Graciela Ramírez es psicóloga clínica, tiene una maestría en Ciencias Sociales y otra en lingüística teórica. Sus temas de investigación se centran en violencia contra las mujeres y niñas. En esta entrevista, Ramírez habla sobre la violencia simbólica, un tipo de violencia casi imperceptible que ha estado presente históricamente.

Última Actualización: 25 noviembre, 2022
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¿Cómo definiría la violencia simbólica?

La violencia simbólica es esa violencia invisible que, al mismo tiempo, está socialmente aceptada. Es la que reproducimos y aceptamos sin darnos cuenta, y que está muy marcada en nuestra cotidianidad.

Se opone a la noción de las violencias más visibles como la violencia física y la sexual, que normalmente tienen evidencia mucho más concreta, y que son punibles. La violencia simbólica en algunos casos puede llegar a ser punible, pero en otros, simplemente está socialmente aceptada y puede volverse violencia estructural. 

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Es decir, que no solamente está aceptada por las personas, sino que está aceptada por el Estado y las instituciones. En ese sentido se valida, no como algo punible sino como algo aceptable.

¿Cómo escala la violencia simbólica?

Una de las formas comunes de violencia simbólica, y que tiene que ver también con la violencia sexual, es el acoso. El acoso en el espacio público, sea en espacios de trabajo o educativos.

Lo simbólico entra por ahí, por expresiones, por frases que pueden pasar como bromas inapropiadas. Yo siempre pongo este ejemplo de que hay una distancia súper chiquita entre lo que es inapropiado y lo que ya se vuelve punible, delictivo. O sea, decirte algo desagradable, puede no llegar a ser un delito, pero ya te pone en una situación de vulnerabilidad.

​​Entonces el acoso, cuando empieza a rebasar esa línea de lo no permitido, lo incómodo, desagradable, ya empieza a ponerte en un riesgo que configura otra situación de acoso y va escalando.

Si uno permite situaciones “pequeñas” de violencia, digamos, así entre comillas, las permite todas. Porque estas situaciones “pequeñas y leves” de violencia en una vida donde se han acumulado más de estas mismas, ya no tienen un impacto leve, sino que obviamente tienen impactos graves en las vidas de las personas. 

Entonces va escalando. Aceptar una forma de violencia es aceptarlas todas

Por eso tiene que haber un freno súper fuerte a todos estos mensajes comunicacionales que reciben las niñas. Un freno súper fuerte a lo que se está transmitiendo incluso en los espacios educativos sobre la violencia como por ejemplo “eso es un chiste” o “solo fue una bromita” porque se reproduce.

Por ejemplo, hace algunos años cuando estábamos en la Comisión de Justicia de la Asamblea Nacional discutiendo justamente el aborto por violación, fueron invitados varios abogados famosos de los que salen en la tele. Uno de ellos decía: “Ay, las mujeres quejándose porque les agarran el pompis cuando hay temas de sicariato y cosas así que son súper graves de manejar”.

Entonces, cuando yo intervine le dije: abogado justamente por este tipo de frases como “el pompis” es que las niñas creen que eso es normal, porque no le dice el trasero o rabo o cualquier otra palabra que a las niñas les llame la atención sino “el pompis” que suena como un juego. Suena como algo simbólicamente aceptable, como una palabra que puede ser eso una broma, un juego, y que luego las niñas no se dan cuenta el nivel de gravedad.

En respuesta en concreto a tu pregunta, todas las formas de violencia son reprobables. Ninguna es más grave que la otra y justamente estas violencias simbólicas, invisibles, son las que dan el paso y abren la puerta a las otras violencias que vivimos las mujeres en nuestra cotidianidad, hasta convencernos de que es normal.

Violencia Simbólica

«Aceptar una forma de violencia es aceptarlas todas», Graciela Ramírez, psicóloga. Fotografía de Diego Lucero para GK.

¿Por qué es importante que las mujeres sepan identificar la violencia simbólica?

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No solo por los impactos que tiene la violencia simbólica en sus vidas, porque sentirse vulnerable no es una sensación agradable. Sino también porque muchas veces nosotras estamos reproduciendo eso permanentemente o aceptándolo. 

Lo tomamos como que fuera normal, como que fuera cotidiano, como que fuera parte de la vida, de ser mujeres. Y nada que ver.

Lo importante de detectar este tipo de violencias es dejar de convencernos de que eso es lo que nos toca, de que eso es lo que nos pasa por ser mujeres: ser sumisas, aceptar control económico, inclusive la violencia física, la violencia psicológica. 

Es muy poco común que las mujeres denuncien y pidan ayuda en los primeros momentos de la violencia. Es mucho más común que pidan ayuda cuando ya están en situaciones extremadamente críticas.

Entonces entre más temprano las mujeres se den cuenta que hay una serie de violencias invisibles validadas, en las que estamos inmersas nosotros sin querer porque nos han convencido toda la vida de que eso es lo de que eso es lo normal, mejor.

¿Cuáles son los tipos de violencia simbólica más comunes o normalizadas? Por ejemplo, se habla bastante sobre mansplaining y gaslighting.

Bueno, esos son términos más modernos pero que representan una sensación que las mujeres hemos tenido siempre: que nuestra voz no es tan importante como la voz del otro.

Por ejemplo, cuando llevas el vehículo al mecánico y no te miran a ti sino al amigo o a la persona [hombre] que está al lado. Pasa tantas veces por tanto tiempo que ya uno no se da ni cuenta. Y si pasa en cosas tan sencillas, no se diga en la competencia. Pasa en el ambiente laboral, académico o educativo, donde probablemente un hombre habla más duro, pero muchos de sus logros están basados en el esfuerzo y en el trabajo de muchas mujeres.

No es lo mismo ser investigador con tus 40 horas disponibles toda la semana y sin la doble carga laboral que tiene el ser mamá.

Y pasa también con el espacio físico. O sea, esta idea de que tú tienes que sentarte a un ladito, sin molestar, sin incomodar, mientras que un hombre puede sentarse y explayarse a sus anchas. El transporte público es el lugar más evidente donde pasa, pero pasa también en otros espacios. Parecería que los hombres tienen más espacio que las mujeres.

Las que acabas de mencionar son las formas más frecuentes de violencia simbólica. ¿Tienes algún ejemplo de estos comportamientos que son menos visibles?

Muy común pero muy validado: los chistes. Por ejemplo, decir “las mujeres tóxicas”, “la mamá luchona”, Lady Tantra. Hay una serie de cosas de lo cotidiano que son chistosas, ¿no? En los chistes hay una serie de contenidos muy muy misóginos que se validan cuando te dicen “no patees como nena”’.

Esto se reivindicó un montón con Neisi Dajomes, una mujer que alza pesas. Pero la típica es “no lances como nena”, “no patees como niña”. 

Igual, por ejemplo, está la publicidad: ¿qué tiene que ver la silueta femenina con venderte una brocha para pintar tu casa? ¿Qué tienen que ver las lavadoras de carros con las mujeres? Porque hay un montón de lavadoras de carros que tienen la imagen de una mujer desnuda…

Yo siempre ando pescando estas cosas. En la carretera a la Costa hay una serie de vallas de fertilizantes, ¿qué tiene que ver la silueta femenina semidesnuda con eso? 

Hace poco, en una reunión de profesores hicimos una broma de esta publicidad antigua que había de una marca de electrodomésticos en la que un señor golpeaba la puerta para venderte la lavadora o la secadora. La publicidad era “ábrele la puerta al señor de la marca”. Pero lo simpático era que él le explicaba a la señora y le mostraba la lavadora, la secadora, la licuadora y toda la cosa. Pero al final, llegaba el marido a pagar. Entonces el señor le explicaba a la señora pero le da la cuenta al marido.

Y por ejemplo, ahora las diversidades sexuales también están siendo blanco de muchísima violencia simbólica. La marca del género o lenguaje inclusivo con la E. Hay gente que puede no estar de acuerdo, perfecto, no lo usen, no hay ningún problema, pero lo usan como burla. Digamos esta burla de decir “es que como ya no saben que son, entonces se van a identificar como el género celular, o árbol, o mesa”.

Imagínate lo que sufren estas personas que cuando finalmente encuentran algo que les represente en el mundo, luego de hacerlo, reciben burlas. 

¿Qué se puede hacer para empezar a generar cambios desde el lenguaje?

En primer lugar, yo sí pienso que tiene que haber alguna regulación en lo que son medios masivos. Cuando se utiliza lenguaje ofensivo, lo mínimo que puede hacer un medio es la réplica y el reconocimiento de que por desconocimiento se utilizó un mensaje con un doble componente que resulta ofensivo para un grupo de personas.

Yo sí considero que debería tomarse en cuenta como una forma de violencia el uso de ciertas palabras o ciertos lenguajes. Porque no es lo mismo que alguien que tiene un alcance limitado haga una broma machista a que un medio reproduzca una broma machista.

Además, yo sí creo [en la efectividad] de todo lo que es sensibilización, campañas, charlas, estudios. Creo que el principal objetivo de estos espacios es concientizar en qué punto tú estás reproduciendo de alguna forma violencia. 

Porque claro, sí hay mucha gente que lo hace no con la intención ni con la conciencia de hacerlo, solo así aprendieron a expresarse, a hablar. Yo he conocido personas adultas mayores a quienes les he tenido que corregir en su trato hacia mí. Decirles “no me diga mijita” porque les he dicho a ver ¿si yo fuera igual un doctor de 40 años usted me diría mijito? Pero como soy una doctora de 40 años usted me dice mijita.

La violencia simbólica se da principalmente en relaciones de poder. ¿Por qué pasa esto?

Porque la violencia básicamente, en su multicausalidad, es una reproducción de poder. Porque muchas veces no quieres obtener otra cosa sino la subordinación de la otra persona. Es tener el poder de influenciar directamente en cómo se siente otra persona, cómo vive otra persona.

El cambio se da cuando socialmente seas reprobable. Ese es el verdadero cambio, cuando a una chica le acosen en el bus y los otros chicos digan: “oye, ¿qué te pasa?”. Ese es el cambio. No tiene que ser punible todo el tiempo por el derecho o por el sistema, sino que la misma sociedad rechaza ya esos elementos.

Cuando te violentan físicamente tienes evidencia tangible para denunciar el abuso. ¿Cómo se puede hacer lo mismo con la violencia simbólica?

La violencia simbólica es un delito. La violencia psicológica es transversal a todas estas violencias de las que hemos hablado porque una persona que se siente amenazada, se siente en un grado de vulnerabilidad muy alto que se compara inclusive con la tortura.

¿Qué le diría a una persona que no quiere ser parte de este círculo de violencia, pero no se ha dado cuenta que estoy siendo parte de?

Yo les digo a mis pacientes “hágase caso”

Hay momentos en que uno se siente incómodo. Hágase caso porque hay una incomodidad de lo que escucha, de lo que mira. Hágase caso a esa sensación de incomodidad, eso incómodo, eso inapropiado, puede volverse algo punitivo, algo delictivo. Y cuando lo encuentre usted mismo, no lo oculte, no lo tape, háblelo.

¿La violencia simbólica es lo mismo que los micromachismos?

No es lo mismo. 

Pero los micromachismos se clasifican dentro de lo que es violencia simbólica. Es un tipo de violencia simbólica. Y también tiene mucha relación con la violencia psicológica, que son estas violencias invisibles y por eso son más difíciles de contrarrestar, son más difíciles de intervenir, más difíciles de detectar porque justamente son sistemáticas, son paulatinas, son socialmente aceptadas. 

Una forma de violencia simbólica es la televisión. Por ejemplo, los mensajes comunicacionales que uno recibe de “cómo ser mujer”, de los roles de género. Todo eso es violencia simbólica y por supuesto los micromachismos se encuentran dentro de ese campo amplio de situaciones que nos ponen vulnerables emocionalmente, no siempre físicamente aunque puede tener relación con lo físico, pero nos ponen vulnerables permanentemente en nuestra cotidianidad.

Camila Giron 150x150
Camila Girón
(1996). Periodista colombiana. Reportera de redes sociales y gestora de audiencias en GK.
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