Cristina habla de su hermana, de una persona que es como su hermano y de las infancias de primos como estos “espacios herméticos, de muchas heridas compartidas y mucha complicidad”. En ese sentido, tanto Alba —su magnífica ópera prima de 2016— y La piel pulpo comparten una especie de ADN que pone el foco en esas primeras experiencias vitales.

La directora y guionista creció en la playa con su papá. En medio de un montón de pozas, de seres minúsculos como erizos y babosas, aparecieron intereses que se reflejaron en un proyecto fotográfico y en la protección del hábitat de estos pequeñísimos animales. 

De pronto, en medio de la fotografía, empezó a salir la idea de la película que colocó en un mismo nivel a los moluscos, a lo fraternal, lo gemelar y el crecimiento en esas condiciones. La piel pulpo cuenta una historia, pero lo que le permite brillar es la forma pausada, casi sin diálogos y enclaustrada de contarla, pese a que la gran mayoría del metraje es en exteriores. 

“En La piel pulpo los personajes tienen 15 años, y se siente que hubo un pasado en esa casa, que hubo un momento de felicidad en el que todo este plan funcionó, donde el papá creía en esta idea de crecer en la naturaleza. Y muestra cómo todo se ha ido desgastando un poco, sobre todo por la madre, por las heridas que la madre trae de la ciudad”, cuenta Barragán.

Fotograma de La piel pulpo de Ana Cristina Barragán

Fotograma de La piel pulpo de Ana Cristina Barragán, en el que aparecen Juan Francisco Vinueza e Isadora Chavez Ron. Fotografía de Ibermedia.

Hacer una película como esta ha sido un proceso fuerte. Incluso el rodaje tuvo que partirse en tres momentos, especialmente por el confinamiento que trajo la pandemia del covid-19.  Hasta retomar el rodaje —sobre todo para volver a conseguir el financiamiento que se cayó en 2020— ella siguió escribiendo escenas, explorando el desarrollo de estos personajes. Escenas que se rodaron y que quizás no quedaron en el metraje final porque una película es un ir y venir, es un diálogo constante, como dice Barragán. 

Uno que tomó un año y medio de rodaje.

“Creo que las películas tienen que crecer y cambiar contigo, porque si no terminas filmando algo que escribiste hace cuatro años y que ya no te representa y eso se termina traspasándose al espectador. Y terminas editando algo ciñéndote a una historia que tienes en el guion final, pero que ya no te representa”, explica con más precisión.

Una película puede ser también un ejercicio de honestidad artística.

En el caso de La piel pulpo, hay algo importante que notar y que Ana Cristina Barragán tiene claro: el mínimo uso de diálogo. “Trato de no quedarme en un lugar cómodo”, dice. Eso significa que en el entorno creado para su película, especialmente en los primeros minutos, ella no apostó por una sucesión de acciones que vayan a generar un conflicto evidente que se deberá solucionar en el resto de minutos de la película. Ella apostó por el silencio, que sean los cuerpos los que sugieran la conversación entre los personajes, ya que “no tienen tanto de qué hablar” porque conviven en el mismo espacio todo el tiempo.

El conflicto está, pero no está dibujado, se lo sugiere. Se presenta con propiedad hacia el final de la película, que ofrece los momentos más intensos del cine ecuatoriano. Una especie de retorno a la utopía de la felicidad, cuando no todo estaba roto.

Lo profundo y lo superficial

Hay una paradoja en un título como La piel pulpo. Un título que no tiene por qué ser explicado, pero que tiene algo de maravilloso. La paradoja está en la piel, como esa primera capa para experimentar el mundo y en el pulpo, como esa posibilidad de existencia en una profundidad que no se visita regularmente.

Lo que está ahí y lo que subyace.

Es esa imagen que muestra la naturaleza, no como un paraíso, sino como el terreno de aquello que se ha acabado y que a la vista sigue siendo hermoso —la escena de unas aves rodeando a una personaje es absolutamente bella y bien lograda. Es también esa cámara que sigue a los personajes, ese montaje que a veces se decanta por los detalles en primer plano, esa dirección de arte que habla de lo que se ha terminado y que sigue estando con vida.

Ese montaje que pasa de tomas de animales microscópicos a Iris, Ariel, Lía y su madre.

La piel pulpo, de Ana Cristina Barragán.

Fotograma de La piel pulpo de Ana Cristina Barragán, en el que aparecen Isadora Chavez Ron. Fotografía de Ibermedia.

En esa paradoja descansa el encanto de una película en la que, eventualmente, hay que salir de este espacio idílico de la isla para ir a la búsqueda del pasado, para ir al mundo exterior. Iris se convierte en el personaje central y deberá moverse para recuperar algo en medio de lo desconocido. En ese traslado ella estará obligada a enfrentarse a un mundo agresivo. 

Uno que no la va a entender.

En el cine, las historias de los seres que regresan a las ciudades, luego de una vida “no civilizada”, se centran en la monstruosidad detrás de esa vida alejada de lo socialmente normado. Pasó con Tarzán y con la bestia llamada King Kong. 

Se supone que no se acostumbran y ahí está la monstruosidad en el medio. Pero lo profundo en La piel pulpo es que al colocarnos en el rol del espectador que contempla, somos testigos de Iris y somos sus aliados, porque hay algo que nos une y atraviesa. 

Quizás no podemos explicar o entender todo lo que sucede aquí, pero no todo cine tiene que ofrecer respuestas. Sí una experiencia que nos ayude a aceptar que el mundo es más complejo de lo que creemos.

La piel pulpo se estrena el 19 de enero de 2023 en salas de cine, en Ecuador.

Eduardo Varas 100x100
Eduardo Varas
Periodista y escritor. Autor de dos libros de cuentos y de dos novelas. Uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina según la FIL de Guadalajara. En 2021 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, que entrega la FIL de Guayaquil.
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