Cuando escuché por primera vez que ser gay era pecado tenía 12 años. Era mi primer día de colegio. No había tenido mi primer beso ni una ilusión adolescente, pero primero llegó una condena demoledora.

Ese mismo día, en medio de cientos de púberes formados en columnas para dirigirnos, por primera vez a nuestras aulas de clases, mi mirada se detuvo en uno de ellos y su rostro se plasmó en mi memoria en segundos.

Mientras lo miraba de lejos, con disimulo, para que él no lo notara, explotó un barullo mental “¿Por qué lo miro? ¡No lo mires!”. Pero era una orden infructuosa. Necesitaba saciar ese deseo de observarlo.

Corría el año 1994, cuando la homosexualidad aún estaba penalizada en el Ecuador. Yo no lo sabía. El Código Penal decía de cuatro a ocho años de prisión. En las calles, represiones policiales y detenciones arbitrarias a homosexuales y mujeres trans.

Yo no lo sabía pero con apenas 12 años era un delincuente solo por fijarme en otro chico. Fue a esa edad en que sentí el rechazo y los señalamientos por primera vez. Soporté las burlas de compañeros y los cotilleos en los pasillos del colegio. No entendía las prohibiciones de jugar a las muñecas con mi hermana y mucho menos la obligatoriedad de demostrar una supuesta hombría en los partidos de fútbol en las clases de educación física.

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El colegio en el que estudié por seis años era católico y recibía misas semanales. La palabra “pecado” en mis pensamientos se acentuó más tras escuchar los sermones que el cura pronunciaba desde el púlpito: el matrimonio es entre hombre y mujer, no cometerás actos impuros, no tendrás deseos impuros. Los mandamientos y reglas que dictaba Dios y que, como joven católico, debía cumplir. No había otra opción.

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Luego aparecieron ‘La Melo’ y ‘Batman y Robin’ en el nefasto programa Ni en vivo ni en directo. Ser gay era motivo de vergüenza y mofa.

No eres gay. 

Es solo una etapa. 

A otros quizás les pasa lo mismo y no dicen nada. 

Las preguntas que invadían mi mente pasaron a ser afirmaciones que llevaron a rechazarme hasta los 30 años y a colocarme una máscara para acoplarme a un entorno homofóbico.

Por más de 15 años viví infeliz en un clóset oscuro y, en ocasiones, peligroso. Querer desaparecer era un pensamiento recurrente. La condena anticipada de que era un pecador, una vergüenza y una mofa me arrastraron hasta ahí.

Y recalco lo de anticipada porque cuando ni siquiera estaba preocupado por mi sexualidad, por los amores o los desamores, llegó ese juzgamiento moral en la familia, el colegio, amistades y hasta lo que veía en programas de televisión, que generó demasiadas confusiones.

En su libro El fin del Armario, el periodista y activista argentino Bruno Bimbi lo explica con la mejor precisión: “El bullying homofóbico empieza antes de que podamos entenderlo (…) Cuando escuchamos el primer insulto homofóbico, no sabíamos que éramos gays, ni qué era ser gay, pero comenzamos a intuir que, si fuéramos eso, la pasaríamos mal. Que a los demás no les gustaría, sobre todo a nuestra familia”.

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Ser gay u homosexual también es pasar por ese clóset oscuro al que recurrimos para protegernos de los prejuicios y dogmas, de esa penalización social que, aunque quizás en menor grado que hace 25 años, sigue instaurada.

Por esa penalización social, me perdí de mi primer beso en la adolescencia, de una cándida relación como la de Charlie y Nick en Heartstopper, la exitosa serie de Netflix que muchos hubiésemos querido tener a los 15.

Por esa penalización social, me perdí de hablar libremente con un amigo que un chico en el colegio me había flechado y no podía dejar de observarlo. La homofobia se robó mi adolescencia y recién en mi adultez experimenté los besos impulsivos, las ilusiones, las decepciones y el calor de otro cuerpo.

Ser gay es también salir de ese clóset para convertir el pecado, la culpa y la vergüenza en orgullo. Un proceso que, por supuesto, es complicado y difícil cuando decides enfrentarte a quienes te señalan, a quienes se mofan y a quienes pretenden aún dejarte en la oscuridad cuando te dicen que se trata de tu “vida privada”.

Pero logré salir de ese clóset oscuro para quitarme esa máscara que tanto me incomodaba y finalmente reír sin fingir ser otro u obedecer un mandato heterosexual. Salí de ese clóset para ondear una bandera arcoiris (no es casual que sea multicolor) y salir a las marchas del Orgullo para celebrar quiénes somos y ser visibles aunque haya miradas que aún juzguen.

Ser gay también es resistir en una sociedad homofóbica en la que no solo te discriminan, también te pueden agredir y hasta matar. Ser gay es incomodar los mandatos en los que solo son posibles las vidas heterosexuales.

Salí de ese clóset para decir “soy gay” y no ocultarme ni callar más. Porque no soy pecador, ni una vergüenza, ni una mofa.

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Victor Hugo Carreño
Fundador y director editorial de Edición Cientonce, medio digital enfocado en derechos LGBTIQ+. Becario del International Center fo Journalists (ICFJ). Magíster en Periodismo y con un diplomado en Comunicación, Género y Derechos Humanos.
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