Elon Musk tenía hasta el 28 de octubre de 2022 para concretar su compra de Twitter. Al hacerlo, el magnate sudáfricano pasó de ser un prominente oso en bicicleta dentro del circo que es nuestra ágora global y se convirtió en su director, provocando iras en algunos y celebraciones en otros. 

Analizar la reacción del mundo nos dice mucho sobre el contexto político que vivimos hoy y las sensibilidades que hay sobre la gestión de Twitter, una red social con la que nadie está conforme. Ni sobre su estado actual, ni sobre sus posibles rutas de cambio. 

Primero, poniendo al lado nuestras opiniones personales: ¿hay algún personaje vivo más interesante y a la vez divisorio que Elon Musk? 

Para entender cómo llegó a estar en el pedestal del que goza  —no preocuparse de ofender a nadie— es preciso recorrer quién y quién no es. Es una historia que tiende a cambiar según los sesgos ideológicos de sus relatores. 

Muchas personas están preocupadas de que la compra de Twitter hecha por Musk, resulte en el aumento de información falsa en una red social utilizada como fuente primaria de información por periodistas y el público en general. La ironía es que aquellos mismos detractores repiten una historia falsa sobre los orígenes de Musk, sin cuestionar su propio papel en la distribución del llamado fake news

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Me explico: según una versión constantemente repetida de la historia de Musk, él nació rico en Sudáfrica. Sería el recipiente de una fortuna millonaria, heredada de un papá dueño de una problemática mina de gemas, producto de su posición privilegiada como familia blanca colonial durante el Apartheid. Según esta versión de la historia, Musk simplemente supo invertir bien sus herencias para convertirse en el hombre más rico del planeta.

El problema con esa historia es que es falsa, pero pocos se han atrevido a hacer el fact-checking. Según Jeremy Arnold, un periodista que ha investigado el artículo originario del mito de Elon, la familia Musk tenía un estilo de vida de clase media modesta. A diferencia de ser promotores del Apartheid, el papá de Musk fue elegido concejal municipal en 1972 representando un partido explícitamente anti-apartheid.

Es cierto que el papá de Musk hizo una inversión en una mina de gemas, pero no fue en Sudáfrica sino en Zambia, un país ya independiente y libre de conflicto cuando se realizó la inversión. De la mina, el papá de Elon Musk ganó aproximadamente 400 mil dólares, duplicando su inversión, pero de eso Elon no heredó nada: la relación entre papá y hijo es famosamente turbulenta

Cuando Elon se fue de Sudáfrica a los 17 años, una vez graduado del colegio y con el fin de evitar el servicio militar obligatorio del régimen de Apartheid, tuvo 2.000 dólares en su bolsillo. Cuando salió de la universidad sin graduarse, tuvo 100 mil dólares en deudas. 

Después de algunas iniciativas empresariales fallidas, tuvo éxito con una empresa de pagos que eventualmente se convirtió en PayPal que luego fue vendida a EBay. Musk recibió 180 millones de dólares por la venta en 2002. 

Según él mismo, invirtió la mitad en Tesla en 2004, la primera empresa que ha logrado comercializar vehículos eléctricos, y la otra mitad en fundar SpaceX en 2002, la revolucionaria empresa de transporte espacial que hizo factible el cohete reutilizable, abriendo camino para una nueva industria de logística cósmica y que tiene el fin explícito de colonizar en Marte, volviéndonos una especie interplanetaria.

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Cuento estos datos porque es conveniente interpretar la historia de Musk con detalles que insinúan beneficios extraídos de la oscura historia de colonialismo y riqueza heredada porque nos permite descartar sus logros y quitarle mérito. 

Se puede decir muchas cosas sobre Elon Musk, pero es fáctica e intelectualmente erróneo no reconocer que es el empresario más exitoso de nuestros tiempos gracias a su capacidad de fundar y hacer crecer tres empresas. Dos, en campos considerados científicamente imposibles. 

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Es más: el éxito de Tesla resultó en Musk liberando las patentes de su tecnología, permitiendo a quien quiera usarlas para desarrollar autos eléctricos, una tecnología clave si queremos evitar las peores consecuencias del cambio climático. Por más que incomode la idea, ningún otro ser humano vivo ha hecho tanto en combatir el cambio climático como Elon Musk. Por ende, para analizarlo bien tenemos que permitir que coexistan dos ideas contradictorias: Elon Musk puede ser un genio para los negocios y torpe en muchas otras cosas. 

Fuera de sus empresas, parecería que sus pasatiempos favoritos son procrear y trolear, a veces poniendo en entredicho su credibilidad con el segundo. Sabemos que ha tenido por lo menos 10 hijos de dos matrimonios, una famosa relación con la artista canadiense Grimes, y una relación con una subordinada laboral. 

Quizá, ser padre de una decena de hijos y gerente general de tres empresas multimillonarias, le deja con poco tiempo para otros pasatiempos, pero logra ser usuario activo en Twitter

En lugar de meditaciones de un ser elevado, sus tuits parecen los de cualquier tuitero promedio. Ahí está su problema: envía memes, hace chistes inmaduros, comparte información dudosa, se pelea de gana, opina sobre temas fuera de sus competencias y conocimiento, promociona una criptomoneda inútil. Básicamente, cosas que hace cualquier usuario de la plataforma. La diferencia es que Elon Musk tiene 114 millones de seguidores y, como representante legal de una empresa cuya acción está cotizada en la bolsa, sus tuits llevan responsabilidad legal. 

Por hacer un chiste marihuanero sobre el precio de la acción de Tesla (dijo que iba a comprar acciones en 420 dólares, 4:20 siendo la hora celebrada por los aficionados de la hierba mágica), por ejemplo, él y la empresa tuvieron que pagar 20 millones cada uno al gobierno estadounidense como multa. Por llamar “pedófilo” al jefe de rescate de un grupo de niños en una cueva tailandesa después de qué él rechazara sus ideas sobre cómo manejar la operación, fue enjuiciado por difamación, aunque eventualmente declarado inocente. 

En la pandemia cuestionó medidas de para contener el covid-19, provocando las iras de ciertos segmentos políticos. Al inicio de la invasión rusa a Ucrania, donó la tecnología de internet satelital de SpaceX al ejército ucraniano, aunque luego fue criticado por hacer una encuesta en Twitter que promovía una solución de paz que favorecía la posición rusa. 

Las consecuencias de su mal comportamiento no se limitan a Twitter: fue acusado de acoso sexual por una azafata de un vuelo privado, un conflicto que no llegó a juicio porque fue resuelto fuera de las cortes con una compensación económica. Musk niega las acusaciones.  

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Ahora el empresario cuya fortuna equivale a 200 mil millones de dólares, ha pasado de ser un usuario activo de Twitter a ser su único dueño. A través de una compra prolongada de la cuál Musk intentó salir, Musk terminó pagando 44 mil millones de dólares por la empresa. Fueron 27 mil millones de dólares de su propio bolsillo y 17 mil millones de inversionistas privados, a través de deuda contra la empresa. 

Musk quiso romper el acuerdo porque dijo que Twitter no reportó fidedignamente datos importantes sobre el número de usuarios activos, afectando su valoración, pero muchos sospecharon que su verdadero motivo era distinto: después de anunciar la compra, las acciones de Twitter cayeron junto con la bolsa entera estadounidense. Como consecuencia, para poder hacer rentable la compra, tanto para sus prestamistas como para él mismo, debía reconfigurar la rentabilidad de Twitter, mucho más de lo que inicialmente anticipó. 

De todas formas, el juez que vio el caso le dio la razón a Twitter. Lo bueno para Musk es que ahora la empresa es privada y ya no cotiza en la bolsa. Es decir, que puede implementar estrategias de largo plazo sin tener que preocuparse de reportar y publicar los resultados del negocio. 

Una vez en control de la empresa, Musk terminó despidiendo a varios de sus ejecutivos, a quienes acusa de haber manipulado información en el proceso de compra. Esta semana empezó a realizar despidos masivos. Twitter tenía 7.500 empleados a nivel mundial, y no está claro cuántos habrán después de los cambios que realiza Musk. Según él, Twitter perdía 4 millones de dólares al día y las terminaciones eran necesarias. 

Las personas separadas de la empresa nunca fueron claramente notificadas, si no se despertaron y encontraron que el contenido de sus computadoras había sido borrado (como ex-empleado de Twitter, varios amigos míos perdieron su trabajo). “A Musk le importa mucha la humanidad, pero poco los humanos” dice un inversionista famoso, justificando la brecha entre sus logros para la humanidad por un lado y su falta de empatía por el otro lado. 

¿Por qué polariza tanto Elon Musk, y por qué la compra de Twitter genera reacciones aún más fuertes? Para responder a la primera pregunta, Musk no se comporta según las expectativas, y eso causa cortocircuito en mucha gente. 

La opinión pública sobre Musk se divide entre gente que valora sus logros y creen que estos justifican su dudoso comportamiento, y gente que menosprecia sus logros porque él no actúa como el empresario predecible, deferente y políticamente correcto. 

Según la gente que lo conoce, políticamente está más alineado con el partido demócrata en Estados Unidos en cuanto a valores. Sin embargo, también critica a la cultura progresista como intolerante a ideas ajenas y rápida en “cancelar” a las personas que no se conforman con el pensamiento convencional progresista. 

Su impredecibilidad se hace aún más peligrosa con la compra de Twitter. Según el filósofo tecnológico Balaji Srinivasan, el mundo se divide en tres poderes: mediático, monetario, y político. 

Las fuerzas progresistas tienden a controlar el poder mediático y el poder monetario incluso cuando pierden el poder político, y Twitter es la fuente originaria de información, es decir el medio más importante del mundo. 

A pesar de su mal desempeño financiero, Twitter no ha dejado de ser la plataforma más importante del mundo para difundir información y opinión. Los progresistas han tenido éxito en presionar para exiliar de Twitter ciertas voces de la derecha, incluyendo el caso famoso del ex presidente estadounidense Donald Trump. Eso ha desembocado en la creación de una serie de plataformas como Truth Social y Parler, redes sociales parecidas a Twitter cuyo fin es acomodar voces de la derecha bajo la promesa de libertad de expresión. 

El mismo fenómeno de construcción de plataformas paralelas no ha sucedido con el movimiento progresista, según algunos porque ya tiene bastante influencia sobre Twitter, la plataforma madre. La compra de Musk, pone en riesgo el control que ejerce una tendencia política sobre la plataforma de información más importante del mundo. Es más, Musk ha declarado abiertamente que va a favorecer la libertad de expresión, incluyendo la reapertura de la cuenta de Trump, algo que genera rechazo en muchas personas que creen que la plataforma requiere de más, y no menos, censura. 

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¿Qué hará Elon con Twitter? Más allá de favorecer la libertad de expresión, Musk se ha comprometido con luchar contra las redes de cuentas falsas cuyo fin es influir en el debate público. 

Me desvío por un momento para decir que, como ecuatorianos, aquella noticia nos debería dar esperanza, ya que el negocio de crear cuentas falsas para influir en el debate y callar a voces incómodas para líderes políticos ha prosperado en Ecuador. Segundo, Musk quiere reducir la dependencia de la plataforma en ingresos por venta de productos de publicidad. 

Ha dicho que va a hacer público el algoritmo que determina cómo se personalizan los anuncios en Twitter, y ha propuesto un servicio pagado de verificación. Ahora la marca de verificación está restringida a personas públicas, y en el Twitter de Musk, cualquiera va a poder pagar por la verificación y recibir una serie de beneficios adicionales de experiencia de usuario. 

Inmediatamente las propuestas de Musk generaron una reacción negativa en redes, pero parece que aquella reacción es más emocional que racional. Si queremos que la principal plataforma de información del mundo tenga menos manipulación, deberíamos querer que sea más fácil verificar la fuente de información y que haya menos influencia por parte de anunciantes cuyos intereses pueden diferenciarse de los intereses de los usuarios. 

Por otro lado, parte de la incomodidad con la agenda de Musk tiene más que ver con su estructura. Twitter es, al final, una empresa que debe obedecer los intereses de sus accionistas, pero es utilizada como un bien o espacio público. 

Hay gente que quiere que Twitter sea un bien público, pero tiene que haber una estructura legal y una compensación adecuada para sus accionistas para que juegue ese papel. Aquella propuesta nunca llegó, pero la propuesta de Musk sí. 

¿Qué pasará ahora? Por su lado Musk opera como una persona mal asesorada. Cuando empezó a meterse en problemas legales en Twitter, alguien tenía que haberle dicho que salga de la plataforma, que se enfoque en sus negocios y su familia, porque al final puede hacer bastante daño: a sí mismo y sus intereses por su espontaneidad y petulancia. Su marca de autos es la más exitosa del mundo según la bolsa de valores, pero podría suceder que los tuits de Musk hagan que la marca se vuelva tóxica. 

En lugar de recibir aquella información, Musk hizo el revés, decidió adueñarse de Twitter, y ahora es el presidente del país digital más inconforme del mundo: una situación en que es casi imposible ganar. 

Por otro lado, por más que la gente amenace con salir de la plataforma por estar inconformes con la administración de Musk, los intentos de replicar a Twitter fallarán por un simple motivo: Twitter es relevante porque para cualquier tema están presentes en esa red sus detractores y promotores. Sería muy difícil migrar a adversarios a una plataforma competitiva, y cualquier bifurcación sería necesariamente menos relevante porque no estarán todos. 

En fin, Musk tal vez no es el héroe que queremos, pero es el héroe, o el antihéroe, que tenemos —y tal vez, merecemos. 

En épocas pasadas de información escasa, era fácil vanagloriar a las personas que cambian el mundo porque sabíamos poco de ellos. Con menos información, era más fácil tejer una narrativa que nos complacía y esconder la información que representaba transgresiones o que contradecía la narrativa popular. 

Elon Musk no puede ser un héroe del pasado en el contexto de hoy, porque sabemos todo, incluyendo sus pensamientos impulsivos, haciendo que sea más complejo construir una imagen que nos haga sentir validados y seguros. 

Con Musk, ya no podemos fingir que vendrán seres superiores a salvarnos de nosotros mismos. Su decisión de comprar Twitter es casi poética, porque es justamente la plataforma que nos revela las verdades que justamente no queremos recibir.

Es más, políticamente Elon Musk juega un papel importante: hasta terminar su presidencia y ser bloqueado en Twitter, Donald Trump dio vida a la maquinaria de iras del movimiento progresista. 

Cada día había un tuit, una contradicción, una amenaza, una acción, que servía para mantener a las personas progresistas constantemente al punto de hervir. Una maquinaria mediática que se oponía a Trump dependía de él para darle de qué hablar diariamente. Ahora Musk cumple ese propósito, y lo hace a propósito. Cada tuit genera miles de artículos y cientos de miles de reacciones, alimentando la adicción al enojo que la política polarizada requiere. 

Y nuestra reacción a Elon Musk es nuestra reacción al mundo moderno: es crudo, complejo, es bueno y es malo, feo y bello, y más importante aún, no lo podemos controlar, ni fingir que hay control. 

En fin, Elon Musk es un hombre profundamente ordinario y extraordinario a la vez y no nos viene a salvar: él simplemente nos muestra un espejo que rehusamos ver. Nuestras reacciones a él dicen más sobre nosotros que sobre él. Él manda tuits y luego maneja empresas, procrea y seguramente disfruta de su fortuna, mientras somos nosotros quienes dejamos de trabajar para leer y comentar sobre él. Un maestro de la distracción no es nada si no tiene una audiencia dispuesta a ser distraída. Dicen que un profeta no es reconocido en su propia tierra. Por eso todo tiene sentido, pues con razón Elon Musk quiere irse a Marte. 

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Matthew Carpenter-Arévalo
(Canadá, 1981) Ecuatoriano-canadiense. Escribe sobre tecnología, política, cultura y urbanismo.
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